El disco nunca muere (Embrujado por un guapo nº 2) CAPÍTULO VEINTIDÓS
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CAPÍTULO VEINTIDÓS

Los ensayos

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Dee llegó en una furgoneta blanca con PROPER SOUND escrito en el lateral con letras rojas descoloridas.

Traía dos altavoces del tamaño de un frigorífico, una caja de cables que parecía un nido de serpientes negras, una pequeña mesa de mezclas con cien botoncitos y un termo de café que, según dijo, era «lo bastante fuerte para reanimar un corazón».

Rhys llegó con la batería. Toda. A piezas. En autobús. Dijo que el conductor le había dejado subir «porque le dije que era para un funeral, que, en cierto modo, lo es».

Sofía llegó con el bajo en una funda negra cubierta de pegatinas. La mayoría eran de gatos enfadados.

Y Kenny Moss llegó en taxi.

Tenía setenta y cuatro años. Era menudo, muy delgado, con el pelo blanco y largo recogido en una coleta y la cara como una nuez, llena de líneas y arrugas.

Llevaba una cazadora de cuero más vieja que yo y una camiseta de un grupo del que no había oído hablar en mi vida.

Tenía una funda de guitarra en una mano y un bastón en la otra.

Cuando bajó del taxi, alzó la vista hacia la casa.

—Kestrel Row —dijo—. Número 14. No he estado aquí desde febrero de 1974. —Me miró—. Tú eres el americano.

—Soy el americano.

—Cantas la canción de Jim.

—Lo intento.

Kenny me miró de arriba abajo, como había hecho Colin en el hospital. Después asintió una sola vez.

—Bueno —dijo—. Nadie más iba a hacerlo.

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La señora Penhaligon salió al jardín a las dos con una bandeja de té, un plato de galletas y su lista de condiciones, que leyó en voz alta para toda la banda. Nada de purpurina en la alfombra. La música termina a las once. Ya se ha avisado al señor Abernathy. Ella elige una canción.

—¿Qué canción? —preguntó Kenny.

—Ya lo descubrirás esa noche —respondió la señora Penhaligon.

—Necesito saber los acordes.

—Los sabrás —dijo la señora Penhaligon—. La tocaste todos los sábados durante dos años.

Kenny se quedó mirándola. Entonces algo ocurrió en su cara de nuez: una comprensión lenta, como una luz que se enciende en una casa lejana.

—¿Margaret? —dijo—. ¿Margaret Dalby? ¿La del abrigo amarillo?

—Ahora Penhaligon —respondió—. Desde 1978.

—Te sentabas en los escalones —dijo Kenny—. Con un libro. Haciendo como que no lo oías.

—Yo siempre lo oía —dijo la señora Penhaligon—. Todo el mundo lo oía siempre. Ese era el problema. —Dejó la bandeja sobre el banco verde—. ¿Té, señor Moss?

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Ensayamos durante cuatro horas.

Voy a ser sincero sobre la primera hora. La primera hora fue espantosa.

La banda no. La banda era buena. Más que buena.

Rhys era exactamente tan bueno como decía, firme, fuerte y feliz, con una sonrisa enorme tras la barba roja todo el rato.

Sofía tocaba el bajo como si estuviera enfadada con él, lo que, según Jimmy, era «exactamente lo correcto, cariño; el bajo siempre debería estar un poquito enfadado».

Dee estaba sentada detrás de la mesa de mezclas, en el escalón de atrás, con el café y los auriculares, girando botoncitos y diciendo cosas como «Demasiado Rhys», «Falta Sofía» y «Kenny, eres precioso, no cambies nunca».

Y Kenny. Kenny era otra cosa.

Cuando Kenny empezó a tocar la parte de guitarra de «Neon Heart», la parte del estribillo que Jimmy me había cantado en el cuarto de baño, la que subía y bajaba muy deprisa como un coche por una carretera de montaña, todos los del jardín se quedaron inmóviles.

