El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) Epílogo. Seokga
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Epílogo. Seokga

epílogo

Seokga

U na solitaria flor de cerezo vuela con un suave soplo de viento, cada vez más alto, por las bulliciosas calles de Nueva Sinsi, entre los rascacielos rutilantes.

Deja atrás un Creature Café, donde se tuestan los granos de café y se hornean los bollos, que leudan y brillan con sus perlas de azúcar en los hornos.

La flor de cerezo se siente satisfecha vagando por la ciudad hasta caer con delicadeza en el suelo, pero algo curioso ocurre antes de poder hacerlo.

Quizá una de las deidades del viento (Yeongdeung Halmang o uno de sus taimados hijos) haya invocado una racha repentina o quizá no sea más que una de esas brisas de primavera que lleva consigo el recuerdo reciente de una tormenta de invierno.

En cualquier caso, la flor de cerezo sube, sube y sube , y vuela mucho más allá del mundo mortal hasta llegar a los cielos, donde acaba flotando hacia un bosque oscuro en el que unas doncellas celestiales lavan sus alas en un riachuelo borboteante, cerca de un pequeño palacio de madera enclavado entre los arces y los robles.

La flor de cerezo se apretuja para entrar a través de una grieta estrecha en la puerta oscura y aparece en un mundo que es mucho más grande de lo que parecía por fuera.

Es otro tipo de bosque, en el que los árboles se han transformado en pergaminos y páginas ondeantes, y la tierra suave y musgosa, en un suelo liso pero irregular.

El soplo de aire, con una última exhalación, envía a la flor revoloteando entre las pilas de libros, demasiado deprisa para que se fije en que una mano experta ha organizado con meticulosidad cada una de las vastas secciones.

Hay de todo, desde atrevidas novelas románticas desgastadas hasta tomos históricos del tamaño de un caballo pequeño.

Sin embargo, la flor solo ve la casita que, peculiarmente, se ubica en una gruta de libros rodeada de un remolino de estantes.

Tiene un tejado de paja y una puertecita verde, y la flor de cerezo está todo lo desconcertada que una flor de cerezo puede estar cuando, por fin, se posa en el alegre felpudo que da la bienvenida.

¡ bienvenidos !, se lee en una letra garbosa pero desordenada.

alejaos si no queréis sufrir las consecuencias , dice el bordado de abajo, en una letra mucho más puntiaguda.

Un instante después se abre la puerta. Seokga el Embaucador pisa la frágil flor al aventurarse en las profundidades de la biblioteca, donde va a recorrer cinco kilómetros en busca del libro específico que le ha pedido la bibliotecaria.

Hwanin se ríe, sentado sobre los hombros del dios, mientras estira las manitas para rozar con los dedos los lomos de los libros. Su hermano mayor sonríe.

Ahora están en las Pilas Oscuras, donde no llega la luz de la ventana de las Pilas Someras.

Kisa y él han hecho un trabajo admirable acabando con las plagas y limpiando el polvo, que se amontonaba como nieve, en las Pilas Someras de la entrada de la biblioteca, pero esta zona sigue tan salvaje como siempre.

De las grietas de las tablas del suelo brotan champiñones.

Los murciélagos revolotean por arriba y hay una pequeña población de demonios viviendo en las Pilas Profundas de la biblioteca.

Más de una vez, Kisa y él se han adentrado en las Pilas Profundas, armados con un gran bate de béisbol y una espada, respectivamente, para acabar corriendo de vuelta a la casa.

La casa en sí había sido un regalo de Samsin Halmoni, que se disculpó ante Kisa con tal emoción que cualquiera habría pensado que Kisa era la diosa.

Lo más parecido a una disculpa que Seokga recibió de ella fue algo que podría describirse como una sonrisa de arrepentimiento, aunque había que entornar bien los ojos para distinguirla.

Seokga ni siquiera quiere saber qué reside en las sombras más allá de las Pilas Profundas…

, en las Pilas Más Profundas. Kisa ha conjeturado que podría tratarse de un aquelarre de brujas y está deseando conocerlas.

Seokga, no tanto. Mientras que los chamanes obtienen su magia de los dioses, las brujas obtienen los suyos de demonios como los eoduksini.

Un silencio poco común se ha apoderado de las Pilas Oscuras, salvo por un ruidito débil que suena sospechosamente como un demonio menor de la plaga.

Se siente aliviado al encontrar el libro que busca y poder dar media vuelta antes de que la nauseabunda criatura le provoque un resfriado a Hwanin.

Las ventanitas de la casa brillan a la luz de las velas, y es una visión agradable, comparada con las Pilas Oscuras.

Cuando entra por la puerta, Kisa se levanta de un salto de su escritorio, emocionada, y corre a quitarle de las manos el pesado tomo.

—¡Sí, es perfecto! —exclama, encantada, y, como un hombre enamorado, él la observa hojear con reverencia las páginas. El hilo rojo forma corazoncitos.

—Para ya —masculla el dios, dirigiéndose al hilo escarlata.

Desde que desveló por completo su inteligencia, Seokga ha deseado varias veces poder estrangularlo. No obstante, Kisa ha teorizado que solo se vuelve sólido de verdad si su pareja vinculada corre peligro mortal. Lo más que ha podido hacerle Seokga al hilo insustancial es darle manotazos de rabia.

«Ji, ji, ji —contesta el hilo, formando bucles guasones—. No lo haré».

Demasiado deslumbrado por Kisa y distraído por el hilo, apenas se percata de que Hwanin (con una sonrisa traviesa y desdentada) se eleva por los aires.

