El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 22. Kisa #2
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22. Kisa #2

Para Kisa, resulta desconcertante lo deprisa que la gumiho pasa de ser una asesina letal y sofisticada con no poca insolencia a convertirse en una mujer entusiasmada con ojos relucientes y mejillas teñidas de azul.

— Mucho —reconoce, y Somi suelta una risita.

—Este es el que he leído trece veces —le dice con aire cómplice.

Hajun le quita el libro a Kisa y lo hojea con curiosidad mientras a ella le arde la cara. Observa a su amigo abrir mucho los ojos, momento en el cual le quita el libro de las manos.

—Y aquí tengo otro para ti, Hajun —añade Somi, medio ronroneando al sacar otro libro de bolsillo de su bolso negro—. Si iba en serio lo que decías ayer de unirte al club de lectura, esta es tu invitación oficial.

La risa le sube a Kisa por la garganta cuando Hajun recibe un ejemplar de Besada por el vaquero de la mafia .

—Es un honor unirme a un club tan prestigioso —responde él con solemnidad.

—Como debe ser —le dice Somi, guiñándole el ojo—. Ya me dirás qué te parece el capítulo veinte.

Kisa abraza contra el pecho su ejemplar de En la cama con el vampiro multimillonario y se vuelve hacia Seokga, sonriente. El dios todavía mira con rabia al modelo descamisado de la cubierta.

—¿Quieres un libro, Seokga? —le pregunta, intentando no reírse… e intentando no recordar las obscenidades que había recitado mentalmente sin querer en el spa.

—Pues sí que he traído uno para él —reconoce Somi, y la cara de horror del dios es inigualable.

Y no hace más que crecer cuando la gumiho le entrega un libro a Kisa, que resopla de risa al ver la cubierta y el título antes de pasárselo a Seokga. El dios apoya el bastón en el mostrador de la enfermería para cogerlo y lo sujeta con dos dedos, como si temiera pillar algún germen.

Casada con el pirata sexy del espacio .

«¿De dónde… saca… todo esto… qué coño…?».

Kisa le lanza una mirada de advertencia cuando parece estar a punto de lanzar la novela por los aires, así que Seokga se limita a esbozar una mueca y devolvérsela.

Ella se guarda con delicadeza ambos libros en su bolsa de lona, detrás del mostrador, para leerlos después.

Cuando se endereza de nuevo, el dios se ha vuelto hacia Somi.

—Demasiado contenta estás para ser una investigadora sin pistas —comenta, disgustado.

—¿Sin pistas, dices? —pregunta ella, parpadeando con inocencia fingida—. Siento discrepar. Anoche decidí ponerme patitas a la obra y regresé al I-95 para husmear un poco más. Y apareció alguien.

A Kisa se le acelera el corazón y le da un trago al café, nerviosa.

—¿Quién?

—No me tengas en ascuas —le suelta Seokga, tan cortante como una hoja afilada.

—Me metí en un armario de la limpieza. Era una mujer. No la veía, pero la oía. Estaba hablando por teléfono con alguien y dijo explícitamente : «No saben que fui yo la que mató a tu padre. Están persiguiéndose el rabo como si fueran perros».

Kisa está a punto de ahogarse con su café. Si es cierto, explicaría por qué nadie había caído en el cebo de Hwanin del día anterior: la asesina sabía que era Seokga el que se escondía bajo la melena plateada y los ojos de estrellas.

—¿Estás segura? —pregunta con voz ronca. Eso confirma que Hwanung está involucrado. La cabeza le duele por la emoción y los nervios—. Somi, por favor, dime que lo has conseguido grabar. Si se lo enviamos a Yeomra, sería la prueba sólida que necesita para…

Somi vacila y se mordisquea la uña del pulgar.

—La mala noticia es que…

—Genial —masculla Seokga, irónico.

—Que… no lo he grabado. Hace una mueca y aparta la mirada.

Se le tiñen las mejillas de azul, y a Kisa, de repente, le recuerda a una jovencita nerviosa e insegura, en vez de a una infame rebelde.

Es como si no dejara de vislumbrar a la Somi que Hani quizá conociera hace tantos años, como si la confianza en sí misma y la arrogancia de la gumiho no fueran más que una fachada, y ahora se encontrara ante la Somi de verdad —. Lo siento.

A Kisa se le cae el alma a los pies. Hajun le apoya una mano amable en el hombro y ella lucha contra el impulso de zafarse de ella como una niña malhumorada. «No pasa nada —se dice—. Tenemos más pistas que hace una hora. Todo saldrá bien».

—Y esa mujer sabía que yo estaba allí —sigue contando Somi mientras se recupera—.

Estaba a punto de ver quién era, de saltar sobre ella, pero, cuando intenté girar el pomo, se encontraba bloqueado.

«Zorro entrometido», dijo, y consiguió huir antes de que yo saliera.

Después fui a la sala de control para buscar la grabación, pero Korain (y Chaeyeon) estaban reunidos allí.

—Mira con cautela hacia Seokga—. Al parecer, no han tenido suerte con el misterio de tus calzoncillos.

Hoy están intentando resolverlo con energías renovadas.

Por lo que he oído, han conseguido una llave de tu habitación.

—Por todos los demonios —gruñe Seokga. La irritación, de color naranja, recorre el hilo.

