27. Kisa #3
Solo los separa un centímetro, aunque parece un kilómetro. Puede que cincuenta kilómetros, se corrige Kisa mientras el anhelo le aletea en el pecho.
—No lo sé —susurra de nuevo con una voz que, incluso a ella, le suena atormentada.
—¿Quieres que lo averigüemos? —le pregunta él con calma, aunque su esperanza sale disparada por el hilo como una flecha directa al corazón de Kisa. Y sus manos, ay, cómo las nota temblar sobre su piel.
—Eso me gustaría —susurra ella antes de recortar el centímetro que quedaba y encontrarse con sus labios.
—¿Estoy…, hum…, haciéndolo bien? —pregunta Kisa, nerviosa, algo después, medio sentada sobre Seokga en la cama del dios, después de que los dos hayan llegado dando tumbos hasta la suite al apagarse las lucecitas de la cubierta 10—. ¿Prefieres…, hum…, un… ángulo concreto?
Seokga la mira con los labios hinchados y una expresión soñadora y satisfecha que se mezcla con lo graciosa y desconcertante que le parece su pregunta.
—Kisa, deja de pensar tanto —responde, casi ronroneando.
Con un suave tirón le guía de nuevo la cabeza hacia la suya, y la mente de Kisa se apaga obedientemente cuando los dientes de Seokga vuelven a mordisquearle el labio inferior.
Las manos del dios se deslizan por su espalda, casi con adoración, y ella se estremece de placer cuando se meten por debajo de la blusa y paran justo por encima de las caderas.
De repente siente un calor tremendo en la piel y lamenta seguir vestida.
El deseo se apodera de ella y es ardiente, volcánico, mucho más que los anhelos nocturnos que ha sentido hasta ahora.
Un ruido bochornoso se le escapa entre los labios cuando Seokga profundiza en su beso y, con una ternura extraordinaria, rueda con ella hasta quedar encima.
Sentirlo entre sus piernas es algo tan intenso que le cuesta soportarlo.
Kisa le rodea las estrechas caderas con los muslos y se entrega al puro instinto, pasándole las manos por los sedosos mechones de pelo negro mientras se aprieta contra él, arqueando la espalda hasta que está segura de que Seokga siente los latidos frenéticos de su corazón.
Se estremece cuando él aparta los labios de los suyos, y se fija en el pecaminoso brillo que los cubre antes de que empiecen a besarle el cuello.
Besos en el cuello . ¿Quién se hubiera imaginado que algo tan sencillo pudiera ser tan maravilloso?
En ningún libro de anatomía se insinuaba siquiera… ah…
Kisa se deshace bajo los dientes y la lengua de Seokga.
Cuando el dios le tira del dobladillo de la blusa, a modo de pregunta, ella asiente como loca.
Sí. Sí . Es un manojo de nervios cuando le saca la prenda por la cabeza, pero son nervios de los buenos, supone.
De los que le arrancan sonidos incoherentes y ridículos cuando echa la cabeza atrás y los labios de Seokga avanzan hacia su escote mientras le baja uno de los tirantes del sujetador.
Kisa se estremece bajo sus besos, deseando más y, con manos temblorosas, se lo desabrocha.
A Seokga se le ensombrece de deseo la mirada cuando ella suelta el sujetador en el suelo, al lado de la cama.
Esa mirada hace que a ella se le endurezcan los pezones, así que se muerde el labio mientras que el dios se queda inmóvil, con la respiración alterada.
¿Ha ido demasiado lejos, demasiado rápido? Nunca había hecho nada parecido. Quizá por eso se ha apresurado tanto en desnudarse ante él, ya que había muerto sin mantener relaciones íntimas con nadie (lo que la decepcionaba un poco). Kisa vacila…
O puede que Seokga esté recordando los pechos perfectos de Hani. Los de ella son más pequeños, y está bastante segura de que son incluso un poco…, bueno, un poco distintos entre sí. Solo estaba siguiendo los impulsos de su cuerpo, pero quizá debiera haber esperado…
—Joder, Kisa —susurra su dios, dejando caer la cabeza hacia ella—. Eres perfecta.
«Lo tiene… todo…».
Kisa se ruboriza de placer con el cumplido.
—Kisa —sigue diciendo él—, si empiezo…, no sé… no sé si podré parar…
—Pues no pares —le dice ella, y apenas reconoce su voz. Lo quiere todo y ahora, esta noche. Antes de que el barco reanude su viaje, antes de verse enfrentada a una decisión imposible.
—¿Estás segura? —pregunta el dios, y Kisa se da cuenta de que él tiembla por culpa del esfuerzo por contenerse; se le marcan las venas de los brazos, apoyado sobre ella. El hilo rojo se estremece, expectante, y cuando la joven mira a Seokga, el vínculo transmite el rojo de su lujuria hasta él.
—Tú ve despacio —le susurra ella, y Seokga asiente, con la ternura pintada en el rostro, antes de rodear con los labios una de las cimas erectas y… chupar .
A Kisa se le tensa todo el cuerpo como un arco cuando él le muerde la parte inferior de un pecho con un cariño casi contradictorio y juega con el otro, oprimiendo y pellizcando mientras le besa el vientre.
