El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 22. Kisa #3
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22. Kisa #3

Dioses, qué perdida está…, y es una emoción que nunca ha manejado bien. A través de años de disciplina, la comprensión cla­ra se ha convertido en su estado por defecto, tan sencillo como respirar. Que la empujen a una incomprensión absoluta es como ahogarse. No puede respirar así.

Los músculos le arden con la carrera y el sudor le cae por la nuca.

Apenas se percata de las miradas de enojo de la masa de huéspedes que aparta en la escalera, ni oye los gritos de «¡Cuidado!

» y «¡Oye!». Lo único que le llega a los oídos es la sangre que le late en la cabeza y sus pensamientos de pánico.

Ni siquiera se fija en adónde va hasta que llega a la cubierta 10, con las piernas convertidas en flanes, casi sin aliento, y se tambalea hasta la barandilla de la cubierta exterior para inclinarse sobre ella y observar con ojos vidriosos el rugiente y rojo Seocheongang.

A pesar de encontrarse en el punto más alto del CRS Traspalmántico, la niebla formada por el agua fría del río le humedece la cara.

Antes de poder detenerse, recae en una costumbre antigua y horrible.

Pasa una pierna por encima de la baranda, agarrada al hierro frío, y mete los pies entre los barrotes inferiores mientras pasa por encima la otra pierna.

El viento le tira del cabello, encaramada a la barandilla de seguridad de la cubierta 10, a varios metros de altura, con una caída letal ante ella.

Pero ya está muerta, ¿no?

Y Seokga… está muy vivo . Absoluta y dolorosamente vivo, con sus sonrisas irónicas y sus ojos relucientes.

Con su forma de echar la cabeza atrás cuando se ríe.

Con la ternura que le asoma a los ojos cuando la mira, como si ella fuera algo muy preciado para él, algo más que el fantasma exhausto y ansioso que ella se considera.

Con su sangre roja.

Un dios y un gwisin.

Es algo imposible.

¿No?

Una carcajada amarga le sube por la garganta, junto con una presión dolorosa en el pecho al mirar el agua a través de las lágrimas.

En el hospital, cuando la situación la superaba, sentarse en la azotea del rascacielos, enfrentada a una muerte inminente, la ayudaba a recuperar el control de sus pensamientos.

Quizá fuera también una forma de castigarse, por no ser tan capaz como debería de soportar las largas horas y el estrés.

Ahora Kisa no sabe qué pasaría si se cayera al río, pero no moriría.

Ese barco zarpó hace tiempo. Una lágrima le cae por la mejilla, y se la limpia con furia, pero la siguen otras.

Está tan sumida en su miseria que, cuando la mano le toca la espalda, todo el cuerpo se le tensa dolorosamente de sorpresa y terror.

Le brota un grito de la garganta sin poder evitarlo, y lo único que la salva de caerse del barco es esa misma mano que la agarra por el brazo y la arrastra de vuelta, por encima de la baranda.

Entre jadeos y temblores, Kisa se encuentra con unas gafas de sol de un rosa ofensivo.

—No pretendía asustarte —le dice en voz baja la doctora Jang—. Pero, en mi experiencia, sentarse así en una barandilla rara vez coincide con tener la mente en calma. Quería preguntarte si estabas bien. Eres Kisa, ¿verdad?

—S-sí —susurra ella, sin apenas oírse.

Tiembla de tal manera que teme desmayarse.

Cuando la doctora la guía amablemente hasta una de las muchas tumbonas de plástico blanco de la cubierta, Kisa está demasiado débil para negarse.

Intenta sentarse sobre las manos para que dejen de temblarle, mientras la doctora Jang se sienta en el borde de la tumbona que hay a su lado.

Desearía haberse echado protector solar, porque el sudor le empapa las sienes y la piel le arde bajo el cielo infernal de Jeoseung.

—Kisa, quiero que respires hondo por la nariz contando hasta cuatro, que contengas la respiración contando hasta siete y que exhales contando hasta ocho. ¿Puedes hacerlo por mí, querida? —le dice con amabilidad Jang.

Ella se aferra a la instrucción clara y lógica como si fuera un salvavidas.

Inhala en cuatro, mantiene en siete, exhala en ocho.

Sigue las órdenes de la doctora, obediente, y, poco a poco, el latido del corazón se calma.

Todavía nota algún que otro temblor, pero el horroroso pánico se mitiga.

Mientras ella cuenta, la doctora debe de haber pedido un vaso de agua con hielo a un camarero que pasaba por allí.

Kisa coge el vaso entre las manos, agradecida, y bebe con ganas.

—Gracias —susurra, y se seca la boca con el dorso de la mano—. Lo siento…

—No tienes que darme las gracias. Ni que disculparte.

En su crispado estado mental, Kisa no se disculpaba por los últimos diez minutos, sino por sospechar que la doctora Jang era una asesina. Seokga está en lo cierto: es una chamana y no tiene garras. No encaja en los requisitos. Kisa contempla, arrepentida, su vaso de agua, ahora vacío.

