El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 22. Kisa
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22. Kisa

Kisa

K isa agarra a Hwanin del pie cuando este empieza a flotar dormido.

Lo hace sin perder palabra de la conversación ahogada que le llega del otro lado de la puerta del dormitorio.

Está mal escuchar a escondidas; lo sabe, por supuesto que lo sabe.

Es una invasión de la intimidad, algo horrible, pegar la oreja para enterarse de un encuentro como ese…

Pero las voces llegan hasta ella y la conversación tiene algo que le resulta extraño.

No la parte en la que Seokga dice que es preciosa, aunque no deja de repetirse la palabra en bucle: «Preciosa.

Preciosa. Cree que soy preciosa». Kisa sabe, de forma objetiva, que es guapa, pero eso nunca ha impedido que se parase demasiado a analizar la ligera irregularidad de sus rizos, ni el agotamiento que siempre le rodeaba los ojos de una u otra forma.

Oír lo que Seokga piensa de verdad de ella hace que el corazón le revolotee siguiendo un ritmo raro y espástico que, si siguiera viva, le preocuparía.

«Solo amigos», se recuerda, pero no puede negar que una parte de ella, diminuta y secreta, se siente aliviada por no tener que seguir con la extenuante patraña del aplastamiento. Al fin y al cabo, los amigos tienen permitido sentir … cosas que no sienten los que no lo son.

Oírle decir que es preciosa… hace que el calor le florezca en el pecho y las mejillas, pero no es esa la parte de la conversación que le ha resultado extraña.

Quizá sea porque la terapeuta ha empezado diciendo que sería todo «extraoficial». Quizá sea por concentrarse tanto en el dios loco, presionando con sutileza para conseguir… algo. Lo está manipulando. Se muerde el labio inferior y pega de nuevo la oreja a la puerta.

Cuando la doctora Jang se marcha, a Kisa empieza a dolerle la cabeza de la tensión. Cuando Seokga, con cara de alivio y cansancio, abre la puerta del dormitorio de Hwanin, Kisa no pierde el tiempo.

—¿Qué clase de criatura es la doctora Jang?

Ella ve que el dios parpadea una vez, dos.

—Es una chamana.

—¿De qué dios?

—Hwanin, sospecho.

—¿No lo sabes? ¿Podría ser Hwanung?

Un rayo naranja baja por el hilo, y Kisa se pone rígida cuando nota la irritación de Seokga.

—La doctora Jang no está en la lista de sospechosos —le dice con una voz carente de su calidez habitual; basta para que Kisa retroceda un instante—. No es una criatura con garras.

Ella respira hondo.

—No intentaba insinuar que sea la persona que buscamos —dice, aunque ambos saben que es mentira—. Solo se me acaba de ocurrir. Parecía más interesada de lo normal en el dios loco, y ha roto más de un código de conducta…

A Seokga se le tensan los hombros.

—El dios loco es mi padre, me guste o no. ¿Tan raro es hablar de tu padre en terapia? La doctora Jang lleva treinta y tres años tratándome. Si estuviera resentida con Hwanin o conmigo, ha tenido tiempo de sobra para atacarnos. No vamos a investigarla. Y  punto , Kisa.

Ella cree percibir un leve dejo de desesperación en la voz del dios, lo que le resulta extraño, y siente una mezcla de preocupación y curiosidad.

Mientras a él se le altera la respiración, Kisa le da vueltas a este claro apego a la terapeuta (su incapacidad de tan siquiera contemplar la posibilidad de que sea sospechosa).

¿Tan solo ha estado estas últimas tres décadas?

Debe de haber hecho otros amigos después de la muerte de Hani…

No obstante, ¿puede hablar tan abiertamente con ellos como con Jang?

Mago, su madre, lleva dormida miles de años.

Su relación con Hwanin (preasesinato) parecía precaria, como mínimo.

Y después está su padre. Malvado y en prisión.

Sin nadie más a quien recurrir, el dios embaucador depende de la doctora Jang.

Kisa se pregunta si una dependencia como esa de verdad es tan inofensiva como cree Seokga. Treinta y tres años son muchos años para una estafa, sí, pero la sesión le ha dejado un mal sabor de boca. Tanto como el tono de Seokga.

—No me hables así —le suelta, irritada, y el dios parece sorprendido.

—¿Así, cómo?

—Como si… como si estuviera por debajo de ti en esta investigación.

—Kisa entorna los ojos y lo mira por encima de la cabeza de Hwanin—.

Si quiero investigar a la doctora Jang, lo haré.

Me va tanto en este misterio como a ti, y no perderé mi oportunidad de reencarnarme porque tú decidas ponerle el punto final a algo.

Además, apenas tenemos más pistas que seguir en estos momentos…

Seokga se pasa una mano por el pelo. Sigue sin camisa, y Kisa se concentra con todas sus fuerzas para mirarlo a la cara, en vez de a los cincelados músculos. El dios aprieta la mandíbula un instante.

—No pretendía hacerte sentir así —dice, despacio, controlando la voz— y lo siento.

Pero no creo que merezca la pena invertir nuestro tiempo y energía en la doctora Jang.

