El disco nunca muere (Embrujado por un guapo nº 2) CAPÍTULO CINCO
14%

CAPÍTULO CINCO

Aquí

❦

El plan fue tomando forma durante el fin de semana. O, para ser más exactos, cinco planes tomaron forma al mismo tiempo, en cinco direcciones distintas, y me pasé el fin de semana intentando convertirlos en uno solo.

El plan de Gaz iba de luces. Quería luces por todas partes.

Luces en la fachada de la casa, luces de una acera a otra, luces en los árboles, luces en el jardín, una bola de discoteca en el salón de la señora Penhaligon y, si era posible, «uno de esos focos enormes de los estrenos de cine, apuntando al cielo, para que lo vean desde Hampstead».

—Harías saltar todos los plomos del norte de Londres —dijo Ricky.

—Solo algunos.

El plan de Reggie iba de orden. Me hizo escribir una lista.

Luego me hizo escribirla otra vez, más ordenada.

Después me hizo numerarla y poner una fecha junto a cada número, y un nombre junto a cada fecha.

Lo llamó «un calendario de operaciones».

Dijo que así organizaron ellos el especial de Navidad del BBC Light Programme en 1955, «con un solo incendio menor».

El plan de Ricky iba de quién vendría.

—No solo la gente de Dee —dijo—. No solo los de siempre del pub. Todo el mundo. La calle. El café. La gente de tu trabajo. Tu brasileño. Y que paguen algo. Cinco libras. Diez. Dáselo al pub, para el escenario. Si vas a hacerlo, hazlo por algo.

—En realidad, es una idea muy buena —dije.

—Ya lo sé —dijo Ricky—. Organicé cuatro noches benéficas en 1985. Recaudamos dinero suficiente para comprar un minibús. Se averió de camino a Gales. Pero lo compramos.

El plan de Mike consistía en sentarse junto a la ventana y no decir nada.

Pero el sábado por la tarde, cuando estaba en el jardín trasero con una cinta métrica, intentando calcular cuánta gente podía caber en el césped, alcé la vista y lo vi en la ventana de la cocina, encima de mí.

No estaba leyendo. Me observaba. Y cuando lo miré, alzó una mano y señaló.

No al jardín. A la puerta lateral. La que estaba junto a los cubos de basura y daba al estrecho sendero que llevaba a la calle.

Miré la puerta. Luego volví a mirarlo a él.

Hizo un movimiento con la mano. Uno amplio. Como si estuviera abriendo algo.

Tardé un minuto en entenderlo. Pero lo entendí.

El jardín era demasiado pequeño. Cuarenta personas, quizá cincuenta si eran muy amigas.

Pero si abríamos la puerta lateral, el jardín quedaba conectado con el sendero.

Y el sendero conectaba con la calle. Y la calle era Kestrel Row.

Una calle corta y en curva, sin tráfico de paso, porque uno de sus extremos estaba cerrado por una fila de bolardos y un árbol.

No necesitábamos el jardín. Necesitábamos toda la calle.

Volví a mirar hacia la ventana. Mike había vuelto a su libro.

· ❦ ·

Y el plan de Jimmy era la canción.

Eso era lo único que le importaba. No le importaban las luces, ni la lista, ni las cinco libras. Le importaba que se cantara la canción. Delante de la gente. En voz alta. Con cada palabra en su sitio.

—Incluido él—dijo el domingo por la noche—. Especialmente él.

—Lo sé —dije.

—Lo digo en serio, cariño. Nadie cambia esa palabra. Ni tú. Ni Dee. Ni ningún hombre con anillos y puritos. Nadie.

—Nadie va a cambiarla.

Me miró con sus grandes ojos pintados. Luego asintió y volvió al cuarto de baño, donde había empezado a pasar las noches. Decía que la acústica era mejor. Los azulejos hacían que su voz «rebotara». Nadie podía oír su voz salvo yo, así que no estaba seguro de para quién rebotaba. Pero no lo dije.

· ❦ ·

El lunes por la mañana fui a trabajar y el plan tuvo que esperar.

