21. Seokga
Seokga
H ay que reconocer que es una genialidad.
Seokga se aplaude mientras se transforma en la versión humana de su hermano y se peina el pelo, ahora largo y plateado, frente al espejo del dormitorio. La cara de Hwanin, tan perfecta que le entran ganas de pegarle un puñetazo, le devuelve la mirada, viva por completo y claramente no asesinada.
Kisa está sentada a su lado, en la cama del emperador, con los labios fruncidos y el hermano bebé en brazos. Todavía tiene el pelo mojado del spa.
—Tendrás que ponerte uno de sus hanboks —le dice, y el banmal nunca le ha sonado tan bello—. No creo que Hwanin vistiera nunca todo de negro, como tú. ¿Vas a necesitar el bastón?
—No en este cuerpo —responde Seokga, dejando su querido bastón contra la pared y echando ya de menos el contacto con el imugi de plata—. Si solo estuviera proyectando la ilusión de Hwanin, sí. Pero, al cambiar de forma, mi cuerpo se convierte en el de otro.
Se acerca a la maleta de su hermano, colocada sobre la recargada mesa de madera de la habitación, y rebusca en ella hasta dar con un hanbok azul envasado al vacío.
Puede que tense un poco los músculos al quitarse el jersey oscuro, dado que su exhibición en el estanque fue un triunfo espectacular.
Si Kisa quiere mirar, y espera de corazón que así sea, procurará impresionarla como es debido.
Entonces recuerda que lo que está desnudando es la espalda de su hermano . Por todos los demonios.
Hace una mueca.
—No mires —masculla, volviendo la vista atrás. Si hay alguien capaz de superarlo, ese es su hermano.
—No lo haré —contesta ella, como si le hiciera gracia, aunque la cree—. ¿Por qué no proyectas una ilusión? Parece más sencillo.
Seokga se había pasado diez largos minutos corrigiendo cada detalle del rostro de Hwanin, y haciendo muecas de dolor con cada movimiento de hueso y piel.
—¿Cuánto sabes sobre el funcionamiento de las ilusiones? —le pregunta él mientras se quita los pantalones.
—No mucho —reconoce ella, curiosa—. Los chamanes de Seokga que conocía (tus chamanes) las lanzaban por ahí como si fueran confeti. Ilusiones de animales rabiosos, de monstruos aterradores… Esas eran las más populares.
«Eran… aterradoras…».
—Eso es un simple juego de niños —responde él, reprimiendo un bufido de desdén—.
Solo cuentan con una pizca de mis habilidades.
Mis chamanes pueden crear ilusiones, pero no acceder a toda mi reserva de poder.
Cuando yo trabajo con ilusiones, no solo tienen un aspecto realista, sino que parecen reales .
Si creara la ilusión de un animal rabioso, también podría crear la sensación de su aliento caliente, la experiencia exacta de los dientes clavándose en la carne.
Quien tuviera la desgracia de sufrir su ataque, creería que lo están haciendo pedazos; su cerebro lo procesaría como algo real.
Aunque el animal no sea, técnicamente, real, el dolor sí.
Es un proceso delicado —añade, orgulloso— y exige un control y un entrenamiento exhaustivos.
Mientras se alisa la tela azul del hanbok que acaba de ponerse, le preocupa haber asustado a Kisa. Sin embargo, al volverse, ve que está boquiabierta y le brillan los ojos, observándolo como si no existiera nadie más interesante en todo el mundo.
Es embriagador. Como si estuviera borracho.
—¿Y cabría la posibilidad de que proyectaras ahora mismo una ilusión para mí? —pregunta Kisa.
Él esboza una sonrisa traviesa y Kisa parpadea, sorprendida.
«Qué raro… Hwanin nunca… habría sonreído así… con picardía… y amabilidad… a la vez…».
—¿Qué te gustaría? —pregunta, y se siente como un tonto atolondrado cuando ella le sonríe. Verla tan emocionada es su droga.
—¡El animal rabioso!
—De ninguna manera —responde Seokga.
—Es por el bien de la ciencia…
—No —insiste él, y esta vez no lo convencerá con sus ojitos suplicantes.
—Vale —dice ella, resoplando, con cara de irritación extrema—. Supongo que podría bastarme con una nube de lluvia.
—¿Una nube de lluvia? —pregunta Seokga, que disfruta al ver que se ruboriza.
—Es que… me encantan las tormentas.
Por la razón que sea, esa pequeña confesión, ese pequeño detalle sobre ella, le resulta tan preciado que, por un momento, apenas logra respirar.
—A mí también —susurra, y la humillación lo embarga por completo cuando su afecto corre por el hilo hasta ella, de un resplandeciente color rosa chillón.
El hilo rojo forma un corazón enorme, y él lo fulmina con la mirada, medio temiendo la reacción de Kisa.
«Solo amigos. Solo amigos».
Pero ella sonríe.
