El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 21. Seokga #2
59%

21. Seokga #2

Si hace unos años lo hubieran tratado como al emperador, aunque fuera asumiendo la forma de Hwanin, quizá lo hubiera disfrutado.

Ahora siente un extraño descontento. Lo que quiere ahora es otra cosa, a otra persona; una mujer de ojos brillantes, rizos salvajes y mente aguda que lo sorprende a cada instante, ya sea con su increíble intelecto o bailando bajo la lluvia y uniéndose a él en un estanque de aguas frías.

La doctora Jang lo consideraría un «avance positivo».

Seokga no sabe hasta qué punto es positivo, si lo único que desea decide marcharse (abandonarlo) de nuevo.

Espera no volver a sucumbir a la villanía cuando se vaya Kisa…

Pero quién sabe qué camino tomará. Esta vez, cuando ella se vaya, se habrá ido para siempre.

Y todo esto, estos treinta y tres años de búsqueda, habrán sido en vano.

Apura la bebida y pide otra, a pesar de que está asquerosa, en general.

—¿Puedo preguntar qué os está pareciendo el crucero? —dice Su-min.

—Bien. Sí. Muy bien —masculla el dios del engaño, que, de repente, está hundido en la depresión.

No se fija en que Su-min se ha pasado al asiento más cercano a él hasta que nota que la mujer le apoya una mano en el hombro. Seokga se tensa.

—Si puedo hacer algo para que vuestro crucero sea más agradable, señor, no tenéis más que decirlo —le dice, sonriente—. Estoy a cargo del entretenimiento de los huéspedes. ¿Estaríais interesado en otra velada en el invernadero? Esta vez podemos mantener alejado a vuestro hermano.

Él se la sacude de encima.

—Mi hermano es fantástico y seguro que sería incluso mejor emperador que yo —contesta bruscamente, con la esperanza de que la mujer se vaya.

Pero no lo hace. Su-min lo está mirando.

Otra vez. Seokga aprieta la mandíbula, irritado, mientras ella le recorre la cara con la mirada, sin duda afectada por la inane atracción que, no sabe cómo, su hermano conseguía despertar en casi todas las mujeres vivas del mundo. La directora parece casi… hambrienta .

—Perdón por la pregunta, pero siento curiosidad. Parecéis tan… —Su-min ladea la cabeza y se humedece los labios—. Sano. Joven. Intacto. ¿Cómo lo hacéis?

—¿Perdona? —pregunta él entre dientes.

—Vuestra rutina para la piel —le aclara a toda prisa Su-min—. ¿Cuál seguís?

La mujer escucha, embelesada, la reacia explicación de Seokga sobre una estrafalaria rutina de diez pasos que, está bastante seguro, Hwanin no siguió nunca.

Incluye distintas cremas, cubitos de hielo y (sobre todo para divertirse un poco) un procedimiento específico para el que se necesita una patata cruda pelada y un bolígrafo.

Cuando por fin concluye su estúpido discurso sobre cuidado de la piel, consigue excusarse y largarse de allí, decidido a atraer al asesino hacia cualquier sitio que no sea la voraz directora del crucero.

No obstante, le decepciona comprobar que el culpable parece ignorar por completo el majestuoso desfile de Hwanin por el barco, incluso cuando regresa al punto exacto del I-95 en el que lo asesinaron.

Solo en una ocasión alguien tira de él para llevarlo a un rincón oscuro, y esa persona no es más que Yu Kisa, que parece frustrada.

A él le gusta bastante este giro de los acontecimientos, pero Kisa no procede a envolverlo en un apasionado abrazo (por desgracia).

Lo que hace es suspirar y negar con la cabeza.

—Esto no está funcionando. Tenemos que probar con otra cosa.

Se pasan el día investigando fútilmente un misterio que no parece querer que lo resuelvan.

Seokga se transforma en el huésped más común del CRS Traspalmántico (un anciano encorvado que antes trabajaba en un banco, en una empresa o en algún otro establecimiento aburrido similar) y va en busca de testigos ocultos, sondeando con sutileza y sigilo a los demás huéspedes en busca de cualquier indicio de su presencia cerca del asesinato.

—Bueno —le dice una mujer arrastrando las sílabas, entre sorbos de un granizado de limón que está claramente aderezado con alguna clase de alcohol—, anoche oí un chapoteo muy fuerte.

—Sería porque estamos en un barco —responde entre dientes Seokga, deseando librarse lo antes posible de su barriga vieja y colgandera.

La mujer pone los ojos en blanco.

—En fin, ¿quién sabe? —Chupa con coquetería por la pajita y se le desenfoca la vista—. Puede que alguien se cayera por la borda. Sería una pena, ¿verdad?

—No es lo que buscaba —masculla él, y se va antes de que la mujer pueda seguir irritándolo.

Convencido de que no va a sacar nada útil, se dirige con andares de pato (la indignidad) a la tienda de golosinas de la cubierta 6 y sale de ella con una bolsa gigante de Kopiko.

