30. Seokga #2
—Tu hermano, Hwanin, nunca entendió lo mucho que puede cambiar una persona. Sobre todo vuestro padre. Por eso tuve que matarlo, y lo siento de verdad. Pero tú, tú sí lo entiendes. Has cambiado durante tu castigo, igual que Mireuk.
—¿De qué conoces a mi padre? —pregunta en voz baja Seokga, cambiando de postura a Hwanin.
—De haberlo visitado en su prisión, por supuesto —responde la doctora Jang, esbozando una sonrisa beatífica—.
Algunos seguimos siéndole leales. Fue quien nos dio el hogar que nos pertenece por derecho propio, Gamangnara.
El creador todopoderoso es el único capaz de volver a abrirlo después de lo que hiciste.
En el aniversario de la caída del Mundo Oscuro, visitamos a tu padre bajo este río y le presentamos nuestros respetos.
La primera vez que lo visité fue hace, no sé, unos cincuenta años.
Entonces era joven y echaba de menos un lugar que nunca había conocido.
El hogar de mis antepasados, ahora perdido.
Sellar un mundo tiene sus consecuencias, ya sabes.
—Una chispa de rabia le asoma al rostro, pero desaparece muy deprisa.
Seokga finge no haberlo visto—. Pero Eodum se equivocó en su enfoque. La violencia no es la respuesta.
—Ah, qué graciosa —le suelta Somi mientras le da una patada con el pie descalzo a una sirena sonriente—. No eres más que Eodum 2.0 y…
—Eres una asesina —estalla Hajun—. Estás enferma…
Se calla cuando una sirena le agarra el tobillo con sus dedos de afiladas uñas. Somi le pisotea la cabeza y la ineo gruñe, pero retrocede, como esperando la señal de Jang.
—¿Y qué sacáis vosotras con esto? —pregunta Somi a las sirenas. Una de ellas, a la que le falta un ojo, sonríe.
—Mireuk nos ha hecho muchas promesas —responde con una voz tan húmeda como las resbaladizas agallas del cuello—. Los humanos nos mataron, así que sufrirán cuando el dios loco regrese a su trono…
Docenas de colas golpean la cubierta para demostrar su conformidad, y escamas y aletas aporrean el suelo con ganas.
Jang levanta la mano para pedir silencio.
—Este plan lleva años preparándose, Seokga.
Me disculpo por la manipulación necesaria.
No disfruté matando a tu alma gemela, pero, sabiendo que su castigo kármico por su vida pasada sería servir en este barco, era la única forma de asegurarme de que no abandonaras el crucero a medio camino si descubrías antes el asunto y no estabas lo bastante…
dispuesto. Todo tenía que salir a la perfección.
—¿Cómo supiste quién era yo? —pregunta Kisa, y Seokga no distingue las gotas de lluvia de las lágrimas que le corren por la cara—. ¿Cómo sabías dónde encontrarme ?
Jang suspira y mira a Seokga. Su expresión es casi… compasiva. A Seokga se le cae el alma a los pies. Algo se le rompe dentro de un modo irreversible.
—Seokga me llamó —dice.
Kisa retrocede como si la hubiesen golpeado, y el dolor y la sorpresa salen disparados por el vínculo como balas hasta el pecho de Seokga, que se esfuerza por mantenerse erguido, a pesar de que cada fibra de su ser pugna por hincarse de rodillas y pedir perdón.
La traición final lo atraviesa hasta la médula con la angustia más atroz y exquisita que ha conocido el dios inmortal.
Había llamado con manos temblorosas a Jang mientras corría por Nueva Sinsi siguiendo el hilo rojo hacia Kisa, que, en aquel momento, seguía viva, sana y salva en el mundo de arriba.
«Seúl —le había dicho, sin aliento, a la terapeuta—. Creo… que me está conduciendo a Seúl».
—Cuando empecé a tratarlo, Seokga me contó que la reencarnación de Hani tendría unos ojos únicos.
Es un tema que surgía siempre, en casi todas las sesiones, durante treinta y tres años.
Que si ojos castaño rojizo por aquí, que si castaño rojizo por allá.
No paraba de hablar de ellos, a veces cuarenta y cinco minutos seguidos, describiendo cada uno de los tonos que componían el color.
Así que, cuando me llamó el día que apareció el hilo rojo del destino…
—Kisa —dice el dios con voz ronca—. Kisa…
Ella niega con la cabeza y lo mira a los ojos mientras una lágrima le resbala por la mejilla.
«No es… culpa tuya… no… sabías… ¿cómo ibas… a saberlo…?».
—Ese mismo año, algo antes —sigue contando Jang, aunque él apenas la oye por encima del estruendo de su cabeza—, había estado en la Unidad de Maternidad Mágica del Hospital Chamánico de Seúl.
Mi nuera gumiho estaba de parto, bendita sea, y necesitó una cesárea de emergencia en el último minuto.
Una de las doctoras, bueno, tenía esos mismos ojos, pero no estaba segura de que fuera ella.
Era demasiado… fácil. Pero cuando apareció el hilo rojo y Seokga confirmó que lo conducía a Seúl, no tenía sentido perder más tiempo.
No fue nada difícil llegar hasta ti antes que él, puesto que contaba con la dirección precisa, en vez de con un hilo caprichoso.
A partir de ahí, resultó fácil. Solo tenía que matarte, confirmar que te habían enviado al Traspalmántico y conseguir subir a bordo a Seokga también.
La última parte me llevó más tiempo (siete años, de hecho), ya que tenía que esperar a que él se agotara de verdad .
Cada vez que le mencionaba que debía tomarse un descanso, huía antes de poder terminar la frase y acababa en Polonia o Jamaica en otra expedición de búsqueda.
Al final, después de la Antártida , por fin estaba lo bastante cansado como para unirse al viaje sin encontrar una forma de escabullirse…
Aunque sí que se quejó. Mucho. —Todo lo que toca Seokga se hace pedazos.
Todo —. Sé lo mucho que debe dolerte oír esto —dice ella, volviéndose hacia el dios con una media sonrisa compasiva—.
Sé, Seokga que te culpas, pero no es necesario.
Mireuk cuenta con el poder suficiente para crear una nueva historia para vosotros dos.
Si lo liberas, te recompensará. Aunque seas emperador celestial, hay cosas que no puedes hacer por Kisa.
Simplemente, no eres lo bastante fuerte.
Pero tu padre es el dios más poderoso que existe.
Puede que incluso sea capaz de devolverle la vida. De borrarlo todo.