El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 32. Seokga
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32. Seokga

Seokga

L o primero que distingue a través de su vista nublada y cubierta de telarañas negras es a Kisa.

Su Kisa, en la fría caverna, calada hasta los huesos.

Está a punto de caer de rodillas de alivio.

«Está viva», piensa antes de recuperar con un escalofrío el desagradable recuerdo de que estaba muerta incluso antes de encontrarla.

Lo segundo que ve es a Jang forcejeando con unos grilletes de hueso, pintada la decepción en su rostro. Sonríe, satisfecho, mientras se lleva la mano al costado, que todavía sangra.

Lo tercero que ve es a su padre.

Despatarrado sobre la roca en la que lo abandonó hace tanto tiempo.

«Un cadáver viviente», piensa mientras lo observa.

Sucio, esquelético, demacrado. Los ojos, de color negro, están cubiertos por una película opaca.

Se le contrae el estómago y se dice que solo es por el dolor que le produce el mordisco de Jang.

Gracias a la inclinación de la roca, Mireuk también puede verlo perfectamente.

—Hijo mío —dice, y estira los labios cuarteados en una sonrisa exangüe—. Has venido.

— Mierda —susurra Yeomra, que se queda paralizado. Jang sonríe.

La enormidad de ver a su padre por primera vez desde que lo apresara es como una muerte súbita para Seokga. Sus vías respiratorias se abren y cierran antes de poder por fin inhalar el aire suficiente para recuperar la compostura, aunque, por dentro, se desmorone.

—Hola, padre —dice Seokga, que, no sabe cómo, consigue sonar desdeñoso. Ya no le duele tanto el costado y se le ha entumecido todo el cuerpo—. Estás… horrible.

Se mece un poco, y lo único que lo salva de caer es que Kisa sale corriendo hacia él. Su presencia lo estabiliza.

—Ah, Seokga —dice Mireuk, suspirando—. Te he echado de menos. Durante todo este tiempo me he arrepentido de muchas cosas… —Mira a Kisa—. Y esta debe de ser ella, ¿no? Es guapa. Entiendo lo que le ves.

—No voy a liberarte —le asegura él entre dientes—. Tus crímenes contra la humanidad te trajeron hasta aquí y aquí te quedarás, padre.

Una chispa de orgullo baja por el vínculo que lo une a Kisa.

—Me crees incapaz de cambiar —susurra el dios loco, apenado—. Podría demostrar que te equivocas. Podría deshacerlo todo si me librara de estos grilletes… Un mundo sin dolor. Podría hacerlo. Volver atrás…

—Y una mierda —le suelta Seokga. La locura de su padre no es de las que puedan tratarse o despertar simpatía. Lo habían intentado. Lo intentaron durante mucho tiempo antes de recluirlo. Solo sirvió para causar más muerte y destrucción.

—Puedo hacer retroceder el tiempo… Puedes salvar a Hani… o a Kisa… A quien prefieras…

Kisa se tensa.

«Manipulador… está… tentándolo… dios solitario… dijo… Yeomra… no puede… irnos… ahora… ahora… ahora…».

Seokga nota un tic en los dedos. Kisa los observa hasta que le resulta imposible seguir haciéndolo.

—Esto también te ayudará a ti, Seokga… No finjas que no…

«Todos los problemas que tienen su origen en la relación con tu padre pueden solucionarse. Quiere empezar de nuevo, como has hecho tú… Y está en tu mano ofrecérselo, Seokga. Sé que te estaría eternamente agradecido».

—Hijo mío, hijo mío —dice Mireuk, cuya sonrisa se ensancha—. ¿No es eso lo que deseas?

«Lo quieres. Creo que todavía harías cualquier cosa por él».

—Sí —responde con voz ronca antes de poder contenerse. Siente que la influencia de Mireuk lo invade como un hongo. Le duele la cabeza por el esfuerzo que le supone resistirse.

—Seokga, por favor —le suplica Kisa—. No le hagas caso.

—Tú y yo nos parecemos mucho, Seokga —susurra Mireuk—. Siempre incomprendidos… Lo único que tienes que hacer es desatarme, hijo, y les demostraremos que se equivocan.

—Seokga —le advierte Yeomra, amenazante—. No lo hagas. Ya sabes cuál sería tu castigo.

«¿Quieres decir que parte de ti no sigue deseando su aprobación? ¿Que no se pregunta qué sucedería si te la ganaras?».

— Escúchame , Seokga —dice Mireuk—. No le hagas caso. Ven aquí. Desencadéname. Haz lo que tu hermano nunca podría hacer… Sé mejor de lo que Hwanin será jamás.

—Seokga —susurra Kisa, tomándole la mano—. Por favor, no lo hagas. Te lo suplico…

«Amas con todo lo que eres, por completo, pero lo que te devuelven es menos de la mitad».

