El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 27. Kisa
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27. Kisa

Kisa

D urante un terrible momento, nadie dice nada.

Hajun se ha quedado paralizado, y los ojos vidriosos se le empiezan a aclarar mientras mira a Kisa, que tiembla bajo las miradas de Somi y Seokga, que son similares.

Incluso Hwanin se sorbe un poquito los mocos y le tiembla el labio inferior, con la cara escondida en el hueco del cuello de su hermano. Nerviosa, Kisa se aclara la garganta.

—La azotea era mi santuario, y no fingiré desconocer el peligro que suponía sentarme allí así…

Había una probabilidad del noventa y siete por ciento, aproximadamente, de caer.

Pero es que… lo necesitaba. No pedí ayuda, como debería haber hecho, así que u-usaba la azotea.

—Odia lo débil y patética que suena, así que aparta la vista—.

Aquella noche estaba exhausta. Estaba… Bueno, no estaba en un buen momento.

—El recuerdo de aquel agotamiento, de ese que se le metía en los huesos, amenaza con hacerla llorar.

Parpadea a toda prisa—. Estaba en el borde, contemplando la ciudad.

Seúl. Siempre era preciosa de noche… No me di cuenta de que no estaba sola.

El corazón se le acelera, las palmas le sudan y unos puntos negros empiezan a oscurecerle la vista cuando el pánico le desgarra las entrañas, igual que le pasó en el ascensor.

Por eso no piensa en aquella noche. Apenas le sale un hilo de voz cuando intenta contar lo más deprisa posible la peor parte, como si la velocidad pudiera ahuyentar los flashbacks que parecen acecharla justo al borde de la consciencia, pendientes de un solo recordatorio de su asesinato para infiltrarse en su mente.

El asesinato del capitán Lee la había empujado más allá del límite, y Kisa ahora lucha por no volver a caer.

—De repente noté una mano en la espalda que me empujaba hacia el vacío… Y entonces caí…

Se le oscurece la vista…

«Todo sucede muy deprisa. Ni siquiera tiene tiempo de abrir la boca, ni de gritar una súplica a su diosa.

Porque, en cuestión de segundos, su cuerpo sale volando de la azotea y, por un breve y glorioso momento, flota, ingrávida, sobre Seúl.

Hasta que la gravedad la atrapa por el tobillo y tira de ella hacia abajo, dejando atrás hilera tras hilera de ventanas, unas encima de otras, riéndose mientras la arrastra hacia el suelo con una perfecta zambullida de cabeza.

Kisa cierra los ojos.

Todo acaba bastante deprisa».

Pero, a base de pura fuerza de voluntad, consigue mantener a raya el ataque de pánico inminente. Ya se puso en ridículo en el ascensor, y cree que podría morirse (de nuevo) de vergüenza si se deja caer en el suelo y entra en otro estado de pánico semicomatoso delante de sus amigos.

—Siento no habértelo contado —le susurra al afectado Hajun—. Siento haberte dejado pensar durante tanto tiempo que había saltado. Ha estado… ha estado mal por mi parte, no debería…

Se calla cuando el joven se abalanza sobre ella para abrazarla con cariño. Hajun tiembla mientras la sujeta con fuerza. Con el rostro oculto en el hombro del ídolo, Kisa lo abraza a su vez y reprime un torrente de lágrimas mientras él le da un beso en la sien.

—Por… por eso no te gustaba que la gente te tocara la espalda o se pusiera detrás de ti —susurra—. ¿Verdad?

—S-sí —responde ella, encogiéndose.

—¿Por qué? —pregunta él, ahogado, cuando por fin da un paso atrás, con la tristeza pintada en los ojos—. ¿Por qué te…?

—No lo sé —responde con sinceridad.

Hajun se tambalea un poco, así que Somi corre a ayudarlo.

Cuando la gumiho la mira a los ojos, Kisa ve que Somi también está a punto de echarse a llorar.

Algo pasa entonces entre ellas, al recordar Kisa las garras rotas.

Una triste solidaridad entre dos mujeres muertas que sufrieron un final violento y doloroso.

Kisa siente que se forma un vínculo entre las dos, una fuerza invisible que las conecta, casi como el hilo rojo del destino, pero de sororidad.

A la gumiho se le arruga el rostro, y Kisa sabe que ella también lo siente. Somi le toma la mano y se la aprieta con fuerza.

—Lo siento mucho —susurra, y la otra joven sabe que se disculpa por mucho más que por lo sucedido en esta vida.

Kisa quiere responderle que ella también puede contar su historia, que la consolará con la misma empatía que Somi le demuestra. Pero, ahora, con la gumiho medio mareada por la bebida, no es el momento.

Solo queda por hablar una persona. Es un silencio engañoso, el del dios embaucador que está de espaldas a la noche, aunque sus ojos brillen como los de un depredador en la oscuridad.

—¿Seokga? —pregunta Kisa en voz baja, soltando la mano de Somi.

El dios no contesta. El miedo se desliza por la espalda de Kisa y el aire se carga con un poder tan intenso que a Hajun se le pone el pelo de punta, literalmente. Kisa nota la piel de gallina, tanto en brazos como en piernas. Las sombras del barco parecen volverse más profundas, más oscuras.

