27. Kisa #2
Él está sentado en el escritorio de una comisaría mugrienta, encorvado sobre una pila de papeles.
Kisa se encuentra algo alejada, separada de la escena y, sin embargo, se siente parte de ella de algún modo.
El pelo oscuro de Seokga le cae sobre los ojos, concentrado, y solo levanta la vista cuando unas uñas ovaladas pintadas de rosa se asoman al borde de la mampara de su cubículo.
—Buenos días —lo saluda alegremente una mujer, agitando los dedos en sus narices.
«Es preciosa», piensa Kisa, dolida. Pelo castaño de peluquería, curvas delicadas y unos ojos rasgados de color castaño rojizo idénticos a los de Kisa. «Hani —comprende, sobresaltada—. Esa… soy yo».
—Tú —responde el dios con voz helada—. ¿Qué quieres?
Hani se esponja y bate las pestañas.
—¿Es que no se ha enterado? Soy su nueva ayudante.
La escena cambia al deshacerse la ilusión para volver a tejer otra distinta.
Hani entra por las puertas de la comisaría con un café helado en las manos y choca contra Seokga, que parece contrariado.
Kisa lo mira. No reconoce a este Seokga.
No hay ni rastro de la ternura que solo aparece cuando la mira. En esta imagen solo hay hielo.
—Te sugiero que mires por dónde vas —le espeta el dios frío.
Y, entonces, todo vuelve a cambiar. Hay cadáveres: una gumiho muerta con las venas negras, seguida de un haetae tirado en medio de un callejón.
Ella lo observa todo, a Somi y a Hani, el trato ofrecido por Hwanin, la persecución frenética de una testigo que había escapado a Geoje, el chocolate caliente y los panecillos de huevo con fresa por la mañana.
Kisa se ríe mientras unas lágrimas silenciosas le caen por las mejillas cuando el dios y la gumiho se placan en un bosque de bambú, cuando comparten un beso tierno a petición de una astuta yojeong, y su acertijo.
La trampa del ataque de Dok-hyeon a la comisaría.
La carrera de vuelta a Nueva Sinsi. A Kisa le arden las mejillas cuando ve a Hani y a Seokga en el coche, montando guardia, pero no puede evitar memorizar la forma exacta en la que Seokga contiene el aliento y echa la cabeza atrás cuando Hani (Kisa) le mete la mano en los pantalones…
Entonces están bailando en un club, bajo las brillantes luces estroboscópicas.
Kisa observa con envidia los movimientos de Hani, tan libres, y la seguridad con la que baila con el dios.
Ella nunca se ha movido así, no en esta vida.
Se restriega con furia una lágrima y se odia por odiar a Hani. Se odia por odiarse.
Es casi un alivio que Eodum caiga sobre el club.
Y, de repente, están en la cama, enredados en las sábanas negras.
Hani se ríe mientras Seokga le besa el cuello, mientras le mordisquea la oreja.
Kisa se estremece cuando el dios y la gumiho se corren juntos por primera vez, y es incapaz de apartar la vista de Seokga, de la dulzura de su expresión al mirar a la gumiho, de la dureza perfilada de su cuerpo, de la pequeña marca de nacimiento que tiene justo por encima del ombligo.
Los Días Oscuros y el almacén.
—Te juro por Hwanung, dios de las leyes y las promesas cumplidas, que el sol volverá a brillar sobre nosotros.
Kisa lo ve todo, está atrapada en el torbellino de ilusiones cambiantes, va dando tumbos de coches a cafeterías, de áticos a tiendas de comestibles con demonios de la plaga, hasta el almacén donde acaba todo.
La gumiho está tendida en el suelo, sin fuerzas, respirando con dificultad mientras mira al dios.
—Seokga —le susurra, y una de sus manos destrozadas rebusca en el bolsillo—. Este mundo… verá un nuevo amanecer. —Le sale sangre por la boca—. Necesito que sepas —susurra— que no todo era… mentira. Te lo… prometo.
—Hani —susurra él—, cierra los ojos.
Kisa solloza con Seokga cuando Hani usa la mano del dios para clavarse la daga en el corazón. Sigue sollozando cuando Seokga derrota a Eodum y después entra hecho una furia en el salón del trono de Okhwang para suplicarle a su hermano que salve a Hani.
Cuando el dios está bebiendo chocolate caliente en la puerta de un Creature Café, aparece para él el hilo rojo. Kisa se lleva las manos a la boca al verlo esbozar una sonrisa pura y reluciente que se desvanece al desaparecer la ilusión, al esfumarse para revelarlo a él. A Seokga.
Está echado sobre la baranda, con la cabeza entre las manos. Ya no está ni esa preciosa sonrisa ni el dios esperanzado con los ojos llenos de sueños.
—Kisa —susurra—. No pretendía… enseñarte todo eso. —La tormenta para. El zorro desaparece. Las hojas se convierten en ceniza con el viento. Los ojos de Seokga rebosan dolor y están ribeteados de plata cuando mira a la joven—. Lo siento, lo siento mucho.
Todo lo que el dios ha pasado por ella. No lo sabía. No le preguntó, por temor a acercarse demasiado a él, como una polilla a la llama. Pero ahora es como si todas las emociones que tan bien había reprimido rebosaran del archivador en el que las guardaba y se desparramaran por el suelo de su mente.
