31. Kisa
Kisa
E l tigre gruñe y se abalanza con las garras extendidas sobre el dios embaucador, que en esos momentos se está recuperando de su desagradable choque contra una pila de tumbonas caídas.
Mientras se escabulle de las uñas de las ineo, Kisa reflexiona sobre lo inconveniente que le resulta no poseer ya los poderes de Hani.
En la universidad aprendió a luchar, por supuesto (estudió el arte igual que estudió anatomía e historia), pero nunca ha estado en una pelea de verdad y, sobre todo, no se esperaba tener que entrar en batalla con un bebé en brazos…
Salta con los pies descalzos sobre colas y zarpas.
—Chisss —intenta calmar a Hwanin, que le llora al oído—. No pasa nada, no pasa absolutamente nada…
Mira a su alrededor, desesperada, en busca de Hajun, que parece haber construido una montaña de tumbonas de plástico y se ha encaramado en precario equilibrio sobre ellas, blandiendo una toalla enrollada para protegerse de las sirenas que trepan hacia él.
«Bueno —piensa Kisa—. Quizá sí que pase algo».
—¡Mi perla de zorro no funciona aquí abajo! —chilla Somi, que corre en círculos, como ella—. ¿Qué puedo hacer?
—¡Forma de zorro! —chilla Kisa.
—¿Sin garras ? Los dientes de zorro no son demasiado grandes…
Un relámpago verde ilumina el otro extremo de la cubierta y Kisa ve que Seokga se ha convertido en una pantera gigante. Los ojos esmeralda del gato brillan al lanzarse sobre Jang, y Kisa no es capaz de reprimir cinco estornudos seguidos. Gatos …
—¡¡Kisa, lo siento!! —gime Hajun, que se baja de un salto de su montaña—. ¡¡No puedo hacer esto!!
—¡¡Llévate al bebé!! —grita Kisa mientras se libra de una mano fuerte que le agarra los tobillos. Como en un partido de fútbol americano, Somi pasa corriendo, agarra a Hwanin y se lo pone a Hajun en los brazos mientras este corre hacia la puerta—. ¡¡Hajun!! ¡¡Busca el corazón de Jang!!
—¡¡Y tíralo al río!! —aúlla Somi, que se agacha para darle un puñetazo en la cara a una ineo. La sirena aúlla de dolor y sorpresa.
—¡Vete con él! —grita Kisa, y esquiva por los pelos a otra sirena.
—¡No voy a abandonarte!
El barco rebota sobre las aguas cuando la corriente se vuelve más traicionera. Kisa está a punto de caer de boca, pero reacciona deprisa.
—¡Dos pares de ojos son mejor que uno! —consigue decir mientras Somi corre hacia ella y las dos mujeres se colocan espalda contra espalda.
El barco se inclina de nuevo y la espada abandonada por Seokga se desliza por el suelo hacia ellas.
Kisa la recoge y siente como si la pesada empuñadura estuviera hecha para ella.
En cualquier otra circunstancia se detendría a admirar el brillo exacto de la plata recogida a la luz de la luna y, quizá, tomar algunas notas mentales sobre su peso y densidad, pero está clarísimo que no hay tiempo para eso.
—¿Y dónde vamos a buscar el corazón? —grita Somi mientras el agua roja salpica los laterales del barco, llegando incluso hasta su punto más elevado.
El paso del Dios Atado se alza, amenazador, ante ellas en el torbellino de contracorrientes rojas.
Kisa contiene un aliento de pánico al ver que, cubierta abajo, Seokga forcejea bajo las zarpas de Jang; el tigre está encima de la pantera.
Tras un relámpago verde, la pantera se transforma en un ratoncito que escapa de la aterradora criatura antes de convertirse en un oso pardo gigantesco y enfadado cuyo peso hace crujir la cubierta.
—¿Kisa? ¿Dónde puede estar el corazón?
—¡No… no lo sé ! —chilla ella mientras corta el aire con la espada.
Las sirenas sisean cuando la hoja corta carne.
Al parecer, ellas no dominan el arte de percatarse de que no necesitan sentir dolor.
La cubierta resbala por culpa del agua del río y, cuando se inclina peligrosamente, Kisa y Somi se abrazan para sostenerse.
Seokga y Jang caen dando tumbos hacia ellas, convertidos en una masa de zarpas y pelaje.
Consiguen apartarse por muy poco, seguidas de las ineo sedientas de sangre.
Jang y Seokga se estrellan contra el bar de estilo hawaiano, rompiendo primero la madera, que se astilla bajo su peso, y después las botellas, que dejan escapar el característico aroma del alcohol.
Somi sale corriendo hacia la melé y coge un fragmento largo de cristal, cuyo borde afilado brilla al blandirlo contra las sirenas.
También le corta la piel, pero a la gumiho parece no importarle cuando se abalanza hacia un reluciente grupo de ineo.
Las ineo heridas se lanzan por la borda en dirección a las aguas de abajo mientras chillan de rabia. Kisa ha avanzado bastante, pero nota que frena mientras recuerda la forma exacta de mover los pies y manejar la espada que le enseñaron en las clases.
¿Dónde escondería Jang su corazón? Kisa jadea entre dientes mientras repasa todas las posibilidades.
No podía arriesgarse a que un huésped encontrara un órgano así.
La respuesta evidente sería la habitación de Jang, pero el instinto le dice que la jangsan beom no habría reconocido haberlo ocultado en un «lugar seguro» a no ser que estuviera convencida de que no lo encontrarían. Su dormitorio es demasiado evidente.
