El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 30. Seokga #3
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30. Seokga #3

Seokga toma aire, tembloroso, todavía luchando por que no le cedan las rodillas. Ni siquiera en el trono, con todos los poderes celestiales, sería capaz de devolverle la vida a Kisa. Ningún dios puede. Debería darle la espalda, pero acaba preguntando con un susurro ronco:

—Mi padre. ¿Ha… hablado de mí?

—Sí, claro —responde Jang, y Seokga se le acerca, despacio, pendiente de cada palabra.

Su culpa y su dolor entran en conflicto con su insaciable curiosidad—.

Está deseando empezar de nuevo. Quiere ser un padre.

Quiere a su hijo. —Jang sonríe y alarga la mano hacia él, mientras señala con la otra al paso del Dios Atado, que se alza a lo lejos—.

Te lo prometo, todo lo que has querido siempre está justo bajo la superficie. ¿Te unirás a mí? ¿Por ti? ¿Por Kisa?

«Quiere ser un padre». Es todo lo que Seokga ha deseado oír desde siempre.

Gruñe y cierra los ojos con fuerza. Son unas promesas preciosas envueltas con un bonito lazo.

La tentación se le retuerce dentro. Ser el hijo digno esta vez.

Todo encaja tan a la perfección en sus fantasías…

, el gallardo rescate, y la gratitud, el amor que recibiría a cambio.

Muy despacio, Seokga le pasa el bebé a Kisa, que lo acepta con cara de alarma.

—Seokga…

Cuando lo abandone, se quedará completamente solo. Como estaba antes, como volverá a estar.

A no ser.

A no ser, a no ser, a no ser.

Abre los ojos de golpe.

Si hay una cosa que ha aprendido Seokga en todos sus años de estratagemas, es que siempre hay un «a no ser».

Quizá varios, incluso. Otra oferta que hacer, otro camino que tomar.

Así que da un paso adelante mientras el barco vuelve a cabecear, mientras los truenos rugen en lo alto y los demonios atraviesan volando los relucientes relámpagos, y toma la mano de Jang Heejin.

Está caliente y es algo callosa, arrugada por la edad pero suave a la vez, como sometida a copiosas cantidades de cremas y polvos. Seokga se la aprieta con delicadeza y mira a los ojos ribeteados de rojo y rodeados de patas de gallo.

—Solo quiero una cosa más —murmura.

—Lo que sea —contesta ella, sonriendo de oreja a oreja—. Ay, Seokga, no sabes lo feliz que me haces.

—Quiero que sepas —dice él, inclinándose para estar más cerca de su cabeza— que cometiste un error.

Puede que todo esto hubiera funcionado… si no hubieras matado a Kisa.

—Jang abre mucho los ojos e intenta zafarse de él, pero Seokga no la suelta—.

Y lo que es más… —añade, levantando la espada con la otra mano…

y clavándola en el corazón de la mujer tigre—.

No se puede embaucar a un embaucador —le escupe.

Triunfal, espera que Jang se derrumbe.

Pero no lo hace.

La mujer suspira, mirándose la espada que le sobresale del pecho.

—Ojalá no hubieras hecho eso. Lo complica mucho todo.

«Pero ¿qué coño es esto?». Seokga la mira, boquiabierto, y saca la espada. Y se la vuelve a clavar. Nada. Jang Heejin parece aburrida. A su alrededor, las ineo se ríen, y el sonido es como un mar hirviendo de calor. La alarma de Kisa vuela por el hilo rojo.

«Azul… es azul… en la espada… sangre azul… está…».

Poco a poco, Seokga mira la larga hoja de la espada. Efectivamente, gotea sangre azul, lenta y espesa.

—Me suicidé el día que llegamos —le informa Jang, y él se queda pálido de la conmoción—.

Me colgué con las cortinas de la habitación y reaparecí como gwisin.

Me quedé con mi corazón, pero tiré por la borda el resto del cuerpo.

—A Seokga se le revuelve el estómago al recordar que la primera noche le pareció oír que arrastraban algo por el suelo.

Y a la mujer que aseguraba haber oído un «chapoteo»—.

Salvo el corazón. Para poder quedarme en el barco, ese órgano en concreto también tenía que quedarse.

Está escondido en un lugar seguro. Por favor, saca la espada, Seokga. Es un poco incómoda.

—Al menos deberías sentir dolor —susurra Kisa, que suena entre aterrada y fascinada—. Deberías sentir un dolor debilitante … No entiendo cómo… Tengo pacientes que vienen a verme por una costra en la rodilla…

—He hecho lo que ellos no pueden, gracias a años de preparación para este preciso momento —responde Jang, que esboza una sonrisa engreída—.

He separado mi consciencia del recuerdo de tener un cuerpo y de lo que debería pasar cuando me apuñalan.

Soy consciente de que la muerte es la muerte, y de que, una vez muerta, las heridas de la carne no me harán nada.

Es un estado superior del ser. Mireuk permitirá que mi fantasma vague para siempre por las llanuras de Gamangnara.

—¿Cómo has separado…? Eso es imposible . Lo he intentado y ni siquiera puedo… —balbucea Kisa hasta que se percata de que está a punto de demostrar admiración y cierra de golpe la boca.

Jang sonríe.

—En fin, ¿por dónde íbamos? —pregunta a Seokga mientras el paso del Dios Atado se acerca a lo lejos—. Ah, sí. Estaba a punto de recurrir al uso de la fuerza .