Aparte de los caramelos y de la humillante experiencia para su vanidad, la expedición de Seokga no obtiene ningún resultado. Como tanto Somi (que puede irse a la mierda) como Kisa (que blande contra él el arte de poner ojitos) le urgen a ello, volverá a intentarlo mañana. Pero, por ahora…

En su suite, oculta su ropa interior a modo de protección, muy consciente de que en el CRS Traspalmántico no hay uno, sino dos espías de la Cotilleos Divinos … y un asesino. Menudas vacaciones han resultado ser. Se alegra de tomarse el antidepresivo a las siete.

En el pasillo, Kisa llama a la puerta, lo que hace que se le acelere el pulso.

Antes de abrir, se alisa el pelo y se asegura de que no se vea la ropa interior que ha metido debajo de la cama.

¿Está mal jugar a las casitas en plena investigación por asesinato?

Sin duda. Pero a Seokga no le puede importar menos.

Está radiante a la suave luz del pasillo y, cuando entra, trae con ella un embriagador aroma a canela y… ¿quién iba a pensar que el olor del antiséptico de limón podría resultarle tan seductor?

—Hola —lo saluda con un susurro mientras él cierra la puerta. Lleva puesto el uniforme típico de la enfermería, pero carga con una bolsa de lona de la que asoman unos pantalones de pijama rosa—. ¿Dónde está Hwanin?

Él señala la cama. El bebé dormita en el centro, convertido en un bultito rechoncho diminuto rodeado de un mar blanco. Como si percibiera la atención de Kisa, el niño abre la boca y deja escapar un grito. Seokga hace una mueca: empieza la noche.

Entre aprender a calmar al bebé y aplastar flores de Hallakkungi para alimentarlo, Seokga cae en que Kisa lo está preparando para cuando ella ya no esté y él se quede a solas con este demonio llorón.

La idea hace que apriete la mandíbula e intente reprimir la tristeza antes de que el hilo se la desvele a Kisa.

Cuando Hwanin por fin se queda dormido (en la cama de Seokga , cabría añadir), se dejan caer en los sillones tapizados de la habitación, ambos exhaustos, aunque todavía incapaces de dormir también.

Después de que Seokga interpretara el papel de Hwanin esa noche, el asesino podría regresar para volver a intentarlo.

Mientras se restriega los ojos, agotado, Kisa saca su cuaderno de la bolsa y empieza a escribir.

—¿Qué escribes? —susurra, e incluso a él le suena ronca su voz.

Ella se detiene con aire culpable. Entre el cansancio y la leve borrachera que le produce ver a Kisa con sus pantalones de pijama rosas y una camiseta arrugada de la tienda de regalos que dice «Bienvenidos a bordo.

El tamaño sí que importa», Seokga no puede evitar una sonrisa malvada—.

¿Poemas de amor, quizá? ¿O algo más… explícito?

Cuando ella se pone azul, lo considera una especie de recompensa.

—Yo… tú… el… ¡No! —balbucea ella. La vergüenza sale disparada por el hilo, teñida del morado de la humillación.

—A menudo se ha descrito el color de mis ojos como «verde bosque» y «esmeralda» —le dice, servicial—. También podrías mencionar un par de veces mi impresionante altura. Y puede que el impresionante perfil de mi mandíbula o la excelente forma de…

—Pues, ya que insistes —lo interrumpe Kisa, y Seokga observa, encantado, que se ruboriza hasta las orejas—. Estoy… escribiendo algunas observaciones. Sobre el vínculo.

Y él vuelve a sentirse de nuevo como una rata de laboratorio.

La alarma de Kisa vuela por el hilo; debe de haber oído sus pensamientos. Esta conexión empieza a resultar poco oportuna. Seokga desearía poder regodearse en paz.

«Tengo que… explicar…».

—Para mí no es así —dice ella rápidamente mientras se retuerce las manos—.

No… no te estoy usando como una rata de laboratorio…

Aunque que te comparen con una no siempre es un insulto, algunas son bastante inteligentes…

Aunque suele ser como resultado del condicionamiento…

—Kisa cierra la boca del golpe, esboza una mueca, respira hondo y vuelve a empezar—.

Cuando era estudiante, cuando elegía mis proyectos de investigación, me decidía por cosas que me…

apasionaran… o que pudieran apasionarme.

—Él empieza a perder parte de su abatimiento—.

No es que me muera de pasión cuando estás cerca ni nada…

—añade a toda prisa. Él esboza una sonrisa.

El fuego crepita alegremente en la chimenea—.

Y no intento decir que debas tomártelo como un cumplido, porque odio cuando la gente dice eso…

Siempre es por un caso de plagio o un insulto velado, o cuando un tío salido te mira el pecho, pero…

—Pero debería tomármelo como un cumplido —concluye Seokga, incapaz de frenar la sonrisa burlona que le curva los labios. Y, entonces, frunce el ceño—. ¿Quién te ha mirado el pecho? —pregunta con una violencia que no logra disimular.

—Ese no es el tema —dice ella, que parece hecha polvo—. Y, bueno, en tu caso, no deberías tomártelo como un insulto , exactamente —masculla.

—¿Puedo leerlas? —pregunta Seokga, mirando con ojos entornados el diario. De repente está intrigado.

Kisa parece horrorizada. El hilo rojo se sacude de risa, sin lugar a dudas. A Seokga le cuesta no unirse a él.

—Si no me dejas leerlo, aunque sea un poquito, daré por sentado que estás escribiendo esa poesía… —insiste, incapaz de resistirse.