En la oficina de Brightwater en Londres hubo mucho ajetreo aquella semana.

La cuenta de Halden & Rowe había arrancado oficialmente.

Martin había organizado lo que él llamaba un «kickoff», que se traducía en catorce personas en la gran sala de reuniones llamada Abbey Road, con bollería y un montón de diapositivas, y Martin de pie al frente, con su americana azul y sus zapatillas blancas, dando palmadas cada pocos minutos como un hombre que intenta encender un fuego.

—Halden & Rowe —dijo—. Fundada en 1890. Cinco generaciones.

Sigue siendo una empresa familiar. Fabrican los mejores muebles de Gran Bretaña.

Sillas, mesas, armarios. Cosas que conservas durante cien años.

Cosas que les dejas a tus nietos. —Pasó a una diapositiva con la foto de una mesa de madera muy bonita en una habitación muy bonita en la que no había nadie—.

Nuestro trabajo consiste en conseguir que la próxima generación los quiera. Sin perder lo que los hace especiales.

Pasó a la siguiente diapositiva. En letras enormes ponía: LEGADO. ARTESANÍA. FAMILIA.

—Estas son nuestras tres palabras —dijo Martin—. Todo lo que hacemos vuelve a estas tres palabras.

Priya, sentada a mi lado, escribió algo en su bloc y me lo pasó. Decía: Va a decir «simple» en menos de cuatro minutos.

Escribí debajo: Dos minutos.

—Y Dav —dijo Martin, volviéndose hacia mí con las dos manos extendidas, como si me estuviera presentando en un concurso de televisión—, va a dirigir la parte creativa. Porque Dav entiende lo que necesita este cliente. Tiene un estilo muy limpio. Muy honesto. Muy...

Simple, escribió Priya a toda velocidad, antes de que terminara.

—...simple —dijo Martin—. En el mejor sentido.

Priya trazó un pequeño visto junto a su nota. Un minuto y cuarenta segundos. Había ganado.

· ❦ ·

A la hora de comer, Priya y yo fuimos a la tienda de bagels de Brick Lane. Le conté lo del pub. Lo de Dee, el escenario, el ayuntamiento y la idea de hacer la fiesta en Kestrel Row en su lugar.

No le conté lo de Jimmy. Le dije que había descubierto que un cantante vivió en mi edificio en los años setenta, que escribió una canción que nunca llegó a cantar, que el pub quería que se cantara en su reapertura y que la reapertura se había cancelado porque el escenario estaba podrido.

—Así que quieres organizar una fiesta en la calle —dijo Priya—. En tu calle. Con un grupo. Para un cantante muerto al que nunca conociste.

—Dicho así, suena raro.

—Suena increíble —dijo Priya—. Suena a la mejor idea que ha tenido nadie en Brightwater en dos años. Incluidas todas las ideas por las que nos han pagado. —Dejó el bagel sobre la mesa—. ¿Puedo ayudar?

—¿Quieres ayudar?

—Dav. Organicé la boda de mi primo en Leicester para trescientas cuarenta personas, incluidos dos tíos que no se hablan desde 1997 y una abuela vegana. Puedo organizar una fiesta en la calle.

—Seguramente hará falta un permiso. Del ayuntamiento.

—Me encantan los permisos —dijo Priya—. Los permisos no son más que formularios con ganas de que los quieran.

· ❦ ·

Así que, para el lunes por la tarde, el plan ya tenía forma.

Priya me había enviado un enlace a la página web del Ayuntamiento de Camden, donde decía que se podía solicitar una «fiesta en la calle» si la calle era tranquila y residencial, si se solicitaba con al menos cuatro semanas de antelación y si «la mayoría de los residentes» estaban de acuerdo.

Había un formulario. Tenía once páginas.

Priya dijo que era «corto, para ser un formulario del ayuntamiento».

Gaz había dibujado en el espejo del baño un mapa con el lugar donde irían todas las luces. El Marcador seguía en el rincón. Reggie tenía el calendario de operaciones. Ricky tenía una lista de personas a las que invitar. Jimmy tenía su canción.

