CAPÍTULO VEINTISÉIS
Corriendo a casa
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El tren se quedó parado entre los dos campos cuarenta y cuatro minutos.
Sé que fueron cuarenta y cuatro minutos porque miré el móvil cada treinta segundos. Priya dijo que estaba «poniendo nervioso al teléfono». En un momento me lo quitó de la mano y lo sostuvo sobre el regazo, y cada vez que vibraba me leía el mensaje en voz alta, como una secretaria.
Los mensajes llegaban de todo el mundo.
Dee: ¡El escenario está montado! ¡Las luces, puestas! ¡Los altavoces, instalados! Kenny le ha dicho nueve veces al técnico de sonido que lo está haciendo mal. ¿Dónde estás?
Rhys: batería montada. me he comido un rollito de salchicha. dónde estás, tío
Bev: La calle se está llenando. Mamá ha llegado con un vestido dorado. Ya ha bailado con el señor Campbell, el del número 15, y su mujer no está nada contenta. ¿Dónde estás?
Sofia: HAY MUCHÍSIMOS VIEJOS CON LENTEJUELAS. ME ENCANTA ESTE SITIO. ¿DÓNDE ESTÁS?
Beth: ¡Mamá dice que buena suerte con lo de cantar! Quiere un vídeo. Dice que, si cantas tan mal como en la Navidad de 2014, no le mandes el vídeo. Te quiero.
Y, a las siete y doce, llegó uno de Inácio.
Estoy en primera fila. ¿Dónde estás?
Priya lo leyó en voz alta y luego me miró por encima de sus gafas rojas.
—Está en primera fila —dijo—. Ya. A las siete y doce. Y no cantas hasta las nueve.
—Lo sé.
—Se va a quedar ahí de pie dos horas, Dav.
—Lo sé.
Priya miró el teléfono. Miró por la ventanilla a las vacas. Volvió a mirarme.
—Respóndele —dijo—. Dile que el tren está parado. Dile que vas de camino. Dile algo.
Cogí el teléfono. Escribí: Tren parado en Clapham. Fallo de señalización. Voy lo más rápido que puedo. Lo miré. Después añadí: No te vayas de la primera fila.
Lo envié antes de poder borrarlo.
La respuesta llegó en nueve segundos.
No me voy a ninguna parte. Rhys me ha dado un rollito de salchicha. Soy un hombre muy paciente.
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A las siete y veinticinco, el tren se puso en marcha.
Muy despacio al principio. Luego más rápido. Pasaron las vacas. Luego, casas. Luego, las traseras de fábricas y almacenes llenos de grafitis. Luego más casas, cada vez más juntas, y después las torres altas de la ciudad a lo lejos, doradas bajo el sol de la tarde.
En Clapham Junction, el tren se detuvo mucho rato. Subió gente. Mucha gente. Más gente de la que creía que podía caber en un tren. Gente con bolsas de la compra. Gente con niños. Un hombre con una bicicleta que parecía llevar esperando aquel tren toda la vida y que no se alegró nada de vernos.
A las ocho y seis llegamos a Waterloo.
Corrimos.
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La estación de Waterloo un sábado por la noche es un sitio enorme, luminoso y lleno de ecos, con un reloj gigante en el centro y diez mil personas caminando en diez mil direcciones.
Corrimos entre todas ellas. Priya, con sus tacones.
Yo, con mis zapatos honrados, que no eran zapatillas de correr, sino unos zapatos de un centro comercial de Columbus a los que nunca nadie les había pedido correr a ninguna parte.
Bajamos corriendo por las escaleras mecánicas hasta el metro. La línea Northern. De Waterloo a Camden Town. Siete paradas. Sin transbordos.
En el andén, el cartel decía que el siguiente tren llegaba en cuatro minutos.
Cuatro minutos. Me quedé en el andén con las manos en las rodillas, resoplando, y Priya se quedó a mi lado, resoplando también, mientras una mujer con un bebé nos miraba como si fuéramos unos delincuentes que huían de la policía.
—Respira desde el estómago —dijo Priya.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Me lo contaste tú. La semana pasada, en la comida. Dijiste que te lo había dicho tu «profesor de canto». Pusiste una cara muy rara cuando dijiste «profesor de canto». —Me miró de reojo—. ¿Quién es tu profesor de canto, Dav?
—Es —dije, y me detuve—. Es muy mayor. Antes cantaba en pubs.
—¿Va a venir esta noche?
Pensé en Jimmy esta mañana en la puerta de casa. A las nueve es cuando cuenta.
—Estará allí —dije.
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Siete paradas. Las conté todas. Embankment. Charing Cross. Leicester Square. Tottenham Court Road. Goodge Street. Warren Street. Euston. Mornington Crescent.
Camden Town.
Las ocho y veintinueve.
Subimos corriendo por la escalera mecánica. Luego por las escaleras. Salimos a la calle. Camden High Street un sábado por la noche de junio, llena de gente de negro, cuero y neón, comiendo de cajas de cartón, con música saliendo por todas las puertas.
Y desde algún punto más adelante, desde las calles laterales, por encima del ruido de la calle principal, me llegaba música. Otra música. Música antigua. Brillante y con mucho metal, con mucha batería. Música de los setenta.
—¿Esa es la tuya? —preguntó Priya.
—Creo que es la mía.
Corrimos.
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Doblé la esquina y entré en Kestrel Row a las ocho y treinta y ocho, y me detuve.
Había visto aquella calle todos los días durante cuatro meses.
