El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 29. Kisa
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29. Kisa

Kisa

S e le tensa la espalda. Cuando empieza, Kisa toma aliento y nota un sabor agridulce en el fondo de la garganta.

Le recuerda a la obsesión de su madrastra con las cremas antiedad.

Con el corazón acelerado, contempla la ciudad.

Todo sucede muy deprisa. Ni siquiera tiene tiempo de abrir la boca, ni de gritar una súplica a su diosa.

Porque, en cuestión de segundos, su cuerpo sale volando de la azotea y, por un breve y glorioso momento, flota, ingrávida, sobre Seúl.

Hasta que la gravedad la atrapa por el tobillo y tira de ella hacia abajo, dejando atrás hilera tras hilera de ventanas, unas encima de otras, riéndose mientras la arrastra hacia el suelo con una perfecta zambullida de cabeza.

Kisa cierra los ojos.

Todo acaba bastante deprisa.

Pero no en su sueño. Cuando Kisa yace rota sobre la acera, se le acercan unos pies calzados con unos zapatos de tacón rojo brillante. Kisa gruñe de dolor cuando dos dedos esbeltos le levantan la barbilla.

—Te falta algo —le dice una mujer con un cabello castaño tan voluminoso que resulta ridículo y unos ojos castaño rojizo relucientes, tan bella como en la ilusión de Seokga, mientras arquea una de sus estilizadas cejas. Hani—. Vuelve atrás.

—Espera —balbucea Kisa con la cara aplastada, pero ya está de nuevo en el tejado, con la oscura noche de Seúl flotando bajo ella.

Se le tensa la espalda. Cuando empieza, Kisa toma aliento y nota un sabor agridulce en el fondo de la garganta.

Le recuerda a la obsesión de su madrastra con las cremas antiedad.

Con el corazón acelerado, contempla la ciudad.

Todo sucede muy deprisa. Ni siquiera tiene tiempo de abrir la boca, ni de gritar una súplica a su diosa.

De nuevo, cae.

De nuevo, Hani aparece junto a ella, con cara de cabreo.

—Ya lo averiguaste en una ocasión —le dice la gumiho, que después suspira y niega con la cabeza.

Su voluminoso pelo castaño brilla bajo las luces de la ciudad, bajo los destellos azules y rojos de la ambulancia que se acerca—.

Pero lo descartaste, y ahora has montado mal el puzle. Inténtalo de nuevo.

Se le tensa la espalda. Cuando empieza, Kisa toma aliento y nota un sabor agridulce en el fondo de la garganta. Le recuerda a la obsesión de su madrastra con las cremas antiedad.

«Le recuerda a la obsesión de su madrastra con las cremas antiedad».

Esta vez, cuando Kisa cae, su cuerpo no se hace mil pedazos. Aterriza de pie frente a Hani, que ladea la cabeza.

—¿Ves? Has descartado una pista enorme, querida. Y si observas este misterio y consideras que lo has resuelto correctamente, es que necesitas que te revisen la vista.

— No —le dice Kisa a la otra mujer, lanzándole una mirada muy elocuente—, fueron Hwanung y Su-min. Los dos asesinatos están relacionados. Seguro.

Hani pone los ojos en blanco. Cuando las sirenas empiezan a sonar a lo lejos, rodea los dedos de uñas mordidas de Kisa con los suyos, cuyas uñas están pintadas de rosa.

—Ven conmigo —le dice en un tono que no admite réplica.

A Kisa no le queda otra que internarse en la ciudad a oscuras detrás de Hani, corriendo por unas calles que cada vez le resultan menos familiares; las infraestructuras pasan de ser rascacielos relucientes y carreteras cuidadas a convertirse en aceras sucias con edificios mucho más pequeños.

Ya no están en Seúl. Una flor de cerezo flota entre las dos mujeres a la carrera y, no sabe cómo, les sigue el ritmo antes de desviarse hacia una tienda con un cartel que pone armas, armaduras de guerra y otras necesidades , donde un hombre borroso de pelo oscuro parece concentrado en romper el pomo para entrar.

—¿Dónde estamos? —pregunta Kisa, que no reconoce la nueva ciudad.

—Nueva Sinsi.

No puede ser cierto. No se parece en nada a Nueva Sinsi, en nada.

—¿Estás segura? No…

Hani vuelve la vista atrás y le sonríe.

—Esta es mi Nueva Sinsi. Bienvenida a los noventa, Kisa.

—¿Cómo… qué… cómo es posible? —balbucea mientras Hani la arrastra por un callejón sórdido hacia un bloque de pisos ruinoso—.

No debería… no debería ser capaz de recordar cómo era Nueva Sinsi en los noventa.

Mi mente no debería ser capaz de… de generar unas imágenes tan nítidas , no funciona así.

Todo esto… desafía las leyes de los sueños.

Por ejemplo, el mundo sigue siendo igual después de apartar la vista diez segundos.

Desde un punto de vista científico, resulta absolutamente fascinante la idea de que las vidas pasadas puedan resurgir a través del sueño inconsciente, pero, desde la perspectiva personal de Kisa, es muy desconcertante.

