24. Kisa
Kisa
P uede que tengan un problemilla diminuto , piensa Kisa al mirar al dios que acaba de entrar en la cafetería.
O quizá no lo sea. Quizá esto sea bueno .
Sí, quizá sea bueno que Hwanung, el hijo y probable asesino de Hwanin, esté pidiendo un té helado en el CRS Traspalmántico mientras le dedica una sonrisa seductora a la ruborizada camarera.
Lleva el pelo morado, en vez de largo y teñido de plata, y no luce la túnica tradicional, como su padre, pero el parecido es más que evidente. Es Hwanung.
Hwanung, que lleva una camiseta desteñida de Elvis y una cantidad ridícula de pendientes.
Hwanung, que es uno de sus principales sospechosos de asesinato.
Con una mano temblorosa, Kisa deja el bolígrafo con el que ha estado garabateando nuevas teorías. Teorías que la han dejado estremecida y cubierta de un sudor frío. Teorías que sugieren que la trama ha pasado a ser mucho más grande de lo que sospechaban.
Quizá Hwanung se vaya a reunir con su cómplice para planear su siguiente crimen.
¿Van a asesinar a Seokga? La idea la petrifica, pero se obliga a permanecer sentada y a observar con atención al dios, que paga y se dirige a la puerta, bebiendo con indolencia.
Tras darse una aterrada charla de ánimos, Kisa lo sigue por el barco, procurando mantenerse a una distancia prudencial, y llegan a la cubierta 7, donde el dios recorre el pasillo de suites, al parecer contando los números, hasta que llega al camarote 7346. El de su padre.
Kisa contiene el aliento. Hwanung se saca una tarjeta del bolsillo y se mete en la habitación, mientras ella observa con avidez desde la esquina y cuenta los segundos hasta que el dios sale, sin expresión alguna en el rostro.
¿Para qué habrá entrado en la suite de Hwanin?
Unos minutos después, se abre una puerta del otro lado del pasillo y por ella sale la doctora Jang. La pesada puerta se cierra detrás de ella, pero no hace clic. Kisa se tensa de pies a cabeza mientras la terapeuta se acerca lentamente a Hwanung y le apoya una mano arrugada en el hombro.
Kisa nota que Hwanung se pone rígido, pero no parece sorprendido de verla.
Si acaso, parece aliviado ; ni siquiera le desconciertan las gafas de sol rosa chillón.
No deja de darle vueltas a la cabeza, de jugar con las piezas del puzle para ver si consigue que encajen.
¿Podría trabajar para él la doctora Jang?
Se lleva la mano al bolsillo, donde están escritas sus teorías. Si es cierto…
—Hwanung —dice con ternura la doctora—, recibí tu llamada. ¿Has tenido suerte?
—Heejin —responde él, cambiando el peso de un pie a otro—, no lo encuentro. ¿Sabes dónde puede estar?
Kisa frunce el ceño. Entre ellos hay familiaridad, pero no de la que cabe esperar de dos cómplices.
Al recordar que Seokga no sabía cuál era el dios o la diosa de Jang, se pregunta si será una de las chamanas de Hwanung.
No, no puede ser. El protocolo cuando uno se encuentra con su deidad es hacer una reverencia de noventa grados, y la doctora Jang solo se ha inclinado un poquito cuando Hwanung se volvió hacia ella.
Mordiéndose el labio, nerviosa, Kisa espera la respuesta de Jang.
—Seokga me contó que tu padre se había comido una almeja pasada. Puede que esté en la enfermería. —La doctora esboza una sonrisa amable—. ¿Cómo va todo en Okhwang? Espero que no hayas venido a buscar al emperador Hwanin porque ha surgido algún problema.
Algo asoma a los ojos de Hwanung, pero Kisa está demasiado lejos para ver lo que es.
—Va… distinto —contesta él. A Kisa le parece interesante que su tono no resulte tan frío (ni tan duro) como en su sospechosa conversación telefónica con Seokga.
Suena como si… ¿lamentara algo? ¿Cansado?
El dios bebe de su vaso de té—. ¿Y cómo está mi…
tío ? —pregunta, y acompaña las palabras de un desdén que despierta la ira ofendida de Kisa.
—Seokga se encuentra bien —responde la doctora, subiéndose las gafas—. Estas vacaciones han sido buena idea.
Hwanung todavía tiene cara de asco.
—¿Y sabes dónde está?
