El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 21. Seokga #3
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21. Seokga #3

—Ay, vale —resopla ella, de nuevo azorada—. Aquí tienes, toma. —Lo sostiene en alto, pero, cuando Seokga le da un tirón, ella no lo suelta y abre mucho los ojos. «Se me… olvidó… lo que escribí… sobre…»—. Tú no hagas caso de… No hagas caso de lo que está tachado.

El dios arquea las cejas y consigue robarle el cuaderno. Y, haciendo oídos sordos a su súplica, sí que hace caso de lo tachado.

—Tu letra es atroz. ¿Esto es inglés?

—Sí —responde ella, taciturna—. ¿Sabes leerlo?

—Más o menos —responde, porque Seokga odia el inglés.

Es un idioma horrible, incoherente, mutable y odioso de aprender.

Pero lo había aprendido al fin, solo por si la reencarnación de Hani vivía al otro lado del globo…

También había aprendido español, francés, italiano, tailandés, chino, hebreo y suahili.

Acababa de empezar con el árabe y el hindi cuando lo obligaron a tomarse estas vacaciones.

—Quizá sea mejor que me lo devuelvas —dice ella, de repente muy ansiosa—. En realidad, sí, creo que deberías…

Demasiado tarde. Los ojos de Seokga ya han dado con algo muy, pero que muy intrigante . Un tachón. Y, debajo de él…

—Interesante —dice, sonriendo.

Kisa se lleva la mano a la boca.

—¡Que no hagas caso de los tachones!

—Yo también he pensado siempre que mi «culo» era mi mayor atractivo…

La joven prácticamente salta del sillón, pasa por encima de la mesa de centro y le quita el cuaderno.

Tiene la respiración alterada y mirada asesina, y el corazón del dios le martillea en el pecho porque Kisa está medio echada sobre su sillón, con una rodilla entre sus piernas y una mano agarrada a uno de los reposabrazos…

Parpadea lentamente, mirándola. El pelo de Kisa cae como una cortina sobre ellos. Antes de poder detenerse, Seokga levanta la mano y se enrolla uno de los preciosos rizos castaños en el dedo. Satisfecho hasta decir basta, ve que ella abre mucho los ojos y despega los labios.

Él se queda prendado de esos labios, de su perfecta curvatura, de su exquisito color, que le recuerda a mermelada de frutos rojos. Le da todo el tiempo del mundo para que se aparte, mientras él le acerca poco a poco la mano y le roza el carnoso labio inferior con el pulgar.

A Kisa se le oscurece la mirada.

El calor cobra vida en la parte baja del vientre de Seokga cuando la lengua de la joven se asoma para lamerle tentadoramente el dedo. Un segundo después, Kisa se pone de un chillón color azul, avergonzada.

«Ni idea… de por qué… he hecho… ay… dioses…».

Retrocede, temblorosa, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Tiene el cuaderno en las manos.

—Solo amigos —susurra, casi para sí.

—Mmgmumph —consigue decir él, ya que su cerebro es puro caos.

Muy elocuente.

Kisa mira con aire acusador al hilo.

—Está tramando algo —dice—. Lo sé. Me está haciendo sentir…

«¿ QUIÉN ? ¿ YO ?», escribe el hilo antes de volver a alisarse.

Ella lo señala, con los ojos muy abiertos.

—¿Has visto eso?

Él decide dejar a un lado la cuestión de la inteligencia del hilo para concentrarse en un asunto más urgente.

—De hecho —dice, sacudiendo la cabeza en un vano intento por despejarla—, puede que te intrigue saber, científicamente, por supuesto, que el hilo no puede hacerte sentir nada.

—Esboza una sonrisa que, hasta a él, le parece engreída.

Es más bien una mueca de pura satisfacción—.

Que yo sepa, lo de compartir pensamientos, emociones…

, no manipula tus propios pensamientos y emociones.

Puedes escribir eso en tu cuaderno —añade, magnánimo, mientras agita una mano con aire indulgente.

«¿Será… cierto… que no… es… el hilo…?».

Kisa lo mira con los ojos entornados, pero, un instante después, se pone a apuntar algo a toda prisa.

«¿Qué… significará… eso…?».

Tras unos minutos, Seokga arquea una ceja.

—No has terminado tu frase.

—¿Qué frase? —pregunta ella, aunque aprieta los dientes de tal forma que está claro que sabe perfectamente a qué se refiere. Aun así, le sigue la corriente.

—¿Qué sentiste? —pregunta, encantado por dentro.

Kisa lo fulmina con la mirada.

—Una bonita amistad … platónica.

—Siento curiosidad —contesta él, con más esperanza de la que ha sentido nunca antes—, ¿las amigas platónicas admiran el culo de sus amigos?

Ella frunce el ceño, pero Seokga nota que, por debajo, intenta no sonreír.

—Me voy a la cama —suelta Kisa.

—No sé si es buena idea —comenta él, arqueando una ceja—. Si el asesino viene esta noche, donde primero mirará es en la habitación de Hwanin… —Ella vacila—. A no ser que quieras correr ese riesgo, será mejor que te quedes aquí.

Seokga hace lo que puede por poner cara de extrema amabilidad y señala su cama, donde duerme Hwanin. No teme reconocer que le gustaría mucho que Kisa pasara la noche con él.