Maldice mentalmente al director ejecutivo por haber construido un barco tan enorme. Por cierto, ¿dónde está? ¿No se ha dado cuenta de que el caos se ha apoderado de la niña de sus ojos?
El corazón, el corazón… El corazón… Oh, no.
El barco se para en seco justo debajo del amenazante arco del paso del Dios Atado. A Kisa se le sube el corazón a la garganta al levantar la mirada para contemplar la piedra oscura y húmeda. Bajo ellos, rodeada de las aguas rojas revueltas, se encuentra la prisión de Mireuk.
Se vuelve hacia las ineo, pero ellas le sonríen antes de deslizarse entre los huecos de la baranda de la cubierta 10 para desaparecer en el río sin apenas salpicar.
El oso de Seokga ruge mientras ataca al tigre con sus enormes zarpas, pero ella no nota el dolor que debería brotarle del pecho peludo.
¿Cómo se gana frente a un oponente que no puede morir ni sentir dolor?
«Sujetándolo», piensa a la desesperada. Sin embargo, no hay cuerda capaz de mantener atada a la monstruosa jangsan beom…
—¡¡Seokga!! —grita, aterrada, cuando el tigre muerde el torso del oso.
No basta para matar (Jang necesita a Seokga para lo que pretende después), pero sí para que Seokga ruja de dolor. El sonido ronco parte por la mitad a Kisa, que da un paso hacia la bestia, pero Somi la agarra y tira de ella hacia atrás.
—¡Te hará daño! —le grita al oído mientras ella intenta escapar.
—¡¡Estoy muerta !! —grita Kisa con tal furia que Somi vacila lo justo para que Kisa se le escabulla.
Con las lágrimas quemándole los ojos, ve que el oso de ojos verdes cae y se transforma en Seokga, cuya sangre roja brota de unos profundos surcos en la cintura desnuda. Todavía no han empezado a curarse.
No. No .
Corre hacia él, pero el tigre se da la vuelta y la lanza por los aires de un golpe con las patas.
Kisa solloza de pánico y se pone en pie, y el tigre se convierte de nuevo en Jang, que esboza una sonrisa de triunfo muy desagradable mientras recoge al dios caído y trepa por la barandilla.
El pelo gris flota tras ella como una estela.
En algún lugar de abajo, un demonio chilla de placer.
El hilo rojo le da un fuerte tirón a Kisa, lo que se suma a su impulso cuando corre hacia delante, dispuesta a detener a Jang antes de que se sumerja en las aguas con Seokga. El vínculo entre los dos nunca ha sido tan fuerte… De hecho, juraría que le pesa cada vez más en el dedo mientras corre…
Pero Jang salta por la borda y desaparece en el río, llevándose con ella al dios de Kisa.
La joven frena, derrapando. «¡Salta!», se grita mentalmente, pero no consigue obligarse a hacerlo, no puede obligarse a caer…
Otra vez no. No puede … no puede caer otra vez.
Kisa tiembla como un polluelo y contempla el río de abajo, pero no ve las aguas agitadas, sino las luces brillantes de Seúl, los trenes de medianoche que serpentean mucho más abajo por sus vías oscuras, los carteles de neón que anuncian nuevos discos y refrescos, y todas las alegres trivialidades que daría cualquier cosa por volver a experimentar.
—Hazlo —se susurra, y se limpia con rabia una lágrima—. Hazlo y ya está.
Pero no puede.
Y no lo hace.
Hasta que la gumiho aparece a su lado, sin aliento y jadeante. Agarra a Kisa de la mano, y ya no está en la azotea del rascacielos. Está con Somi. Está con su amiga.
—Las dos juntas —le dice Somi en voz baja.
—Ju-juntas —repite Kisa, ronca.
Con las palmas sudorosas, se sube con ella a la baranda. Le tiemblan las piernas y tiene ganas de vomitar, pero la mano de Somi la consuela y es tan fuerte como Kisa debe ser.
—Uno, dos…
—¡Tres!
Hazlo. Hazlo y ya está.
Tras respirar hondo, las dos mujeres saltan de la cubierta más alta y caen desde una altura de decenas de metros hasta las aguas del río…, sin soltarse la mano en ningún momento.
El agua está helada y rodea a Kisa como una manta glacial cuando se hunde, rodeada de burbujas.
Abre los ojos, con los pulmones ardiendo, pero no distingue nada más que la borrosa nube de burbujas y el hilo rojo, que se arremolina a su alrededor formando vertiginosos bucles.
Siente un alivio inconmensurable al comprobar que la mano de Somi sigue unida a la suya, aunque no la ve por culpa de las burbujas.
Se apodera de ella la horrenda sensación de no tener ni idea de qué es arriba y qué abajo. Agita brazos y piernas, presa del pánico, con los pulmones a punto de reventar… y, por instinto, su mano libre se aferra al hilo…
Y descubre que, de repente, es sólido . Y más grueso. Como una cuerda…
«¿Qué…? ¿Cómo…?».
La sorpresa le hace olvidar por un momento que no puede respirar.
El hilo se retuerce para formar una flecha que apunta abajo, seguida de lo que parece, vagamente, un pulgar hacia arriba.
Kisa asiente y, con manos cada vez más firmes, empieza a seguir el hilo rojo hacia Seokga, tirando con ella de Somi.