Kisa corre de vuelta a su escritorio frente a una de las ventanas, donde hay un portátil (robado de una tienda de Samsung en Seúl, cortesía de Seokga) abierto y parpadeando, con un documento enorme y lleno de texto que espera su regreso.

Su querido cuaderno, de su tiempo en el CRS Traspalmántico, está también abierto al lado, y en él se cuenta con su letra desastrosa todo lo sucedido desde la primera aparición del hilo rojo hasta el descubrimiento de su vida propia.

Kisa deja el nuevo tomo en el escaso centímetro de espacio libre del escritorio y lo mira con adoración.

Seokga se asoma por encima de su hombro.

El encabezado de la página izquierda de su documento de Word, siempre abierto, reza: el hilo del destino .

Seokga se da rápidamente la vuelta al oír un gritito de alegría. Hwanin está dando volteretas en el aire, para desesperación del dios del engaño, que, por mucho que lo intenta, es incapaz de convencer al pequeño gamberro para que baje.

—Hwanin —prueba a exhortarle, aunque solo sirve para que el niño se ría de él y ruede volando hasta la cocinita, donde roza todas las flores secas que cuelgan de las vigas y que Kisa usa para preparar la comida del bebé.

Seokga hace una mueca cuando Kisa se pone a su lado.

—Ya bajará —dice mientras observa al niño flotar por encima de la pequeña mesa redonda del comedor.

El dios se pregunta por qué habrá deseado alguna vez lo que otros describen como «felicidad doméstica» cuando Hwanin empieza a chillar, como si, de repente, lo horrorizara encontrarse flotando por el aire, a pesar de haber sido idea suya desde el principio.

Hermanos. Después de un par de intentos, consigue agarrarlo del dedo gordo del pie y tirar de él.

—Eres un monstruo —murmura, y le da un beso en la cabeza. El bebé se retuerce alegremente en sus brazos—. ¿Cómo va el libro? —pregunta Seokga a Kisa.

—Tan bien como esta mañana —suspira ella, pasándose una mano por los rizos.

Lleva uno de los jerséis del dios, que nunca se acostumbrará a la alegría que le produce verla sin aquellos pijamas de hospital del CRS Traspalmántico—.

Puede que esta noche tengamos que intentar adentrarnos en las Pilas Más Profundas… Necesito otra referencia.

Seokga hace una mueca.

Kisa sonríe.

—No me digas que tienes miedo…

—Nunca —masculla él, y Kisa se le acerca para alisarle con el pulgar la arruga del entrecejo.

—Pobre diosecito, qué asustado está… —Su beso es suave y dulce, y se lo da como si nada, aunque a Seokga casi le ceden las rodillas.

Siempre que lo besa simplemente porque puede y quiere hacerlo, se pregunta qué ha hecho su malvada alma para merecérselo—.

Siempre podemos pedirle otra vez a Hwanung que venga con nosotros.

Seokga hace otra mueca al recordar la desastrosa expedición a las Pilas Profundas con su sobrino.

Todavía no se ha recuperado de la música que Hwanung decidió poner en su altavoz portátil mientras Seokga y Kisa se enfrentaban a una horda de baegopeun gwisin regordetes y babeantes.

No era capaz de concentrarse con el rock duro de fondo y a punto había estado de perder la pierna de un mordisco.

—No, Kisa, por favor…

La frase queda en el aire cuando alguien llama a la puerta de su casita.

La sorpresa de Kisa se transmite por el hilo.

Casi nadie los visita, salvo por Hwanung, que aparece cada dos semanas y entra dando pisotones en la casa con sus ridículas botas de tachuelas, dejándolo todo perdido de lodo, polvo y suciedades varias mientras se queja con mucho teatro de su cansancio y de «lo tremendamente duro que es ser emperador en funciones».

Seokga no se compadece demasiado de él. Sin embargo, Hwanung los visitó hace dos días, lo que significa que, sea quien sea la persona de la puerta, no se trata de su sobrino.

—Ya voy yo —dice, y aprieta con fuerza el bastón.

—No, voy yo —responde Kisa, que lo adelanta.

—Yo tengo la espada … —insiste él, intentando ponerse delante, pero Kisa le hace la zancadilla y él se tambalea, airado.

—Yo soy la que está muerta —le dice ella, volviendo la vista atrás y, antes de que él pueda formular una respuesta ante su, por desgracia, lógica aplastante, la bibliotecaria abre la puerta.

Y se queda paralizada. Se le tensa la espalda y sube los hombros, mientras que el hilo rojo que los une se enciende en un tono morado de pánico y alarma.

Sin pensárselo dos veces, Seokga recoge a Hwanin del suelo y se coloca cojeando detrás de Kisa, donde, con un giro de muñeca, transforma el bastón en espada.

Cuando ve lo que hay más allá del esbelto hombro de Kisa, Seokga está a punto de soltar tanto a su hermano como la espada.

Una mujer con la piel del color de la primavera y el pelo no menos oscuro que la tierra más fértil se encuentra sobre el felpudo de bienvenida, vestida con un sencillo hanbok marrón.

Bosteza, como si acabara de despertar de un largo sueño, y estira los brazos al despegar los labios. En las manos lleva una revista.

¡¡las sórdidas revelaciones sobre el sexy seokga!! , dice el titular rosa chicle, seguido de una foto muy poco favorecedora del dios del engaño, que mira con rabia a cámara dentro de un armario para escobas mal iluminado.

—¿Madre? —susurra el dios, que no se atreve a creérselo.

Sus ojos amables, verdes como los de él, se arrugan por el rabillo.

—Imagino que puedes explicarme de qué va todo esto, ¿no, Seokga? —le pregunta Mago, la diosa de la Tierra, emperatriz por derecho propio de Okhwang y madre (previamente) dormida de Seokga.