El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 29. Kisa #2
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29. Kisa #2

— No puedes fastidiarnos esto —le suelta a Kisa—.

Ni siquiera voy a gastar saliva para explicarte que lo conocíamos mucho antes de que subiera al barco.

Morí por él, Kisa. Tú moriste por él. Pero, en esta vida, ¿qué has hecho, aparte de tirar de él para uno y otro lado, literalmente?

—Coge el libro del sofá y lo abre de nuevo—.

«Kisa se empeña en negar sus verdaderos sentimientos y, por lo que sea, le parece bien romperle el corazón al dios que la ama y darle esperanzas falsas una y otra vez…

». Es ridículo . Me dan ganas de abofetearte.

Si te pones en esa cola para la reencarnación, te abofetearé de verdad. «Aplastamiento», y una mierda.

—No espero que lo entiendas —le ruge Kisa, que de repente está muy cabreada—. Cómo es este barco… Estoy exhausta . Llevo años exhausta.

—Ya —le espeta la gumiho—. Estás cansada .

Cansada de trabajar hasta la extenuación en la universidad, en el hospital y, ahora, en este barco.

Pero no estás cansada de ser tú . La reencarnación puede ser un grano en el culo, Kisa, hazme caso.

Pierdes mucho para ganar muy poco. —Le echa una mirada tan incisiva que corta—.

Seguro que se te ocurre algo que no implique dejar a Seokga con el corazón roto.

Al fin y al cabo, lo haces continuamente.

Lo de pensar, me refiero. Además, ¿y si te reencarnas en una babosa a la que alguien le echa sal?

Hasta ahora, te ha tocado todo mi castigo kármico. Lo siento, por cierto.

—No, no lo sientes —responde Kisa con amargura. Por desgracia, Hani tiene razón con lo de la babosa. Y, seguramente, con otras cosas. Verdades a las que todavía no se ve capaz de enfrentarse.

—No, no lo siento. Me divertí muchísimo siendo una persona horrenda.

—Hani se deja caer de nuevo en el sofá—.

Mira, Kisa, entiendo que te dé miedo caer.

Sin embargo, lo que debes comprender es que ya lo has hecho, en más de un sentido.

Ese dolor , ese anhelo que sentías… ¿Es coincidencia que se te metiera en el pecho el día que apareció el hilo rojo del destino?

No me digas que crees en las coincidencias, Kisa.

—No existen las coincidencias —responde ella automáticamente—, solo la correlación. A veces, la causalidad.

—Exacto —dice Hani, con un brillo de satisfacción en los ojos, mientras Kisa le da vueltas a la cabeza y sus archivadores mentales tiemblan amenazando con echar afuera las emociones que tan bien había clasificado. Porque hace un tiempo que, en el fondo, sabe que Hani tiene razón.

Ese dolor es como la atracción de un imán hacia Seokga. Solo siente alivio cuando él está cerca.

Cuando están juntos.

Kisa traga saliva y se lleva una mano al pecho.

—Y, querida, solo porque caigas de nuevo no significa que vaya a acabar como la última vez, con un impacto doloroso.

Se te olvida algo… Y lo que Seokga, los dioses lo bendigan, olvida después de todo esto…

es que ahora es el emperador celestial en funciones.

—Hani esboza una sonrisa y Kisa se queda quieta, con el corazón parado a medio latido en el pecho—.

O lo será, en cuanto regrese a Okhwang y se siente por primera vez en el trono.

Entonces podrías pedirle lo que quieras, siempre que esté al alcance de su poder.

Vivir de nuevo no es una opción, pero se pueden pedir otras cosas…

En cuanto seas capaz de reconocer lo que quieres.

«Más tiempo».

—Porque sabes muy bien lo que pedirías, ¿verdad? —insiste Hani, parpadeando con inocencia—. Seguirías estando muerta , por supuesto, pero casi ni te darías cuenta. Y en la vida puede haber muchas más cosas que, bueno, vivir.

—Es que…

Siente la garganta como si estuviera intentando tragarse una pastilla gigantesca en seco.

Kisa clava los dedos en el sofá, temiendo ahogarse con una verdad enorme, con un deseo que no se ha permitido sentir del todo hasta ahora.

Hani tiene cierto aire de satisfacción cuando Kisa se dobla sobre sí misma de lo mucho que lo necesita .

