26. Kisa
Kisa
Somi suelta unas risitas mientras bebe directamente de la fuente y, ruborizada, le pasa el vaso verde a Hajun, al que se le ve a punto de emborracharse.
Su amigo está tirado en la tumbona de la piscina, al lado de Somi, y le brillan los ojos mientras parece recorrer con ellos los contornos del rostro de la gumiho, iluminados por la luna.
—¿Quieres ser mi pareja de San Valentín? —susurra él a pesar de no ser ni de lejos el día del amor.
Kisa se muerde el labio, aunque la sonrisa le vacila al ver que Somi se echa a reír y se lleva una mano a los labios cuando se le escapa un poco de soju.
Una vez más siente una punzada de envidia ante lo nuevo que es todo para ellos; nada les pesa ni les ancla al pasado.
Ambos son frescos y jóvenes como la primera mañana de primavera.
—Ni siquiera estamos en febrero —dice Somi entre resuellos, como respuesta al enamorado Hajun—. Es otoño.
Él parpadea con ojos soñadores.
—Entonces ¿quieres ser mi… calabaza?
Tiene abierto sobre el pecho el ejemplar de Besada por el vaquero de la mafia . Somi se lo quita y juega a darle golpes al chico con la novela guarra.
Kisa traga saliva como puede y se vuelve hacia Seokga.
A pesar de las celebraciones, el dios parece agotado y sujeta el pie de Hwanin, que sigue flotando en el aire, mirando las lucecitas.
Cuando Seokga le devuelve la mirada, en sus ojos hay una pregunta que ella no está preparada para responder.
Aquí, en la cubierta más alta del CRS Traspalmántico, está lo más lejos posible del ascensor y no quiere pensar en ello.
Se sirve otro trago de soju, tras coger la botella de la mesita entre Somi y Hajun, antes de acercarse a Seokga.
—Bueno, hemos resuelto el misterio —le dice, examinando el borde de su vaso. Todavía no se ha acostumbrado a la novedad. Lo han logrado .
(¿Sí, no? ¿Y si…? Oh, no. Hace una mueca.
Kisa sabe que piensa demasiado las cosas y que no debe hacer lo mismo con esto.
Solo porque estuviera, bueno…, algo ocupada…
durante las últimas horas de la investigación no significa que su cerebro pueda hacer de las suyas y cuestionarse si la conclusión es correcta.
«Para —le dice a su mente hiperactiva—. Se acabó.
Déjate de “¿y si?”, que no hay ninguno»).
—Sí —responde él, que consigue sonar y parecer solemne agarrado al pie rechoncho de un bebé volador.
—Y podré reencarnarme —añade ella, intentando sonar tan contenta como sabe que debería sentirse. Sin embargo, después de todo esto…, del spa, del banmal, del bebé, de la cama…
No está contenta. No, no está contenta en absoluto.
—Sí —contesta el dios, evitando mirarla a los ojos—. Eso es.
Guardan silencio durante un momento. Detrás de ellos, Somi y Hajun se ríen. Seokga mira por encima del hombro de Kisa y se ablanda. Hajun se ríe con ganas mientras Somi le lee un pasaje del libro y arquea las cejas con aire lascivo.
—No me había dado cuenta antes, pero Hajun me recuerda un poco a Hyeon-tae —murmura—. Antes de que supiéramos que en realidad era Eodum.
Cuando vuelve a mirarla, como para ver si está de acuerdo con él, a Kisa se le rompe un poco el corazón.
—No me acuerdo —le recuerda con ternura.
Seokga traga saliva y deja caer la mirada.
—Sí, lo sé.
Por encima de él, Hwanin se ríe de alegría al tocar una de las lucecitas. Kisa ve que Seokga tira un poco de él para volver a cogerlo en brazos.
—Seokga… —De repente tiene un nudo en la garganta—. Seokga, lo he… lo he pasado de maravilla contigo en este viaje y… y me alegro de que… de que nos hayamos encontrado, aunque fuera aquí…
Le parece haber vivido más con él que en todo el tiempo que estuvo viva. Muchas risas. Baños desnudos en una cueva helada. La forma en que la mira la hace sentir que sigue con vida.
Ya no es un proyecto de investigación.
Lleva muchísimo tiempo sin serlo.
Deja la frase en el aire cuando la expresión de Seokga se endurece, en vez de ablandarse. Sigue sin mirarla a los ojos.
