25. Seokga #4
Seokga se tensa. Hace tres años, aproximadamente, empezó a deteriorarse la relación entre padre e hijo.
—Hwanung sabía que, si llegaba a ser emperador celestial, podría hacer lo que Hwanin le había negado —dice, despacio, uniendo las piezas del puzle—.
Esperó a que Hwanin estuviera solo y fuese vulnerable: en un crucero por Jeoseung sin más dioses cerca.
Estaba trabajando con Su-min. En su forma de samjokgu, mató a Hwanin y tiraron su corazón al río con la esperanza de que eso dejara al bebé en algún sitio en el que sufriera.
Pero calcularon mal. —Siente que le falta algo.
¿Qué daño podía hacerles el bebé Hwanin?
Pero sigue adelante, deseando cerrar el caso—.
Para regodearse, ella trasladó el cuerpo para que yo lo encontrara.
Puede que fuera algo impulsivo. Eso le dio después problemas; cuando Su-min descubrió que estábamos investigando, intentó alejarme de Kisa, y no le quedó más remedio que destrozar la sala de control después de que Somi la oyera llamar a Hwanung.
Pero ¿cómo evitó Su-min las cámaras de seguridad cuando se llevó el cadáver a rastras?
Puede que fuera Hwanung el que teletransportó el cuerpo de su padre hasta el hueco de la escalera donde no había cámaras.
Sí, eso es. ¿Cómo logró aparecer en el barco sin que se enterase Yeomra, como hoy?
Seokga hace una mueca. Yeomra debía de haber estado ocupado con su amante demoniaca… otra vez.
—Pero ¿por qué mataron al capitán? —pregunta la doctora.
Seokga recuerda las noticias de Hajun. La aventura. Eso explica el resto.
—Su-min lo veía a escondidas. Hwanung se enteró y, para demostrar su lealtad al dios, Su-min lo ayudó a matar al capitán.
—Al fin y al cabo, ¿por qué conformarse con un hombre mortal cuando puedes tener a un emperador?
Tuvo que arrepentirse de su infidelidad y lo arregló de la única forma que sabía: con un asesinato—.
Hwanung vino hoy al barco para llevar a Su-min a la cola de la reencarnación.
No esperaba pillarla con el capitán. En el forcejeo, le dio al botón del intercomunicador.
Cuando se dieron cuenta de que habían transmitido el asesinato a todo el barco, Su-min huyó… y Hwanung se teletransportó.
Menudo amor verdadero.
La doctora Jang niega con la cabeza y se acerca a la cama, tambaleante, para posarse en el borde como un pájaro indeciso.
—¿Por qué no me contaste lo de Hwanin, Seokga? Podría haberte ayudado. Podría haberte contado todo esto.
—Habrías estado obligada a informar de inmediato a Okhwang —le explica, agotado, y se pasa una mano por el pelo—. No podía arriesgarme a que el panteón sospechara de mí. Todos conocemos mi historia. De todos modos, se acabó. El caso está cerrado.
—¿Y cómo te sientes? —le pregunta, lo que agota a Seokga aún más—. ¿Cómo se ha tomado la noticia el panteón?
Seokga hace una mueca amarga.
—Samsin Halmoni me llamó «engendro de Mireuk».
Le duele más de lo que le gustaría reconocer. La doctora aprieta los labios.
—¿Te molesta que el resto del panteón use tu linaje como un insulto?
Debe de resultar frustrante que todo el mundo recuerde al dios loco en vez de al padre que pudo haber sido.
—Él se encoge de hombros, pero se le ha formado un nudo en la garganta.
La doctora suspira—. Quiero que hablemos con sinceridad, Seokga, sin preocuparnos por que el panteón se entere de lo que digas en esta habitación.
Ahora eres el emperador celestial. Nada puede tocarte si no quieres, querido —le asegura con una sonrisa mientras juega con el dobladillo de su camisa hawaiana—.
Además, me parece que he perdido el cuaderno.
No podría tomar notas, aunque quisiera. ¿Qué harías si pudieras darle otra oportunidad a tu padre, Seokga?
De repente se siente mareado.
—No se merece una segunda oportunidad.
—Podría decirse lo mismo de ti —contesta con delicadeza la anciana—. Y ahora, mira. Qué extraordinario ha sido tu crecimiento, Seokga. Tu sueño se ha hecho realidad, y ni te importa. Has cambiado . ¿Por qué no se le debería haber dado la misma oportunidad a Mireuk?
—Mi padre era un tirano.
—Y no hace mucho, tú eras un villano.
Seokga da un respingo. Entonces ¿ese es el objetivo de estos supuestos? ¿Un intento muy retorcido de introspección? Le brillan los nudillos al apretar la empuñadura del bastón.
—Perdona —dice sin aliento mientras se dirige a la puerta, sintiendo de repente náuseas por una horrenda mezcla de remordimientos, desconcierto, rabia y anhelo.