23. Seokga #2
—Mirad, creo que es fantástico que a los dos os guste tanto Kisa —dice, apoyándose en el mostrador—. Pero todo esto la va a abrumar.
—¿Todo el qué? —pregunta con inocencia Somi.
El ídolo la mira con guasa.
—Si los dos os peleáis por Kisa, no lo hagáis delante de ella. Y, por supuesto, no le digas que estás vistiendo la ropa de diseño de su vida pasada cuando a ella no se le permite ponerse nada que no sea este uniforme tan áspero.
Seokga aprieta los labios.
—Nunca me pelearía con nadie —le dice Somi a Hajun, que resopla de risa, incrédulo, aunque después pone cara de estar ligeramente aterrado—. ¿De verdad son tan ásperos los uniformes? Porque podría ayudarte a quitártelo…
—Basta —dice Seokga antes de que Hajun adquiera un tono aún más alarmante de azul—. Tenemos cosas mejores en las que concentrarnos.
—La oferta queda sobre la mesa —susurra Somi, guiñándole un ojo a Hajun.
El ídolo parece a punto de desmayarse.
Seokga casi echa de menos a la Somi que era incapaz de mirar a un hombre sin ruborizarse, pero parte de él se alegra de saber que Hani ha tenido tanto impacto en ella.
En Somi. Que Hani sigue dándole forma al mundo y sus habitantes, de una forma u otra…
Aunque sea a través de otra gumiho malhablada que siembra el caos en el (infra)mundo.
Hani, piensa a regañadientes, estaría orgullosa.
—No dudes en tomarme la palabra —añade Somi, dirigiéndose a Hajun.
Exasperado hasta límites indecibles y con el estómago algo revuelto, Seokga se da media vuelta y se dirige a la sala de control. Tras unos segundos, el ídolo y la gumiho lo siguen.
Unos minutos más tarde, Seokga está esperando con Hajun al doblar la esquina cuando Somi regresa de echarle un vistazo a la sala de control para decidir si es seguro entrar o no.
Su cara solemne es como un cuchillo que corta en dos su preocupación.
Tiene la clara impresión de que no quiere saberlo (por el bien de su cordura), pero pregunta de todos modos.
—¿Qué ha pasado?
—Los monitores —responde ella en voz baja—. Los han destrozado. Todos.
Cuando entran en la sala de control arrasada, es un puto déjà vu .
No puede evitar recordar cuando Hani, en un intento desesperado por proteger a Somi, robó cámaras, monitores y hasta un cadáver entero del escenario del crimen de la gumiho.
De tener acceso a las herramientas con las que contaba entonces, ordenaría que buscaran huellas o cabellos y los enviaría a analizar por si había restos de ADN .
Pero esos lujos no están a su disposición; lo que tiene es un bebé llorón en brazos, una gumiho sin garras y un antiguo ídolo del K -pop con un pelo tan estupendo que resulta ridículo.
—Saben que los buscamos —dice Seokga, echando humo mientras mira a Somi—. Si anoche hubieras sido más sigilosa…
—¡ Fui sigilosa! —Bajo su mirada, se encoge dentro del jersey de Hani, como si buscara consuelo en la prenda.
—… quizá no se habría dado cuenta de que estabas escondida en el armario de la limpieza y no habría destrozado los monitores —concluye con un rugido.
Somi enseña los dientes, pero no parece tener ninguna respuesta ingeniosa. Sabe que el dios tiene razón.
El suelo está cubierto de pantallas rotas y cristales.
Los archivadores están volcados y hay papeles por todas partes, formando un mar blanco arrugado.
Es como si un animal salvaje y rabioso hubiera arrasado con todo.
El humor de Seokga no hace más que empeorar cuando se agacha al lado de una silla rota.
El respaldo de cuero falso escupe poliestireno por uno de los enormes desgarrones.
Entorna los ojos al mirarlos y (dejando que se pierdan en la distancia tanto la respuesta amarga de Somi como los gemidos de su hermano) usa dos dedos para medir el ancho.
Interesante. Las marcas de garra en el cuerpo de Hwanin no eran lo bastante limpias como para examinarlas bien, medio escondidas por la cavidad del pecho. Pero aquí, en la silla, se le ofrecía la oportunidad de observarlas más de cerca.
—¿Qué es? —pregunta Hajun, mirando por encima de Seokga.
—Estas marcas son demasiado grandes para pertenecer a una gumiho —contesta, despacio—.
Son de garras, sí, cuatro. Pero no son de zorro.
Son mucho más grandes. —Entorna los ojos y le pasa el bebé a Hajun—.
La asesina no es una gumiho. —Tras levantarse de golpe, se dirige a uno de los archivadores volcados—.
Pero las garras… —dice, agachándose para rebuscar entre los papeles—.
Por el número, queda descartada una yong, que tiene tres.
También una inmyeonjo, que tiene tres, y una haetae, que tiene cinco.
Eso nos deja con samjokgu, bulgae o jangsan beom.
Somi ahoga un grito. Seokga no le presta atención, ya que la mayoría de las gumiho reaccionan negativamente a la mención de un samjokgu, cuyos poderes son mucho mayores que los suyos y se sabe que provocan a los zorros para pelearse con ellos y así poder torturarlos y matarlos (a pesar de que estas prácticas se declararon Muy Ilegales hace un tiempo).
