El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 25. Seokga
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25. Seokga

Seokga

N o los dejan salir del armario hasta después de someterlo a una serie de preguntas humillantes que van de lo obsceno a lo deprimente (y tras la severa advertencia de Korain de que no sería tan comprensivo la próxima vez que vandalizaran propiedad ajena).

La puñetera Cotilleos Divinos .

Parece algo mareada cuando desaparece en el interior del cuartito de baño y después oyen unas arcadas muy poco graciosas… que Seokga sabe que Somi finge porque, de una forma perversa, a ella sí le hacen gracia.

Cómo se arrepiente de no haber acabado con la gumiho durante los Días Oscuros. Mastica con fuerza su caramelo de café. Los fragmentos de azúcar le arañan los dientes.

Hajun también parece algo mareado, pero por otro motivo. Desde que lo interrumpieron en la sala de control, la pierna derecha no deja de temblarle y mueve la boca como si intentara físicamente reprimirse para no decir lo que tiene que decir. Cuando sale Somi, le sale de sopetón.

—¡Su-min! —jadea, y Seokga le quita a Hwanin por si deja caer al bebé, de la emoción—. Su-min encaja perfectamente con el perfil. Es una samjokgu, murió a los treinta y pocos, y tiene la voz más altiva que he oído en mi vida…

Seokga arquea las cejas hasta que le llegan al nacimiento del pelo.

—¿Su-min es una samjokgu?

Primera noticia.

El chico asiente, con los ojos muy abiertos. Seokga asimila la información.

—La verdad es que ayer parecía muy interesada en la piel de Hwanin —dice, despacio—. Me preguntó por qué estaba tan… intacta .

Puede que hubiera tenido que prestar más atención, en vez de regodearse en su desgracia.

No obstante, cuando Seokga se regodea, le cuesta mucho reponerse y recordar que, por desgracia, existen otras personas.

Incluso en sus días buenos, los demás no le importan demasiado.

Salvo, evidentemente, la mujer que siempre ha sido la excepción.

Somi resopla, burlona.

—¿Cómo se te pudo escapar eso? En serio…

Entonces suena el teléfono del dios y Seokga lanza una mirada fulminante a Somi antes de meterse la mano en el bolsillo y leer sus mensajes. Un instante después, el corazón se le para de golpe.

Hwanung acaba de teletransportarse al barco Doy por sentado que te ocuparás de inmediato

«Por todos los demonios…».

Seokga se queda mirando la pantalla, boquiabierto, antes de guardarse el móvil y mirar a Hwanin.

¿Por qué está su sobrino en el barco? Está casi seguro de que el joven dios está involucrado de algún modo en la muerte de su padre, y su súbita aparición no presagia nada bueno.

En absoluto. Se le calienta la sangre y, de repente, se apodera de él la irreprimible necesidad de ocultar a su hermano, de protegerlo.

Mira al bultito que lleva en brazos y se pregunta cómo algo tan pequeño puede llegar a ser tan preciado.

—Hajun, Somi —dice, expeditivo—, esconded al niño.

Somi abre mucho los ojos cuando Seokga le pasa a Hwanin, y a él le alivia comprobar que la gumiho lo trata con ternura.

Hwanin se echa a llorar en cuanto abandona los brazos de su hermano, y el sonido se le clava a Seokga en el pecho; pero ya está saliendo de la enfermería.

No sabe bien qué piensa hacer. ¿Dónde está Kisa?

La necesita. La necesita desesperadamente.

Es casi como si Gameunjang, la diosa de la suerte, por fin le hubiera hecho un favor, porque dobla la esquina y se choca con un cuerpo más pequeño que el suyo.

Corre a sujetar a Kisa para que no se caiga; la joven respira con dificultad, tiene las mejillas teñidas de azul y los rizos alborotados.

Una felicidad amarilla teñida de alivio brilla en el hilo rojo, pero los pensamientos de Kisa acaban con su alegría.

«Hwanung… con Jang… va a… cubierta 9… nadar… mentira… Seokga…».

—Tu sobrino —dice, entre resuellos. Seokga todavía tiene las manos sobre sus hombros y los nota temblar—. Va camino de…

—La cubierta 9 —termina por ella, y la joven asiente, sin aliento. Seokga, muy serio, deja caer las manos—. Vamos.

—Supongo que la… transferencia mental… puede resultar útil —dice Kisa mientras suben la escalera. A Seokga le arde la pierna derecha, pero se agarra más fuerte al bastón y no hace caso—. Apenas puedo… hablar…

Seokga la mira resollar, preocupado. ¿Tan deprisa ha corrido hasta la enfermería?

—Ascensor —dice entre dientes, con los nudillos blancos sobre el bastón, cuando salen a la cubierta 4 y prácticamente corren hacia el ascensor más cercano, abriéndose paso entre la masa de huéspedes que pasean por los restaurantes y las tiendas, medio atontados.

Para ellos, este crucero debe de ser un sueño, pero, para él, es una puta pesadilla.

Seokga pulsa con ganas el botoncito para subir y, cuando por fin se abre la puerta del ascensor, entra corriendo y cierra la puerta antes de que pueda entrar alguien que no sea Kisa.