Por desgracia, ella parece muy consciente de su estratagema.

—Hay un diván en la sala de estar entre los dos dormitorios —le informa Kisa, a la que una sonrisa intenta tirarle de los labios—. Buenas noches, Seokga.

Él deja escapar una especie de gruñido de decepción a modo de respuesta, con lo que se gana una carcajada.

Incapaz de dormir durante las horas siguientes, seguro de que el asesino regresará, Seokga se levanta para estirar las piernas y coge una manta de sobra que está a los pies de su cama. En la sala de estar, Kisa se ha acurrucado en el diván con un libro raído contra el pecho.

Curioso, Seokga mira la cubierta. Se le corta el aliento al ver al pirata de las Highlands y a su mujer desmayada.

Ese libro le resulta familiar … Por segunda vez en un mismo día, vuelve al estante del diminuto piso de Hani y a las novelas románticas de las que hacía acopio como una ardilla de sus bellotas.

Ah, sí, eso es: el libro sobre el escocés que también es pirata y viajero en el tiempo. Muy confuso.

Y debe de ser el libro bendecido con la «maravillosa caricia» de la lengua de alguien. Sacude la cabeza e intenta no reírse. Intenta no darle demasiadas vueltas.

Fracasa.

La pregunta sobre el barco de Teseo está siempre presente en su cabeza. Y este libro hecho trizas le abre una pequeña fisura de esperanza en el corazón.

Ni le gusta ni está de acuerdo con la teoría de Jang (bastante deprimente), pero quizá…

quizá pueda formular su propia teoría, una que dice que el hilo rojo lo conectó con Kisa por lo que una vez compartieron y lo que podrían volver a compartir.

Puede que, en un principio, necesitara a Hani; Hani, con su historial como espía, que logró burlar sus defensas para forzar la cerradura de la jaula en la que guardaba su corazón.

Que le demostró que podía amar y ser amado. Que le demostró que se lo merecía.

Y puede que ahora necesite a Kisa; Kisa, con sus manos sanadoras y su ternura.

Debe de haber una parte intrínseca de su alma que lo atrae, al margen del tiempo, ya sea en los animados años noventa o treinta y tres años después.

Al margen del lugar, ya sea en Nueva Sinsi o en un monstruoso crucero por el inframundo.

Al margen del cuerpo en el que ahora descanse su espíritu, ya sea el de una gumiho letal tan seductora como la misma noche o el de una doctora brillante con una melena de rizos color café y la sonrisa más tímida y dulce del mundo.

Sí, Seokga piensa que podría enamorarse de ella hasta el fin de los tiempos, en todas sus formas.

No es Hani. Es Kisa. Y empieza a adorarla.

Con fervor.

Ella no se menea cuando la tapa con la manta, admirando la forma en que la luz de la luna que se cuela por la ventana le ilumina las suaves curvas del rostro y el arco de los labios.

La forma en que las cejas se le fruncen y separan, incluso mientras duerme, como si estuviera resolviendo complicadas ecuaciones en sueños.

—Buenas noches, Kisa —susurra.

Cuando por fin se acuesta, le asoma una sonrisa reacia a los labios al ver que su hermanito, dormido, se da la vuelta para acercarse a él.

Por la mañana, el pelo de Kisa parece un erizo cabreado.

—Buenos días —la saluda Seokga, que se ha pasado los últimos quince minutos colocándose cada mechón de pelo para lograr un cuidadoso aspecto desaliñado, cepillándose los dientes y asegurándose de resultar, en general, atractivo (y sin camisa, cabría añadir) antes de volver a meterse en la cama con el bebé dormido y esperar con impaciencia a Kisa.

Ella parpadea y lo mira desde el umbral de su dormitorio.

—Tienes razón —dice, adormilada—, Hwanin llora más que los bebés corrientes.

Los dos se han pasado despiertos toda la noche, despertados una y otra vez por el niño y por la ansiedad de encontrarse en un barco en el que se oculta un asesino. Decepcionado, comprueba que Kisa no le mira los pectorales cuando él se sienta en la cama, sino que le mira los… ¿labios?

Intenta poner morritos, aunque sutiles. El cacao que se ha aplicado debe de estar funcionando.

—Tienes un poco de pasta de dientes ahí —le dice ella esbozando una sonrisita irónica que lo habría hecho caer de rodillas si estuviera de pie.

Por las tetas de Hwanung. Hace una mueca, se la limpia a toda prisa… y se queda paralizado cuando alguien llama a la puerta.

—¿Seokga? —lo llama una voz conocida—. Tengo que hablar contigo.

La doctora Jang. Se levanta de un salto de la cama, pero se detiene de repente, mirando a Hwanin. Sin embargo, su hermano duerme tranquilamente; ni rastro del gato despellejado de anoche.

—Mierda —susurra—. Mierda, mierda, mierda. —La doctora Jang no puede descubrir que su hermano se ha convertido en un bebé—. Kisa…

Pero Kisa va un paso por delante y corre a coger en brazos al niño para después salir prácticamente corriendo del dormitorio, cruzar la sala de estar y meterse en el cuarto de Hwanin.

La puerta se cierra y corre el pestillo.

Seokga respira hondo antes de dirigirse a la puerta de la sala y abrírsela a una sonriente doctora Jang.