El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 30. Seokga
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30. Seokga

Seokga

—¡¡¡Kisa!!! —ruge al darse cuenta de que el barco se mueve de nuevo, volando por las aguas con una torpeza peligrosa—. ¡¡¡Apártate de ahí!!!

—Es la doctora Jang —grita por encima del viento—. ¡He leído su diario! ¡Es la culpable de todo, de todo! ¡Desde el principio, hace años! —Lo agarra con sus pequeñas manos para levantarlo—. No es una chamana, Seokga, ¡es una jangsan beom!

Como si esperase ese momento, un rugido airado resuena en algún punto tras ellos.

El hilo rojo del destino brilla en tonos negros, rosas, azules y morados a la vez, ya que las tumultuosas emociones de ambos se mezclan en el caos.

Seokga desearía poder protestar, pero es cierto, todo cierto.

La llamada de Hwanung, las sospechas de Kisa… El caso no estaba cerrado, en realidad.

— ¡ Mierda! —brama Seokga.

Otro rugido, esta vez más cerca.

Sobre ellos, en el mortífero cielo, retumban los truenos.

—¡Ella me mató ! —grita Kisa, que retrocede dando tumbos hacia Somi y agarra la mano de la gumiho.

En su voz hay mucho más que rabia, también se nota el miedo y el odio.

Todo ello le parte el corazón a Seokga antes de que la furia se lo remiende.

Una ira caliente, fundida como oro líquido, le llena las grietas de rabia asesina.

Y esa rabia sale disparada por el hilo, negra, como una mancha oscura en el destino—.

Me empujó cuando estaba en la azotea, Seokga, ¡fue ella !

¡Olí su loción, Dermatrick’s, un segundo antes de caer!

¡Me encontró antes que tú! ¡Sabía que yo era tuya, sabía que me enviarían al barco!

¡Y mató a Somi, también, porque conocía tu historia con ella y pretendía colgarle el asesinato, pero se pasó de la raya y Somi perdió las garras en la batalla, así que tuvo que cambiar de planes y usar a Su-min!

Seokga apoya todo el cuerpo en el bastón mientras una lluvia sulfúrica azota el barco.

Apenas oye a Kisa por encima de los gritos de los huéspedes de abajo y la tormenta, pero le llega lo suficiente.

Ah, sí, lo suficiente. Le han empezado a picar los dedos como hace tantos años, antes de torturar a Edoum hasta matarlo.

Tambaleante, se acerca a Hwanin, que grita de miedo en brazos de Hajun.

Kisa está empapada, con el pelo y el jersey chorreando de lluvia, y sigue gritando, aunque los truenos la interrumpan.

—¡Mató a Hwanin! ¡No entraba en sus planes que os acompañara en el crucero, así que tuvo que encargarse de él!

¡Lo siguió al I-95 después de la fiesta y él se asustó; su primera reacción fue la luz brillante y, la segunda, teletransportarse hasta ti!

Pero no llegó tan lejos, solo hasta el hueco de la escalera donde los encontramos.

En un ataque de rabia, Jang le arrancó el corazón durante la teletransportación, en los recovecos del espacio, ¡y por eso no encontramos indicios de forcejeo!

Hwanin llora y alarga los brazos hacia su hermano; cuando Seokga lo coge de los brazos de Hajun, que parece conmocionado, el bebé oculta la carita en su pecho.

—¡Imitó la voz de Su-min cuando Somi estaba escondida en el armario, e imitó las voces de Hwanung y Su-min por el intercomunicador después de atraer a Hwanung al barco cuando él la llamó para preguntarle por su padre!

¡Y a ti, Seokga…! —Kisa parece la diosa de la ira allí de pie, con los puños apretados a ambos lados, como una columna de mármol que ni el viento ni la lluvia es capaz de mover—.

¡A ti lleva años manipulándote! ¡Se ha hecho pasar por tu terapeuta para prescribirte una medicación que bloquea tus habilidad para leer la mente!

¡Tus medicamentos no son antidepresivos, Seokga, son supresores de poder fabricados con ingredientes prohibidos!

«Toda la ayuda que has recibido a lo largo de tu vida ha sido un arma de doble filo».

De repente no oye más que silencio. La calma letal antes de la tormenta.

—Para —susurra.

Hwanung y ella le han contado lo suficiente como para disipar cualquier duda. Ya puede parar. Pero Kisa no ha terminado; las palabras le salen a borbotones, como un horrible tsunami que se le echa encima y lo ahoga.

—¡Y todo lo que te contaba sobre tu padre!

Kisa retrocede como puede hasta la baranda y señala el río con un dedo tembloroso.

Seokga, horrorizado, se da cuenta de que el barco ha abandonado su rumbo original y se dirige hacia las aguas revueltas donde las olas rojas se estrellan contra las afiladas rocas, y el estrecho pasaje entre dos montañas gigantescas es apenas visible a través de una niebla oscura.

A Seokga se le hiela la sangre en las venas.

Conoce ese paso. El paso del Dios Atado.

Bajo esas aguas se encuentra encerrado su padre, sujeto por grilletes de hueso en una cueva submarina.

—¡Jang mató al capitán para hacerse con el control del barco! ¡Quiere que liberes al dios loco…!

