CAPÍTULO NUEVE
Clases de canto
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La primera clase de canto fue el lunes por la tarde, en el cuarto de baño.
—¿Por qué en el cuarto de baño?—pregunté.
—Por la acústica—dijo Jimmy—. Los azulejos. Todo buen cantante empieza en un cuarto de baño. Hace que suenes mejor de lo que eres. Te da confianza.
—No creo que nada pueda hacer que yo suene mejor de lo que soy.
—Cariño, un cuarto de baño consiguió que el loro del señor Dunn sonara como Shirley Bassey. Entra.
Me quedé de pie en el cuarto de baño, delante del espejo, con la puerta cerrada.
Jimmy se sentó en el borde de la bañera, con sus largas piernas cruzadas y la boa alrededor de los hombros, como un miembro del jurado de un concurso de talentos de la tele.
Los demás se habían ido a la cocina. Gaz dijo que era «para darnos un poco de intimidad».
Ricky dijo que era «para protegernos los oídos».
Reggie no dijo nada y cerró la puerta de la cocina con mucha firmeza.
—Lo primero—dijo Jimmy—, respirar.
—Ya sé respirar.
—Sabes respirar para seguir con vida. Eso es distinto. Los cantantes respiran para hacer ruido. Pon la mano aquí—se señaló el estómago, justo debajo de las costillas—. Inspira. Haz que la mano se mueva hacia fuera. No los hombros. El estómago.
Me puse la mano en el estómago. Inspiré. Los hombros me subieron hasta las orejas.
—No—dijo Jimmy—. Los hombros no cantan. Déjalos fuera de esto. Otra vez.
Lo intenté de nuevo. Los hombros me subieron menos.
—Otra vez.
Estuvimos así veinte minutos. Solo respirando. Inspirar, espirar, inspirar, con la mano en el estómago y Jimmy observándome con la cabeza ladeada, como un médico. Al final estaba mareado, me dolía el estómago y me sentía muy tonto. Pero los hombros habían dejado de subirme.
—Bien—dijo Jimmy—. Muy bien. Ahora. Haz un ruido.
—¿Qué ruido?
—Cualquiera. Uno largo. «Ahhh». Como cuando un médico te mira la garganta.
Hice un ruido. No era un buen ruido. Sonaba como una puerta en una película de terror.
En la cocina, a alguien se le cayó algo. Creo que fue Gaz. A los fantasmas, en realidad, no se les puede caer nada, pero Gaz siempre se las arreglaba.
—Vale—dijo Jimmy con calma—. Eso ha sido un ruido. Ahora hazlo otra vez. Pero esta vez imagina que sale del estómago, no de la garganta. Imagina que tu garganta es solo un pasillo. El ruido solo pasa por él. No vive ahí.
Lo intenté de nuevo. Fue un poco mejor. Esta vez sonó como una puerta en una película de comedia.
—Mejor—dijo Jimmy—. Otra vez.
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Lo hicimos todas las tardes de aquella semana.
Todas las noches, al salir del trabajo, volvía a casa, preparaba algo de comer y me metía una hora en el cuarto de baño con Jimmy.
Respiración. Ruidos. Escalas, que eran las notas subiendo y bajando, do, re, mi, como en Sonrisas y lágrimas, que mi madre veía todas las Navidades.
Después, trozos pequeños de canciones. No su canción.
Todavía no. Decía que no estaba listo para «Neon Heart».
Decía que «Neon Heart» era «como un coche carísimo» y que yo todavía estaba «aprendiendo a montar en bici con ruedines».
Era un buen profesor. Eso me sorprendió. Me había imaginado que sería dramático, ruidoso e impaciente, que agitaría la boa y diría «No, cariño, NO» cada cinco segundos.
No era así en absoluto. Era paciente. Muy paciente. Era amable cuando me equivocaba. Cuando hacía algo bien, aunque fuera una cosa minúscula, se emocionaba tanto que las luces del cuarto de baño parpadeaban y Gaz gritaba desde la cocina:
—¡Eso no he sido yo!
—¿Dónde aprendiste todo esto?—pregunté el miércoles—. Lo de respirar. Lo del estómago.
Jimmy guardó silencio un momento.
—En la iglesia—dijo.
—¿En la iglesia?
—En Stoke. Cuando era niño. En la iglesia metodista de Victoria Road. Mi madre me obligó a cantar en el coro todos los domingos desde los siete años. Había una mujer, la señora Hughes, que nos daba clase. Era muy vieja y muy gorda, y tenía una voz de ángel fumador. Me lo enseñó todo.
