20. Seokga
Seokga
E l agua fría del apartado baño sienta de maravilla sobre la piel recalentada.
Gracias a la magia de Yeomra (o, probablemente, del diseñador de interiores del spa), la habitación privada es idéntica a una pequeña cueva.
Sin duda, este spa es mucho más impresionante que cualquiera de los spas humanos.
Del techo oscuro cuelgan estalactitas y las aguas bien podrían ser un estanque subterráneo, por la forma en la que el suelo rocoso se inclina para crear un extremo más profundo que otro.
Lo único que arruina la ilusión es la puerta gris por la que podría aparecer Kisa, aunque sabe que no lo hará.
Por los siete infiernos. Las personas que se conocen desde hace tan solo dos días no van a nadar desnudas juntas, por mucha historia que compartieran en una vida pasada.
Echa la cabeza hacia atrás en el agua, flotando en el centro del estanque.
La sauna era ya demasiado para él. Seokga no soporta el calor.
Odia el verano y apenas tolera la primavera.
Solo le gusta el frío, y su cuerpo se rebela cuando lo somete a un calor excesivo.
Es un ser frío, una estatua de hielo, un dios helado que se marchita a la luz del sol.
Salvo cuando está con ella. Con Hani.
«Te juro por Hwanung, dios de las leyes y las promesas cumplidas, que el sol volverá a brillar sobre nosotros».
Seokga deja que el agua le cubra el cuerpo y que la piel desnuda se empape de su frialdad. Cuando asoma de nuevo a la superficie y sacude la cabeza como un perro, alguien contiene el aliento.
Parpadeando para apartar las gotitas de agua de las pestañas, la visión borrosa de Seokga se aclara y le muestra a Kisa, que vacila junto a la puerta. La joven está mirando la pila de ropa arrugada del dios.
La sorpresa lo estremece. No se le había pasado por la cabeza que aceptara su invitación.
Antes solo estaba tomándole el pelo, convencido de que Kisa preferiría perecer antes que bañarse con él…
Pero aquí está. Algo le revolotea en el pecho y Seokga recuerda (como siempre hace cuando está con ella) que él sí tiene un corazón. El gwisin lo ha sorprendido.
Yu Kisa puede ser espontánea .
Quizá ella también necesite… enfriarse, como ha dicho antes.
No niega que eso le agrada, aunque sigue desconcertándole lo que la joven estaba pensando en el spa, exactamente.
«La maravillosa caricia de su lengua», nada menos.
La idea le ha inspirado otras a él. Sí, a Seokga se le da muy bien usar la lengua cuando quiere.
—Eeeh… —susurra ella, metiéndose un rizo detrás de la oreja—. Hola.
—Buenas —responde él, caminando por el agua. «Buenas». ¿Cuándo, en toda su vida inmortal, ha dicho él «buenas»? Qué vergüenza. Qué humillación. Es absurdo.
Aun así, aguantará todo eso por ella.
Kisa cambia el peso del cuerpo de un pie al otro, nerviosa, como si no supiera qué está haciendo ahí.
«Debería… aplastar… qué… estoy… debería… irme…».
—No tienes que entrar, si no quieres —le dice Seokga con ternura, deseando más que nada en el mundo tranquilizarla, deseando que se quede.
—Lo sé —responde, pero vacila, y él no puede dejar de mirarle los rizos salvajes, sin duda por culpa de la humedad de la sauna. La frente de Kisa brilla de sudor mientras sigue cambiando el peso de un pie a otro—. ¿Está fresca?
—Hum —responde Seokga sin comprometerse, antes de esbozar una sonrisa malvada y mover el brazo para enviar un arco de agua helada hacia Kisa.
Ella balbucea cuando el agua la empapa y, con el rabillo del ojo, Seokga está casi seguro de haber visto al hilo rojo formar de nuevo la expresión « JA , JA , JA ».
—Está… helada… —jadea Kisa, aunque se ríe.
—Está buena —le promete él, y ve que la chica vacila cuando mira el cartelito de la pared de la cueva en el que pone: nada de tela en el agua, por favor .
Tras un momento de meditación profunda en el que Seokga se queda prendado de cómo ladea la cabeza y se rasca la mejilla, Kisa respira hondo y dice—: Date la vuelta.
Seokga se vuelve tan deprisa que casi hace una pirueta.
