El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 28. Seokga
83%

28. Seokga

Seokga

L o aterra hacerle daño cuando se coloca sobre ella, dentro de ella, y deja que se acostumbre a la sensación.

La ha penetrado hasta el fondo y tiembla por el esfuerzo que le supone permanecer inmóvil.

Kisa está ruborizada y se le han dilatado tanto las pupilas que sus ojos parecen negros cuando lo mira.

Como empuja contra él a modo de súplica silenciosa, Seokga empieza a moverse despacio, muy despacio, pegando sus caderas a las suyas una y otra vez hasta que la oye gemir de placer.

Kisa ahoga un grito cuando el dios encuentra su ritmo, y él podría perderse para siempre dentro de ella.

Nota que el placer se le acumula en la base de la columna, y Kisa también ha empezado a jadear y le agarra el culo con ambas manos mientras él empuja hacia delante (y, además, ella parece muy pagada de sí misma al hacerlo; Seokga es consciente de que, efectivamente, tiene un gran culo).

Una pequeña parte de él se niega a dejarse llevar por miedo a lo que venga después. Se ha entregado a ella por completo…, y ahora se marchará. Sabe que lo hará. Está seguro de que ella también lo sabe.

Sin embargo, si lo único que puede tener son estos breves momentos, los aceptará.

Joder, los aceptará y le calentarán el corazón las noches solitarias, las noches en las que sepa que está absolutamente solo en el mundo.

Recordará para siempre los suaves jadeos de Kisa y la expresión de su rostro al deshacerse por completo.

Recordará para siempre que, durante un breve instante, la tuvo.

El dios y el gwisin se pasan el resto de la noche acurrucados juntos, ojeando sus novelas románticas guarras y riéndose con más ganas que nunca.

Más tarde, cuando se quedan dormidos, Seokga se niega a soltarla y entierra la cara en su melena rizada, rodeándole la estrecha cintura con los brazos.

—¿Puedes sujetarlo? —ruge Seokga, con el pelo y la túnica al viento, mientras se prepara para resistir su empuje, incapaz de ver lo que tiene a medio metro de distancia, que es donde Hwanin sujeta a su padre contra la roca resbaladiza y cortante de unos tres metros de altura que casi roza las estalactitas de la cueva.

La respuesta de su hermano es un grito gutural de dolor—.

¡Las cadenas de Yeomra! —grita Seokga mientras Mireuk lanza un aullido de rabia y la cueva tiembla con su poder—. ¿Puedes ponérselas? ¡Hermano!

Con los ojos llorosos por culpa de las ráfagas de viento, Seokga se acerca dando traspiés a la roca.

Le palpita la cabeza por el esfuerzo de mantener la ilusión.

Porque el Hwanin que está sobre Mireuk es una distracción, una ilusión tejida con habilidad que está cobrándose su precio en el embaucador.

—¡¡ Hermano!! —grita de nuevo Seokga, y esta vez es la señal para el Hwanin que está a su lado, oculto tras otra ilusión—. ¡¡Ahora!!

Mientras Mireuk forcejea, el verdadero Hwanin se abalanza sobre él con los nudillos blancos de tanto apretar entre las manos las cadenas de hueso de Yeomra.

Solo necesitan una oportunidad para rodear con ellas las muñecas de su padre; la magia de Yeomra hará el resto y sujetará a Mireuk contra la roca para siempre jamás.

Seokga contiene el aliento cuando el verdadero Hwanin pasa a través de su otro yo y, con un gran grito de rabia, captura las muñecas de su padre dentro de los grilletes de hueso.

Entre jadeos, cae hacia atrás; los grilletes se expanden y dejan escapar chasquidos, como huesos viejos, cuando sus cadenas se funden con la roca.

Después van los tobillos, ya que la magia de la muerte duplica los grilletes de las muñecas del dios loco para que también le aparezcan en los pies.

El viento se detiene de golpe y todo queda en silencio…

, tanto que solo se oye el rumor del río sobre ellos y el débil goteo de las estalactitas. Pero solo un momento.

Seokga y Hwanin dan un respingo cuando Mireuk grita, consciente por fin de la verdad de su traición.

Lo han atraído hasta allí, hasta esta cueva bajo el río Seocheongang, bajo el falso pretexto de hacer un poco de «espeleología en familia» (la genial idea había sido de Seokga, claro), solo para cometer una traición inimaginable.

Hwanin alarga la mano para coger la de Seokga cuando Mireuk se retuerce y forceja, presa de una furia asesina, incapaz de acceder a su magia gracias a las cadenas, que Yeomra fabricó con los huesos de los prisioneros que nunca escaparon.

—¡Es inútil, padre! — grita Seokga. La sangre que le brota de la nariz le entra en la boca, y su precioso hanbok verde está prácticamente hecho jirones—. ¡No hay escapatoria!

