El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 29. Kisa #3
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29. Kisa #3

La primera entrada data de 2018. La letra es larga y elegante, típica de una mujer mayor, pero Kisa siempre ha sido una lectora ávida y rápida.

Mientras la ojea, siente que se le cae el alma a los pies, como en una montaña rusa al bajar volando del pico más alto.

Agarrada a los laterales del cuaderno, empiezan a temblarle las manos y se inclina contra uno de los postes de la cama para apoyarse.

Por un momento, apenas es capaz de leer la siguiente frase de lo mucho que se agita el diario entre sus manos vacilantes.

Con un esfuerzo horroroso, consigue que le dejen de temblar lo suficiente como para seguir leyendo esta verdad tan cruda e irrecusable.

Lee cada vez más deprisa; las páginas vuelan mientras repasa todo el contenido, apenas consciente de que tiene la piel pegajosa, de que el sudor se le acumula en la parte baja de la espalda.

Le han empezado a arder y doler los ojos de tanto leer y leer, viendo cómo las piezas del puzle encajan con una serie de clics nauseabundos.

Cuando llega al final del diario, se obliga a tragarse la bilis que le ha subido a la garganta. Está todo aquí. Todo . Todas sus sospechas y todas sus preguntas respondidas en esa letra inocua e inclinada.

—Seokga —dice con voz ronca, pero no se dirige al baño, donde la voz del dios se alza, cada vez más agitada.

Sabe que él se dejaría llevar por la rabia, y todavía no pueden revelar sus intenciones. Así que va hacia la puerta y sale al pasillo.

Somi. Tiene que encontrar a Somi.

El barco está en silencio y oscuro mientras Kisa corre hacia sus entrañas y frena en seco en la puerta de la habitación que comparte con Hajun.

Llama con los nudillos frenéticamente, sin hacer caso de los gruñidos ahogados de Hajun ni del llanto de enfado de Hwanin.

Llama hasta que Somi, con ojos soñolientos, abre de golpe, fastidiada. Su irritación flaquea al ver a Kisa.

La gumiho esboza una sonrisa con unos labios que parecen haber recibido una picadura de abeja, seguro que como los de Kisa, y se mete el pelo corto revuelto detrás de la oreja.

—¿Es ese el jersey de Seokga?

—Somi —responde ella, jadeante, mientras le pone el diario en las manos—. Te asesinó un jangsan beom.

La gumiho da un respingo y abre mucho los ojos.

—¿Cómo lo…?

—El ataque te sorprendió —sigue diciendo la otra—, pero luchaste con tanto ahínco que no tuvo más remedio que romperte las garras.

No pretendía hacerlo. Se suponía que tú ibas a ser el chivo expiatorio de este misterio, Somi, tú .

Sabía que sobornarías a ese jeoseung saja para subir a bordo.

Pero las cosas no salieron según tenía planeado.

Perdiste las garras. No podían culparte.

De repente, Somi parece mucho más joven de lo que es y muy asustada. Detrás de ella, Hajun, atontado, sin camisa y revuelto, con pinta de haber sobrevivido a un tornado y haberlo disfrutado, se acerca a la puerta.

—¿De qué estás hablando? —pregunta Somi, pero le tiembla un poco la voz.

—¿Kisa? —pregunta Hajun, preocupado, con la voz espesa por culpa del sueño y la confusión—. ¿Qué pasa?

—No fue ni Su-min ni Hwanung —responde ella con voz ronca—. Desde el principio era…

Kisa grita cuando el barco se mueve bajo sus pies de tal forma que la tira de rodillas. Somi cae al suelo a su lado y Hajun grita, alarmado, cuando Hwanin empieza a chillar aún más fuerte en algún punto de la habitación.

—¿Qué ha sido eso ? —pregunta Somi, casi sin voz, mientras se pone de pie…, para volver a caer al suelo con la siguiente sacudida del barco.

Hajun sale dando tumbos al pasillo, con Hwanin pegado al pecho para protegerlo. De algún modo, el ídolo consigue permanecer en pie mientras el suelo se balancea de un lado a otro.

—¡Tenemos que llegar a las cubiertas superiores! —grita, agarrando a Kisa del brazo para levantarla—. ¡Vamos!

No deja de caerse mientras corren por el pasillo; se raspa las rodillas y se golpea los brazos.

Somi la coge y la salva de una desagradable caída por la escalera.

Las dos mujeres se sujetan la una a la otra mientras siguen subiendo hasta llegar a la cubierta 10, que suele estar tan tranquila.

Kisa y Somi se acercan al borde para mirar el agua…

, y ven que las ineo han entrado en el bar­co.

Tienen las manos palmeadas pegadas a los costados y esbozan unas enormes sonrisas malvadas que les dejan los colmillos al descubierto.

Cuando el barco da otra sacudida, esta vez tan fuerte que las tumbonas vuelan por los aires antes de volver a caer de lado, Somi aparta de un tirón a Kisa del borde. Kisa vuelve hasta la baranda, desesperada por comprender qué están haciendo las ineo…

—¡El ancla! —grita Kisa—. ¡Han roto el ancla!

De repente, el barco se mueve por las aguas del Seocheongang, empujado por el enjambre de sirenas.

—¿Qué coño está pasando? —grita Hajun, que evita por los pelos tropezar con una de las tumbonas de plástico que resbalan por el suelo—. ¿Qué están haciendo?

—La prisión —responde Kisa con voz ahogada, agarrada a Somi para no caer—. Van a empujar el barco hacia la prisión de Mireuk…

Un rugido bestial hace temblar las paredes de la embarcación.

—¿Qué ha sido eso? —grita Hajun.

—Eso —susurra Somi, y el miedo le rasga la voz como papel de lija mientras el viento le tira del pelo— ha sido un jangsan beom.