Me sabía todas las casas. Los edificios altos y estrechos, apoyados unos contra otros.
El número 9, con Sandra, la pelirroja. El número 11, con su triste puerta color zanahoria.
El número 16, con la bicicleta y el bebé.
Pressed, con su toldo verde. El número 14, con su puerta azul.
No la reconocí.
Había luces por todas partes. Guirnaldas de bombillitas amarillas cruzaban la calle de ventana en ventana, de casa en casa, zigzagueando a lo largo de todo Kestrel Row como una red de estrellas.
Grandes luces de colores en la fachada de cada casa, rosas y azules y doradas y verdes, que convertían los ladrillos viejos en algo salido de un sueño.
Una bola de discoteca. De verdad. Colgada de una cuerda entre la ventana del piso 3 y la ventana de la casa de enfrente, girando despacio, lanzando mil trocitos de luz sobre todo. La calle. Las casas. La gente.
Y había gente. Muchísima gente. Más de la que había visto nunca en Kestrel Row.
Más de la que había visto en una fiesta en toda mi vida.
La calle entera estaba llena, desde los bolardos de un extremo hasta la chaqueta amarilla del amigo de Rhys en el otro.
Gente mayor y gente joven. Gente con lentejuelas y plumas y pantalones plateados y botas de plataforma.
Gente con su ropa de todos los días que claramente acababa de salir a ver a qué venía aquel ruido.
Niños bailando con los brazos en alto. Bebés a hombros. Un perro con una chaquetita plateada.
En mitad de la calle, delante del número 14, estaba el escenario. El escenario de acero de Dee. Quince pies por diez. Bajo las luces, con la bola de discoteca girando encima, no parecía práctico en absoluto. Parecía precioso.
En el escenario cantaba una mujer. Una mujer grande, de unos sesenta años, con un vestido morado de lentejuelas y una voz como un órgano de iglesia, cantando una canción que yo conocía del coche de mi madre.
Detrás, Kenny tocaba la guitarra sentado en un taburete, con la coleta blanca y larga balanceándose.
Rhys estaba a la batería, sonriendo detrás de su barba pelirroja.
Sofia tocaba el bajo y bailaba tan fuerte que el pelo le volaba por todas partes.
Y delante del escenario, entre la gente, bailando, vi a Gloria. Con un vestido dorado. Con los brazos en alto, los ojos cerrados y la cabeza hacia atrás, riéndose. Bailando con el señor Campbell, el del número 15. Y la mujer de él al lado, con los brazos cruzados, nada contenta.
—Dios mío —dijo Priya a mi lado, en voz muy baja—. Dav. Dios mío.
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Miré hacia arriba.
A la casa. Al número 14. Al mirador del último piso.
Estaban todos. Los cinco. Pegados al cristal, uno al lado del otro, bajo la bola de discoteca, en la luz de colores.
Reggie con su traje gris, muy tieso, con las manos a la espalda.
Gaz con su gorro de pescador, dando saltos.
Ricky con su abrigo negro y largo, con los brazos cruzados, pero inclinado hacia delante.
Mike, a un lado, medio escondido, con su libro.
Y Jimmy.
Jimmy no estaba en la ventana. Lo busqué. Y entonces lo encontré.
Estaba en la calle.
En la calle no, exactamente. No podía salir a la calle.
Pero estaba en los escalones de la entrada del número 14.
En el escalón de arriba. Hasta donde podía llegar.
De pie en el umbral abierto, con su mono plateado y sus botas de plataforma, con la boa rosa en los hombros y los brazos muy abiertos, como se ponía en las fotografías.
Como se ponía en el escenario pequeño del Crown sonaría como un microondas.
—¿Cuánto tardarías en conseguir otro? —pregunté.
—Una hora. Quizá dos. Si encuentro a alguien que no esté de fiesta.
—Canto dentro de veinte minutos.
—¡Ya lo sé, Dav!
Detrás de mí, desde la puerta de la calle del número 14, oí una voz.
—Tío —dijo Gaz.
Me di la vuelta. Estaba en el umbral, junto a Jimmy, justo en el límite de hasta donde tenía permitido llegar. Llevaba el gorro de pescador echado hacia atrás. Tenía la cara muy seria. Movía los dedos. Entre ellos saltaban chispas azules diminutas, como fuegos artificiales en miniatura.
—Puedo arreglarlo —dijo Gaz.
Miré el amplificador. Miré el cable que salía del amplificador, cruzaba la calle, pasaba por la mesa de mezclas de Dee, recorría la acera y subía los escalones del número 14; luego entraba por la puerta abierta hasta un enchufe del recibidor.
Un cable negro muy largo. Todo el trayecto desde el escenario hasta la casa.
Hasta la parte del mundo donde Gaz tenía permiso para tocar las cosas.
—Puedo arreglarlo —repitió Gaz—. Puedo hacer pasar algo por él.
Hacer que funcione. Pero tendría que ir a lo grande, tío.
—Alzó la vista hacia las luces. Hacia las guirnaldas de bombillas que zigzagueaban de un lado a otro de la calle.
Hacia las luces de colores de todas las casas.
Hacia la bola de espejos que giraba en medio de todo aquello—.
Muy a lo grande. Más que la tele. Más que la noche de la tormenta.
—¿Y si sale mal?
Gaz me miró. Luego miró todas las luces de Kestrel Row. La calle entera, encendida.
—Entonces toda la calle se queda a oscuras —dijo Gaz.