Nunca se ha alegrado tanto de conocer a alguien que cumple las normas tan al pie de la letra.
¿Va a meterse? El corazón le martillea en el pecho como si fuera un adolescente enamorado.
Oye el susurro de la ropa al caer al suelo y, a continuación, un chapoteo.
El agua de la cueva está turbia porque debe de llevar toneladas de minerales, sales y lo que sea que aporta esa fragancia como a limpio, a jabón.
Ninguno de los dos verá nada del otro que esté por debajo de la superficie, pero la sangre se le altera de todos modos al saber que Kisa está tan desnuda como él bajo el agua fría.
—Vale —dice ella en voz baja, y Seokga se vuelve.
Si de repente tiembla, es por culpa del frío.
«No puedo creerme… que… esté haciendo… qué… me pasa…».
Está apoyada en la pared rocosa del estanque, a una distancia prudencial de Seokga, con el agua cubriéndola hasta el cuello. Cierra los ojos poco a poco.
—Tienes razón, está buena —murmura a regañadientes.
«Qué estoy haciendo… qué estoy haciendo… qué… estoy… haciendo…».
La mirada de Seokga se queda clavada en la curva expuesta de su cuello, y le flaquean las rodillas.
Aparta la vista a toda prisa, finge una sonrisa relajada (en vez de poner cara de loco de amor) e intenta no pensar en recorrerle la piel con los labios, ni preguntarse si Kisa se estremecería al sentir sus delicados besos…
Kisa abre los ojos y pone cara de fastidio.
—Tienes cara de estar muy contento de haberme conocido —le informa.
Él intenta cambiar de nuevo de expresión para ser un poco más… sutil. Kisa resopla por la nariz y se aparta de la pared para caminar por el agua.
—Qué obvio eres —murmura.
—¿Qué?
—Nada —responde ella, con ojos chispeantes.
Su cabello es una preciosa nube castaña en el agua cuando se acerca a él y vuelve a retroceder un instante después, lo que le recuerda a una marea suave.
Esos ojos brillantes…
—¿En qué estabas pensando? —le pregunta en voz baja, arqueando una ceja y fingiendo que el corazón no se le ha acelerado de tal forma que parece dispuesto a liberarse de la caja torácica para caérsele del pecho—. En la zona seca.
Seokga espera que responda con una gran confesión romántica. Que reconozca estar prendada por completo de él y sentir una enorme curiosidad por lo que es capaz de hacer con la lengua. Entonces le dirá que estaría encantado de demostrárselo, y ella se enamorará de él, y…
Kisa hace una mueca.
—A veces, cuando… —masculla—. A veces recito pasajes en mi cabeza. El hilo —añade, lanzándole una mirada feroz a su meñique, con el nudo rojo— decidió permitirte escuchar, supongo. En realidad tiene un sentido del humor pésimo…
—Ah —responde Seokga, decepcionado hasta decir basta. Entonces frunce el ceño—. ¿Qué clase de libros estás leyendo , Kisa?
—De los buenos —responde al cabo de una pausa larga, poniéndose muy azul—. De los… muy buenos. Sobre muchas… cosas. De distintos tipos de… cosas.
Él sonríe.
—Ya veo. O, mejor dicho, ya oigo .
Pero su respuesta llega un instante más tarde de la cuenta, porque ha titubeado.
Un recuerdo vívido le ha cruzado la mente de golpe: una estantería abarrotada en un piso de Nueva Sinsi.
Una gumiho sonriente se ofrecía a prestarle uno de sus absurdos títulos.
Algo sobre un pirata. ¿O era un escocés? ¿O ambas cosas?
Puede que Kisa lo sepa. Al parecer, la pasión por los libros picantes se ha conservado de una vida a la otra.
Nota un calor que se le extiende por el pecho, y una felicidad amarilla fluye por el hilo.
Antes de que Kisa pueda mirarlo, desconcertada, él echa la cabeza atrás y contempla las estalactitas.
Le vacila la alegría. La última vez que estuvo en una cueva fue para encerrar a su padre.
Apostaría lo que fuera a que Mireuk también está contemplando unas estalactitas en estos momentos.
Lleva miles de vidas bajo el paso del Dios Atado, en este mismo río.
Este crucero es lo más cerca que ha estado de su padre en siglos.
—¿En qué estás pensando? —le pregunta Kisa en voz baja.