—Hijo… —insiste Mireuk, que se humedece los labios débilmente—. Te quiero. Me rompería el corazón… que malgastaras mi amor.

«Te quiero».

«Te quiero. Te quiero. Te quiero».

¿Cuánto tiempo ha esperado para oír esas palabras?

Seokga respira hondo. Y suelta la mano de Kisa.

De todos modos, tarde o temprano tendrá que dejarla marchar.

—¡¡Seokga!! —ruge Yeomra, pero, con un giro de muñeca, el dios del engaño crea una ilusión de dolor insoportable para el dios de la muerte.

Yeomra cae de rodillas mientras Seokga, con la barbilla bien alta, mirando a su padre a los ojos, sube por la roca en la que está tumbado.

— ¡No! —grita Kisa, que corre tras él, pero Seokga es más rápido.

El primer par de grilletes está suave. Seokga sonríe a su padre mientras los arranca de la piedra y los reduce a polvo. La sonrisa de Mireuk se torna monstruosa y malvada cuando le libera los brazos y después las piernas.

El dios loco se alza…

… y se da cuenta de que no puede.

Desde donde está, al pie de la roca, invisible gracias a su ilusión, Seokga agita una mano indolente para hacer desaparecer al Seokga que está junto a su padre.

Se deshace también de la ilusión de las cadenas rotas, de modo que todos vean que los grilletes de hueso siguen en su sitio, rodeando las muñecas y los tobillos marchitos de su padre.

—¡¡No!! —ruge el dios, tirando de sus ataduras—. ¡¡No!!

La siguiente en disiparse es la ilusión que lo oculta a él, el verdadero Seokga…, seguida del dolor que mantiene atrapado al dios de la muerte. En opinión del embaucador, el muy cabrón se lo merece por no darse nunca cuenta de lo que sucede en su puñetero reino.

—Los malos siempre caéis en las mismas trampas —dice, fingiendo aburrimiento, mientras se sacude unas pelusas invisibles de los pantalones empapados y mira con intención a Jang y después a su padre—.

A ver si aprendéis de una vez. Es lamentable, de verdad.

Si vais a ser malvados, al menos podríais intentar que se os dé medio bien.

Más arriba, encaramada en la roca, Kisa le sonríe. No parece en absoluto sorprendida cuando baja de un salto.

—Ha sido muy emocionante —dice, jadeante—. Nunca se me ha dado bien el teatro… o, al menos, la improvisación, pero creo que ha colado, ¿no?

—¿Tú lo sabías? —balbucea Yeomra, que todavía tiene cara de dolor.

—Lo veo tal y como es —contesta ella, arqueando una ceja—. Con ilusión o sin ella. Te dije que no lo subestimaras.

Seokga nunca la ha querido tanto como en este momento.

—Lo siento —murmura, meciéndose en el sitio—. Debería haberte hecho caso sobre Jang. No de-debería haberla llamado…

—No —responde ella con decisión, dando tumbos hacia él para sujetarle la cara entre las manos—. No te culpes por ello. Por nada de lo sucedido. Mi muerte no es culpa tuya. Es de ella. Y no te culpo por no querer pensar que iba a por ti…

—Seokga —dice su padre con voz ahogada, desesperado—, piensa en todo lo que puedo darte…, que podemos darnos…

—No, gracias —responde él, apoyándose en las manos de Kisa. Es lo único que ha querido y querrá jamás. Lo único que necesita.

El rostro de Mireuk se contrae para adoptar la expresión cruel que tan bien recuerda.

—Te perseguiré hasta los confines de la tierra… Quemaré las verdes colinas y llanuras de tu madre con el fuego de mil incendios… Te arrancaré las venas de la piel y las ataré…

—Eso no es anatómicamente posible —lo interrumpe Kisa, sonriendo a Seokga.

Le brillan los ojos y, ay, el corazón de Seokga está a punto de estallar de amor. La envuelve en sus brazos con ternura. Abrazarla es como tomar ese primer trago de aire dulce después de ahogarse. Oculta el rostro en su mata de rizos color café y la aprieta con fuerza.

—Te quiero. —No necesita que ella se lo diga. Ni siquiera necesita que sienta lo mismo que él. Solo quiere decírselo—. Te quiero, Kisa.

No se siente dolido cuando ella se retira un poco. Atesorará para siempre el tiempo que han pasado juntos. Los dos han recibido una segunda oportunidad, y eso es más de lo que la mayoría puede decir.

Así que, cuando Kisa esboza una sonrisa tierna y le susurra lo mismo, teme haberla oído mal o encontrarse en una de sus ilusiones.

—Creo que yo también te quiero —murmura ella.

—¡¡Seokga!! —ruge Mireuk.

—Adiós, padre —dice él, dándole la espalda.

Y no vuelve la vista atrás ni una sola vez.