—Espera —susurra Kisa cuando Seokga mete los dedos por debajo de los pantalones de su traje de enfermera—. Tú primero.
Seokga se queda quieto y después sonríe, algo subidito.
Cuando se quita el jersey negro para dejar al descubierto el torso musculoso y prieto de debajo, a Kisa se le seca por completo la boca.
No puede resistirse al impulso de acariciarle el pecho, como quiso hacer en el spa.
Seokga cierra los ojos y se estremece. Ella le mira los pantalones, donde es evidente la prueba de su excitación, y, recordando cómo lo había hecho Hani en el coche, prueba a acercar la mano para arrastrarla por encima.
—¿Podrías…? —pregunta con voz ronca antes de aclararse la garganta y notar un rubor azul en las mejillas—.
¿Podrías…, hum…, enseñarme cómo…? —Él abre los ojos de golpe—.
Me gustaría aprender —le recuerda con un susurro, y, temblando, lo empuja hacia atrás y se pone de rodillas para bajarle la cremallera.
En realidad, no hay forma elegante de que un hombre excitado se deshaga de unos vaqueros negros ajustados y la ropa interior que cubren, pero Seokga lo consigue, aunque, sospecha Kisa con guasa y cariño, quizá haya que darle las gracias a su don para las ilusiones.
Cuando su miembro queda libre, cuan largo es, se le corta el aliento.
Está muy duro, y Kisa siente un escalofrío de expectación mientras aguarda, sin aliento, instrucciones.
Cuando Seokga se lo rodea con una mano, los párpados le pesan. Kisa lo observa, voraz, acariciarse desde la base hacia arriba con movimientos lentos.
—Así —jadea—. Me gusta… así.
Kisa se acerca un poco y pone la mano donde la tenía él.
—Aprieta más —jadea Seokga, cerrando los ojos. Kisa hace lo que le pide y, mientras lo acaricia, despacio pero firme, admira el rubor que le sube hasta el cuello—. Bien… eso está muy bien…, Kisa…
Apenas protesta cuando ella lo empuja hacia atrás y se inclina sobre él. Ha dominado la técnica bastante deprisa, piensa con orgullo, y le encanta oírlo gruñir de placer. Quizá sea por las novelas románticas. Se queda mirando su mano y, siguiendo un impulso, la sustituye por la boca.
Seokga arquea las caderas bajo ella, sorprendido, antes de quedarse muy quieto.
—Kisa —gruñe cuando ella lo mira. Él le busca la cabeza con la mano y le echa el pelo hacia atrás con mucha delicadeza mientras ella va conjeturando cuál es la mejor forma de hacerlo.
En cuestión de segundos, Seokga jadea y gruñe, temblando en su boca, agarrado a las sábanas con la otra mano—.
Kisa —dice con voz ahogada—. Si no paras, voy a…
Kisa lo mira, parpadeando inocentemente.
«Mierda…. Mierda… Mierda…».
Ahora entiende por qué lo llaman la «pequeña muerte».
Es como si se desmoronase, torturado de una forma exquisita y erótica, como si el placer fuera dolor y sucumbiera a él cual guerrero en el campo de batalla.
Sintiéndose bastante satisfecha de sí misma, Kisa traga y se limpia los labios con un dedo, complacida de ver a Seokga reducido a una figura sin fuerzas y sin aliento bajo ella, con las mejillas teñidas de rosa.
Él tira de ella para que se tumbe a su lado, y Kisa apoya la cabeza en su pecho mientras la rodea con un brazo.
—Sí que aprendes deprisa, joder —masculla el dios contra su pelo, y ella se ríe.
«Apenas puedo… respirar… joder… es… perfecta… me he corrido… tan deprisa como un… puto adolescente… qué… vergüenza…».
—Quizá sea memoria muscular de mi última vida —bromea ella, y él suelta una risita; parece exhausto y saciado.
Recorre con un dedo el vientre de Kisa y, con aire perezoso, deja atrás la cinturilla de los pantalones. Un instante después ha desaparecido todo rastro de cansancio.
—Eres preciosa —murmura, y Kisa tiembla de placer mientras Seokga, muy decidido de repente, le quita la ropa que le queda puesta y la observa con adoración—. Deja que te toque —le suplica.
—Sí —suspira ella.
Le vibra la sangre cuando el dios le pasa un dedo por sus pliegues más íntimos, mientras traza círculos sobre la pequeña protuberancia de su cúspide.
Los papeles se invierten rápidamente, ya que ahora es Kisa la que jadea y gime mientras Seokga la besa…
ahí . Su lengua le arranca los ruidos más humillantes, y no para hasta que ella sube hasta esa cima y cae por ella, temblorosos los muslos que él le mantiene abiertos.
Se aferra a las sábanas cuando vuelve a caer, y Seokga solo se aparta cuando está seguro de haberla dejado agotada por completo.
Con los labios húmedos y cara de estar muy orgulloso de su trabajo, se inclina para besarla.
El miembro erecto de Seokga rebota ligeramente contra ella cuando Kisa le muerde el labio inferior.
—Por favor —suplica la joven.
«Bien saben… los dioses… que no soy… capaz de decirle… que no…».