Dee se quitó los auriculares. Rhys dejó de tocar.

La señora Penhaligon, en la ventana de la cocina, dejó la tetera.

Las manos de Kenny eran viejas. Se notaba. Eran delgadas y tenían manchas, con los nudillos grandes y un poco torcidos. Pero cuando se movían sobre la guitarra, tenían veintidós años.

Y en el banco verde, junto a la silla de Kenny, donde nadie más podía verlo, Jimmy estaba sentado con las dos manos sobre la boca y lloraba lágrimas plateadas.

—Se acuerda —susurró Jimmy—. De cada nota. Cincuenta años. Se acuerda de cada nota.

Entonces me tocó cantar.

Y la primera hora fue espantosa.

Canté demasiado flojo. Después demasiado fuerte. Me olvidé de respirar con el diafragma. Me olvidé de la segunda estrofa. Entré a destiempo dos veces, y Rhys tuvo que parar y decirme, con mucha amabilidad:

—Tío, primero va la batería y luego tú, no al revés.

Se me quebró la voz en la nota aguda del estribillo de tal manera que una paloma que había en el muro echó a volar.

—Vale —dijo Dee después del cuarto intento—. Vamos a hacer una pausa.

Me senté en el escalón de atrás con la cabeza entre las manos.

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Jimmy se acercó y se sentó a mi lado.

—Cariño —dijo.

—Soy un desastre.

—Estás nervioso. Es distinto.

—Soy un desastre y estoy nervioso.

—Anoche no fuiste un desastre en el cuarto de baño. Cantaste la canción entera. Llegaste a la nota aguda. Lloré. Reggie lloró. Reggie fingió que se le había metido algo en el ojo, pero lloró. —Jimmy me miró—. Entonces ¿qué es distinto ahora?

Miré el jardín. A Kenny, afinando la guitarra en el banco verde. A Rhys, comiéndose una de las galletas de la señora Penhaligon. A Sofía, tumbada en la hierba con los ojos cerrados. A Dee, detrás de su mesa de mezclas. A la señora Penhaligon en la ventana de la cocina.

—Pueden oírme —dije.

Jimmy se quedó callado un momento.

—Sí —dijo él—. De eso se trata, cariño. De eso se trata exactamente. En el baño solo estoy yo. Y estoy muerto. Así que no cuenta.

Sonrió un poco.

—Aquí fuera sí cuenta.

—¿Qué hago?

—Deja de cantarles a ellos —dijo Jimmy—. Deja de pensar siquiera en ellos. Elige a una persona. Solo a una. Y cántale a ella. Solo a ella. Como si no hubiera nadie más en la habitación. Como si fuera la única persona que va a oírla en su vida.

Me miró.

—Eso es lo que hacía yo. Todos los jueves. Todos los sábados. Elegía a una persona. Junto a la puerta.

—¿A quién elijo? ¿A Kenny?

—Kenny estará bien. Kenny ya me ha oído cantarle antes. Le resultó muy incómodo.

Jimmy se rio. Luego dejó de reírse. Miró por encima de mi hombro. Hacia la verja lateral. Hacia el camino estrecho que iba por el costado de la casa hasta la calle.

—Elígelo a él —dijo Jimmy.

Me di la vuelta.

Inácio estaba junto a la verja lateral. Con su camiseta verde de fútbol, todavía embarrada del partido.

En una mano sostenía una bolsa de papel que yo sabía, incluso desde allí, que estaba llena de pan de queso.

Permanecía muy quieto, medio oculto tras la verja, como si llevara un rato allí y no hubiera querido interrumpir.

Cuando vio que lo miraba, levantó la mano. Un pequeño saludo.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —pregunté en voz muy baja.

—Desde lo de la paloma —dijo Jimmy—. Se rio. Luego se tapó la boca. Después no se marchó.

· ❦ ·

Volví a cantar la canción después del descanso. Entera. Con la banda. Con la guitarra de Kenny subiendo y bajando como un coche por una carretera de montaña.

