El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 34. Kisa
99%

34. Kisa

Kisa

N o sabía que las despedidas pudieran doler tanto —susurra Hajun al lado de Kisa, en la cubierta exterior recién reparada del CRS Traspalmántico, con los ojos anegados de lágrimas. Kisa intenta sonreír a su amigo, pero se le entristece el rostro.

—Ni yo —susurra, y le da un abrazo muy fuerte. La suave camisa negra del joven, tan distinta de su tieso uniforme de siempre, se arruga con el apretón—. Vas a procurar divertirte, ¿verdad? Ni se te ocurra echarme demasiado de menos.

Nota que asiente con la cabeza.

—Gracias —susurra el ídolo—. Por todo.

—Te lo mereces todo, Hajun —contesta Kisa, sin soltarlo, inhalando su colonia de canela—. Durante todo el tiempo que quieras.

Se permite abrazarlo un poco más antes de apartarse despacio y con cuidado.

—Kisa —dice Somi, y la presa que contiene las emociones de la joven vuelve a romperse cuando la gumiho da un paso hacia ella; unas lágrimas muy poco propias de la joven le asoman a los ojos.

El pelo corto de Somi se agita con la brisa de la mañana—.

Supongo que esta despedida… es de verdad.

—Le tiemblan los labios pintados de rojo y le brillan los nudillos con los que se aferra al asa de una maleta—.

Me alegro de haber tenido una segunda oportunidad.

Y me hace muy muy feliz que nos despidamos siendo amigas.

—Yo también —afirma Kisa, secándose una lágrima—. Somi…, quiero que sepas que lo que pasó la última vez no fue culpa tuya. Hani nunca te culpó, ni tampoco yo. Por si te sirve de algo, lo siento…, no, lo sentimos mucho todo.

Mientras Somi niega con la cabeza, Kisa prácticamente tira de ella para abrazarla. La gumiho vacila antes de devolverle el abrazo a Kisa y apretarla tan fuerte que está a punto de dejarla sin aliento.

—¿Vendrás de visita? —le pregunta a Kisa, que se esfuerza por respirar.

—Sí —responde con un resuello—. Por supuesto. Mientras estéis aquí.

—Bien —dice Somi, sorbiéndose los mocos mientras da un paso atrás. Hajun le da la mano, preocupado por la llorosa gumiho—. Si no lo haces, me veré obligada a tomar medidas drásticas.

Kisa se lo cree.

—Ya sabes dónde encontrarme —responde, y no puede evitar sonreír cuando su amiga asiente; a las dos se les ablanda el gesto.

—Quiero que te quedes con esto —dice Somi, y le da la maleta. Como Kisa arquea las cejas, la joven se agacha para abrir un poco la cremallera y dejar que vea las docenas de novelas rosas maltrechas del interior—. Eran tuyas antes y deberían ser tuyas también ahora.

A Kisa se le empañan los ojos.

—Ay, Somi —susurra—. Gracias.

La gumiho sonríe, aunque sigue llorando.

—Creo que serán una buena adicción, ¿no te parece?

—Sin duda —responde Kisa, aunque un sollozo le quiebra la voz.

El hilo rojo que le rodea el meñique (ya recuperada su insustancialidad original) le da un tirón insistente antes de adoptar la forma de un reloj. «Tic, toc», le dice con sus letras curvas y claramente impacientes.

Claro. Respira hondo. Seokga ya casi ha llegado, después de marcharse la noche anterior para ocupar el trono de Okhwang como emperador celestial en funciones por tres (como él llama al puesto) y hacer realidad el deseo de Kisa.

Ella percibió el momento exacto en el que sucedió, cuando su alma se liberó del CRS Traspalmántico y se vinculó a otro lugar.

Fue una especie de ligereza en el cuerpo que ya ni recordaba que podía existir, la sensación de contar con un potencial enorme a su disposición… , de que estaba a punto de irse a casa.

