25. Seokga #3
—Dame al niño —exige con voz aguda Samsin Halmoni, mientras Seokga aprieta los dientes y se abre paso entre la muchedumbre de invitados, que todavía son presas del pánico.
Algunos miembros de la tripulación intentan calmar a las masas, pero los gwisin no parecen comprender el concepto de que ya están muertos y, por tanto, es imposible que alguien los asesine brutalmente.
La diosa del parto, las madres, los bebés y el fastidio en general se le acerca caminando como un pato, con las manos entrelazadas sobre el vientre hinchado.
Acaba de aparecer, y la única prueba de su inminente teletransportación ha sido el tenue aroma a perfume floral y talco de bebé—.
Nuestro emperador celestial estará más seguro en mis manos.
¿Acaso sabes cómo cuidar de un bebé, joven?
Él respira hondo, rabioso, y se detiene a media zancada para fulminar con la mirada a la diosa. Samsin Halmoni parpadea con inocencia, la viva imagen de una madre amable y cariñosa. Pero él sabe que tiene el corazón de una serpiente.
—Treinta y tres años —susurra el dios por encima del caos y el pánico que los rodean, inmóvil mientras recibe los empujones de los huéspedes asustados.
Cualquiera que conozca a Seokga reconocería la calma letal antes de la tormenta por su aterradora expresión vacía, salvo por la rabia atronadora que bulle por debajo y asoma en forma de chispas, como relámpagos incandescentes—.
Sabías quién era y dónde estaba, y no me lo dijiste. ¿Por qué, Samsin Halmoni?
En su rostro no se ve ni rastro de remordimientos ni sorpresa.
—Porque eres el hijo de tu padre, niño. Y pensaba que Yu Kisa se merecía algo mejor que al engendro de Mireuk.
Las palabras se le clavan y le arrancan algo, como si fueran un cuchillo afilado.
Si no hubiera verdad en ellas, Seokga no les prestaría atención y respondería con uno de los mordaces comentarios por los que es bien conocido.
Sin embargo, las siente como si fueran ciertas.
Desesperado, intenta mantener la fachada, pero la otra deidad ve entre sus rendijas. Sí que es como Mireuk.
—Además, está el tema de tu bromita piramidal —añade la diosa con una sonrisa muy poco agradable, y él se replantea la opinión sobre su oponente.
Tiene el instinto de una francotiradora para saber dónde y cómo disparar—.
Así que solo es cuestión de tiempo que entres en tromba en la sala del trono de Okhwang y nos ordenes a todos que nos dobleguemos a tu voluntad.
—Me he… reformado —responde él, sin comprender lo que dice, ya que le resulta extraño que parezca entre expectante y vencida.
Samsin Halmoni vacila; está claro que no recibe la reacción que buscaba.
—Hwanin es un bebé —le dice, y él consigue echarle una mirada mordaz que dice: «Soy muy consciente de ello»—.
Si creemos lo que cuentas, Hwanung es un parricida y ha huido para escapar de sus crímenes.
Tú eres el siguiente en la línea sucesoria al trono.
Tú… —Mueve la boca como si quisiera escupirle en la cara, pero lo que hace es escupirle las siguientes palabras—. Tú eres el emperador celestial.
Es como si el mundo se detuviese, como si el caos que lo rodea se paralizara cuando la realidad de su afirmación cala hondo en Seokga.
Con el estrés de las últimas horas, ni siquiera se había parado a pensar en Okhwang.
El CRS Traspalmántico había ocupado todos sus pensamientos, incluso los más recónditos.
Ni siquiera había caído en que… en que es el emperador de Okhwang.
—El emperador celestial… en funciones —se apresura a añadir Samsin Halmoni, pero lo mira como si Seokga fuera una especie de mono de circo que ha fracasado estrepitosamente en su actuación.
En vez de carcajearse como un loco, que es lo que habría hecho hace algunos años, el dios guarda silencio.
Poder. Un poder enorme al alcance de la mano; solo tiene que abandonar el barco y ocupar el trono que le pertenece por derecho propio.
Es lo que ha deseado desde niño, es por lo que montó un puto golpe de Estado…
Entonces ¿dónde está el triunfo que debería sentir?
¿Por qué no sonríe con satisfacción a Samsin Halmoni y le ordena que se arrodille ante él?
Seokga abre la boca para, al menos, probar con la risa del vencedor, pero lo único que le sale es una especie de resuello débil.
Samsin Halmoni mira boquiabierta al dios embaucador, que cierra los ojos, con el estómago bastante revuelto.
Kisa no puede ir a Okhwang, así no. Es un gwisin vinculado al CRS Traspalmántico, y la forma más rápida de salir del barco es pasarse por el puto DROV cuando termine el crucero.
Aunque logren localizar a Hwanung, no está seguro de que Yeomra quiera revisar los términos del acuerdo para ofrecerle otra victoria a Kisa.
De todos modos, ella no parece desearla. Lo que desea es reencarnarse.
«No me dejes», le había suplicado, y él le había jurado que no lo haría. No hasta que ella lo deje a él. De nuevo.