Sonrió un poco.
—Es la única persona de Stoke que me dijo alguna vez que era bueno. Cuando me marché a Londres me dio un billete de cinco libras y un himnario. Vendí el himnario en la estación de Euston para comprarme un sándwich. Las cinco libras me las guardé un año.
—¿Y qué compraste con ellas?
—Estas—dijo Jimmy, y señaló sus botas de plataforma plateadas.
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El método de la señora Hughes funcionaba, poco a poco.
Para el jueves ya podía cantar cuatro notas seguidas sin que las tuberías protestaran. El viernes conseguí cantar un verso entero de «Cumpleaños feliz» y Gaz, desde la cocina, dijo:
—Oye, no ha sido del todo horrible, tío.
El sábado, Jimmy me dejó intentar el primer verso de una canción de verdad. Una antigua. Algo suave que mi abuela cantaba en polaco y de la que yo solo conocía la melodía.
Cuando terminé, Jimmy no dijo nada durante un momento.
—¿Quién te enseñó eso?—preguntó.
—Mi abuela. Babcia. En Parma. La cantaba mientras hacía pierogi. No me sé la letra. Solo la melodía.
—Cántala otra vez—dijo Jimmy.
La canté otra vez.
Cuando terminé, Jimmy tenía las dos manos sobre la boca.
—¿Qué? —dije—. ¿Ha estado mal?
—No —dijo Jimmy detrás de las manos—. No, cariño. No ha estado mal. Ha sido lo primero que cantas sintiéndolo de verdad. —Apartó las manos—. ¿Lo ves? No se trata de las notas. Nunca se trata de las notas. Se trata de sentirlo. Esa la has sentido. Se te ha cambiado la cara entera.
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El domingo conseguí una banda.
No lo había planeado. Pasó sin más, como parecían pasar casi todas las cosas buenas en Londres. Por casualidad, en una cafetería.
Estaba en Pressed por la tarde, después del partido de fútbol de Inácio, que habían ganado seis a dos contra un equipo de abogados.
Inácio estaba detrás del mostrador, todavía con la camiseta verde embarrada, preparando cafés para su equipo.
Rhys estaba en una mesa con un plato con cuatro cruasanes.
Sofía estaba en el mostrador, discutiendo con Bev por el precio de una magdalena.
—Vas a montar una fiesta en la calle —dijo Rhys con la boca llena—. Nos lo ha contado Inácio.
—Puede. Si el ayuntamiento dice que sí.
—¿Y habrá banda?
—Tiene que haberla. Todavía no tengo.
Rhys dejó el cruasán. Me miró muy serio.
—Yo toco la batería —dijo.
—Ya lo sé. Me lo ha dicho Inácio. Ensayas los jueves.
—Soy muy bueno —dijo Rhys—. No lo digo por presumir.
Lo digo como un dato. Toqué nueve horas en una boda en Cardiff sin un solo descanso.
He tocado en una catedral. Bueno, fuera de una catedral.
No nos dejaron entrar. Pero estábamos muy cerca de la catedral.
—Volvió a coger el cruasán—. Toco en tu fiesta. Gratis. Si hay comida.
—Habrá comida.
—Pues me apunto.
—Yo toco el bajo —dijo Sofía desde el mostrador, sin darse la vuelta.
Me quedé mirándola.
—¿Tocas el bajo?
—Estuve en una banda en Valencia —dijo. Seguía discutiendo con Bev por la magdalena con la mitad de la cara, mientras hablaba conmigo con la otra mitad—.
Cinco años. Nos llamábamos Las Gatas Furiosas.
Éramos muy buenas. Y estábamos muy enfadadas.
Lo dejamos porque la cantante se casó con un dentista.
—Se volvió hacia mí—. Yo me apunto. Y no voy a tocar nada triste. Solo canciones que se puedan bailar.
—Es una discoteca de los setenta —dije.
A Sofía se le iluminó la cara entera.
—Oh —dijo—. Oh, me apunto del todo.
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Aquella noche le conté a Jimmy que tenía batería y bajista.
Se puso tan contento que salió disparado hacia arriba y atravesó el techo.
No lo hizo a propósito. Simplemente saltó y siguió subiendo.
Oí vibrar la lámpara del techo de la señora Penhaligon dos pisos más abajo, lo cual no tenía ningún sentido, porque estaba debajo de nosotros, no encima, pero los fantasmas no respetan las reglas del arriba y el abajo cuando se emocionan.