Se le había olvidado lo que se sentía.

—Sé feliz, Kisa —le susurra Hajun mientras el hilo rojo del destino se estremece de alegría y el aire se ondula levemente al aparecer Seokga al lado de la joven. Su mera presencia hace que el corazón le lata un poco más fuerte que antes.

—Lo seré —le promete, y le da la mano a Seokga.

Ya lo es.

Lo último que ve del CRS Traspalmántico son las sonrisas llorosas de Somi y Hajun antes de que el mundo que la rodea desaparezca…

… y vuelva a formarse, convertido en un lugar de papeles viejos y tinta.

Kisa se muerde el labio para reprimir su grito de alegría al ver las paredes de caoba gastada repletas de pergaminos amarillentos y volúmenes de cuero; se vuelve sobre los tablones viejos del suelo, irregulares y cubiertos de polvo, para contemplar las torres de libros en precario equilibrio que casi llegan hasta el techo abovedado, a cientos de metros de altura.

Es un laberinto de literatura, un bosque de libros olvidados.

Las torres son los árboles; las motas de polvo que caen suavemente, sus hojas, iluminadas por las ventanas sucias que dejan entrar la luz del sol (la deslumbrante, real y pura luz del sol ).

Los murciélagos cuelgan de las vigas de madera en penumbra de arriba y las polillas revolotean de libro en libro, como si se creyeran mariposas bebiendo néctar.

El bosque no se acaba nunca y es cada vez más oscuro a medida que avanza, con sus estrechos pasillos y sus escaleras vertiginosas de aspecto, como mínimo, endeble.

A pesar del frío, a pesar del aire estancado, la Biblioteca Celestial es lo más bello que Kisa ha visto en su vida.

Se vuelve hacia Seokga y se lleva una mano temblorosa a la boca.

Los ojos verdes del dios brillan con una mezcla de esperanza y preocupación.

—Te lo dije, es fría, polvorienta…

—Y desordenada —coincide ella, pero sonríe, henchido de alegría el pecho—. En realidad, no tiene nada que no pueda arreglarse con el sistema de clasificación decimal de Dewey y una chimenea encendida.

—Tu tenacidad resulta admirable —murmura él, acercándose. A ella se le corta el aliento—. Pero, Kisa, ¿estás segura de que quieres vincular tu alma a este sitio?

Porque un gwisin debe vincularse a alguna parte, ya sea el lu­gar en el que murió, el que desea encantar o algún punto del inframundo, como el CRS Traspalmántico.

Sin ese vínculo, el gwisin vaga sin rumbo.

Puede vagar durante varios siglos sin perder la cabeza ni perderse en los mundos físicos, pero, si lo hace durante demasiado tiempo, ocurren ambas cosas.

El vínculo que establezca Seokga será más amable que el de Yeomra.

Kisa podría bailar bajo el sol o visitar a los amigos que siguen navegando por el caudaloso río del inframundo, pero, al final, este lugar acabará por llamarla.

Para que regrese aquí, a este nuevo mundo. A su bosque de libros olvidados.

Kisa sabe que se le iluminan los ojos al contemplar la biblioteca, al sentir los secretos que la rodean como si fueran una manta reluciente. Es imposible saber dónde acaba la Biblioteca Celestial. Es un mundo entero en sí misma, uno en el que se sentirá satisfecha.

—Claro que sí —susurra—. Este es mi hogar , Seokga. —Le roza los labios con los dedos—. Contigo.

«La quiero… tanto… apenas puedo respirar… Kisa… Kisa… Kisa…».

Mientras el sol de la mañana ilumina la biblioteca y envuelve al dios y a el gwisin en su brillante resplandor, Kisa se pone de puntillas y besa a Seokga con todo el amor eterno y profundo que le bulle en el alma.

En algún lugar lejano, el dios de las leyes y las promesas cumplidas sonríe.

Porque, por fin, se ha cumplido un juramento.