Mireuk ruge de nuevo, y no hay ni rastro de cordura en el rostro de su padre, antes tan bello, que se contrae y deforma.

Es el problema de ser el dios de la creación: el poder sin límites conlleva la maldición de la locura.

Hwanin se tambalea y se apoya en el hombro de Seokga, mientras los dos dioses observan forcejear a su padre y antiguo emperador.

—¡Podría haber sido un parricidio! — grita Seokga; la furia le fluye por las venas como lava líquida. En un segundo recuerda siglos de humillaciones, de rechazo. La puta competición de hacer crecer las flores—. Podría haber sido parricidio, puto cabrón…

—Seokga —lo interrumpe su hermano con voz ronca.

A él no le ha ido mucho mejor. La mitad de la larga melena de pelo negro de Hwanin se ha quemado, e incluso a su sanación inmortal le está costando alisar los moratones de la cara, el labio partido y el diente arrancado—.

Se acabó. Tenemos… tenemos que irnos. Vamos, Seokga…

Pero los rugidos de Mireuk se transforman en carcajadas que estremecen al dios embaucador.

—Seokga — escupe Mireuk, y los ojos le brillan en la oscuridad—. Seokga, hijo mío.

Hwanin le tira de la túnica con insistencia, pero Seokga se queda quieto y le enseña los dientes a su padre.

—Puedes liberarme, Seokga —dice el emperador, y su hijo odia que, de repente, en estas circunstancias, Mireuk haya tenido a bien recordar que es padre de un segundo hijo—. Si me liberas de estas ataduras, todo te será perdonado. Hijo mío, hijo mío. No es demasiado tarde para hacer lo correcto…

—Vete a la mierda —responde él entre dientes, anegados los ojos de lágrimas airadas.

Su rabia es más profunda que los cr ímenes que Mireuk ha cometido contra la humanidad.

Se siente de nuevo como un niño, rechazado por su ídolo a cada instante—.

Vas a pasar aquí la eternidad, padre. Te convertirás en poco más que un cadáver disecado, sustentado tan solo por pequeñísi mas raciones de la peor de las comidas.

—La cueva había sido encantada por Jacheongbi, que controla la agricultura, para alimentar a la fuerza al dios lo suficiente para que no muera.

Una precaución innecesaria, puesto que, si Mireuk se reencarnara en bebé, el bebé también estaría encadenado, pero a los hermanos les incomoda la idea—. Y no volveré a pensar en ti.

Mireuk esboza una sonrisa húmeda y ensangrentada.

—Ah, sí que lo harás, Seokga —le promete, riéndose de nuevo—.

Pensarás en mí todos los días… Puedes abandonarme aquí todo el tiempo que quieras, pero siempre estaré contigo.

—Tose, y la sangre le gotea por la barbilla—.

¿Quieres saber por qué siempre te he odiado?

—El dios loco suelta una risita—. Porque somos iguales, Seokga…

Iguales… No eres mejor que yo, chico, y el tiempo lo dirá…

Ah, sí, el tiempo lo dirá… —Cuando Mireuk se echa a reír de nuevo, Hwanin tira con fuerza de Seokga hacia Okhwang—.

¡Volverás, chico! — ruge Mireuk mientras los dos hermanos se desvanecen—. ¡Volverás!

—Se acabó —dice Hwanin, sin aliento, cuando sus pies tocan las baldosas de la sala del trono—. Se acabó.

—Sí —responde Seokga, que se limpia la sangre de la nariz e intenta devolverle la sonrisa.

Sin embargo, incluso en el palacio celestial, la risa demencial de su padre sigue resonándole en los oídos.

Y nunca desaparece, por muchos siglos que pasen.

Nunca desaparece.

Seokga se despierta, sobresaltado y bañado en sudor frío.

Tarda un momento en orientarse, en recordar que la mujer que tiene entre sus brazos es Kisa, su Kisa.

Tembloroso, vuelve a ocultar el rostro en su pelo, solo para apartarse de nuevo con un siseo de irritación cuando le suena el móvil.

Lo coge de la mesita de noche, furioso con quien haya decidido llamarlo a semejantes horas y arriesgarse a despertar a Kisa… , pero se detiene.

sobrino irritante y asesino , dice la identificación de llamada.

Hwanung. Seokga gruñe y se desenreda de Kisa para encerrarse en el baño. Antes de pensárselo mejor, responde a la llamada.

—Voy a encontrarte —ruge por el móvil— y te voy a destripar tan despacio que…

—Tío… —dice Hwanung, entre interferencias—, no he sido yo. Te lo juro . No he matado al capitán; no maté a mi padre. Me han tendido una trampa. Alguien… alguien me ha tendido una trampa.