El ascensor quizá se pare en todas las plantas y subir por la escalera sería más rápido, pero Seokga no está seguro de que su pierna aguante correr de la cubierta 3 a la 9.

Aunque era el plan original, tras un tramo, ha tenido que reconocer su derrota ante los monstruosos escalones.

Y, de todos modos, Kisa tiene pinta de que se desmayará si sigue corriendo.

A Seokga le encantaría arrancar de su sitio el sistema de sonido cuando empieza a sonar una alegre música ambiental. En el espejo del techo, Kisa y él se ven tan hechos polvo que el vanidoso dios del engaño hace algo que jamás habría soñado hacer: apartar la mirada.

Le alivia oír que la respiración de Kisa empieza a normalizarse. El ascensor se detiene en la cubierta 5, y Seokga golpea con impaciencia el botón de cerrar la puerta con el bastón antes de que suban más huéspedes.

—¡Eh! —grita uno de ellos, un hombre quemado por el sol que lleva la camiseta tie-dye que le había parecido tan horrorosa. La puerta se le cierra en las indignadas narices.

—Como sigas haciendo eso, te vas a cargar el ascensor —le advierte Kisa, pero Seokga no le hace caso y sigue dándole al botón cuando llegan a la sexta planta, a la vez que pulsa con creciente determinación el de la cubierta 9—.

¡Seokga, por favor, deja de pulsar así los botones!

No vamos a llegar más deprisa y, además, puede que Hwanung ni siquiera sea quien creíam…

—Hasta la tecnología se doblega a mi voluntad —le dice, engreído, instantes antes de pulsar por accidente una docena de veces el botón de parada de emergencia, en vez de el de la cubierta 9.

Kisa se tambalea cuando el ascensor, atrapado entre las cubiertas 6 y 7, se para de golpe.

Un silencio terrible se apodera del ascensor.

«Es… tan listo… y a la vez… tan tonto que me agota…».

—Quizá haya cantado victoria antes de tiempo —reconoce Seokga.

Kisa deja escapar un sonido que le recuerda a un gatito que intenta con todas sus fuerzas ser feroz y aparta al dios de un empujón, seguramente para enmendar su error.

— Eres …

Pero de repente se oye un chirrido por el interfono del barco.

A Seokga le chillan de dolor los putos oídos y hace una mueca cuando la cabeza le empieza a retumbar.

Kisa da un bote de un metro, lo que sería cómico si los ruidos que se transmiten por todo el CRS Traspalmántico no fueran tan… alarmantes.

Unos gruñidos masculinos y breves retumban por los altavoces, seguidos de una risa femenina.

Kisa abre mucho los ojos.

—Ay, dioses —susurra, y se lleva una mano a la boca—. ¿Están…?

Seokga también lo piensa, pero esa teoría en concreto demuestra ser incorrecta cuando el hombre empieza a gritar.

Y a gritar. Y a gritar. No hay forma de protegerse de los gritos, ni de hacer caso omiso del dolor atroz que destila…

la voz del capitán Lee. Seokga reconoce algo en los gritos de angustia que le recuerda al hombre del bigote.

—¡Dioses! —exclama el capitán—. ¡Para, por favor! ¡Para! ¡Ayuda! ¡Por favor!

—Cierra la boca —le suelta la mujer, y a continuación se oye un ruido húmedo que le revuelve las tripas hasta a Seokga.

Al parecer, el capitán vivo no vivirá mucho más.

—¿Su-min? —dice Kisa, con los ojos rebosantes de terror y lágrimas sin derramar—. Es la voz de Su-min… ¿Por qué le hace daño? —Seokga vacila, pero sus pensamientos deben de transmitirse por el hilo, porque Kisa abre mucho los ojos—. ¿Ella? —pregunta con voz ahogada—. ¿Ella es…? Pero creía que…

— ¡¡¡Ayuda !!! —gime el capitán mientras Seokga golpea los botones del ascensor, desesperado por ponerlo en movimiento para ayudar al capitán Lee.

—Ay, dioses —llora Kisa, ocultando el rostro entre las manos—. Creo que… creo que voy a vomitar.

—Sácale el corazón —exige una nueva voz por los altavoces—. Tíralo al río. Su fantasma no regresará al barco si el órgano no está. Acabará en algún rincón perdido de Jeoseung.

Hwanung . Seokga pierde los papeles. Reconocería esa puta voz en cualquier parte. Casi se le doblan de furia las rodillas.

Al cadáver de Hwanin también le faltaba el corazón.

En algún lugar muy por encima del ascensor, los gritos resuenan por el barco, ya que los huéspedes, horrorizados, se tapan los oídos y chillan mientras el capitán Lee deja escapar un grito atroz.

—Se-Seokga —susurra Kisa, pero él apenas la oye.

El cuerpo ha empezado a vibrarle al iniciar el proceso de teletransportación, deseando arrancarle la cabeza del cuerpo a su sobrino y lanzar eso al río.

Se reencarnará en un bebé en el mismo punto en el que muera, pero está claro que el puto novato no sabía eso cuando asesinó a su padre y tiró su corazón por la borda.

¿En qué estaba pensando? ¿En que el bebé Hwanin reaparecería en las profundidades de Jeoseung y nunca podría regresar a Okhwang? Qué niño más tonto.