21. Seokga #4
Ojalá tuviera una cámara para conmemorar todos y cada uno de los modelitos de vacaciones de la doctora.
Si creía (o esperaba ) que nada sería capaz de superar al vestido de patitos de goma, se equivocaba por completo.
La anciana que está ante él carga con una bolsa de lona floral gigantesca, y luce sus gafas de sol rosa chillón, un sombrero de un amarillo cegador salpicado de margaritas y un conjunto hawaiano de pantalones cortos y camisa, rematado por unos enormes zuecos de plástico verde con agujeritos.
—Buenos días, Seokga.
Un sonido a medio camino entre resuello y saludo se le escapa entre los labios. Cierra la boca de golpe. La doctora Jang sonríe.
—¿Puedo entrar?
—Claro —consigue responder él.
La mujer pasa junto a él con mucho remilgo y, al cabo de un momento de vacilación, se sienta en uno de los sillones. Después de cerrar la puerta, Seokga, sin muchas ganas, se sienta frente a ella y reza por que Kisa mantenga a Hwanin en silencio y escondido.
—¿Dónde está tu hermano? No lo he visto mucho últimamente.
—Se comió una almeja podrida.
—Ah. —La anciana sonríe y se sube las gafas—. Bueno, quería ver cómo te iba con Yu Kisa. Os vi a los dos ayer entrar en el spa. Parece que os hacéis más íntimos… y me imagino que eso traerá consigo emociones más complicadas.
A Seokga se le corta el aliento hasta que recuerda que Hwanin no estaba a su cuidado en el spa.
—Pues… —dice, antes de recordar también que Kisa está en la habitación de al lado y seguramente oye cada palabra.
La doctora espera mientras él hace un repaso mental de todas las posibles respuestas.
—Somos amigos —suelta al fin.
—Amigos —repite ella, y en la voz, que suele ser cínica, le nota una pizca de lástima maternal.
Siente una punzada de dolor porque le recuerda al jefe Shim Him-chan, que falleció unos años antes.
Fue la paternal intromisión del jefe Shim lo que condujo a Hani hasta él, y Seokga echa muchísimo de menos al anciano—.
Debe de ser muy duro pasar de almas gemelas a simples amigos.
—No —responde en tono brusco, como un acto reflejo ante su mirada escrutadora y sus especulaciones—. No. Me alegro de tenerla. De amiga.
De hecho, estaba bastante ilusionado con ello hasta enfrentarse a la lástima de su terapeuta. Ahora se siente extremadamente patético.
Jang espera.
—No es Hani —sigue diciendo cuando el silencio se vuelve casi doloroso.
Suena distante, incluso a sus oídos, mientras recuerda a la gumiho alegre y sonriente que tenía una habitación abarrotada llena de novelas románticas obscenas y conducía como una demente—.
Y lo he… lo he aceptado. Kisa no me recuerda.
Aceptaré todo lo que me dé, aunque no sean más que migajas de su mesa.
—Cuesta sentirse saciado con migajas.
—Lo sé —le suelta antes de respirar como puede por la nariz—. Pero prefiero eso a nada. Y ella es… —Seokga mira hacia la puerta de Hwanin—. Es… increíble. Inteligente, amable y… preciosa. —Sonríe sin querer—. Me gusta pasar el rato con ella, aunque solo seamos amigos.
Reconocerlo hace que se sienta muy vulnerable, pero quiere que Kisa lo oiga.
La doctora Jang suspira en silencio, tan en silencio que él apenas oye su triste exhalación. Entorna los ojos al mirarla.
—¿Qué?
—Me he fijado en un patrón —contesta ella— y me parece importante contártelo.
—Él intenta permanecer impasible cuando ella añade—: Amas con todo lo que eres, por completo, pero lo que te devuelven es menos de la mitad.
—Su afirmación lo atraviesa como un cuchillo.
Hasta el hueso—. Querías a tu padre. Todavía lo quieres.
—Lo dudo —se burla él.
—Lo quieres —sigue ella, impertérrita—. Lo quieres. Creo que todavía harías cualquier cosa por él.
Seokga pasa de la tristeza a sentirse agraviado y horrorizado.
—¡Pues claro que no! —contesta—. Es un loco. Teníamos motivos para encerrarlo. —Baja las cejas y fulmina con la mirada a la doctora, que no parece percatarse ni sentir la ira de esa mirada—. ¿Adónde quieres ir a parar con esto?
Ella sabe tan bien como él que, ante cualquier indicio de posible traición, debe informar a Okhwang de inmediato.
Ella frunce los labios.
—Seokga, no sé si te has dado cuenta, pero durante esta sesión no he estado tomando mis notas de siempre. Acudo a ti como alguien que ha llegado a tenerte mucho cariño y está preocupada. Esta conversación quedará entre nosotros. Te doy mi palabra.
—¿Eres consciente de que estás violando varias de las normas de Hwanin…? —pregunta él en voz baja.
—Me da igual —responde Jang sin vacilar—. Los temas sobre los que de verdad necesitas hablar tienen que ver con lo que sientes por Mireuk, y estoy segura de que no podré ayudarte como debo si no creo un espacio seguro para ello. Quiero ayudarte. ¿Tanto te cuesta creerlo?
«Sí», piensa él, pero deja que continúe.