—Ya —resopla Hani mientras empuja una puerta de aspecto desvencijado y le hace gestos para que entre—.

Pero parece que se te ha olvidado que mi mente es tu mente, y tu mente es mi mente…

, diga lo que diga esa tontería del barco de Teseo que no dejas de mencionar.

Tú eres yo. Yo soy tú…, pero con mucho mejor gusto para la ropa.

—¿Estás aquí de verdad? ¿O no eres más que mi… mi subconsciente?

—¿Por qué no puede ser ambas cosas?

Hani mete a Kisa en el apartamento, que parece arrasado por un pequeño huracán. Hay novelas rosas tiradas encima de un sofá con muchos bultos y la cocina está llena hasta arriba de bolsas de comida basura.

—Como si estuvieras en tu casa —la invita la gumiho, que barre el sofá con un teatral movimiento del brazo para despejarlo—. Total, es de las dos.

Kisa se sienta junto a ella en el sofá, despacio. Hay algo entre el respaldo y el cojín, así que mete la mano hasta dar con el mismo ejemplar amarillo con las esquinas dobladas de Secuestrada por el rey pirata escocés viajero del tiempo que le había dado Somi.

—Deberías haber cuidado mejor de tus libros —se le escapa a Kisa, pero Hani se encoge de hombros.

—Es mi favorito —contesta, y sonríe—. Me lo llevaba a todas partes, de ahí que esté en unas condiciones cuestionables.

—¿Cuestionables? Se cae a pedazos…

—El capítulo catorce es especialmente bueno.

Pero eso ya lo sabes. —Se lo quita de las manos, lo abre por una página al azar y empieza a leer…

O  finge hacerlo, como Kisa descubre un instante después.

Lo que dice en realidad es—: «Y, así, Kisa y Seok­ga detuvieron sin querer a los dos chivos expiatorios de su historia, mientras que los planes de la persona que estaba detrás de todo seguían intactos, y su perverso objetivo, cada vez más cerca de hacerse realidad…

Menudo par de idiotas…». —Hani cierra el libro con satisfacción—.

¿Crees que acaba con un cliff-hanger ? Porque mira que los odio.

A Kisa le palpita la cabeza.

—Había pruebas —dice, aunque no sabe bien si intenta convencerse ella o a Hani—. El sistema de sonido del barco lo retransmitió todo.

—Kisa —responde Hani, que se pellizca el puente de la nariz—, a los veintidós eres mucho más inteligente de lo que yo llegué a ser, incluso con siglos de vida en mi haber…

Y, sin embargo, a veces eres tan tonta que me duele físicamente.

¡ Piensa , Kisa! Garras. Voces. Estornudos.

El olor agridulce y la caída. Te has dejado una cosa sin leer.

Te sugiero que no tardes en echarle un vistazo.

—Hani se inclina hacia delante y le toma las manos entre las suyas—.

Sé que ya lo has averiguado. Te lo veo en los ojos.

Y comprendo que estés aterrada. Aquí está en juego algo enorme. Algo mayor, incluso, que Eodum.

—Nos equivocamos —susurra Kisa—. Nos equivocamos.

Equivocarse siempre es una sensación devastadora para ella.

Nunca ha experimentado nada más desmoralizador que levantar la mano con confianza en clase y que la corrijan de inmediato, o que recibir la nota de un examen y descubrir que ha metido la pata en una pregunta cuya respuesta estaba segura de conocer.

Peor aún era cometer un error en el hospital.

No obstante, comparados con esto, todos sus errores pasados se quedan en nada.

Le cuesta superar la vergüenza, y Hani guarda silencio cuando la joven oculta el rostro entre las manos.

—No es demasiado tarde —dice al fin la gumiho—. Cuando te despiertes, dentro de unos minutos, sabrás qué hacer.

—Tengo que despertarme ahora —exclama Kisa, y se concentra al máximo, como si pudiera recuperar la consciencia empleando su fuerza de voluntad. Por desgracia, teme que lo único que está consiguiendo sea parecer estreñida.

—No funciona así, querida —suspira Hani, que, al ver que Kisa está a punto de dejarse llevar por el pánico, se acerca a ella—.

No lo recuerdas, pero te has… nos hemos enfrentado antes a lo imposible.

Y ¿qué es lo peor que te puede pasar? ¿Morir?

Por favor. Menuda novedad. Hay mucho en juego, pero venceremos. Tenemos que hacerlo… por Seokga.

Se le escapa una risa forzada, y Kisa se vuelve para mirar a Hani, para mirarla bien.

—Te quiere —susurra antes de poder contenerse.

— Nos quiere —responde Hani, endureciendo la expresión—. Y nosotras lo queremos.

—Acabo de conocerlo —dice Kisa con voz ronca, aunque hasta ella sabe que es mentira, que no es más que una excusa tras la que ocultarse.

Hani la mira y Kisa está a punto de retroceder ante su furia.

De repente recuerda por qué es célebre la gumiho y da un respingo de sorpresa cuando Hani se levanta de golpe del sofá.