31. Kisa #2
«No necesito respirar —se dice con decisión, aunque le duele el pecho—. Estoy muerta. No necesito respirar».
Sus pulmones parecen pensar lo contrario. Calcula que tiene un minuto, más o menos, antes de desmayarse y no ser de utilidad alguna para nadie. El hilo rojo se flexiona bajo ella y, cuando Kisa empieza a sentirse más débil, se le enrolla en la cintura.
Tras una fracción de segundo, el hilo tira de Kisa, que se lleva a Somi con ella.
La conduce hacia un lado y otro, sin dejar de descender.
Kisa cierra los ojos… y solo vuelve a abrirlos cuando el hilo la arrastra por encima de algo basto y duro…
Y la presión del agua desaparece. Kisa abre los ojos de golpe.
Están en una cueva… En una cueva en la que, no se sabe cómo, no entra el agua helada. Respira hondo con ganas y, a su lado, Somi, empapada, hace lo mismo. Con los pulmones por fin llenos, Kisa se levanta y el hilo rojo le suelta la cintura.
La cueva está a oscuras, y hay estalactitas que descienden de un techo mojado y resbaladizo.
En cuanto se le pase el subidón de adrenalina, Kisa va a sentir todas las piedras afiladas que pise con los pies descalzos.
Unos grupos de estalagmitas se alzan con aire amenazador del suelo y se internan en las profundidades de la cueva.
Detrás de ella, la entrada se abre como una boca hambrienta.
Las aguas escarlatas la empujan, pero parece bloquearlas algún tipo de magia.
Kisa cierra la mano en torno al hilo rojo, que se le coloca en la palma de la mano. «Sí —piensa—, sin duda es sólido». ¿Qué ha producido el cambio?
Se queda mirando boquiabierta el hilo, que se eleva en el aire y forma unas letras escritas a mano: «Tiempos desesperados, medidas desesperadas. Vamos, Kisa».
Como ella no se mueve, se vuelve a retorcer para formar una especie de emoticono enfadado. «¡Deprisa!».
—¡ Sabía que eras inteligente! —exclama ella entre dientes, deseando tener su cuaderno para anotar esta novedad tan absurda—. ¡Lo sabía! Las implicaciones son simple y llanamente asombrosas …
«Ya te regodearás después. Ahora, date prisa».
—Eso espero —le suelta Somi, que parece ofendida—. Tengo un cerebro.
—Hum… —A pesar de su nueva solidez, Somi sigue sin ver el hilo rojo del destino que une a Seokga y Kisa—. No me refería a ti —susurra, pero el hilo ya está tirando de ella hacia el interior—. Por aquí. Vamos.
La cueva se transforma a medida que se adentran en ella.
La superficie afilada y plana, cubierta de mugre, da paso a una escalera de roca resbaladiza que conduce a un negro abismo.
Kisa mantiene una mano sobre el muro viscoso y otra en el hilo, mientras Somi y ella descienden con cuidado y en silencio.
El aire se hace más denso y sulfuroso, y lo notan húmedo en los pulmones.
También les llega el tenue olor de un cuerpo sin lavar, olor que aumenta cuando la improvisada escalera llega al fondo de una caverna con tres túneles oscuros.
—¿Por cuál? —susurra Somi.
El hilo se estira hacia el segundo. Kisa lo señala, pero vacila. Tiene que haber trampas. Las hay en todas las prisiones. La espada de Seokga está en lo más alto del CRS Traspalmántico, y las garras de Somi están rotas y no sirven de nada. Solo cuentan con su ingenio.
Las dos mujeres avanzan con cautela hacia el segundo túnel.
Kisa casi espera que un demonio se abalance sobre ellas, pero se encuentran con el…
¿director ejecutivo? El corazón le da un vuelco en el pecho cuando Yeomra sale de la oscuridad; la sombra de ojos le brilla incluso en la negrura más profunda.
Si está con Jang…
Pero Yeomra niega con la cabeza levemente mientras se lleva un pálido dedo a los labios.
—Por fin apareces —le espeta Somi.
El director hace caso omiso de la airada gumiho y se acerca a Kisa.
—Seokga está inconsciente —susurra—. Cuando sus heridas se curen, lo obligarán a liberar a su padre.
—¿Y usted no puede hacer algo con Jang? —le pregunta Kisa, aunque suena más a súplica—. ¿Enviarla a los siete infiernos?