—Me temo que sí que te cuesta. Toda la ayuda que has recibido a lo largo de tu vida ha sido un arma de doble filo. Hani, que accedió a ayudarte a encontrar al eoduksini para sabotear tu búsqueda del Zorro Escarlata…
—Eso está más que superado —la interrumpe, cerrando los puños.
—Hwanin, que te permitió volver a ser un dios, pero solo si matabas a la mujer que amabas…
Seokga se muerde la lengua. En realidad, nunca superará eso, pero, en estos momentos, Hwanin es un bebé dormido que no puede hacerle daño a nadie.
—Los monstruos de Gamangnara que condujiste a Okhwang. Te abandonaron en cuanto las cosas se pusieron feas. Y, por supuesto, tu padre.
—Yo no tengo padre —dice Seokga entre dientes, empeñado en ser lo más obtuso posible—. Nací de los cacharros viejos de la casa, como los dokkaebi. Creo que era un cuchillo para la carne.
Es en vano, porque la doctora no le hace caso.
—Todo vuelve a Mireuk. ¿Tuviste la oportunidad de cerrar esa herida?
—Encerrarlo en una prisión después de que inventara el asesinato, la violación, las plagas, las inundaciones, los asesinos en serie, los orfanatos, etcétera fue una forma de cerrar la herida.
—¿Tú crees? —pregunta ella, negando con la cabeza—. ¿Quieres decir que parte de ti no sigue deseando su aprobación? ¿Que no se pregunta qué sucedería si te la ganaras?
Seokga vacila.
Sí, piensa en el viejo loco muy a menudo.
Se pregunta si se arrepentirá de sus crímenes, si la escasa cantidad de agua y comida de la prisión basta para mantenerlo vivo pero seco, incapaz de recurrir a su poder.
Si las esposas de hueso que restringen su magia seguirán funcionando durante los próximos milenios.
Sus sueños están llenos de recuerdos en los que Mireuk elige a Hwanin una y otra vez.
Y, cuando despierta, dedica su tiempo a intentar no ser como su padre, aunque haya heredado su vena arisca.
Cuando se siente más deprimido, escucha canciones tristes y se pregunta cómo sería su vida si Mireuk no se hubiera vuelto loco y hubiera querido a su segundo hijo tanto como al primero.
Después de su caída del reino celestial, Seokga fantaseaba con viajar a Jeoseung para organizar una impresionante fuga en la que haría gala de todo su heroísmo.
Su padre lo estaría esperando y sonreiría cuando Seokga, empapado en sudor y salpicado de la sangre de sus enemigos, lo liberase.
Su bello rostro, tan parecido al de su hijo, rebosaría orgullo, y él abriría los brazos para recibirlo.
«Hijo mío —diría Mireuk—, eres un ser impresionante y estoy muy orgulloso de ti.
Ahora te prefiero a tu hermano, con diferencia, y te perdono por haberme encerrado aquí.
Vamos a cobrarnos nuestra sangrienta venganza y, de camino, a tomarnos unos vasitos de soju».
Después le daría la mano y disfrutarían de un agradable tiempo de calidad padre-hijo mientras asediaban Okhwang.
A veces, cuando Seokga se siente especialmente malvado (una tendencia arraigada en los dioses del engaño), vuelve a esa pequeña fantasía.
Sin embargo, cada vez se le da mejor apartarse de ella y sustituirla por bromas inofensivas, como pegar el culo de Hwanin al trono o crear una grandiosa estafa piramidal para sacarle el dinero a los otros dioses.
A esta última idea dedicó buena parte de la primera década del siglo xxi .
A la primera, los últimos cinco años del siglo anterior.
La doctora Jang espera, expectante.
—No —responde Seokga.
—No te creo —responde ella, aunque no sin amabilidad.
—¿Y eso por qué?
Tras sacudir con pena su cabeza tocada de amarillo, Jang dice:
—Freud estaría asombrado y desconcertado contigo.
Es como si tu ello inconsciente tomara el mando donde debería hacerlo tu yo: en la consciencia.
Y al ello le falta cierto código ético que el yo sí posee…
Todo esto, sin duda, forma parte de tu naturaleza como dios del engaño.
Quiero que te sientas cómodo conmigo, Seokga.
Puedes contarme la verdad, sea cual sea. Estoy aquí para ayudarte.
Su voz es cálida y sincera, lo que casi le recuerda a su madre, Mago.
Sin embargo, nota un picor insoportable en la nuca, así que se revuelve en el asiento, incómodo.
Aunque el tono de la terapeuta es amable, rehúye por instinto sus palabras.
En realidad, nadie quiere que el dios del engaño reconozca no estar tan reformado como el mundo cree.
Los demás miembros del panteón son muy arrogantes…
Deidades de cosas inofensivas y divertidas, como los bebés o las puertas, la lluvia o la fortuna.
Temen al dios embaucador. No encaja. Nunca ha encajado.
Nunca lo hará.
Ya tiene la clara impresión de estar en la cuerda floja, con lo del asesinato de Hwanin y tal, y sabe que un paso en falso lo hará caer al vacío, donde se asfixiará con la soledad y un odio que le resulta amargamente familiar.
—Apenas pienso en mi padre —miente, seco.
—Ya veo —contesta su terapeuta, y a Seokga le da la sensación de que, detrás de las ridículas gafas, de verdad ve más de lo que él pretendía revelar.