—Kisa —dice Seokga con voz ahogada por el terror y la mirada fija en la mano palmeada que se agarra a la barandilla detrás de ella—. Kisa, ¡¡detrás de ti!!

La joven se aparta justo a tiempo de evitar a la sirena, que se ríe como loca mientras pasa por encima de la baranda y aterriza en el barco con su sonrisa de dientes afilados. Las ineo de Iseung nunca han parecido tan monstruosas, aunque, claro, tampoco nadaban en las aguas del infierno.

—Oh, no, no, no, no, no —exclama Hajun, medio escondido detrás de Somi, que grita palabrotas, cada vez más asustada al ver que las ineo siguen subiendo a bordo; otro rugido sacude el barco…

… y un tigre blanco aparece de un salto en cubierta y deja escapar un bramido voraz.

No, un tigre, no.

El jangsan beom. Es un monstruo enorme con músculos abultados bajo el basto y largo pelaje de color blanco y negro que abre el hocico babeante para dejar al descubierto unos dientes amarillos y serrados.

Los ojos de la criatura son pálidos, de un dorado rabioso manchado de rojo…

por la luz de Hwanin, comprende Seokga al convertir su bastón en espada con la mano libre.

La doctora Jang había empezado a llevar gafas de sol después de aquella noche fatídica, y a veces se tropezaba con los muebles, y todo después de que Hwanin, presa del pánico en el I-95, liberase su luz divina, casi cegadora.

La garganta de la jangsan beom deja escapar un gruñido grave mientras el avance de las hordas de ineo, que se arrastran sirviéndose de las manos, va juntando a Seokga y sus compañeros.

Somi ahoga un grito y busca la mano de Kisa.

—¡Tú! —grita la gumiho, y Seokga nunca ha percibido tanto dolor y terror en su voz.

Recuerda su reacción a la lista de cuatro criaturas con garras que les expuso en la sala de control destrozada. «Eso nos deja con samjokgu, bulgae o jangsan beom», había dicho, y había achacado el miedo de Somi al perro devorador de zorros. Pero su temor no se debía al samjokgu.

Seokga toma aire como puede y busca refugio en su interior, en lo más profundo, de modo que, cuando el tigre se transforma en la doctora Jang Heejin, no siente nada. Solo frío. Se ha vuelto de hielo, como hizo antes de su golpe de Estado y durante los días posteriores a su caída.

Ve que los ojos de la doctora, ahora sin las gafas de sol, están teñidos del mismo color rojo que los del tigre. Sin embargo, parece ver perfectamente cuando observa la escena y aprieta los labios.

—Debería haberme dado cuenta de que serías un problema —dice, mirando con los ojos entornados a Kisa, cuyo miedo corretea por el hilo—. ¿Fue por la loción que se me cayó? ¿O por el diario que me robaste?

Su voz es muy distinta a la que conocía Seokga. Este tono nasal y tirante debe de ser el real. Ya no le recuerda a Mago.

—Las dos cosas —le escupe Kisa con inquina.

—Supongo que da lo mismo —es la dulce respuesta de Jang—. Todo lo que tenía que pasar ha pasado ya. —Se vuelve hacia Seokga. La mujer tiene la osadía de sonreírle—. No era así como pretendía que lo descubrieras, querido. La conmoción debe de ser atroz.

Le ha vuelto a cambiar la voz, que ahora es más dulce, más similar a la de su madre.

Seokga ha sufrido muchas traiciones a lo largo de su vida.

Desde su padre hasta Hani, su historia es un caos fracturado compuesto por promesas rotas y sufrimiento solitario. Esto no debería dolerle tanto como le duele.

Pero, ay, así es.

Las horas pasadas en su despacho, confiándole pensamientos y emociones que jamás se había atrevido a contarle a nadie.

Aquella vez que se derrumbó delante de ella mientras hablaba de la muerte de Hani.

La forma en que la doctora empujaba la caja de pañuelos hacia él.

Una sesión tras otra, había llegado a confiar en esa voz que a veces le recordaba tanto a su madre, Mago…

Y todo era falso. Seokga siente la lluvia fría en la cara, el barco inestable bajo los pies y a Hwanin sorbiéndose los mocos en sus brazos, pero no está del todo allí. Está lejos, solo en el éter.

—En unos quince minutos, el barco llegará al paso del Dios Atado —dice Jang, al ver que no contesta—. Me gustaría que vinieras conmigo, Seokga. Tu padre lleva mucho tiempo deseando verte. Te echa de menos a ti y lo que podría haber sido.

Una ineo se carcajea e intenta morderle los tobillos a Kisa, que grita, y ese horrible sonido es lo único capaz de sacar a Seokga del ensimismamiento en el que se había sumergido.

—Piensa en lo que hablamos en nuestras sesiones, Seokga —le dice con amabilidad Jang, entrelazando los dedos—.

Todos los problemas que tienen su origen en la relación con tu padre pueden solucionarse.

Quiere empezar de nuevo, como has hecho tú…

Y está en tu mano ofrecérselo, Seokga. Sé que te estaría eternamente agradecido.

—¡No le hagas caso! —grita Kisa.

Las sirenas bufan y se acercan más a ella, que guarda silencio.

Seokga hace una pausa y ladea poco a poco la cabeza para mirar a Jang. Al darse cuenta de que cuenta con su atención, la doctora sigue hablando.