Se la canté a la verja lateral.

No miré a nadie más. Ni a Dee. Ni a Rhys.

Ni a la señora Penhaligon en la ventana de la cocina.

Ni a Jimmy, de pie a mi lado sobre la hierba, moviendo los labios con cada palabra.

Miré la verja lateral. A un hombre con una camiseta verde embarrada y una bolsa de papel con pan de queso.

Le canté a él la primera estrofa. Todas las noches te veo junto a la puerta.

Le canté a él el estribillo. Pero él tiene un corazón de neón.

Cuando llegué a la nota aguda, no pensé en ella. Simplemente la canté.

No se me quebró la voz.

Cuando terminamos, el jardín quedó en completo silencio.

Entonces Rhys golpeó el platillo con mucha fuerza y gritó: «¡SÍ!

», y Sofía se incorporó sobre la hierba y aplaudió, y Dee se quitó los auriculares y dijo: «Dios mío, Dav», y Kenny me miró por encima de la guitarra y asintió una vez, despacio, como un hombre que ha visto algo que creía que no volvería a ver jamás.

En la verja lateral, Inácio aplaudía. Despacio. No muy fuerte. No sonreía. Me miraba con esa expresión. La del autobús. Como si intentara descifrar algo escrito en letra dimínuta.

Entonces entró por la verja, dejó la bolsa de papel en el banco verde junto a Kenny y dijo: «Pan de queso. Para la banda. Bev me ha obligado a traerlo», y volvió a salir por la verja antes de que nadie pudiera darle las gracias.

Jimmy, a mi lado, dijo en voz baja:

—Cariño. Has encontrado a tu persona.

· ❦ ·

El miércoles por la noche necesitaba aprender a bailar.

Fue idea de Jimmy. Cómo no.

—No puedes quedarte ahí plantado —dijo—. Es una noche disco, no un funeral. Tienes que moverte. No mucho. Lo justo. Solo para que sepan que estás vivo.

El problema era que yo no sabía bailar. Hacía una sola cosa con los brazos que mi hermana Beth llamaba «el guardia de tráfico despistado», y sabía dar pasos de un lado a otro, más o menos.

Eso era todo. En la boda de Beth bailé una canción con mi abuela, y luego mi abuela me dijo, con mucha amabilidad, en polaco, algo que Beth me tradujo más tarde como «Tu padre también baila como una nevera».

Jimmy intentó enseñarme en el salón. Fue un desastre.

Tiré la mesa de centro. Tiré una silla. Tiré la lámpara de Reggie, y Reggie emitió un sonido como el de un hombre que ve su coche rodar hasta un río, y la atrapó con la mente y la mantuvo en el aire, temblando, a dos centímetros del suelo, hasta que la devolví a su sitio.

—Aquí no —dijo Reggie en voz muy baja—. Por favor. Cerca de la lámpara, no.

Así que bajé las escaleras.

Eran las nueve. Pressed estaba cerrado. Las sillas estaban encima de las mesas. Pero había una luz encendida al fondo y, cuando llamé al cristal, Inácio salió de la trastienda secándose las manos.

Abrió la puerta.

—¿Dav? ¿Todo bien?

—Necesito un favor —dije—. Uno raro.

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Inácio sabía bailar.

Quiero decir, bailar de verdad. Dijo que era porque se había criado en Bahía, «donde, si no sabes bailar, te meten en la cárcel». Dijo que era una broma. No le creí.

Puso música en el móvil, algo con mucha percusión y muchos metales, muy rápido y muy alegre, apartó dos mesas a un lado, se colocó en medio del suelo vacío de la cafetería y me enseñó.

—Está en las caderas —dijo—. No en los brazos. Los americanos siempre bailan con los brazos. Como si intentaran parar un taxi.

—No estoy intentando parar un taxi.