Y yo tenía un problema.

El jardín era compartido. Pertenecía a los tres pisos. El piso 2 estaba vacío. El piso 3 era mío. Y el piso 1 pertenecía a la señora Penhaligon.

Si íbamos a abrir la puerta lateral, utilizar el jardín, colocar un grupo en el escalón de atrás, tender cables desde la casa y hacer que cincuenta o cien personas pasaran por el estrecho sendero junto a la ventana de su cocina, ella tenía que decir que sí.

—Dirá que sí —dijo Gaz, convencido—. Ahora nos quiere. Te dio té. Dejó que Reggie usara su salón. Vino al café con sombrero.

—Vino al café una vez —dijo Ricky—. Con sombrero. Eso no significa que quiera a cien personas en su jardín.

—Dirá que sí —repitió Gaz.

—Dirá que no —dijo Ricky.

—Lo apunto en el Marcador —dijo Gaz.

· ❦ ·

El martes por la tarde, llamé a la puerta del piso 1.

Había llevado una ofrenda de paz. Una caja de galletas de mantequilla muy buenas de una tienda cercana a la oficina que, según Priya, «todas las abuelas británicas respetan».

Había practicado lo que iba a decir. Reggie me había ayudado.

«Sé educado. Sé claro. No te enrolles. No te disculpes más de dos veces.

Y, por el amor de Dios, David, ponte derecho».

La puerta se abrió unos centímetros. La señora Penhaligon me miró por la rendija. Entonces vio las galletas y la puerta se abrió un poco más.

—Señor Kowalski —dijo—. Ha traído galletas. Eso significa que quiere algo.

—Solo quería saludar.

—Nadie trae galletas Walker's para saludar. Pase. Quítese los zapatos. La alfombra es nueva. Bueno. Es de 1998.

Entré. Me quité los zapatos. Me senté en el mismo sillón que la noche de la tormenta.

El gato gris dormía en su cojín. Los perros de porcelana estaban en sus estantes.

El viejo piano seguía en el rincón, con el tapete de encaje otra vez por encima y las fotos de nuevo arriba.

Todo era igual, salvo que la habitación parecía ligeramente distinta. Más cálida, quizá. O quizá era yo.

La señora Penhaligon preparó té. Puso las galletas en un plato con flores. Se sentó frente a mí y me miró por encima de la taza.

—¿Y bien? —dijo ella.

Así que se lo conté. Fui educado. Fui claro. No me enrollé… mucho. Solo me disculpé una vez, al principio, por accidente.

Le hablé del cantante que vivía en el piso 2 en los años setenta.

Del pub, del cuaderno y de la canción que nunca cantó.

De que el escenario estaba podrido y de que la noche del pub se había cancelado.

De la idea de hacer la fiesta aquí en lugar de allí.

En Kestrel Row. En el jardín. En la calle.

Con un grupo, luces y dinero para el pub, y con la canción cantada por fin, con cincuenta años de retraso, en la casa donde la escribió.

La señora Penhaligon no dijo nada mientras yo hablaba.

Sostenía la taza de té con las dos manos y me miraba con sus penetrantes ojos azules.

Cuando dije «piso 2» y «los años setenta», algo cambió en su rostro.

Una cosa pequeña. Como una puerta que se cierra suavemente en algún lugar lejano de una casa enorme.

Cuando terminé, dejó la taza en el platillo. Con mucho cuidado. Clic.

—El cantante —dijo—. El del piso 2. ¿Cómo se llamaba?

—Jimmy Starr —dije—. Su verdadero nombre era James Stubbs.

La señora Penhaligon guardó silencio.

—No —dijo.

—¿Perdone?

—No. No puede celebrar su fiesta. —Se puso de pie y recogió mi taza vacía. Le temblaban un poco las manos—. No en mi jardín. No en esta calle. No con música, luces, cien desconocidos y su canción. —Se volvió hacia la cocina. Luego se detuvo, de espaldas a mí, con la taza en la mano.

—No después de 1974 —dijo la señora Penhaligon.