25. Seokga #5
Una cosa es temer convertirse en su padre y otra muy distinta no ya pensar en lo que podría haber sido, sino en lo que todavía podría ser.
La doctora Jang lo está provocando y es plenamente consciente de hacerlo.
Mientras abre como puede el pestillo y sale dando tumbos de la habitación, se pregunta por qué demonios pagan tan bien a la doctora por torturarlo así.
Es un alivio cuando cierra la puerta de su suite y, de nuevo, cuando ve que Kisa se incorpora rápidamente en la cama.
Cuando entra Seokga, ella abre mucho los ojos y se pone una mano sobre el corazón.
Somi y Hajun esperan a su lado, nerviosos, la gumiho agarrando uno de los piecitos de Hwanin, que flota en el aire. Kisa alarga la otra mano hacia el dios.
—¿Seokga? —susurra—. Por todos los dioses, ¿qué ha pasado?
Ella no le quita la vista de encima.
—Fuera —les dice bruscamente a Hajun y a Somi mientras camina a grandes zancadas hacia Hwanin y aparta de un empujón a la gumiho para abrazar al bebé.
—De ninguna manera —responde ella, pero Hajun ya ha respondido a la mirada de Seokga con un pequeño gesto de asentimiento y comprensión, y tira de Somi hacia la puerta.
Sus protestas airadas resuenan por el pasillo mientras el joven se la lleva, y la puerta se cierra detrás de ellos.
Consciente de la mirada de curiosidad de Kisa, intenta (con un esfuerzo extremo) controlar sus pensamientos para no abrumarla. Poco a poco se sienta en la cama, a su lado, y Hwanin se acurruca contra el pecho de su hermano mayor, satisfecho.
—Kisa —dice en voz baja, observando la parte de ella que puede ver por encima de las pesadas mantas.
—Estoy bien —responde ella a toda prisa, ofreciéndole un dedo a Hwanin.
El bebé lo mira, poco impresionado, antes de rodearlo de mala gana con la manita e inspeccionarlo a regañadientes—.
No quiero… hablar de eso ahora mismo. Más tarde, qui-quizá.
Pero, por un ratito, solo quiero… descansar.
Aunque quiero… necesito… que me cuentes qué le ha pasado al capitán. A Su-min.
Él aprieta los labios, pero el hilo rojo le está enviando el agotamiento de Kisa en sacudidas debilitantes y ella parece muy frágil, exhausta, sin el brillo habitual en sus magníficos ojos. Seokga no va a discutírselo.
Al menos ahora mismo. Tal y como está, no es una adversaria digna.
Tras un pequeño suspiro, apoya la espalda en el cabecero y, en voz queda, le narra los acontecimientos de las últimas dos horas; Kisa asimila la información con las cejas fruncidas.
Cuando gira el dedo para escapar del puño de hierro de Hwanin (el pequeño dios parece ahora extremadamente desconcertado por la pérdida de un juguete que ni siquiera había pedido) y se lleva la mano a la sien, Seokga procura concluir el resumen lo antes posible y, antes de poder contenerse, alarga una mano hacia su salvaje melena de rizos, se los aparta de la cara y le mete uno detrás de una de sus pequeñas orejas.
—Con eso basta —dice, y ella lo mira y deja caer la mano—. Ya repasaremos los detalles después.
Ella parpadea, despacio.
—Puede que sea buena idea —masculla, y se entierra de nuevo en las mantas, tumbada, con la cabeza apoyada en una de las mullidísimas almohadas.
Cuando cierra los ojos, Seokga lo toma, a su pesar, como señal de que debe marcharse. Sin embargo, al levantarse, una mano caliente sale disparada de debajo de las mantas y le agarra la muñeca.
«No quiero… que se vaya… todavía… no estoy… lista… para irme…».
—Quédate.
Es como si todo el mundo de Seokga se desbaratara con una sola palabra.
Una alegría dorada baja por el hilo rojo del destino hacia ella mientras se quita los zapatos y deja a Hwanin boca arriba en el colchón, al lado de Kisa.
El bebé da un bostezo gigantesco y Kisa deja escapar un ruidito ahogado mientras el dios se mete en la cama con mucho siglo, para no molestarlos, y se tumba bajo las mantas.
Unos ojos adormilados de color marrón rojizo lo miran por encima del bebé que duerme bajo el hilo.
—¿Tú sueñas? —susurra Kisa, y él casi se ríe, entre el cariño y la exasperación, por la curiosidad que destila su voz y el brillo intelectual que le asoma a los cansados ojos.
Sin embargo, se limita a sonreír y se pone de lado para verle mejor las líneas de la cara, las ondas del pelo.
—Sí —contesta en voz baja—. Todos los dioses sueñan.
—¿Con que… sueñas?
—Contigo —responde con voz ronca al cabo de un largo instante.
—¿Conmigo? —pregunta Kisa, cerrando de nuevo los ojos—. ¿O con Hani?
«Me pregunto… cuál… pregunto… cuál…».
Los pensamientos de Kisa van despacio, se arrastran, lastrados por el sueño. Seokga vacila, pero el dios embaucador decide ser dolorosamente sincero. Que no se diga que no es posible.
—Con ambas —murmura—. Una vez tuve una pesadilla terrible sobre ti.
—¿Hum?
Suena bastante indignada, aunque cuesta decirlo con la cabeza medio hundida en la almohada.
—Eras un anciano —reconoce, cerrando también los ojos, ya que una ola de agotamiento se le ha estrellado de repente contra la cabeza y lo ha enviado a lo más profundo de un mar oscuro.
Hwanin suspira en sueños, y Seokga tira de él con cuidado para acercárselo más—.
Un… anciano que aterrorizaba a su club de ganchillo.
—Yo no hago… ganchillo —masculla Kisa—. Hago… punto …
—Lo mismo es —susurra él, y lo último que siente antes de dormirse es que Kisa le da una patada sin fuerzas bajo las mantas y se ríe contra la almohada, soñolienta.