El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 25. Seokga #2
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25. Seokga #2

Está a punto de viajar por el tiempo y el espacio, de doblegarlo a su voluntad para llegar al puente, donde debe de estar cometiéndose el asesinato…

Pero algo, un fuerte tirón del meñique, lo detiene.

El hilo rojo tiembla de preocupación y lo empuja hacia Kisa mientras, por los altavoces, el capitán Lee grita hasta quedarse ronco…

y guarda silencio de repente. Se oye un crepitar cuando se apaga el interfono.

—¿Kisa?

Se ha dejado caer hasta el suelo y se abraza las rodillas contra el pecho.

Está tan pálida detrás de los rizos que Seokga se tambalea, paralizado de terror.

Ha visto antes el miedo, en innumerables rostros distintos, pero esto…

Esto no es simple miedo. Tiene la vista clavada en algo que él no ve…

¿Un recuerdo? Y el pecho se le mueve tan deprisa y de un modo tan irregular y entrecortado que el temor lo cala hasta los huesos.

No puede… Joder , no puede dejarla así, atrapada en un ascensor.

¿Qué clase de alma gemela de mierda sería?

—¿Kisa? —le pregunta, y la agarra por los hombros para sacudirla un poco. Pero es como si no lo oyera o, ni siquiera, lo viera—. ¿Kisa?

El hilo rojo tiembla sin parar, pero Kisa sigue ajena a él.

Seok­ga intenta reprimir el pánico que amenaza con ahogarlo.

No deja de revolotear sobre Kisa, alisándole el pelo, sujetándole la barbilla, cogiéndole los hombros, las manos…

No sabe… no sabe qué hacer. No sabe cómo enviar una serenidad tranquila y plateada por el vínculo, como hizo ella por él en una ocasión.

Tiene demasiado miedo, está demasiado alterado. ¿Qué le pasa a Kisa?

—Por favor —susurra—. Kisa, por favor… Mierda, mierda, mierda …

Es como si volviera a estar en aquel almacén, viendo cómo la vida abandonaba los ojos de Hani sin que él pudiera hacer nada… Incapaz de ayudar…

Alrededor del meñique de Kisa, el hilo rojo se vuelve negro…

Y cuando ese color llega hasta el otro extremo, el terror que siente Seokga, el terror de Kisa, es interminable , tan asfixiante como ahogarse en un mar oscuro.

Casi vomita al saborearlo. Solo cuando desaparece es capaz de volver a moverse.

El hilo rojo le tira con insistencia del dedo y él lo mira a través de un repentino torrente de lágrimas de dolor.

— Ayúdame —le implora—. Ayúdame a ayudarla. Por favor…

El hilo vacila antes de elevarse más en el aire y retorcerse para componer la forma de una línea roja continua que se retuerce y gira hasta crear una imagen, la de un hombre sosteniendo a una mujer.

Seokga no vacila: se sienta en el suelo del ascensor, tira con cuidado de Kisa hacia él e imita la posición de la pareja en la sugerencia del hilo.

La cabeza de ella reposa sin fuerzas sobre el pecho del dios.

A Seokga le tiemblan los dedos al sujetarla.

—Kisa —le murmura al oído—. Regresa a mi lado.

Pueden haber pasado segundos, minutos u horas, pero por fin lo hace, y la respiración se le calma poco a poco. Seokga está a punto de llorar de alivio cuando ella levanta la vista hacia él, cuando lo ve.

—¿Seokga? —susurra.

—Estoy aquí —le asegura, y se le rompe la voz.

Kisa sonríe; es un rictus tembloroso que muere tan deprisa como ha nacido.

—No me dejes…

—Nunca —le jura el embaucador, y lo dice en serio, con todas las fibras de su malvado ser.

—Quería… ser una hoja —susurra ella, delirando claramente mientras cierra los ojos—. Quería ser… una hoja…, pero no pretendía caer…

Las palabras sin sentido se quedan flotando en el aire y ella cierra del todo los ojos.

Un instante después, el ascensor reinicia su ascenso, despacio.

Seokga mira hacia el espejo del techo y se pregunta qué demonios ha pasado.

El cadáver es un puto desastre tirado sobre la consola de navegación del puente, un pedazo de carne ensangrentado e inmóvil, sin corazón.

Seokga lo mira con asco y lástima, mientras Yeomra (que ha cumplido su palabra y ha descendido «con mucho teatro» sobre el barco una hora antes, como si ese «fuera el plan desde el principio» para «impartir justicia divina») asegura las cadenas de hueso que rodean a Su-min.

Los eslabones son irrompibles, forjados con la magia de la muerte de Yeomra y extraídos de los cadáveres de los prisioneros muertos hace tiempo dentro de los muros de una cárcel.

Solo los dioses pueden quitar esos grilletes, siempre que no sean los que están atrapados en ellos.

Parece que el capitán Lee plantó cara. Una de las largas ventanas horizontales del puente está rajada por la mitad.

Las numerosas palancas de la consola están, según Yeomra, manga por hombro.

En algún momento del forcejeo, el capitán tuvo que pulsar sin querer el botón del intercomunicador del barco.