Cuando Kisa se gira hacia él, nerviosa y preocupada, el dios niega con la cabeza—.

Antes de salir escondí todo lo que tiene que ver con este…

—Se interrumpe y mira a su hermano, y Kisa sabe que no se está imaginando la expresión de afecto que asoma a la cara de Seokga antes de sustituirla por una irritación que le parece bastante falsa—.

Con este pequeño demonio. Y aunque también escondí mis bóxer…

—¡Ajá! —exclama Somi antes de que el dios le lance una mirada letal.

—Dejé un par fuera, donde pudieran encontrarlos fácilmente. Cuanto antes salgan de la habitación esas dos lamentables babosas cotillas, mejor. No quiero arriesgarme a que encuentren algo más, como el paquete de pañales.

Kisa se siente conmovida, curiosamente.

—Es un noble sacrificio —le dice, seria.

A él se le tiñen de rosa las mejillas.

—Sí, bueno, cuento con elaborados planes para que la Cotilleos Divinos arda hasta los cimientos antes de que acabe el mes.

Pero sonríe cuando la mira, así que Kisa no puede evitar ruborizarse a su vez.

—Los incendios provocados son un delito horrible —le informa, llevándose los dorsos de las manos a las mejillas azules.

—Solo si te pillan —responde él, y pone cara de no importarle en absoluto.

Kisa sacude la cabeza, dividida entre la exasperación y un curioso cariño cada vez más intenso.

Y si el hilo rojo de verdad no puede influir en la atracción ni en las emociones, como comentaba Seokga…

Bueno. Es posible que se esté metiendo en un lío muy gordo.

Sin embargo, al levantar la vista para contemplar sus ojos relucientes y su sonrisa torcida, no piensa en la reencarnación, sino en que tiene un hoyuelo en el que no se había fijado antes.

—Seokga…

«¿Le preocupaba a Hani que la pillaran?». La idea es casi intrusiva, y pierde el buen humor. Y ahí está, preguntándose de nuevo si será alguna vez lo que Seokga quiere que sea. No obstante, una chamana respetuosa de las leyes no puede transformarse de repente en una gumiho sin ley.

—Por mono que sea este momento… —interviene Somi, aclarándose la garganta—, tenemos que resolver un asesinato.

Cierto. Cierto . Kisa sale de su ensueño. Estos días se está distrayendo demasiado.

—¿Reconociste la voz de la mujer? ¿Alguna idea sobre la edad?

—Aguda y altiva.

—Eso se aplica a la mitad de las invitadas de este barco —dice Hajun, suspirando. Somi parece ofendida—. Estooo, no a ti, claro —añade enseguida.

La sonrisa de la gumiho es reluciente y mordaz, y sus colmillitos le pinchan los labios.

—Bien —ronronea.

Al mirarlos a ambos (el rubor en las mejillas de Hajun, el brillo en los ojos de Somi), Kisa siente una extraña punzada de celos.

Sea lo que sea lo que ocurre entre los dos, es completamente…

nuevo . No hay expectativas de que una vida pasada les pese encima, ni una historia embrollada que se remonta a los Días Oscuros.

Tras parpadear con rapidez, respira hondo, pero el hilo ya ha enviado su envidia verde hacia el dios del engaño.

«¿Por qué… celos?… Comprendería…».

Kisa se aclara la garganta y evita la mirada de Seokga.

—Esto es lo que creo que deberíamos hacer —dice, pegándose el café al pecho para disfrutar de su calor—.

En cuanto se presente la oportunidad, está claro que tenemos que volver a la sala de control.

Ahora que sabemos que buscamos a una mujer, podemos concentrarnos en localizar a una que estuviera anoche y la noche del asesinato en el I-95.

También deberíamos informar a Yeomra, decirle que estamos cerca.

Vacila y se mordisquea el labio inferior. La voz de la doctora Jang no es precisamente aguda y altiva, pero sigue sintiendo su inexplicable corazonada. En algún momento del día se escabullirá para una investigación rápida, solo para asegurarse de que no es ella. No tiene nada de malo.

—De acuerdo —dice Hajun, que parece emocionado—. Ya casi lo tenemos. Lo presiento.

Algo empieza a agitarse en el pecho de Kisa al oírlo, y se reprende mentalmente.

¿Qué le pasa ? La reencarnación está a su alcance.

Entonces ¿por qué de repente mira el hilo rojo y se siente como si fuera a sufrir una gran pérdida?

Hace un instante se le partía el corazón cuando Somi informaba sobre su falta de pruebas.

Ahora se le rompe al saber que el misterio está casi resuelto.

Su tristeza azul fluye por el hilo, y ella aparta la vista de golpe antes de que Seokga la mire a los ojos.

«Se irá… quiere irse… ¿por qué está… triste? Hay… esperanza…».

—Sí, casi —coincide Kisa en voz baja, y las palabras le saben a ceniza.

Reprime las arcadas que amenazan con escupirlas y, cuando el dios da un paso hacia ella, preocupado, Kisa sigue su instinto (el vestigio primitivo de luchar o huir) y escapa de la enfermería.

Como un animal presa del pánico, empuja las puertas batientes, respirando con dificultad. De lejos, oye a Seokga gritar su nombre, claramente preocupado, pero ella ya está corriendo. Mientras vuela por el pasillo, los ojos se le nublan por culpa de las lágrimas calientes.