31. Kisa #3
Es como una flecha que sale disparada hacia el corazón de Jang. Con un grito de sorpresa y rabia, la anciana se transforma en tigre y se aparta de las manos extendidas del dios, que sostiene en ellas unos grilletes similares a los de Mireuk.
—¡Corre, corre, corre ! —dice Somi, y juntas salen a la carrera hacia el cuerpo sin fuerzas de Seokga.
Pegado a la roca, Mireuk guarda silencio, pero Kisa nota en los huesos que los ojos nublados del dios la observan atentamente cuando se inclina sobre su hijo.
No le gusta el peso de su mirada, como si su presencia no lo intimidara en absoluto, sino que permanece impasible: como si observara a una hormiga trepar en vano por una pared momentos antes de que la aplasten.
Kisa traga saliva, asustada, mientras mete los brazos por debajo de los de Seokga.
—Joder, pesa más de lo que parece —jadea Somi, que intenta levantarlo por los pies, pero un instante después Jang, entre rugidos, la golpea, y la gumiho se estrella contra la pared de la cueva.
Yeomra grita algo desde el otro lado de la caverna, con el rostro marcado de arañazos, mientras trastabilla hacia atrás, pero la jangsan beom se ha girado hacia Kisa, que no oye nada más cuando el aliento caliente de Jang le da en la cara.
—Kisa —se burla el tigre, enseñando los colmillos amarillentos—, ríndete.
Yeomra sigue gritando y, si Kisa mirara al dios de la muerte, vería que alza las manos hacia las estalactitas y que del suelo oscuro brotan unos soldados esqueléticos que se ponen en pie poco a poco esbozando sonrisas petrificadas.
No obstante, ella es incapaz de moverse mientras los ojos amarillos manchados de rojo de Jang se entornan para mirarla. Seokga se agita en sus brazos.
—Déjalo en el suelo —le exige el tigre con la voz de Jang, con cara de aburrimiento.
Despacio, con la vista fija en el hilo rojo (que ha corrido a contorsionarse para formar un pictograma crudo pero comprensible, una instrucción), Kisa obedece. Jang se lame el hocico y sonríe como solo puede sonreír un superdepredador.
Un instante después, siguiendo las instrucciones del hilo, Kisa entra en acción, impulsada por la adrenalina y la ira .
Agarrada al vínculo sólido con una mano, Kisa salta por encima del cuerpo de Seokga.
Jang le da un zarpazo, pero Kisa se echa a un lado y rodea la pata estirada del tigre con el hilo rojo del destino.
En realidad, el hilo hace casi todo el trabajo al enrollarse en la extremidad peluda, pero Kisa jadea igualmente, concentrada en atarla.
La jangsan beom se ha levantado sobre las patas traseras, lo que le ofrece a Kisa la oportunidad perfecta para meterse bajo su vientre y enrollarle el hilo rojo en la cintura peluda y musculosa.
Jang se gira, enfadada, y la rocía de saliva rancia, pero el hilo rojo sujeta bien el cuerpo del monstruo.
Incluso cuando Jang, imitando el truco de Seokga, se transforma en su figura humana, más pequeña, el hilo aguanta.
Kisa, satisfecha, la ve caer al suelo, incapaz de moverse.
Y da un brinco de un metro de altura cuando un esqueleto se acerca, traqueteante, y se agacha para admirar su obra.
Lo sigue Yeomra, que parece tan impresionado como irritado cuando agita una mano para hacer desaparecer el auténtico ejército de esqueletos que, al parecer, ha invocado en algún momento del caos.
—Bien hecho —le dice el director ejecutivo, pero Kisa está demasiado cansada para disfrutar del halago mientras Yeomra se inclina para rodear la cintura de Jang con unos grilletes de hueso. El hilo rojo se desenrolla del cuerpo de la anciana y se reconfigura para formar dos pulgares hacia arriba.
—Arrrjjj —gruñe Somi al ponerse de pie como puede y restregarse la cabeza; después avanza dando tumbos hacia Kisa—. Eso ha sido… horrible… Veo doble… no, triple…
Yeomra tira de Jang para levantarla y esboza una sonrisa desagradable.
—¿Prefieres la Colina de los Cuchillos o la Tienda de Picadillo? —pregunta—. Elige bien, porque será tu hogar para toda la eternidad.
—¿Y por qué no la hace pasar por los siete infiernos, uno detrás de otro?
—pregunta Kisa, y son las palabras más frías que ha pronunciado en su vida.
Toma la mano de Somi y se la sujeta con fuerza mientras observa a la asesina de ambas.
«Descubre quién fue y hazle daño. Igual que se lo hicieron a ella»—.
Una y otra vez, hasta que se reencarne en una babosa inútil e indefensa, con todos sus recuerdos, y alguien le eche sal.
Después puede empezar de nuevo el proceso. Una y otra y otra vez.
—Y otra vez —añade Somi con voz dura, mientras aprieta la mano de Kisa.
Jang palidece.
—Ajá —responde Yeomra, que parece ligeramente anonadado—. No te interesaría trabajar en nuestro Departamento de Torturas, ¿verdad?
—Hazlo, Yeomra —dice alguien con voz ronca. Yeomra abre mucho los ojos, presa del pánico, y, al volverse, Kisa ve a Seokga de pie, algo encorvado, con un brillo asesino en los ojos verdes—. Yo le echaré la sal.