El sudor cae por la nuca de Kisa mientras espera la respuesta de Jang. La anciana guarda silencio, como si meditara algo… y a Kisa le da la terrible impresión de que, de algún modo, sabe perfectamente dónde está Seokga. «No se lo digas —suplica—. No se lo puedes decir».
Al final, la doctora Jang se aclara la garganta y esboza una sonrisa amistosa.
—A estas horas, suele estar nadando en la cubierta 9.
Un alivio maravilloso calma la ansiedad de Kisa…
un poco. La anciana chamana ha mentido… por Seokga.
Seguro que sabe que el dios prefiere la muerte antes que nadar en la piscina principal del barco, donde los huéspedes salen disparados de los toboganes y, en más de una ocasión, acaban encima de otro bañista.
—Entonces, voy para allá. Me alegro de haberte visto, Heejin. —Hwanung hace una pausa incómoda mientras juguetea con el piercing del labio, que lanza destellos a la luz del pasillo—. Gracias por la última vez, por cierto.
Ella sonríe como haría una abuela.
—¿Funcionaron las cosas con aquella chica?
El joven dios hace una mueca.
—No, pero las sesiones de pareja ayudaron durante un tiempo hasta que ella… —Hwanung se interrumpe y sacude la cabeza. Kisa ve reflejos metálicos y se fija en que tiene pequeños pendientes de plata en las orejas—. No quiero molestarte.
—Hwanung, por favor —dice ella, riéndose de modo que se le forman hoyuelos en el rostro arrugado. A Kisa se le ocurre que le tiene un cariño casi familiar al dios—. No me importa. Te acompañaré a la cubierta 9 y así me lo cuentas todo. Ni siquiera te cobraré la sesión.
Cuando la pareja se marcha, Kisa niega con la cabeza.
Hwanung no se comporta como un asesino que vuelve al lugar del crimen.
Si acaso, se comporta como un adolescente confundido que busca a su padre.
Podría tratarse de una actuación convincente, claro, pero, mientras los ve alejarse por el pasillo, no siente el impulso de seguirlos.
Lo que sí hace es examinar la puerta de la habitación de la doctora Jang, que se ha quedado entreabierta. El miedo la atenaza. El hilo rojo revolotea, quizá por la preocupación.
Sin embargo, la puerta se ha quedado abierta y Kisa tiene en el bolsillo un cuaderno lleno de teorías que debe descartar o confirmar.
Puede entrar y salir rápidamente antes de correr a avisar a Seokga de la presencia de su sobrino en el barco.
Además… Kisa se lleva la mano al bolsillo del uniforme, donde metió el bote de loción antes de salir de su cuarto.
Debería devolverlo. No soporta el olor.
Decidida, entra en el pasillo y en la habitación de la doctora.
El corazón le late con fuerza en el pecho mientras observa la pequeña suite, la cama de matrimonio y el baño anexo.
Hay una maleta de color amarillo chillón encima de uno de los sillones, y de ella brota un surtido de prendas coloridas sin orden ni concierto.
Kisa localiza otro conjunto con estampado de patos de goma enterrado bajo las camisas hawaianas y los sombreros de ala ancha.
En el cuarto de baño, da con el bolso de tela de Jang y mete dentro la asquerosa loción. Entonces estornuda y casi se le para el corazón, pero se recuerda que allí no hay nadie, aunque empiecen a sudarle las palmas de las manos. No pasa nada. No pasa nada de nada.
Cuando sale del baño, nota que empieza a subirle otro estornudo por el pasaje nasal y está a punto de reventarse un vaso sanguíneo al intentar reprimirlo, pero sale de todas formas, y con más fuerza.
Con los ojos llorosos, mira a su alrededor en busca de un pañuelo de papel, desesperada… , y estornuda de nuevo.
Por los dioses, es como aquella vez que Yuna llevó a su residencia un gato callejero. Kisa no podía quedarse allí dentro ni un minuto sin estornudar o echar los pulmones por la boca.
Como se siente demasiado mal para pasar mucho tiempo en la suite, se acerca dando tumbos al escritorio, decidida a encontrar algo que merezca la pena, algo que haga que entrar en la habitación haya merecido la pena.
Con la vista borrosa, localiza un cuaderno de tapas de cuero gastadas en la esquina del mueble.
Antes de pensárselo mejor, lo coge y sale corriendo del cuarto, desesperada por dar con un pañuelo.