CAPÍTULO SIETE
Once páginas
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La señora Penhaligon leyó «Neon Heart» el jueves por la noche, en la mesa de la cocina, con las gafas de leer en la punta de la nariz y el cuaderno abierto delante, sobre un paño de cocina limpio.
Lo leyó tres veces. Yo estaba sentado enfrente, mirándola. No dijo nada. La segunda vez movió un poco los labios, como si oyera la melodía en la cabeza. La tercera se quedó completamente inmóvil.
Entonces se quitó las gafas de leer, las dobló y las dejó sobre la mesa, junto al cuaderno.
—Bueno —dijo.
Esperé.
—No es espantosa —dijo la señora Penhaligon.
Desde algún punto por encima de nosotros, oí algo parecido a un hombre cayéndose de una estantería de pura felicidad. No creo que ella lo oyera. Espero que no.
—No es espantosa en absoluto —dijo—. En realidad es bastante bonita. Y resulta de lo más irritante.
Miró la página. El bolígrafo azul. La palabra él, en mayúsculas.
—Era un joven muy tonto —dijo en voz baja—. Y era muy valiente. Entonces no lo entendí. Tenía veinticinco años, era de Croydon y creía que la valentía era cosa de soldados.
Cerró el cuaderno con cuidado.
—Esto es más valiente que la mayoría de los soldados.
—Entonces… —dije—. ¿Significa eso que…?
—Significa que tengo condiciones —dijo la señora Penhaligon.
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Había cuatro condiciones. Me las escribió en una hoja de su pequeño cuaderno de rayas, con su letra azul y pulcra, y todavía la conservo. La estoy mirando ahora mismo.
1. Nada de purpurina en mi alfombra. Si la purpurina es imprescindible, se queda en el jardín.
2. La música se para a las once. No a las once y cinco. Ni «una canción más». A las once.
3. Alguien tiene que preguntarle personalmente al señor Abernathy, el del número 11. Tiene ochenta y ocho años y se altera con mucha facilidad. Una vez llamó a la policía por un gato.
4. Yo elijo una canción.
—¿Qué canción? —dije.
—Ya lo descubrirás esa noche —dijo la señora Penhaligon.
—¿Es una canción de los setenta?
—Es una canción que aquel joven me cantaba desde su ventana en la primavera de 1974 —dijo—, cuando yo intentaba leer Jane Eyre. Es la única canción suya que no fingí odiar.
Me miró por encima de las gafas, que se había vuelto a poner.
—Eso es todo lo que necesitas saber.
Cogí el papel. Lo doblé con cuidado.
—Gracias, señora Penhaligon.
—No me des las gracias todavía —dijo—. Aún no le has preguntado al señor Abernathy.
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Cuando subí, les leí la lista en voz alta a los fantasmas.
Número uno: Gaz estaba desolado.
—¿Nada de purpurina en la alfombra? ¿Cómo vamos a montar una discoteca setentera sin purpurina en las alfombras? ¡Si eso es la esencia de los setenta!
—La purpurina se queda en el jardín —dijo Reggie con firmeza—. Es perfectamente razonable. La purpurina es dificilísima de quitar. Llevo cincuenta años viendo a Jimmy soltarla por todas partes. Está en las tablas del suelo. Está en las paredes. Encontré un poco en mi lámpara.
—Eso no es purpurina —dijo Jimmy—. Es polvo de estrellas.
—Es purpurina, James.
Número dos: Ricky lo aprobaba.
—Las once está bien. Hay que dejarlos con ganas de más. Nunca dejes que una fiesta se muera poco a poco. Eso es lo peor. Todo el mundo de pie a las dos de la madrugada, buscando el abrigo y llorando por sus ex.
Número tres: Gaz lo sabía todo sobre el señor Abernathy.
—Es viejísimo, tío. Lleva ahí desde antes que yo. Pintó la puerta de naranja en 1970, se quejó toda la calle y no volvió a pintarla nunca, por puro despecho. Sigue naranja. Ahora está muy descolorida. Como una zanahoria triste.
—¿Cómo sabes que llamó a la policía por un gato?
—Porque lo vi hacerlo —dijo Gaz—. En 1997.
Desde la ventana. Era un gatazo pelirrojo.
No paraba de sentarse en su coche. Se plantó en la calle en bata y gritó: «Sé lo que estás haciendo y he llamado a las autoridades».
Vino la policía. Miraron al gato. El gato los miró a ellos. Y todos se fueron a casa.
