23. Seokga
Seokga
K isa! —grita Seokga cuando ella sale disparada de la enfermería, y lo único que evita que eche a correr detrás de ella es que Hajun le sujeta el hombro con delicadeza, pero firme.
—Necesita un momento a solas —le dice, sin perder la calma, incluso después de que Seokga se zafe de él—. Y tu hermano está…, bueno…, arriba —concluye con una mueca, señalando al techo.
Con la mandíbula apretada, Seokga se percata de que Hwanin ha llegado flotando hasta arriba, donde balbucea alegremente mientras mira a los tres adultos de abajo. Joder. Es peor que un globo, si tal cosa es posible. Seokga odia esas cosas de colores.
—¿Lo has soltado ? —lo acusa Somi, pero Seokga no le hace caso, sigue mirando a su hermano y se pregunta cómo demonios va a bajarlo de ahí. Hwanin esboza una sonrisa desdentada, muy orgulloso de sí mismo. Seokga no se la devuelve—. Hwanin —le espeta—, baja de ahí. Ahora mismo.
Lo único que consigue es una pedorreta mientras el bebé da una lenta voltereta en el aire.
Frustrado, el dios embaucador agarra un taburete cercano y le quita la caja de medicinas que tiene encima.
Se sube al asiento y agarra a Hwanin por el tobillo…
medio segundo antes de que el taburete se tambalee y se incline bajo él.
Presa del terror más puro, Seokga cae, se lleva a su hermano al pecho y se gira en el aire, de modo que sea su espalda la que reciba lo peor del impacto.
Los dientes se le cierran de golpe y se queda sin aliento, pero le da igual.
Se sienta, con el corazón acelerado, y examina frenéticamente a Hwanin en busca de heridas; los dedos le tiemblan de miedo al recorrerle los suaves pelitos de la cabeza, temiendo encontrar sangre o un chichón…
—Está bien —le dice Hajun, que se ha agachado junto a los dos, aunque no mira a Hwanin, sino a Seokga, y con ternura—. Seokga, está bien. Está bien .
El alivio lo deja sin fuerzas. Levanta a Hwanin, de modo que ambos tengan los ojos a la misma altura.
—Eres un incordio insoportable —le dice al niño, aunque sin creérselo mucho—. Una amenaza con patas.
Cada vez que Hwanin está a punto de hacerse daño, Seokga siente como si lo despellejaran vivo. Esos ojos azul oscuro salpicados de estrellas se arrugan cuando Seokga, llevado por un impulso inane, le besa la coronilla. Absurdo. En serio, no sabe qué le ha dado.
Somi deja escapar un «oooh», y él la fulmina con la mirada hasta que para.
La gumiho aparta la vista, y ahí está la Somi que recuerda. Cuesta poco desmontar su bravuconería. Mientras Hajun va a por una caja de suministros médicos y dice algo sobre reponer las cosas del baño, Seokga se pone de pie y la mira.
—Estás intentando ser como ella —dice cuando desaparece Hajun—, ¿verdad?
No cabe duda de a quién se refiere. Una rápida sucesión de emociones pasa por los ojos de Somi: primero sorpresa, después indignación y culpa, seguidas de otras emociones que no siente ningún interés por discernir.
—La ropa, la personalidad —se burla—. Los libros . Lo supe en cuanto te vi. Estás intentando con todas tus fuerzas ser la mujer que ayudaste a asesinar, pero fracasas estrepitosamente.
Somi da un respingo. Es una niña jugando a disfrazarse, piensa él con desdén, y no lo soporta más. Por Kisa, ha intentado no actuar como en el invernadero. Sin embargo, siempre está a un paso de perder el control, y su miedo por Hwanin ha acabado con lo que quedaba de su contención.
—Déjalo de una vez —dice ella entre dientes, aunque con voz entrecortada.
Seokga la mira desde arriba.
—¿Que deje el qué? —pregunta arrastrando las sílabas, que son tan frías como para helar un desierto.
La gumiho cierra los puños.
—Deja de hacer como si yo no la hubiera perdido también.
—Somi usa la manga del jersey (uno de cuello alto y extragrande, color crudo, como los que llevaba Hani en los noventa) para secarse una lágrima solitaria—.
Hi-hice algo terrible. No diré que fue por desconocimiento, porque no es así.
Es que perdí el control. Todavía no sabía manejar los temblores ni el antojo.
Pu-puedes odiarme todo lo que quieras, Seokga, pero nunca me odiarás tanto como me odio yo.
En cuanto a esto… —Somi se tira del jersey, y su expresión deja claro el asco que se da—.
Ella no habría querido que su ropa se desperdiciara, ni que la tirara a la basura…
El mundo se detiene de golpe. La sangre de Seokga alcanza una frialdad peligrosa cuando mira a Somi.
—¿Tienes…? —susurra, agarrado tan fuerte con la mano libre al bastón que le crujen los nudillos—. ¿Tienes puesta la ropa de Hani ?
Se había fijado antes en el parecido, pero no se le había ocurrido que…
Somi suelta poco a poco la tela, que ahora Seokga mira de otro modo.
La lana de color crudo quizá estuviera una vez en contacto con la piel de Hani.
Habría olido a su champú, a su aroma a cítricos y vainilla, mezclado con ese olor único a ahumado, como el fuego de una chimenea. Hani siempre ardía con fuerza.