Su impresionante asiento de cuero está tirado de lado, y las ruedas todavía giraban lentamente cuando Seokga (después de dejar con cuidado a Kisa en su cama, bajo la atenta mirada de Hajun y Somi), corrió al puente.

Hay manchas de sangre en el suelo, aunque las manos y la ropa de Su-min están casi impolutas, lo que resulta impresionante.

El capitán está tendido sobre la consola.

Su-min, que siempre lleva el pelo impecable, ahora lo tiene alborotado, y el pintalabios se le ha corrido por culpa de la mordaza con la que le han tapado la boca.

«¡Yo no he sido! —había estado gritándole a todo el que se dignaba a escuchar—. ¡Yo no he sido! Yo nunca… Estaba ya…. Estábamos… ¡Yo no he sido!».

Por desgracia para ella, la voz de Su-min coincide a la perfección con la que se retransmitió por todo el barco. Yeomra le había metido la mordaza en la boca con mucho entusiasmo al atraparla corriendo por el I-95, seguramente para esconderse aprovechando el caos.

Para sorpresa de nadie, Hwanung no aparece.

El dios huyó justo después del asesinato; Seokga se ha pasado una hora enfrascado en largas llamadas telefónicas con las otras deidades para resumirles todo lo sucedido desde la muerte de Hwanin.

Todo el mundo está pendiente de encontrarlo y, una vez que Seokga termine con esta puta pesadilla, perseguirá a su sobrino hasta el fin de los putos mundos.

También se ha negado en redondo a llevar al bebé a Okhwang.

Como el pariente vivo más cercano de Hwanin que (a) no está encerrado en las profundidades de Jeoseung por crímenes contra la humanidad, (b) está despierto y no lleva mil años durmiendo y (c) no es partidario del parricidio (por el momento), Seokga puede reclamar la custodia legal de Hwanin, y eso hará.

Por alguna absurda razón, la idea de perder de vista al niño hace que la ansiedad se le dispare por la columna vertebral.

En ningún lugar estará Hwanin más seguro que al lado de su hermano.

Se ha repetido que no debe pararse a pensar en el porqué , pero, cuando Yeomra termina su llamada a uno de los siete infiernos, que es donde van a trasladar a Su-min, Seokga no puede evitar anhelar una explicación.

¿Por qué matar a Hwanin? ¿Por qué matar al capitán Lee?

Los dos asesinatos no parecen tener conexión, salvo por la asesina.

¿Qué relación había entre Su-min y Hwanung? ¿De qué se conocen? ¿Cómo se encontraron?

«Da igual», se dice. Su-min está decidida a jugar la carta de la inocencia, aunque su voz se oyó a todo volumen por el barco y encaja a la perfección en el perfil de su sospechosa.

Encontraron el número de Hwanung en su móvil, aunque habían borrado todos los mensajes y llamadas.

A veces, en la comisaría de Nueva Sinsi, los agentes tenían que dejar a un lado el porqué y centrarse en las pruebas.

El jefe Shim lo odiaba, pero, por aquel entonces, a Seokga le importaba un pimiento.

Ahora comprende el desconcierto persistente del jefe, porque a él se le está pegando como una lapa.

—Cuando acabe este crucero —dice Yeomra, que se guarda el móvil en el bolsillo—, la chica y su amigo pueden dirigirse al DROV más cercano.

Les darán un pase rápido al principio de la cola.

—Agarra a Su-min por el hombro. La mujer solloza y, a través de la mordaza, suplica incoherencias.

Ambos dioses hacen caso omiso—. El barco no puede irse a ninguna parte hasta que encuentre a otro puto capitán, y conseguir al primero ya me costó lo suyo…

—¿Y no se te ocurrió secuestrar a un cocapitán? —le pregunta Seokga, aunque sin mucho empeño.

Cuanto antes empiece a moverse el barco, antes tendrá que despedirse de Kisa. No le importaría que se quedaran allí varados para siempre, flotando sobre las aguas rojas sin ningún lugar al que ir, sin ningún otro sitio en el que estar.

El dios de la muerte abre la boca… y la cierra. Hace una mueca, como si admitiera su derrota.

—No me gusta reconocerlo, pero tienes razón.

Es lo que me merezco por ahorrar demasiado en personal.

—Yeomra entorna los ojos, que brillan con sus motitas de purpurina oscura—.

No tardaré en encontrar a alguno. —Se calla antes de ofrecerle una mano a Seokga—.

No diré que hayas hecho un gran trabajo, porque está claro que ha sido una mierda .

Como mucho, una investigación pasable. Pero, aun así, gracias.

Seokga pone cara de fastidio, pero estrecha la mano del dios de la muerte de todos modos.

Está fría como el hielo. Yeomra esboza una sonrisa sarcástica y desaparece en una nube de humo negro que lo deja medio ahogado.

Cuando el humo se disipa, tanto el director ejecutivo como Su-min ya no están.

Por desgracia, el cadáver del capitán sí sigue allí.

—Puto cadáver —dice el dios entre dientes, refiriéndose no al muerto, sino al dios que se lo había colgado.