CAPÍTULO VEINTIUNO
El Fideicomiso Ashby
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El señor Fenwick no quería verme.
Me di cuenta porque, cuando abrí la puerta de Fenwick la calle deberá quedar despejada a las 00:00; y deberá haber una persona responsable presente en todo momento.
Que disfrute de la fiesta.
Darren
P. D. Mi madre solía ir al Crown & Lyre en los setenta. Dice que saluda a cualquiera que recuerde al hombre del loro.
Lo leí en mi escritorio del trabajo. Lo leí tres veces. Después apoyé la cabeza sobre la larga mesa de madera y me reí hasta que Andrew, el del yogur, se acercó a preguntarme si necesitaba un vaso de agua.
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Cuando llegué a casa aquella noche, se lo conté todo. La caja fuerte. El expediente delgado. Las seiscientas libras. La casa debe estar habitada. Por completo. Ruido, si hace falta. Música, si es posible. No permitas que se quede en silencio.
Jimmy estaba encantado.
—Quienquiera que escribiera eso —dijo— es mi persona favorita del mundo. Quiero casarme con él. «¡Música, si es posible! ¡No permitas que se quede en silencio!». ¡Llevo cincuenta años diciendo eso!
—Un hombre muy sensato —dijo Reggie—. Fuera quien fuese.
—Entonces, ¿quién es Ashby? —preguntó Gaz—. ¿Lo averiguaste?
—El señor Fenwick dijo que era un caballero llamado Peter Ashby. Murió en 2006. El Fideicomiso se creó en su memoria. Lo creó un amigo. Un amigo íntimo.
Lo dije de pie en el salón, todavía con el abrigo puesto, mirando a Gaz.
A mi espalda, algo cayó.
No fue un ruido fuerte. Solo un golpe sordo y blando. Como un libro al caer sobre un suelo de madera.
Me di la vuelta.
Mike estaba de pie. Delante del asiento de la ventana.
Nunca se había levantado delante del asiento de la ventana.
En cuatro meses lo había visto ponerse de pie quizá tres veces, y nunca deprisa.
Tenía el libro en el suelo, a sus pies. Se le había caído de las manos.
No las había atravesado. Se le había caído de ellas.
Se había caído de verdad: un libro de verdad sobre un suelo de verdad.
El libro que siempre sostenía, que nunca leía.
Un libro de bolsillo con la cubierta azul, tan viejo que el título se había borrado.
Me estaba mirando. Tenía el rostro muy pálido, incluso para ser un fantasma. Las gafas se le habían resbalado un poco por la nariz.
—¿Mike? —dije.
No respondió.
—Tío —dijo Gaz en voz baja—. Se te ha caído el libro.
Mike bajó la vista hacia el libro. Hacia la cubierta azul, en el suelo. Lo miró como Reggie miraba las cartas que había tras el papel pintado. Como Jimmy miraba su cuaderno. Como un hombre que contempla una puerta que cerró hacía muchísimo tiempo.
—Ya lo sé —dijo.
Se agachó para recogerlo. La mano lo atravesó. Una vez. Dos veces. Lo intentó una tercera. Volvió a atravesarlo.
Dejó de intentarlo. Se puso de pie. Se subió las gafas por el puente de la nariz con un dedo.
—Perdón —dijo Mike—. Se me ha resbalado.
Y volvió a sentarse en el asiento de la ventana y se quedó mirando por la ventana, hacia la calle, con las manos vacías en el regazo.
Nadie dijo nada. Todos miramos el libro en el suelo. Después a Mike. Después unos a otros.
Más tarde, cuando todos se habían retirado a sus rincones a pasar la noche, recogí el libro y lo dejé otra vez en el asiento de la ventana, junto a él. No me miró. Pero puso la mano sobre el libro. Y la dejó ahí.
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A la mañana siguiente, llamó Dee.
—¡Dav! ¡Me he enterado! Darren, el del ayuntamiento, llamó a mi madre, y mi madre me llamó a mí. ¡Se va a celebrar! ¡En tu calle! Estoy tan contenta que podría llorar. Lloré un poco, de hecho. En la furgoneta.
—Se va a celebrar —dije. Estaba en la cocina, preparando café en la cafetera italiana, que todavía me escupía de vez en cuando, aunque menos.
—Tengo altavoces. Tengo luces. Tengo un escenario pequeño, portátil, de un festival en el que trabajaba antes.
Cuatro metros y medio por tres. Patas de acero.
Sin trampillas. —Se rio—. Kenny dice que sí.
Lleva practicando la parte de guitarra desde que me lo contaste.
Dice que tiene los dedos demasiado viejos, pero que lo va a hacer igual.
Dice: «Por Jim, tocaría hasta con los dientes».
—Dale las gracias.
—Se las daré. —Hizo una pausa—. Dav. Hay una cosa más. No sabía si decírtelo. Pero creo que sí.
—¿Qué pasa?
—He puesto una publicación en el Instagram del pub.
Sobre la noche. Sobre Jimmy y la canción.
Con una foto de la caja. Y ayer alguien mandó un mensaje.
—Volvió a hacer una pausa—. Un anciano. Tiene ochenta y dos años.
Vive en Brighton. Dice que fue el mánager de Jimmy en los setenta. Se llama Lou Vance.
Me quedé inmóvil. La cafetera empezó a escupir. No la aparté del fuego.
—Quiere venir —dijo Dee—. A la fiesta. Dice que hay algo que necesita decir. Sobre Jimmy. Y sobre la canción. Delante de la gente. —Calló—. Dice que lleva cincuenta años esperando para decirlo.
A mi espalda, desde la puerta de la cocina, con toda claridad y con una voz que nunca le había oído, Jimmy dijo:
—Por encima de mi cadáver.
Hubo una breve pausa.
—Tío —dijo Gaz desde algún punto a su espalda—, eso no es la amenaza que tú te crees.