Aunque Hajun encuentre su corazón y lo tire por la borda, ya no les sirve de nada. Jang no está en el barco.
—Sí que puedo, y lo haré. Pero ese no es el problema ahora. Seokga es el problema.
—No —insiste ella con vehemencia—. No participa por voluntad propia en todo este…
A Yeomra le brillan los ojos.
—No entiendes la influencia de Mireuk sobre Seokga.
Por eso lo ha elegido Jang, en vez de a cualquier otro dios.
Aunque luchará contra ello, al final hará cualquier cosa por su padre con tal de que lo quiera.
¿Sabes cómo lo llamamos en Okhwang? —Se inclina hacia delante, como para darle el golpe de gracia—. Lo llamamos el dios solitario.
—Lo sé —responde ella con rabia, aunque el dolor le fractura el pecho. El dios solitario—. También sé que lo subestima. Luchó contra Jang en el barco, y fue él quien encerró a Mireuk en este lugar.
Yeomra pone los ojos en blanco y a Kisa le dan ganas de pegarle un puñetazo.
—Pudo rechazar a Jang porque Mireuk no estaba presente.
Dependía de la fuerza de Hwanin para lograr encerrarlo.
El dios loco es un manipulador y, cuando Seokga se encuentre frente a él, se quedará sin una puta pizca de fuerza.
Si intenta liberar a su padre, se considerará un Crimen Divino contra el panteón y toda la humanidad.
Sería peor incluso que su golpe. Tenemos que sacarlo antes de que despierte.
Yo me ocuparé de Jang. Vosotras dos os lleváis a Seokga. ¿Está claro?
Kisa aprieta la mandíbula.
—Vale —responde.
—Como el agua —dice Somi.
—Vamos.
El túnel es largo, está salpicado de charcos turbios y huele a aire rancio y estancado.
Kisa intercambia miradas temerosas con Somi mientras siguen a Yeomra.
Cuando por fin paran, Kisa se lleva una mano a la boca.
Al otro lado hay una caverna, una boca hambrienta con una lengua de roca…
en la que está atado un hombre con cadenas del color exacto de los huesos humanos.
Son nauseabundas. Lo primero que le llama la atención son las cadenas, pero, cuando se da cuenta de a quién sujetan a la roca que sobresale, Kisa siente un terror que no se parece a nada que haya sentido antes.
La vejiga amenaza con cederle cuando mira al dios loco sin despegarse de las sombras, mientras un sudor pegajoso se le acumula sobre cada centímetro de piel temblorosa.
El dios loco. Mireuk. Creador de vida y, después, de los sufrimientos que la acompañan.
Violación. Asesinato. Lo más horrible y aterrador.
Está tendido, abierto de brazos y piernas, sobre la roca, con el rostro casi tan esquelético como sus cadenas, demacrado y turbado.
El cabello apelmazado y largo cae de la roca y se extiende por el suelo de abajo.
Un hedor a desechos, a muerte lenta, impregna el aire, mezclado con la horrenda peste de un cuerpo que lleva innumerables siglos sin lavarse.
Nota un movimiento en la garganta y tiene que pivotar para vomitar en silencio encima de las pesadas botas negras de Yeomra, sin poder evitarlo.
El director ejecutivo le lanza una mirada de asco profundo y traición suprema.
Bajo la lengua de la caverna está tirado Seokga, despatarrado. A su lado se encuentra Jang, que mira a Mireuk con un brillo maniaco en los ojos.
—¡Su Majestad! —exclama y, aunque todavía luce su ridículo conjunto hawaiano, logra sonar tan aterradora como en su forma de tigre—. ¡Vuestro hijo! Os lo he traído hasta aquí. ¡Vuestra libertad es inminente!
—Ah… —La voz de Mireuk no es el sonido atronador y poderoso que Kisa se esperaba, sino poco más que un carraspeo atiplado, ronca por la falta de uso.
No parece una deidad todopoderosa, ni el villano más peligroso del mundo mortal.
Mireuk suena débil—. Jang Heejin. Lo has hecho muy bien, mi pequeño tigre.
Jang esboza una sonrisa de oreja a oreja.
—Cualquier cosa por vos, mi emperador.
—Recibirás tu recompensa, tal y como se te prometió. —Mireuk se humedece los labios—. Despierta a Seokga.
— Ahora —susurra Yeomra y, antes de que Kisa pueda ni siquiera tensarse, el dios de la muerte abandona el túnel.