—Respóndeme —insiste, apenas capaz de respirar. Nunca supo qué había pasado con el diminuto apartamento de Hani después de su muerte. La verdad es que no tenía ni idea de cómo se gestionaban esos asuntos en Iseung.
—Sí —susurra ella al fin—. Es suya. También el bolso. Los libros.
—Te voy a matar —ruge Seokga. Le da igual que Nam Somi ya esté muerta. Descubrirá el modo de destruir su esencia misma, de hacerla pedazos hasta que no quede nada…, en cuanto deje a Hwanin en algún lugar seguro—. Te voy a matar …
—¡Me lo dio ella! —medio grita Somi mientras Seokga transforma su bastón en espada.
Él se queda paralizado. Jadeando, la gumiho se abraza la cintura—.
Todo —susurra—. Hani me lo dio todo. Estaba en su testamento.
Me colé de nuevo en Nueva Sinsi para decirle que lo sentía…
y lo que encontré fue su testamento. El piso, la ropa, las joyas, las armas y las novelas… Hani me lo dejó todo.
—Mentira —le suelta el dios, aunque titubea. Parte de él no está tan segura—. No eras más que una compañera de trabajo, una gumiho más joven de la que sentía lástima…
Somi se enfurece.
—Era su mejor amiga hasta que apareciste tú.
Las dos nos puteamos al final, pero éramos amigas .
¿Y a quién se lo iba a dejar, si no? —le espeta, abrazándose con más fuerza—.
Y… Y escribió ese testamento antes de que yo lo…
lo fastidiara todo. —Él se ha quedado inmóvil, como una estatua que no puede quitarle los ojos de encima al jersey.
Al jersey de Hani—. Cada uno tiene su forma de llorar a un ser querido —masculla Somi, mirando al suelo—.
Me pongo su ropa y… y a veces me comporto como ella porque…
porque la echo de menos . Durante mucho tiempo, era lo más parecido a volver a estar a su lado.
—A la defensiva, levanta la cabeza—. No espero que lo entiendas, pero me da igual. No es asunto tuyo.
Seokga tiene los labios tan apretados que está seguro de haberlos dejado sin sangre.
La boca se le llena de palabras que podría decir, de palabras horribles, horrendas; pero hay algo dentro de él que le impide decirlas.
Quizá sea el recuerdo de Hani, que usó su último aliento para suplicarle que le perdonara la vida a Somi.
Somi también vacila.
—¿De verdad importa si tengo o no el jersey? —susurra—. La has encontrado. Kisa.
«Sí que importa», quiere responderle, pero sus labios también le impiden pronunciar esas palabras.
La gumiho lo observa, cautelosa.
—No me digas que no te gusta tanto como Hani —le espeta, irguiéndose de repente—. Es increíble. Es lista y amable, ¡y se merece a alguien que no esté siempre comparándola con quien era en su vida pasada!
Seokga se enfurece. Cada vez que ha hecho eso, después se ha sentido como un gilipollas integral. ¿Qué más da que Kisa prefiera el café al chocolate? Da igual. Da absolutamente igual .
—Ella no te debe nada —añade Somi, feroz.
El instinto de protección se le nota en la voz, y a Seokga le recuerda por un instante a la forma en que Hani cuidaba de la gumiho de menor edad—.
Si no le gustas, tendrás que dejarla en paz y darle el espacio que necesita.
—El dios, asombrado, nota que una sonrisa intenta asomarle a los labios mientras Somi sigue hablando—.
Y lo peor que puedes hacer en estos momentos es esperar que se quede contigo cuando acabe el crucero.
Se merece tomar sus propias decisiones sobre su vida…
—Estoy de acuerdo —la interrumpe; nota que los restos de la rabia empiezan a disiparse y, de repente, se siente más ligero.
—¿Qué? —pregunta ella, descolocada.
—Que estoy de acuerdo —repite con calma, transformando de nuevo la espada en bastón—. Con todo lo que has dicho.
Somi parpadea.
—Ah —dice, y asiente una vez, dos veces, retorciendo el borde del jersey de Hani—. Vale. Bueno, bien. Porque Kisa va a ser mi mejor amiga de nuevo, aunque todavía no lo sepa.
Seokga esboza una sonrisita.
—No.
—¿Perdona? —pregunta ella, boquiabierta.
Seokga sonríe a Somi, pero no es una sonrisa desagradable. Tampoco es del todo agradable y puede que nunca lo sea. Sin embargo, se parece bastante a un gesto de solidaridad, aunque algo reacia.
Ella es la única que recuerda a Hani como la recuerda él.
Y, a pesar de encontrarse en bandos distintos, tanto Seokga como Somi sobrevivieron a los Días Oscuros. Solo ellos saben lo que sucedió en realidad.
No obstante, los Días Oscuros terminaron. Y ahora están en el mismo bando.
Y tienen que trabajar juntos. Por Kisa.
—Va a ser mi mejor amiga.
—No —le espeta ella, muy competitiva de repente—. No, no, es…
—Ya es mi mejor amiga —concluye Hajun, que entra con paso tranquilo en el vestíbulo de la enfermería con la caja de suministros médicos, ahora vacía, en las manos—. Lo siento. Estabais hablando muy alto.
Somi hace una mueca y parece avergonzadísima.
—¿Lo has oído todo? —susurra.
Hajun se encoge de hombros de forma afable. Es como si dijera: «Sí, pero no me supone ninguna diferencia».