Siempre lo deja. Parte de Seokga se pregunta con amargura si, esta vez, debería ser el primero en desaparecer.
Antes de que su corazón se haga mil pedazos marchitos otra vez.
Puede automedicarse con su nuevo poder y su control sobre Okhwang, dedicarse a holgazanear en el trono del fénix del palacio Cheonha y a divertirse manejando a los otros dioses como si fueran títeres. No tendría que pensar nunca en ella…
… pero lo haría. ¿Cómo va a olvidarse del color exacto de sus ojos, de los hermosos rizos de su pelo? ¿De su forma de divagar cuando está nerviosa o emocionada, de ese intelecto brillante como el sol?
Seokga se odiaría durante toda la eternidad más de lo que ya se odia si se fuera antes de que acabaran los pocos días juntos que les quedan.
Abre los ojos. Samsin Halmoni parece conmocionada, y se le escapa algo que podrían ser remordimientos si el dios la observa con atención (y, posiblemente, con una lupa).
—Primero tengo algunos asuntos que resolver por aquí —dice Seokga con voz hueca—. Regresaré a Okhwang cuando concluya el crucero, en una semana. Hwanin se quedará conmigo. Hasta entonces, estate atenta por si aparece Hwanung. Avísame de inmediato si lo encuentran.
La diosa traga saliva y niega con la cabeza.
—No lo entiendo. No eres… No lo entiendo.
Seokga le lanza una mirada asesina.
—Kisa está aquí —le dice, como si eso lo explicara todo.
Y así es. Samsin Halmoni parece casi avergonzada cuando asiente con brusquedad.
Él se gira sobre los talones para irse, pero no puede resistirse a girarse hacia ella para fulminarla de nuevo con la mirada—.
Puede que me la hayas robado, pero también le has robado a ella la posibilidad de estar conmigo.
Una vergüenza inesperada asoma a los ojos de la diosa.
—Pero…
Él frunce los labios.
—Corretea de vuelta a Okhwang como el insecto entrometido que eres —le espeta—. No vuelvas a acercarte a este barco.
Seokga no se queda para descifrar de dónde sale la culpa que le tuerce el gesto a Samsin Halmoni. Se aleja, apretando tanto el bastón que se le ponen blancos los nudillos.
La doctora Jang está esperando en la puerta de su suite cuando él dobla la esquina. Seokga no está de humor para pasarse una hora hablando de sus sentimientos, así que se le relajan los hombros de puro alivio cuando ve que la doctora no lleva consigo su cuaderno de cuero.
—Doctora Jang —la saluda, cansado.
—Seokga. —La voz de la anciana es más solemne que nunca, incluso más que durante las tensas conversaciones sobre su padre—. Lo he oído todo. Tengo que hablar contigo.
¿Es que este día no se va a acabar nunca?
Lo único que desea es cuidar de Kisa y abrazar a su hermano, pero acaba yendo a la suite de la doctora.
La mujer parece cansada cuando cierra con llave la puerta, aunque cuesta saberlo con esas gafas de sol tan ridículas.
Cuando se vuelve hacia él, ve que unas arrugas más profundas de lo normal le enmarcan los labios.
—Es culpa mía —susurra—. Estaba paseando con él, pero se me perdió de vista… Debe de haberse escapado al puente…
Alarmado, Seokga da un paso hacia la anciana.
—¿Qué quieres decir? —pregunta, absolutamente perplejo.
La doctora toma aire, respirando con dificultad.
—Debería empezar por el principio. Antes…
trabajaba con Hwanung, como trabajo contigo.
Hwanin me lo envió hace unos cuantos años.
Hwanung tenía problemas de pareja y su padre estaba preocupado.
—Respira hondo—. Se había enamorado de una mujer casada.
Tenían una aventura y Hwanung estaba loco por ella.
El miedo empieza a recorrer la columna vertebral de Seokga.
—¿Cómo se llamaba esa mujer?
—Solo la vi una vez —responde ella con voz ronca—. Entonces parecía tan distinta… Se llamaba Su-min…
Bueno, piensa con tristeza el dios. Al parecer, el porqué ha aparecido solo.
—Sigue —le pide, y cruza los brazos mientras asimila a toda prisa aquel dato tan incriminatorio para su sobrino.
—Su relación era tormentosa, pero Hwanung estaba enamorado.
—Sacude la cabeza—. La mayor parte de las tensiones entre ellos se debían a que Su-min temía que su marido descubriera que lo engañaba.
Era un hombre violento. Siguiendo la orden de tu hermano, intenté intervenir mediante sesiones de terapia de pareja en las que mostrarle sutilmente a Hwanung todas las razones por las que no debía estar con ella.
La Cotilleos Divinos era la menor de mis preocupaciones.
Sin embargo, siguieron juntos…, hasta que el marido se enteró.
—La doctora Jang entrelaza los temblorosos dedos—.
Para entonces, ya habían terminado mis sesiones con Hwanung y Su-min.
Hasta hoy no he sabido, gracias a Hwanung, que a Su-min la había asesinado su celoso marido.
Hwanung suplicó a Hwanin que hiciera por ella lo que hizo por Hani, pero él se negó. Eso fue hace tres años.