—Si esta cosa no es inteligente, yo soy un manatí —dice Kisa entre risas y, antes de que el hilo rojo pueda ponerlo de nuevo en ridículo, Seokga sacude los brazos para echar atrás las mangas del hanbok y da comienzo a la ilusión.
Por ella, conjurará algo más que una nube de lluvia. Tejerá una tormenta entera.
Tras recurrir a la reserva de poder divino de su interior, Seokga empieza a tejer hilos de pensamiento.
En su cabeza se imagina un cielo gris tumultuoso, denso y cargado de lluvia fría.
La barriga de una nube, de color casi azul marino, oscura y deliciosamente ominosa.
El aire olería fresco, con toques del ozono que se avecinaba, y cargado del olor intenso de la tierra húmeda y expectante.
La alegría de Kisa lo embarga mientras el dormitorio se oscurece y el techo se cubre de una manta de nubes de tormenta arremolinadas. El pelo de Kisa… Seokga desea verlo alborotado por una brisa fría teñida de agua, así que lo hace.
—Maravilloso —susurra ella cuando el dios crea un relámpago que ilumina con un estallido blanco su rostro alzado.
Después llega el trueno, un estruendo de contralto que alcanza un crescendo justo cuando unas gordas gotas de lluvia salen disparadas de las nubes, heladas, y salpican el suelo del dormitorio formando charcos relucientes.
Ella se ríe y, como siempre, es el sonido más bello que Seokga ha oído.
Kisa salta de la cama y se pone a dar vueltas bajo la lluvia, y la risita de Hwanin, que da vueltas con ella, se mezcla con su alegría.
Con los ojos empañados por la lluvia (y solo la lluvia, nada más que la lluvia) y tembloroso orgullo, Seokga los observa sonreír y admirar la belleza de su creación.
Convertido en Hwanin, el dios se pasea por el barco haciendo todo lo posible por parecer auténtica y absolutamente «hwaninoso».
Para él, eso significa sonreír a todo el que pase por su lado (el horror), mantener una expresión tolerante de humilde superioridad en todo momento (bastante difícil, ya que está acostumbrado a una de desdén puro y duro) y detenerse en numerosas ocasiones para escupir los mechones de pelo que se le meten en la boca (no es algo que soliera hacer Hwanin, pero es lo que Seokga debe hacer por necesidad; menudo melenón ).
Kisa con Hwanin, Hajun y Somi lo siguen desde distintos puntos mientras él va de un lado a otro.
La idea es que su presencia atraiga al asesino y lo engañe para que piense que Hwanin sobrevivió de alguna forma a su noche fatídica (menos el corazón), etcétera.
Es una posibilidad remota, pero lo mejor que se les ha ocurrido.
Tampoco les viene mal guardar las apariencias y asegurarse de que el mundo crea que Hwanin sigue vivito y coleando.
Seokga como Hwanin se dirige al casino de la cubierta 7, resplandeciente gracias a las lucecitas parpadeantes de las máquinas tragaperras.
Oye el ruido de los dados al rodar y desea con todas sus fuerzas sacarles el dinero a los huéspedes, pero Hwanin jamás se acercaría a las ruletas de la parte de atrás.
Lo que haría sería pedir con mucha educación una bebida en la barra de caoba pulida del bar, así que eso hace Seokga.
Sabiendo que tres (o cuatro, si cuenta al Hwanin de verdad) pares de ojos lo vigilan con sutileza, pendientes de cualquier rastro del asesino, intenta disfrutar de su ron con cola.
Está empalagosísimo, pero se obliga a beber mientras espera.
El casino, con su caótica penumbra y el ruido, sería un lugar oportuno para que el culpable le echara un vistazo más de cerca al dios revivido.
A estas horas del día no hay demasiados bebedores, pero, por el rabillo del ojo, se fija en que la mujer sentada a pocos taburetes de él parece admirar su pelo.
Típico. Seokga la mira y se le amarga al instante el humor al ver que se trata de Su-min. La hipocresía.
—¿Cómo es que no estás trabajando ? —le suelta antes de poder contenerse, todavía bastante molesto por la interrupción de antes.
Pero es la voz de Hwanin, así que su tono, normalmente tan relajado, suena muy raro con la cortante pregunta de Seokga.
Hace una mueca y se aclara la garganta—. Quiero decir, hola.
Su-min se atraganta con su bebida, todavía mirándolo con la boca abierta.
Seokga suspira. Hwanin se le acercaría para darle unas palmaditas en la espalda, así que lo hace.
—Gracias, Su Majestad —consigue decir ella mientras se restriega el cuello.
«Su Majestad». En vez de asentir con aire plácido, como habría hecho Hwanin, Seokga le da la espalda de forma abrupta para coger su bebida.
Hubo un tiempo en el que lo único que deseaba era quitarse de en medio a su hermano mayor.
Antes de Hwanung, él era el siguiente en la línea de sucesión al trono.
Incluso después del nacimiento de su sobrino, el plan maestro de Seokga consistía en acabar con los dos y robarles el título.
Gran parte de los anhelos y sufrimientos de su vida se debían a dos palabritas: «Su Majestad».