Número cuatro: Jimmy no dijo nada durante un rato.
—Una canción que yo cantaba desde la ventana —dijo por fin—. En la primavera del setenta y cuatro. Cuando ella estaba leyendo.
—¿Sabes cuál?
Jimmy sonrió. Una sonrisa pequeña. Íntima.
—Puede que sí —dijo—. Pero no pienso decirlo. Si ella quiere que sea una sorpresa, cariño, sorpresa será.
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El formulario del ayuntamiento tenía once páginas.
Priya tenía razón: era corto para ser un formulario del ayuntamiento.
Eso no lo hacía corto. Tenía preguntas cuya respuesta yo no sabía, como «Describa las medidas de control del tráfico que propone», «¿Habrá sonido amplificado?
En caso afirmativo, indique el nivel máximo de decibelios previsto» y «Confirme la ubicación del desfibrilador más cercano».
El viernes por la noche rellené la primera página en el sofá, con Reggie leyendo por encima de mi hombro.
—Has escrito mal tu propia dirección —dijo Reggie.
—No.
—Has escrito «Kestrel Road». Es Kestrel Row.
Lo taché. En la página dos volví a escribirlo mal. En la página cuatro me equivoqué por tercera vez, y Reggie hizo un ruido como de hombre con dolor físico.
—David —dijo—. Vives aquí.
—¡Sé que vivo aquí! ¡Estoy cansado! ¡Me he pasado todo el día mirando sillas!
—Descansa —dijo Reggie—. Termínalo mañana. Un hombre cansado rellena un formulario como un borracho conduce un coche.
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El sábado por la mañana bajé a Pressed con el portátil, las once páginas, un bolígrafo y la lista de condiciones de la señora Penhaligon.
Me dije que era porque el wifi de la cafetería era mejor que el de mi piso.
Y era verdad: el wifi de mi piso iba lento desde que Gaz intentó «potenciarlo» en marzo.
Tampoco era esa la razón.
Inácio estaba detrás del mostrador. Un sábado por la mañana la cafetería estaba a tope: familias, perros y gente leyendo el periódico. Cuando me vio entrar, su cara hizo eso que hace. Se le iluminó de golpe.
—¡Dav! ¡Buenos días! ¿Un latte grande?
—Por favor.
—¿Qué es todo eso? —Señaló con la jarra de leche los papeles que llevaba bajo el brazo.
—Un formulario del ayuntamiento —dije—. Para una fiesta callejera.
Alzó las cejas.
—¿Una fiesta callejera? ¿Aquí? ¿En Kestrel Row?
—Quizá. Si el ayuntamiento da el visto bueno. Y si el señor Abernathy dice que sí. Y la señora Penhaligon. Bueno, ella ya ha dicho que sí, más o menos. Con condiciones.
—¿Dona Margaret ha dicho que sí? —Inácio parecía asombrado—. Odia el ruido. Una vez me dijo que mi risa era «una molestia pública».
—Ha dicho que sí —respondí—. Casi del todo.
Me preparó el café. Un corazón. Me lo llevó él mismo a la mesa de la ventana, algo que no solía hacer un sábado tan ajetreado. Miró las once páginas extendidas sobre la mesa.
—¡Bev! —gritó por encima del hombro—. ¡Me voy a tomar el descanso!
—¡Ya te has tomado el descanso a las diez! —dijo Bev.
—¡Me voy a tomar otro!
Bev lo miró. Luego me miró a mí. Después miró la mesa. Y entonces puso los ojos en blanco con tanta fuerza que pensé que se le iban a quedar arriba.
—Quince minutos —dijo.
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Tardamos cuarenta y cinco.
A Inácio se le daban muy bien los formularios. Mucho mejor que a mí. Dijo que era porque en dos años había rellenado tantos formularios para el Gobierno británico que podría hacerlos en sueños.
—Formularios de visado, de la universidad, de sanidad, formularios para conseguir los formularios. En Brasil tenemos muchos formularios. Pero en Gran Bretaña los formularios tienen formularios.
Leyó todas las preguntas en voz alta, con su cálido acento, y yo escribí las respuestas. Cuando no sabíamos la respuesta, se inventaba algo que sonara oficial.
—«Describa las medidas de gestión del tráfico que propone» —leyó.
—No tengo ninguna medida de gestión del tráfico.