Cuando volvió a bajar, dijo:
—Nos hace falta una guitarra.
—Ya lo sé.
—Una buena guitarra. Una guitarra de verdad.
Alguien que conozca los setenta. Alguien que conozca los acordes.
«Neon Heart» tiene una parte de guitarra en el estribillo que hace así...
—y cantó algo muy rápido, que subía y bajaba y sonaba como un coche por una carretera de montaña—, y nadie menor de cincuenta sabe tocarla como es debido. No entienden el swing.
—Se lo preguntaré a Dee —dije—. Conoce a muchos músicos. Fue ingeniera de sonido.
—Pregúntale por Kenny —dijo Jimmy de pronto.
—¿Kenny? ¿El del cuaderno?
—Kenny Moss. Si sigue vivo. Ahora tendría setenta y tantos.
Me acompañó todos los sábados durante dos años.
Conoce la canción. Es el único que la ha leído jamás.
—La voz de Jimmy se volvió un poco rara—.
La leyó la semana antes de San Valentín.
Vino a buscarme al armario y me dijo: «Jim.
Esta. Esta es la buena». Aprendió la parte de guitarra en dos días.
Iba a tocarla aquella noche. Conmigo. —Jimmy miró al suelo—. Si sigue vivo. Pregúntale a Dee.
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Aquella noche le escribí a Dee un correo. Me contestó por la mañana.
¡¡¡Kenny Moss está vivo!!! Vive en Walthamstow. Tiene setenta y cuatro años. Viene al pub todos los viernes a ver cómo lo arreglan y a decirles a los obreros que lo hacen mal. Se lo preguntaré. Es un gruñón, pero dirá que sí. Dice que sí a todo si antes le invitas a una pinta.
Otra cosa: ¿es verdad que vas a montar Glitter & Gold en TU CALLE??? Bev, la de la cafetería, se lo ha contado a mi prima y mi prima me lo ha contado a mí. ¿Es verdad? ¿Puedo ayudar? Tengo altavoces. Tengo MUCHÍSIMOS altavoces.
Dee
Lo leí en el metro. Luego lo leí otra vez. Después me quedé allí sentado, con el teléfono en la mano, pensando: Bev, la de la cafetería, se lo ha contado a mi prima.
Londres tenía nueve millones de habitantes. Y, aun así, era también un pueblo diminuto donde la prima de todo el mundo conocía la cafetería de todo el mundo.
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Cuando pasé por Pressed esa tarde, de camino a casa, Bev estaba sola detrás del mostrador, limpiándolo. Alzó la vista cuando sonó la campanilla.
—Señor del piso 3 —dijo—. Me he enterado de que da una fiesta.
—¿Se lo contaste a la prima de Dee?
—Yo se lo cuento todo a todo el mundo —dijo Bev—. Es mi principal afición. Después de la ensalada de patata. —Dobló el paño—. Inácio dice que estás cantando.
—Lo intento.
—Dice que lo haces fatal.
—Lo hago fatal.
—Dice que estás mejorando. —Me miró con sus ojos grises y penetrantes—.
Te oye, ¿sabes? Cuando saca los cubos de basura al patio por las tardes.
La ventana de tu baño está justo encima de nuestro patio y la dejas abierta.
Dice que todas las noches, a las ocho, algún pobre animal se está muriendo en el número 14 y que el sábado, de pronto, el bicho se puso a cantar algo en otro idioma y él tuvo que sentarse.
Noté que me ardía la cara.
—¿Oyó eso?
—Eso oyó. —Bev cogió una bandeja de tazas limpias. Se detuvo en la puerta de la trastienda—. Ese cantante. El de tu piso. El de los setenta. Jimmy no sé qué.
—Jimmy Starr.
—Jimmy Starr. —Pronunció el nombre despacio, como si lo estuviera saboreando—. Mi madre trabajaba en un pub de Upper Street. En los setenta. Tiraba pintas. Cinco años. Cuando yo era pequeña hablaba de aquello todo el tiempo. De todos los cantantes. De todos los personajes. Del hombre del loro.
Dejé de respirar.
—El señor Dunn —dije—. El tuerto.
Bev me miró un largo momento.
—Tiene ochenta años —dijo Bev—. Vive en Kentish Town. Lo recuerda todo de 1974 y nada del martes pasado.
Entró en la trastienda. Luego volvió a asomar la cabeza por la puerta.
—Le preguntaré —dijo Bev— si conoció a un chico llamado Jimmy Starr.