—Eres un gran amigo —dice, desesperada, deseando que la mire y, quizá, deseando mucho más de lo que está dispuesta a reconocer.
Él se ríe, pero no es una risa alegre. Es ronca y cascada.
—Sí, un gran amigo.
La amargura de su voz la desgarra por dentro.
—Seokga…
—Estoy cansado, Kisa —dice Seokga, que todavía no la ha mirado—. Estoy muy… cansado.
«Se irá… como… Hani… no la… encontraré… de nuevo… estoy solo… muy… cansado…».
Un color azul intenso se arrastra por el hilo rojo hacia ella y es como si se quedara sin aliento con tanto frío, soledad y tristeza.
Alarga una mano para consolarlo, para ayudar, pero él se aparta.
Una sonrisita le asoma a los labios, aunque no es más que una chispa de anhelo agridulce que desaparece al instante.
—Dime una cosa —susurra—. Si hubiéramos tenido más tiempo…
—Sí —susurra ella antes incluso de que termine la frase—. Sí.
La alegría y el dolor surcan el rostro del dios.
—¿Sí?
Ella traga saliva y se limpia una lágrima errante. ¿Cuándo ha empezado a llorar? Las carcajadas de Hajun y Somi están a un mundo de distancia cuando asiente.
—Estoy segura.
—No puedo pedirte que te quedes, ¿verdad? —susurra Seokga.
Kisa cierra los ojos. Un frío viento del inframundo le pasa los dedos engarfiados por el pelo.
—Aquí no.
No en este barco. No en este mundo de muerte y desgracia.
Quizá su miedo anterior no tuviera fundamento. Temía que, si se permitía sentir… algo por él, huiría de la reencarnación. Sin embargo, aquí está, sintiendo… muchísimo por este dios que no es en absoluto lo que se esperaba… Y aquí está, sabiendo que no puede quedarse.
Aquí no. Aquí no.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunta él con la voz rota. En algún lugar lejano, Hajun y Somi dejan de reírse—. ¿Por qué?
Ella abre los ojos de golpe porque nota la mano libre del dios sobre su rostro. Se apoya en ella, sin poder evitarlo.
—¿Por qué qué? —susurra ella.
Una angustia terrible aparece en los ojos de Seokga al negar con la cabeza.
—Nada —susurra a su vez, pero sus pensamientos no mienten como él.
«Por qué… saltó…».
El corazón de la joven da un brinco espectacular cuando se aparta de él.
¿Es eso lo que cree? ¿Que saltó de la azotea al cielo nocturno como un polluelo que todavía no ha aprendido a volar?
Se lleva una mano temblorosa a la boca cuando sus pensamientos regresan a aquella noche de primavera, hace tantos años.
Con mucho esfuerzo, consigue volver a embutir su creciente pena en una caja, como no consiguió hacer en el ascensor, y enciende de nuevo la parte lógica de su mente para calmarse.
Por supuesto que cree que saltó. Ninguna persona en su sano juicio tentaría a la suerte sentándose en el borde de un rascacielos.
—¿Kisa? —pregunta Hajun, que se levanta tambaleándose, con un brazo sobre los estrechos hombros de Somi para no caer—. Kisa, ¿estás bien?
—¿Qué le has dicho? —le suelta Somi a Seokga, y se va hacia él llevándose a Hajun prácticamente a rastras—. ¡Reencarnarse o no es asunto de Kisa, y no tienes… —hipido— derecho a decirle lo contrario!
Está azul de indignación, y Kisa siente un cariño abrumador por la gumiho, aunque niegue con la cabeza en respuesta a su arrebato.
—Seokga no ha hecho nada malo —le dice, muy tranquila—.
Pero yo le he… ocultado algo. Os lo he ocultado a todos.
—Mira a Hajun a los ojos, arrepentida. Sabe lo que cree el joven, pero nunca se lo ha rebatido, pensando que una mentira por omisión no era tan mala si eso hacía que se sintiera menos solo.
No quiere decirles lo que sucedió aquella noche, en la azotea.
Pero los amigos confían los unos en los otros, piensa mientras los mira uno a uno: la gumiho, el ídolo y el dios.
Y esta podría ser una de sus últimas oportunidades antes de que termine el crucero y se ponga en la cola del DROV .
Respira hondo—. Aquella noche no caí. No salté.
—Kisa se agarra tan fuerte al vaso del chupito que, si se rompiera, no se sorprendería—. Me empujaron.