Todas esas noches tentando a la muerte por encima del hospital, y ni una sola persona (ni sus colegas ni el personal de enfermería ni el auxiliar) había acudido en su ayuda. Es importante para ella que Jang se comporte como si le importara . Es… agradable.

—No es asunto mío, pero ¿puedo preguntarte por qué has salido corriendo hacia la barandilla como si te persiguiera un demonio salido de los infiernos?

Kisa consigue esbozar una pequeña sonrisa.

—Claro que puedes preguntar, pero quizá no te lo cuente.

La doctora Jang se ríe. Es un sonido cálido y tranquilo, como el crujido del papel de seda en las fiestas.

—Me parece justo. Sí.

El ardiente sol de Jeoseung cae a plomo sobre el rostro de Kisa cuando mira hacia la baranda y el inframundo que hay más allá de ella.

En algún lugar, entre la oscuridad y los picos de las montañas, se oye un grito sobrecogedor.

A pesar del calor, se estremece y se vuelve hacia la terapeuta, que parece observarla desde el otro lado de los cristales oscuros.

—Corría porque… ya no sé lo que quiero. Y supongo que me aterra querer algo que nunca podré tener.

—Estás hablando de Seokga —aventura con voz amable la doctora Jang. Kisa vacila, aunque asiente—. Ah. Estas cosas pueden ser muy complicadas, ¿verdad?

—La amistad no debería ser complicada. Se supone que debe ser… fácil. Como Hajun y yo…

—No estoy hablando de la amistad, Kisa.

—Ah —responde ella, tragando saliva—, ya veo.

Es probable que los amigos puramente platónicos no se desmayen de deseo al verle la musculosa espalda al otro.

Se le encienden las mejillas al recordar que se tuvo que meter bajo el agua para recuperarse y enfriar el calor que afloraba allá donde no debería aflorar con alguien que es solo un amigo.

Todavía se sorprende al pensar que siguió a Seokga a la zona de hidroterapia del spa.

No es propio de ella hacer algo tan impulsivo, casi atrevido, pero él despierta una parte de Kisa que desconocía tener.

Como el sol, que convence a una flor para que abra sus pétalos.

—¿De verdad lo ves? —pregunta Jang, y su voz es tan amable y comprensiva que casi le recuerda a la Samsin Halmoni que creía conocer…, antes de que Seokga le hablara de la traición de la diosa. Se relaja cuando la doctora sonríe—. Deja que te pregunte algo, Kisa: ¿te habías enamorado antes?

—No —susurra ella.

—¿Por qué? ¿Es porque no conociste a la persona adecuada?

Ella hace una pausa y piensa. Supone que ha habido unos cuantos chicos a los que quizá pudiera haber querido, de haber tenido tiempo para ello. Sin embargo, su primer amor siempre ha sido el trabajo. Y el trabajo es un amante celoso que no permite que otros se acerquen demasiado.

—Estaba ocupada.

—¿Por coincidencia o a propósito? —Como Kisa frunce el ceño, sintiéndose un poco insultada, la doctora levanta las manos para pedir perdón—.

Lo siento si me he excedido. Solo sugiero que el trabajo ha sido tu mecanismo de defensa ante el afecto…

Sin embargo, ahora, tras conocer a Seokga, tu mecanismo de defensa ya no funciona.

Pero deja que te cuente algo sobre los mecanismos de defensa, Kisa.

No funcionan cuando no nos sentimos amenazadas.

Merece la pena pensar en ello. —Se levanta y se lleva con ella el bolso de tela floral.

Se oye un golpe sordo cuando algo se le cae de él, pero Kisa apenas se da cuenta porque está dándole vueltas a lo que le ha dicho—. Ha sido un placer conocerte, Kisa.

—Sí, igualmente —responde, distraída.

No se da cuenta de lo que se le ha caído a la terapeuta hasta que la mujer se ha ido: un bote de crema.

Kisa lo recoge y se levanta; busca con la mirada a la anciana del sombrero amarillo, pero no hay ni rastro de ella.

El bote está resbaladizo; examina la etiqueta y se pregunta si será un protector solar que pueda tomar prestado mientras suda bajo el sol.

«Dermatrick’s. Crema antiedad con colágeno y regaliz pulverizado – SPF 50».

Con una poquita tendrá, y después le devolverá el bote a la doctora Jang en cuanto la vea.

Con el ceño fruncido, Kisa abre la tapa y se echa un poco en la mano.

El olor de la crema se le pega a la garganta y la ahoga, así que la cierra de golpe y se queda mirando con horror la gotita blanca que se ha echado en la mano; el potente hedor le revuelve el estómago.

Con manos de nuevo temblorosas, se guarda el bote en el bolsillo y se restriega el resto de la crema en los pantalones.

«Es un aroma bastante corriente en las cremas —se dice, aunque, para ella, el hedor es único en el sentido de que se trata de la peor fragancia sobre la faz de la tierra—. No tiene sentido que vomites por algo así».

Sin embargo, corre a su camarote, se pone un uniforme limpio y deja el bote en el estante. Kisa lo mira y traga saliva con dificultad.

La doctora Jang le ha dado mucho en lo que pensar.