A él casi se le para el corazón en el pecho.
El embaucador está tan sorprendido de que Kisa haya usado el banmal, la lengua informal (por dentro, suelta un grito triunfal y levanta un puño en el aire), que ni siquiera se entera de lo que ha dicho hasta que se lo repite. En banmal. Banmal .
—Seokga —insiste.
—Em —dice él, físicamente incapaz de acceder a nada parecido a un lenguaje elocuente en estos momentos. El corazón ha reanudado sus latidos, pero con tanta violencia que se pregunta si estará a punto de sufrir un paro cardiaco—. Hum.
La preocupación de Kisa sale volando por su vínculo.
«¿Porque… he usado… banmal?… ¿No… debería?… Creía… porque… estamos… desnudos… que…».
—No —dice como puede Seokga, intentando avanzar por el agua sin parecer un pez moribundo—. Usa el banmal. Por favor .
A la porra su «aplastamiento». Intenta reprimir un grito de triunfo.
—Nada de… esto —dice ella gesticulando vagamente hacia el hilo, de modo que uno de sus esbeltos brazos sale del agua y hace que a Seokga se le quede la boca seca de un modo muy patético— significa que no podamos ser… amigos. ¿Te gustaría? Quiero decir, ¿podemos hacer eso? ¿Solo amigos?
Amigos. El corazón se le rompe en mil pedazos y se recompone al instante.
—Solo amigos —repite, aunque su voz es poco más que un graznido ronco.
—Eso me gustaría. Ser tu amiga. —Su sonrisa es como una tímida luna menguante asomada entre las nubes—. Ahora, ¿me cuentas en qué estabas pensando? Siento curiosidad, por la forma en la que mirabas el techo.
«Tranquilízate», se dice él, aunque empieza a creer que de verdad sufre un paro cardiaco.
—Ahora el hilo rojo me está guardando el secreto, ¿no? —pregunta, fracasando estrepitosamente en su intento de sonar encantador y despreocupado.
Kisa se encoge de hombros y sonríe.
—Eso parece.
—Solo estaba… Estaba recordando a mi padre.
Seokga se endereza en el agua y sacude la cabeza, salpicando a Kisa; es una forma rápida de cambiar de tema.
Por la chispa de astucia que asoma a los ojos de la joven, es consciente de que Kisa sabe bien lo que pretende, pero le sigue el juego de todos modos.
Echa la cabeza atrás y la vuelve a levantar con entusiasmo, sacudiéndose el agua de los largos rizos empapados.
Seokga levanta las manos para protegerse del ataque y acaba riéndose.
—Vale —reconoce a regañadientes—, tú y tu melena habéis ganado.
Aborrece perder, pero, con ella, no le importa.
Ella esboza una sonrisa de satisfacción, aunque, un instante después, se estremece. Cuando saca de nuevo un brazo del agua, él ve que tiene la piel de gallina.
De nuevo es como si fuera un caballero del siglo xvi o algo así. No se le ocurre ninguna otra razón para que la simple aparición de un brazo y un cuello desnudos tenga semejante efecto en él.
—Creo que tengo que salir —dice Kisa, levantando la vista para mirarlo, mientras le castañetean los dientes. ¿Cuándo se han acercado tanto?—. No comprendo cómo puedes estar tanto tiempo metido en esta agua. ¿No tienes la piel de gallina por ninguna parte?
—Por muchas partes —responde Seokga, dirigiéndose al extremo menos profundo, donde se yergue y camina hasta que el agua solo le llega a la parte baja de la espalda—.
La tengo aquí detrás —dice, aunque, por supuesto, no es ese el motivo por el que tensa los músculos de la espalda con tremenda concentración.
Le agrada mucho sentir el agua deslizándosele por el cuerpo (seguro que mejora el efecto del conjunto) y le agrada mucho más notar que ella lo mira. La piel de gallina se multiplica en ese momento, sobre todo cuando la mirada de Kisa parece bajar más.
—Bueno… —susurra ella, y después tose—. Claro. Sí. Has demostrado que me equivocaba… Buen trabajo.
«No puedo parar… de mirar… está…».
Una emoción peculiar viaja por el hilo rojo. Casi parece…
Se oye un chapoteo fuerte y repentino.
Al volverse, Seokga ve que Kisa se ha sumergido por completo en el agua fría.