—Prométeme que lo pedirás, Kisa —insiste la gumiho, de repente desesperada. Cuando la mira, Kisa ve que las lágrimas le brillan en los ojos. En los ojos que ambas comparten—. Algunas historias merecen un final feliz.

No puede evitar asentir. Lo pedirá. Claro que lo pedirá.

—Gracias —susurra su yo pasado—. Gracias. —Vacila—. Casi ha llegado el momento de despertarse, pero… no me lo perdonaría si no te preguntara por ella. Por Somi. —La culpa se le nota en la cara—. ¿Cómo está?

Kisa sonríe un poco al pensar en el coqueteo de la otra gumiho con Hajun, entre tés de perlas y risas.

—Ha hecho amigos. Yo soy una de ellos.

—¿Te contó lo que pasó? —pregunta Hani, nerviosa.

—La he perdonado —responde ella con sinceridad—. En fin, es que me parece que… no había mucho que perdonar. No la recuerdo, ni su traición, es como si nunca hubiera sucedido. La perdoné antes incluso de que se disculpara.

—Porque tienes razón. No hay nada que perdonar.

En el fondo, lo sabías. Porque es cierto.

—Hani esboza una mueca mientras juguetea con la esquina del libro—.

Fue culpa nuestra desde el principio. Ella era muy joven e inocente.

No estuvimos a su lado cuando lo necesitaba, pero Eodum, el puto demonio, sí.

—Le brillan los ojos—. Me alegro de que la hayas perdonado. Me alegro de que le vaya bien…

—Pero tiene las garras… —la interrumpe Kisa—. Se las han… roto.

—¿Roto? —pregunta Hani, tensándose.

—La asesinaron. No sé quién lo hizo. No quiere hablar del tema.

Y no la culpa.

La ira baila por el rostro de Hani como una tormenta pavorosa, aunque, a la vez, parece a punto de vomitar.

—No. No a Somi. No sus garras. —Se levanta de nuevo, temblorosa—.

Somi-ah… —susurra, y se dirige dando tumbos a la encimera de la cocina, donde hay una polaroid enmarcada.

En la foto, Hani sonríe, ataviada con un delantal marrón, junto a una Somi más joven, cuyo rostro se ruboriza de placer al juntar ambas las mejillas.

Hani roza con la punta de los dedos a la Somi de la imagen—.

Descubre quién fue —susurra—. Descubre quién fue y hazle daño .

Igual que se lo hicieron a ella. —El piso empieza a desdibujarse.

Kisa parpadea, asustada, mientras que Hani se vuelve rápidamente hacia ella—.

Te estás despertando. Recuerda lo que te he dicho.

Tienes que leerlo cuando despiertes. Las respuestas están ahí.

De repente, Kisa se siente muy ligera, casi insustancial.

—¡Espera! —exclama cuando empieza a desvanecerse—. ¿Nos volveremos a ver?

Tiene tantas cosas que preguntarle y podría aprender tanto sobre el fenómeno de las vidas pasadas con ella… Le gustaría saber cómo pueden permanecer en lo más profundo del subconsciente. Apenas ve ya a Hani, pero, de algún modo, sabe que la gumiho sonríe.

—Siempre estoy aquí, Kisa —le grita con voz jocosa—. ¡Compartimos alma! Que le den a tu barco de Tes…

Se despierta con un grito ahogado y las sábanas pegajosas de sudor.

El otro lado de la cama está vacío y una rendija de luz sale del cuarto de baño y se cuela en el dormitorio a oscuras, seguida del leve murmullo de la voz de Seokga.

Debe de estar llamando a otro dios airado que le exige saber qué ha pasado exactamente en el CRS Traspalmántico.

«Recuerda lo que te he dicho».

El cuerpo de Kisa se resiente de un modo muy agradable con nuevos dolorcillos mientras sale corriendo de la cama, se pone la ropa interior y el jersey de Seokga, que está tirado en el suelo formando un suave montoncito de tela.

Le queda enorme, casi como un vestido. Con la respiración acelerada, corre al salón, donde ha guardado el diario robado bajo el grueso cojín del diván.

Tras agarrarlo, Kisa regresa al dormitorio, donde enciende las luces y, sin molestarse en sentarse de nuevo, abre el diario y empieza a leer.