—Estás intentando parar un autobús entero. Relaja los brazos. Así. Déjalos caer. Ahora mueve de aquí. —Me puso las manos en las caderas. Apenas un roce. Solo para enseñarme—. Aquí. De lado a lado. No arriba y abajo. No eres un caballo.

Notaba el calor de sus manos a través de la camisa.

No dije nada. Moví las caderas de lado a lado. Como me había enseñado. Al principio, fatal. Luego, un poco menos fatal.

—Bien —dijo—. Bien, bien. Ahora con la música. Escucha la batería. No la trompeta. La trompeta te está engañando. La batería siempre es sincera.

Estaba muy cerca. Detrás de mí, con las manos en mis caderas, moviéndome al ritmo de la batería.

Podía sentir su respiración. Olía a canela.

La música estaba muy alta y la cafetería, muy oscura, con la única luz de la trastienda entrando por la puerta; fuera, la calle estaba en silencio, y los cristales estaban empañados por la máquina de café. Nadie podía ver el interior.

Me di la vuelta.

No lo había planeado. Simplemente me volví. Para decir algo, quizá. Para preguntarle si lo estaba haciendo bien.

Y entonces nos quedamos frente a frente. Muy cerca. Sus manos seguían en mis caderas. Las mías habían subido solas y se apoyaban en sus brazos, justo por encima de los codos. La música seguía sonando, pero ninguno de los dos la seguía ya.

Me miró. En la oscuridad. Con sus ojos oscuros.

No se apartó.

Yo tampoco me aparté.

Su mano se movió un poco sobre mi cadera. No para apartarse. Para acercarse más. Su cara estaba muy cerca. Podía ver la pequeña cicatriz que le cruzaba la ceja. Podía ver que había dejado de respirar.

«No esperes a que él dé el primer paso». Arthur, en el Salón del Jardín, con la mano en mi brazo.

Me incliné hacia él.

La puerta principal de la cafetería se abrió. El timbre sonó. Muy fuerte.

—Me he olvidado las LLAVES —dijo Bev—. Me he quedado fuera de mi propio piso como una idiota y he tenido que volver en autobús desde…

Se detuvo.

Estaba en el umbral, con el abrigo puesto y el bolso al hombro, mirándonos. Dos hombres en el centro de su cafetería a oscuras, con las mesas apartadas y la música a todo volumen, muy juntos y con las manos el uno sobre el otro.

Inácio retrocedió tan deprisa que chocó con una mesa. Una silla se cayó de la mesa. Luego otra.

Nadie dijo nada.

Bev miró a Inácio. Luego a mí. Luego a las sillas caídas. Luego otra vez a Inácio.

—Vale —dijo Bev. Pasó con toda calma por delante de nosotros hasta el mostrador. Cogió un juego de llaves de un gancho de la pared. Volvió con toda calma a la puerta.

—Cierra cuando termines —le dijo a Inácio—. Y vuelve a colocar las sillas. No se colocan solas.

Y se marchó. El timbre volvió a sonar tras ella.

Inácio estaba recogiendo las sillas. No me miraba. Tenía la cara muy roja. Incluso en la oscuridad lo notaba.

—Debería irme —dije.

—Vale —dijo Inácio. A la silla.

—Gracias. Por la… por la clase.

—Vale. —A otra silla.

Fui hasta la puerta. Ya tenía la mano en ella cuando el móvil vibró en el bolsillo. Lo saqué. Era un correo electrónico. De Martin. A las nueve y cuarenta de la noche.

Dav: URGENTE. Acabo de hablar por teléfono con Sir Geoffrey.

Noticia importante. Quiere ver la campaña completa antes de lo previsto.

Toda su familia estará en Surrey el próximo fin de semana por su cumpleaños y quiere presentársela él mismo, con nosotros allí.

Ha adelantado la presentación al SÁBADO.

A las 14:00. En la casa. Es una oportunidad enorme. Despeja tu agenda. —M

Miré la fecha.

Sábado. El próximo sábado.

El primer sábado de junio.