Quizá fuera un samjokgu rebelde lo que mató a Somi.
—Pero los bulgae… —dice Seokga, haciendo una pausa al pensar en los caninos alegres y juguetones que trabajan a las órdenes de Dalnim y Haemosu—. Esos perros no son cambiaformas. La criatura a la que buscamos tiene forma humana también. Y hace siglos que no veo a un jangsan beom.
Los tigres cambiaformas son muy poco corrientes y están a punto de extinguirse, como sus equivalentes mundanos, los Panthera tigris .
Es posible que su desaparición se deba a su exigua esperanza de vida.
A diferencia de criaturas como las inmortales gumiho, los jangsan beom viven unos cien o doscientos años de media, una vida bastante corta para una criatura tan poderosa.
La última vez que vio una fue la que cabalgó durante el golpe en Okhwang.
Se trataba de un monstruo muy irritante que, para divertirse, usaba su voz para imitar la de Seokga y dar órdenes falsas como «¡Dad una vuelta entera y tocaos la nariz!
» en los momentos menos oportunos. Solo las consecuencias de aquel golpe de Estado fallido habían sido más bochornosas que ver a su ejército seguir alguna de sus absurdas coreografías.
En retrospectiva, no le sorprende nada que su asedio acabara de un modo tan lamentable.
Había otros jangsan beom en ese reino, según recuerda, pero pocos.
—En términos estadísticos, es probable que estemos buscando a un samjokgu. Tienen cuatro uñas en cada una de sus tres patas… y saben cómo usarlas.
—No es imposible que se trate de un jangsan beom —dice en voz baja Somi, pero Seokga ni siquiera la mira, sino que sigue rebuscando entre los papeles—. Creo… creo que una vez vi uno.
—Es poco probable —responde él.
Resulta evidente que a la gumiho le dan miedo los samjokgu rebeldes, pero no tiene sentido fingir que eso es más probable que un ataque de jangsan beom. Vivir negando lo evidente solo por miedo no ayuda a resolver casos.
Somi guarda silencio, enfadada.
—Basándonos en lo que oíste, buscamos a una samjokgu cambiaformas, seguramente no menor de treinta años.
—Es el tono «altivo» lo que la descubre: según su experiencia, se tarda bastante en perfeccionar un tenor tan impresionante.
Los veinteañeros pueden intentarlo , por supuesto, pero siempre se les escapa algún gimoteo de sus años adolescentes, que no quedan tan lejos—.
Pero también podemos buscar en las listas de pasajeros si hay alguna jangsan beom —añade a regañadientes, ya que Somi sigue clavándole la mirada.
No les costará mucho hacerlo. Los papeles embutidos en este archivador en concreto son listas físicas de pasajeros, cientos de páginas llenas de nombres y otros detalles personales impresas en un fino papel blanco.
Ahora que han reducido la lista de sospechosos, pueden usar estas hojas para encontrar a la culp…
—Espera —dice Hajun en un tono lo bastante cortante como para que Seokga levante la vista y arquee las cejas—. Una samjokgu mayor de treinta años… Con voz altiva…
—¿Vas a añadir algo que merezca la pena o te vas a limitar a repetir lo que acabo de decir? —pregunta el dios, irritado, mientras vuelve a su búsqueda.
—Pero es que conozco a alguien que encaja en el perfil —contesta el ídolo, con voz tensa—. Es…
—¿Qué coño está pasando aquí? —ruge otra voz, y Seokga siente el impulso de estrangular al agente Shin Korain cuando el haetae entra en la sala a toda prisa y observa con furia la habitación destrozada.
Se produce un tenso momento de silencio en el que Korain digiere lo que tiene delante: los monitores destrozados, las sillas desgarradas y la cascada de archivos que salen de los armarios, volcados.
—Agente —intenta decir dulcemente Somi, pestañeando como debió de enseñarle Hani—, le prometo que esto no es lo que parece…
Su intento de encandilarlo fracasa miserablemente. Korain mira a Somi con un desdén inconmensurable.
—Tú. Y tú —añade, al ver a Seokga—. Todos… —Ve a Hwanin y se pone más azul que antes—. Venid conmigo.
Es un armario para las escobas.
Grande, sí, pero los han encerrado en un armario para las escobas.
Seokga no sabe si llegará a recuperar su dignidad algún día.
Korain está sentado frente a ellos en un cubo del revés, con los brazos cruzados.
Lo peor es que debería resultarle fácil escapar: crear una ilusión de sí mismo sentado en el suelo, obediente, transformarse en hormiga y largarse…
Pero no puede dejar a Hwanin, y teme dejar a Somi y a Hajun a solas con el espía de la Cotilleos Divinos , que tiene acceso directo al titular de la mañana siguiente.
—El bebé es mío —anuncia Somi en voz alta, clara e innecesaria. Seokga ya se ha dado cuenta de que Korain mira con suspicacia los extraordinarios ojos de Hwanin. El haetae es listo. Y, ahora mismo, eso lo hace peligroso—. Soy… mamá.
«Por los siete putos infiernos». Seokga se niega a ceder al impulso de ocultar la cabeza entre las manos.
—No estás ayudando —masculla.