—¿Dónde estás, exactamente? —pregunta Seokga, apoyado en la puerta mientras se imagina cobrándose su sangrienta venganza. Es muy entretenido.

—¡No me estás escuchando! —grita Hwanung, y su desesperación suena tan real que Seokga vuelve a la realidad—. ¡No he sido yo !

—Entonces ¿por qué huiste? —gruñe Seokga—. Solo los culpables huyen. Lo sé bien.

—Porque tenía miedo —responde el otro, sin aliento—.

Oí lo que se estaba retransmitiendo por el barco, pero ¡no estaba allí !

Estaba en la cubierta 9, buscándote, porque mi padre no me devolvía las llamadas.

Pensaba que tú sabrías dónde estaba. Nunca habíamos estado peleados durante tanto tiempo y me tenía preocupado…

Era mi voz la que salía por los altavoces, pero no era yo…

Pero sé cómo funcionas, tío, es la puta costumbre de matar primero y preguntar después.

Hui porque tenía miedo. Parte de mí creía que habías sido tú (parte de mí todavía lo cree), pero no tengo a nadie más.

Seokga, por favor, ayúdame. Sé que me he portado fatal contigo, pero ¡tienes que creerme, no he sido yo!

Seokga agarra con fuerza el móvil y mira con rabia su reflejo en el espejo.

—Te recordaré lo que me dijiste la última vez que hablamos —le escupe.

—¿Qué? —balbucea Hwanung.

—Tus alusiones al asesinato, llorica bobalicón, no eran tan sutiles como pensabas.

—¿De qué coño me hablas? —grita Hwanung—. ¡Estaba enfadado con mi padre y tú me dijiste que estaba llorando y echando siestas! En aquel momento no lo entendí como que era de nuevo un bebé … ¡Creía que se arrepentía de nuestra pelea!

—¿Y eso de que no pensabas devolverle el trono en el futuro próximo?

—¡No recuerdo haber dicho eso !

—Déjalo, Hwanung. Sé lo de Su-min. Lo sé todo. Ahora te lo preguntaré de nuevo: ¿dónde te escondes?

Tras un momento de confusión, Hwanung pregunta con cautela:

—¿Su-min?

—No te hagas el tonto —ruge Seokga—. Lee Su-min. La mujer con la que tenías una aventura, la mujer que Hwanin no aprobaba. Fuiste con ella a terapia de pareja. La doctora Jang me lo ha contado todo.

No se oye nada por el móvil hasta que Hwanung dice, muy despacio:

—Fui a terapia de pareja con Ungnyeo —afirma, y Seokga se queda paralizado.

La mujer oso no tiene nada que ver con Su-min.

Hwanung y ella llevan saliendo y rompiendo desde hace siglos, incluso después de que, por accidente, tuvieran un hijo juntos, Dangun, que fundó el primer reino de Corea—.

No conozco a nadie que se llame Lee Su-min. Ni ahora ni nunca.

Algo horrible empieza a asomar a la mente de Seokga. Respira superficialmente por la nariz.

—¿Tienes pruebas?

—Ungnyeo lo puede corroborar —responde Hwanung, desesperado—.

Llámala, tío. Pero, si la doctora Jang te ha mentido, significa que está involucrada.

Sabe que nunca fui a verla con Su-min. Y…

—Empieza a respirar con dificultad, como si se diera cuenta de algo de suma importancia.

Hilos de sudor se deslizan por la espalda desnuda de Seokga—.

La he visto. Hoy. Fue la que me dijo que estabas en la cubierta 9. Me acompañó hasta la cubierta 8.

La cubierta 8. Donde está el puente. Pero no tiene sentido. La doctora Jang le dijo que Hwanung se había escapado…

—Heejin está involucrada. No hay otra explicación. Me ha tendido una trampa…

A Seokga le da vueltas la cabeza y teme estar a punto de desmayarse.

—¿Hay un jangsan beom en el barco? —pregunta su sobrino—. Imitan las voces. Tiene que ser un jangsan beom, ¡porque te juro… por mí que soy inocente!

Jurar por Hwanung es el juramento más peligroso que puede hacerse. Que él lo haga ahora… A Seokga se le ha quedado la garganta seca hace rato. La satisfacción de haber cerrado un caso desaparece.

—Si me mientes, sobrino…

—¡Te juro por mí que no!

Mierda. Joder. Puta mierda , joder. Somi tiene razón. Seokga es un detective pésimo. El jefe Shim se sentiría decepcionado. Se debe de estar revolviendo en su tumba.

—Sigue escondido. No te dejes ver. Te llamaré pronto.

Antes de que Hwanung pueda contestar, Seokga concluye la llamada y sale dando tumbos del baño.

—Kisa —dice con urgencia—, Kisa, despierta…

Se calla de golpe.

La cama está vacía. Las luces están encendidas.

Y la puerta está abierta de par en par.