Madre mía, están hechas un lío.
Un lío bello y sobrecogedor.
—Para, Seokga —le susurra con la voz rota—. Te aseguro que no tienes absolutamente nada por lo que disculparte.
—Tenías razón, he perdido el control. Hwanin…
—Está con Somi y Hajun. —Kisa da un paso haca él y después se arrodilla para apartarle un mechón empapado de sudor de la cara antes de percatarse de lo que hace—. Seokga… —dice, tragándose más lágrimas—. Seokga, ojalá fuera ella.
Él abre mucho los ojos y le aparta la mano con la que Kisa le toca la frente.
—Kisa, eres…
—No lo soy… No sé bailar y odio el chocolate caliente. No tengo… su seguridad. No soy divertida , como ella. Pero ojalá lo fuera. Ni me imagino lo que sentirías… —Kisa niega con la cabeza y toma aire, trémula—. Ni me imagino lo que sentirías al buscarla y, en vez de a ella, encontrarme a mí.
—¿Quién te lo ha dicho? —le pregunta Seokga—. ¿Quién te ha dicho que no eres…?
—Nunca he estado en un club. Nunca tuve un novio… No tengo ni idea de cómo hacerle a alguien, hum, bueno, lo que Hani te hizo en el coche…
Le arden las mejillas y cierra la boca de golpe, avergonzada. Seokga la mira como si fuera una completa idiota.
—Kisa —dice lentamente, como si intentara comprender lo que ha oído—, ¿quieres decir que de verdad crees que, después de treinta y tres años de búsqueda incesante, podría encontrarte alguna falta, por pequeña que fuera? —Sus ojos verdes están casi nublados por la confusión—. ¿Por tu inexperiencia ?
—Bueno… —contesta ella, deseando desaparecer para siempre—. Dicho así, suena bastante absurdo, ¿no?
—Porque lo es —responde él, negando con la cabeza, y el atisbo de una sonrisa vuelve a asomársele a los labios—.
Kisa, te deseaba incluso antes de conocerte.
No me enamoré de ti la primera vez por tu forma de bailar ni por cómo me tocabas.
Fue por tu valentía, por tu intelecto, por tu lealtad absoluta a tus amigos.
Me planteaste la pregunta del barco de Teseo.
Ya tengo mi respuesta. Las partes importantes, las partes que adoro, la valentía, el intelecto y la lealtad, siguen siendo las mismas.
Y, quizá, primero… necesitara a Hani. Para enseñarme el camino hasta ti .
Tardé un tiempo en darme cuenta de eso, pero, Kisa, no eres tan distinta como crees de quien eras en tu vida anterior.
Si no recuerdo mal, todavía sientes predilección por mi «culo»…
—Ella gruñe de vergüenza—. Eres perfecta, Kisa. Y me muero por besarte.
—Pero no lo harás —adivina ella con una voz suave como una pluma mientras la decepción la revuelve por dentro.
—«Solo amigos» es una etiqueta muy restrictiva —murmura Seokga, mirándole los labios—. Ya me está empezando a rozar.
Kisa se mete un mechón de pelo detrás de la oreja, nerviosa.
—Nunca lo pusimos por escrito… Nunca lo juramos por Hwanung… Los acuerdos pueden, hum, modificarse…
—Y siempre hay vacíos legales —coincide el dios del engaño con una chispa de picardía en los ojos.
A Kisa le arde el rostro cuando él se le acerca.
Seokga esboza una sonrisa mientras, de un solo movimiento fluido, se la coloca sobre el regazo.
Kisa deja escapar un gritito de sorpresa y satisfacción.
Se sienta a horcajadas sobre él y, a tan corta distancia, es capaz de contarle todas y cada una de las largas pestañas.
Siente calor en la parte baja del vientre cuando la mano derecha del dios le recorre la espalda hasta pararse en la nuca, no sin antes tirarle con cuidado de uno de los rizos—. Las promesas se pueden romper.
—Es lo que diría un dios embaucador —contesta ella con una voz susurrante que la humilla un poco.
Pero la ronquera perenne de Seokga es también más áspera de lo habitual, y se le ensombrece la mirada cuando Kisa inclina la cabeza para rozar la nariz contra la suya.
Sentada en él, nota que el dios se estremece, que se le corta el aliento.
También siente el espasmo de su mano derecha, y que la izquierda le tiembla al encontrar la cintura de Kisa, donde un leve atisbo de piel asoma por debajo del dobladillo de la blusa del uniforme.
Los labios de ambos están muy cerca. Seokga tiene la respiración entrecortada.
Los rizos de Kisa se mecen con cada una de sus rápidas exhalaciones.
—Vas a romperme el corazón de nuevo, ¿verdad? —susurra su dios, mirándola.
—No lo sé —murmura ella.
Sabe que lo correcto sería apartar la vista de su boca, dejar de sentir el delicado calor de este deseo.
Bajarse de su regazo. Se merece mucho más de lo que ella puede darle.
Sin embargo, él la mira como si no existiera nadie más en el mundo y le dibuja círculos vacilantes con el pulgar en la cadera al aire, y huele a pino, jabón y café, y no puede dejar de mirarle los labios, no puede evitar que el corazón le lata a un ritmo que no puede ser sano…