—Ahora sí. —Se lo pensó—. Escribe: «La calle está cerrada en un extremo por unos bolardos y un árbol. En el otro extremo colocaremos a dos voluntarios con chalecos amarillos y un cartel».
—¿Quiénes son los voluntarios?
—Rhys y yo. A Rhys le encantan los chalecos amarillos. Se puso uno para ir a una boda.
—«¿Habrá sonido amplificado?» —leyó—. Sí. Evidentemente. «¿Nivel máximo de decibelios previsto?» —Me miró—. ¿Qué es un decibelio?
—No lo sé. Una unidad de volumen, creo.
—¿Cuánto ruido hace una discoteca?
—No lo sé. ¿Mucho?
Inácio tecleó algo en el móvil.
—Dice que una conversación normal son sesenta. Una calle concurrida, setenta. Un concierto, cien. —Se lo pensó—. Ponemos ochenta. Ochenta es una cifra respetable. Ochenta es la cifra de una persona responsable.
—«Confirme la ubicación del desfibrilador más cercano».
—La farmacia de la esquina de Camden Road. Lo sé porque hice allí un curso. En marzo. Con un hombre de plástico llamado Brian.
Estaba muy cerca de mí. Eso era lo que no dejaba de notar.
Leía por encima de mi hombro, inclinado hacia mí, con un brazo apoyado en el respaldo de mi silla.
Su hombro rozaba el mío. Olía a café, a jabón y a ese toque de canela que siempre estaba ahí y que nunca había conseguido identificar.
Cuando se reía, lo notaba a través de su brazo, hasta el mío.
No creo que él se diera cuenta. Para Inácio, creo, aquello era simplemente cómo se rellena un formulario con un amigo.
Yo sí me daba cuenta.
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Cuando terminamos, se echó hacia atrás en la silla y estiró los brazos por encima de la cabeza. Le crujió la espalda. Siempre le crujía.
—Listo —dijo—. Once páginas. Ya eres una persona responsable con una fiesta callejera.
—Gracias. De verdad. Si no, todavía estaría en la página cuatro.
—La página cuatro era la más difícil. Nadie pasa de la página cuatro solo. —Cogió la lista de condiciones de la señora Penhaligon y la leyó. Al llegar al número cuatro, sonrió—. Ella elige una canción. Claro que sí. Dona Margaret jamás dejaría que eligiera otra persona.
Luego dejó la lista sobre la mesa y me miró.
—Dav —dijo—. Esta fiesta. Con el grupo. Y la canción del viejo cantante. La de tu piso.
—¿Sí?
—¿Quién la va a cantar?
Podría haber dicho: «Alguien del pub». Podría haber dicho: «Todavía no lo hemos decidido». Podría haber dicho: «Dee conoce a gente». Todo eso era cierto, en cierto modo. Cualquiera de esas respuestas habría sido más fácil.
No dije ninguna.
—Yo —dije.
Inácio se rio. La carcajada grande. Esa que hizo sonreír a dos personas de la mesa de al lado sin que supieran por qué.
Entonces vio mi cara y paró.
—Hablas en serio —dijo.
—Hablo en serio.
Me miró con la cabeza inclinada hacia un lado. Los ojos oscuros me recorrieron la cara como si leyeran algo escrito ahí con letras minúsculas.
—¿Sabes cantar? —dijo.
—No —dije—. Ni siquiera un poco. En cuarto me encargaba de las cortinas. Un profesor me echó del coro porque hacía llorar a los demás niños.
Inácio se me quedó mirando.
—¿Entonces por qué? —dijo.
Pensé en Jimmy, arrodillado delante del sofá. «Ya es hora de que alguien se fije en ti, Dav Kowalski. Y ya es hora de que tú lo permitas.»
—Porque alguien tiene que hacerlo —dije—. Y porque lo prometí.
—¿A quién?
No contesté a eso. Cogí el café. Estaba frío. Dentro había un corazón, un poco derretido.
Inácio siguió mirándome. Y entonces le pasó algo en la cara que en aquel momento no entendí. Se le suavizó la mirada, igual que en los escalones, bajo la lluvia, cuando le dije que era gay. Como si llevara mucho tiempo agarrando algo con fuerza y acabara de soltarlo, solo un poco.
—Vale —dijo—. Vale, vale, vale.
Se levantó y cogió su taza vacía.
—Entonces estaré en primera fila. Y, si lo haces fatal, aplaudiré muy fuerte. Así nadie podrá oírte.