—Seokga —vuelve a probar ella, mientras una rabia pura, caliente y negra sale disparada por el hilo.

Con precaución, se acerca a él y le apoya una mano en la mandíbula apretada al tiempo que lo mira, suplicante—.

Mírame. —Él sigue con la vista fija en un punto lejano.

Detrás de ella, Somi se mueve, nerviosa, y Hajun corre a apartar a Hwanin de los brazos de su hermano—.

Mírame —insiste Kisa, y esta vez habla con autoridad, sin permitir debate alguno.

Le aprieta la barbilla, y él va bajando la mirada lentamente hasta dar con sus ojos; los de Seokga están nublados de rabia y de una inconfundible sed de sangre.

—¿Quién? —gruñe, y esa única palabra rezuma una furia inconmensurable. Se le dilatan las aletas de la nariz, pero ella guarda silencio—. ¿ Quién ?

—No lo sé —contesta con calma Kisa, aunque, por dentro, no siente calma alguna—.

No le vi la cara, Seokga. —Se ha pasado siete años preguntándose quién tendría motivos suficientes para lanzarla al vacío.

Cada vez que lo intenta, no se le ocurre nada, lo que es un fenómeno extraño para Kisa, que suele contar con montañas de teorías sobre absolutamente todo.

El caso es que, bueno, no tenía muchos amigos, pero enemigos tenía aún menos .

Lo más parecido sería su rival en clase, Kim Dae, quien, a pesar de la competitividad entre ambas, siempre se había comportado con educación.

Parte de ella se preguntaba si sería su madrastra, pero, aunque la mujer era fría e indiferente, no era cruel.

Y sus hermanastras, con las que apenas se relacionaba, siempre intentaban sacarle conversación en las escasas e incómodas reuniones familiares—.

Es posible… es posible que nunca lo descubra.

A él le sube y le baja el pecho siguiendo un ritmo irregular.

—Yo lo descubriré —susurra tan bajo que casi no lo oye—. Y acabaré con quien fuera por lo que te ha hecho. Te lo juro por todo lo que soy.

«Le… hicieron… daño… la… mataron… mataron… pagarán… por… ello… sufrirán…».

Kisa lo mira a los ojos un instante antes de volverse hacia Somi y Hajun, y apartar la mano de la mandíbula de Seokga para apoyársela en el pecho, donde el corazón late con fuerza contra su palma.

—Llevaos a Hwanin para que pase la noche con vosotros —les dice—. Por favor.

Hajun asiente con la cabeza.

—Sí, hum, creo que sería lo mejor —señala, todavía con el pelo de punta, ya que el poder de Seokga sigue haciendo vibrar el aire cargado.

Hajun se apresura a salir con el dios bebé, pero Somi vacila.

—Kisa —dice, despacio—, ¿seguro que no quieres que me quede? Parece… enfadado.

—Vete, Somi —insiste ella mientras otra ráfaga de viento oscuro le tira del cabello—. Estoy a salvo con él.

Lo sabe en lo más profundo de su ser. En lo más profundo de su alma.

Entre ellos hay confianza , quizá inexplicable, pero por eso le contó a él su sueño secreto sobre la biblioteca de Okhwang, por eso puede dormirse a su lado, por eso es capaz de nadar con él ( desnuda , por el amor de los dioses) en un spa.

No, Seokga nunca le hará daño.

La otra mujer parece poco convencida, pero al final se aleja de la cubierta exterior con Hajun, no sin antes volver la vista atrás una última vez, preocupada. Kisa mira de nuevo a Seokga. Le roza levemente la barbilla con la cabeza.

—Estás perdiendo el control.

Las ilusiones aparecen y desaparecen; es una miasma de visiones confusas.

Unas tormentas bajas se arremolinan en formación, más violentas que la que conjuró para ella en el dormitorio.

Hojas de árbol caen del cielo, naranjas y rojas, y se transforman en cenizas oscuras al dar contra el suelo.

Un par de ojos castaño rojizo (los ojos de Kisa) parpadean dentro de las nubes de tormenta antes de desvanecerse un instante después, sustituidos por un zorro rojo de nueve colas que corre entre las hojas hacia una nueva ilusión…

: un monstruo de sombras alargadas que abre la boca y devora al zorro de un bocado.

Una ráfaga de viento teñido de lluvia azota el aire al regresar la ilusión de la tormenta y empuja a Kisa, apartándola de Seokga.

Entre ellos, las nubes se oscurecen y espesan hasta que ya no lo ve a través del viento, las hojas y el zorro rojo, que ha regresado para corretear por la cubierta, riéndose como un maniaco.

—¡¡¡Seokga!!! —grita Kisa por encima de los truenos; no teme por ella, sino por su dios.

El hilo rojo tiembla de pánico. Apenas ve ya la cubierta: el suelo se ha vuelto hacia las azoteas de una ciudad, que son puntitos de luz en un cielo oscuro.

Es como si estuviera por encima de Nueva Sinsi de noche mientras avanza como puede, enfrentándose a la tormenta, con las manos alargadas hacia Seokga…

Pero, en vez de alcanzarlo, cae en otra ilusión.