Una vez cometí el error de sospechar de Dok-hyeon, una persona que solo intentaba ayudarme, y conseguí que lo mataran. No le haré eso a ella. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo, si tú entiendes por qué necesito seguir todas las pistas. Podemos dividirnos —añade, aunque la decepción le roe el estómago—. No tienes que acompañarme ni involucrarte en esto.

—No lo haré —responde él, y aprieta la mandíbula.

—De acuerdo.

Kisa evita mirarlo, y se hace un silencio tan incómodo que anhela las pullas relajadas de la noche anterior: las bromas de Seokga sobre poemas de amor y culos que, en estos momentos, tienen bastante buen aspecto en sus pantalones de pijama de algodón.

La ansiedad vuelve con ganas y, antes de poder reprimirla, la humilla saliendo a borbotones.

—No es que… no es que espere que sea ella la asesina.

Espero que no. Yo no… no recibí ayuda cuando de verdad la necesitaba y, de haberla recibido, quizá no estuviera…

, bueno, muerta. Y lo siento mucho, Seokga, sé que no debería haber escuchado vuestra conversación, pero, por si te sirve de algo…

Por si te sirve de algo, a mí también me gusta pasar el rato contigo.

Y, bueno, cuando dijiste que te parecía…

, me sentí… Yo también creo que eres pre…

Da igual. Ay, dioses. En fin…, ¿quieres ir a desayunar?

Lo dice todo tan deprisa que, cuando por fin emerge a respirar, le da vueltas la cabeza.

¿Qué le está pasando ? Kisa siempre divaga cuando está nerviosa, pero esto es otro nivel.

Ha pasado de ser una criatura de pura lógica y datos a un abejorro atolondrado delante de su amigo absolutamente platónico.

Kisa quiere cerrar los ojos para no ver lo que, sin duda, será una expresión de desconcierto y consternación, pero, cuando se obliga a levantar la vista, descubre que ha aparecido una sonrisita (casi cariñosa) en los labios del dios. Y los ojos han perdido su frialdad.

«Hani… también divagaba… cuando… estaba… nerviosa…».

Por una vez, la tierna comparación no le da envidia. Curiosamente, solo se siente aliviada.

—Me apetece desayunar —murmura Seokga.

Para evitar a los espías de la Cotilleos Divinos , Seokga se transforma en un hombre de ojos oscuros para desayunar en uno de los muchos restaurantes del barco y regresa a su forma habitual cuando se une a ella en la enfermería.

Es día de reposición. Kisa abre los paquetes apilados en el mostrador y clasifica los medicamentos para colocarlos en sus respectivos armarios.

Hajun no tarda en reunirse con ellos y trae noticias sorprendentes.

—No os lo vais a creer —dice mientras ayuda a Kisa a rebuscar entre las cajas—. Después de la tabarra que nos da Su-min sobre las relaciones poco apropiadas…

Kisa arquea una ceja.

—¿Con quién la has visto?

—Con el capitán —responde, y una chispa maliciosa se le enciende en los ojos.

—¿Con el capitán Lee? —pregunta, incrédula y boquiabierta—.

El reglamento del CRS Traspalmántico prohíbe expresamente que los miembros de la tripulación salgan con sus compañeros, y más aún si hay una disparidad en la relación de poder.

El capitán Lee está muy por encima de Su-min.

Y está… —«Vivo», quiere decir, pero guarda silencio tras mirar a su… al… dios—. Da igual.

—Es un chisme interesante —dice Seokga, que agarra uno de los pies del flotante Hwanin como un niño con un globo—. Siempre he considerado que estos chismes tan interesantes son muy buenos para el chantaje. La próxima vez que intente apartarte de mí…

—¡Buenos días! —trina una voz, y entonces entra Somi, tan feliz, con un soporte de cartón en el que hay dos bobas y dos cafés.

También lleva un libro bajo el brazo. Kisa lo observa, sonriente, y coge el flat white que supone que es para ella mientras que Hajun se ruboriza al recibir uno de los tés. Seokga acepta a regañadientes su americano con hielo, aunque primero lo olisquea, como si estuviera envenenado.

—Toma —le dice Somi a Kisa, y le pasa el libro.

Kisa le echa un vistazo al título: En la cama con el vampiro multimillonario , pone con letras rojas brillantes.

El hombre de la cubierta va (como siempre) descamisado, y una capa negra flota detrás de él.

Está hincándole los dientes en el cuello a una mujer, mientras ella le sonríe—.

Supuse que ya habrías terminado el que te di ayer.

—Sí —reconoce ella, que coge el libro y le pasa un dedo por el pequeño lomo agrietado.

Las aventuras de Elsie y Finlay habían sido bastante…

entretenidas. La pareja se había enredado en peligrosas andanzas: la búsqueda de un tesoro en el siglo xv , el enfrentamiento con los soldados ingleses durante la rebelión jacobita de 1745, patinaje sobre ruedas en los fluorescentes años ochenta…

Y también se había enredado de una forma más…

personal. Hajun sigue observando con curiosidad y Seokga parece mirar al vampiro como si fuese su competidor.

—¿Te ha gustado? —pregunta Somi, rebotando sobre los talones.