El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 19. Kisa #5
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19. Kisa #5

—Dios mío —dijo Finlay con voz ronca mientras ella se arqueaba contra su cuerpo, desesperada por sucumbir a él por completo—. No sabes cuánto tiempo llevo esperando esto, muchacha. Soñando con esto.

Ella reprimió un gemido cuando sus manos callosas le rodearon el trasero y su barba incipiente le rozó el interior del muslo.

—Por favor —suplicó Elsie, sin apenas importarle lo desvergonzadamente lasciva que sonaba—. Te necesito.

Los ojos verde oscuro de Finlay buscaron los suyos. Una sonrisa temeraria asomó a esos labios tan pecaminosos.

—¿Sí? —preguntó con voz profunda el capitán del Escocés Alegre—. ¿Hasta qué punto? ¿Me lo vas a enseñar, cariño?

Un jadeo ahogado brota de los labios de Elsie cuando los de Finlay se posan sobre su punto más ardiente. La maravillosa caricia de su lengua, los ruidos carnales…

Kisa retrocede de un salto como si pudiera escapar de sus propios pensamientos y se sofoca de tal modo que le asoman lágrimas a los ojos.

Eso… eso no era ni de lejos el capítulo catorce de Anatomía completa de las especies de Iseung .

No, ese era el capítulo catorce de otro libro, sí, un libro pero que muy distinto: el fragmento de Secuestrada por el rey pirata escocés viajero del tiempo que había ojeado esa misma mañana.

Es apenas consciente de la alarma de Seokga cuando recupera el aliento y, por fin, logra respirar hondo. Convencida de que su cara tiene un tono azul ofensivo, la oculta entre las manos y contempla la oscuridad que le proporcionan los dedos temblorosos.

Su primer pensamiento coherente: «Bueno. Qué vergüenza, por favor».

El segundo: «El capitán Finlay tiene los ojos del mismo color que los de Seokga».

El tercero: «Me pregunto cómo sería…».

No. Aplasta. Aplasta …

Ahora, Kisa está segura de que tiene el rostro de color azul marino. Maravilloso.

«Qué… coño…».

—Kisa, estás… —dice Seokga.

—Sí —responde con voz ronca—. Estoy bastante bien, gracias.

—Vale —oye decir al dios, despacio, como si saborease este instante tan confuso (pero, al parecer, divertido). Horrible. Es un tipo horrible—. Es que… he oído unas cosas muy interesantes a través del hilo.

No basta con que se la trague la tierra. Kisa desearía que la borrasen del todo de la existencia. Deja caer las manos en el regazo y mira a Seokga con absoluto horror. El dios parece perplejo en grado sumo y preocupado en su justa medida, pero, a la vez, tiene cara de disfrutar con la situación.

No puede culparlo.

Ah, sí, Kisa ha perdido por completo los papeles.

—No tengo ni la más remota idea de a qué te refieres —intenta decir con una dignidad arrogante que en estos momentos no posee.

El dios sonríe un poco. Puede que incluso esté intentando evitarlo para no herir sus sentimientos, pero fracasa estrepitosamente.

—¿Qué era eso de «La maravillosa caricia de su lengua»?

«Porras».

—Em…

A Kisa no se le ocurre nada más que decir. Teme parecer una vaca rumiando, porque los labios se le mueven sin emitir sonido alguno.

Seokga ladea la cabeza.

—Ya. Bueno. Me voy a la zona de hidroterapia para… refrescarme. No te iría mal acompañarme —dice, y esboza una deliberada media sonrisa que, de algún modo, consigue tanto enardecerla como aturdirla.

—Hum… —logra mascullar, con el rostro ardiendo—. Tenemos que resolver un misterio, así que deberíamos volver…

Seokga vuelve la vista atrás, sonriente, antes de salir de la sauna.

—No tardaremos mucho.

Kisa se queda pegada al asiento.

Y el embaucador le guiña un ojo. Le guiña un ojo. Por desgracia, Kisa siente que va a seguir el ejemplo de Elsie y desmayarse.

—Estaré en uno de los baños privados —se despide Seokga.

Cuando desaparece, ella se queda allí sentada, en la sauna, debatiendo consigo misma durante casi cinco minutos. No debería. De verdad que no. No hay ninguna razón para que lo haga. Debería volver corriendo a su camarote y tragarse su humillación.

No obstante, ella le ha contado… lo de su sueño. No se lo había contado nunca a nadie… Y Seokga la ha escuchado. Le ha tomado un poco el pelo, sí, pero con… cariño. Y a ella le ha gustado.

Sin darse cuenta, se lleva la mano al pecho, donde un dolor intenso, un anhelo, se ha instalado desde la salida de Seokga de la sauna.

Puede que todo este experimento de… aplastar sea un error.

Sí, un… un tropiezo científico. Quizá tenga que descubrir otra cosa.

Al fin y al cabo, está experimentando el hilo rojo del destino.

Reprimir sus sentimientos no ayuda en nada a comprender un fenómeno tan inusual, ya que el mismo acto de reprimir sus impulsos no conduce en absoluto a…

a lo que pretendía hacer desde el principio: investigar el hilo rojo…

y todos sus efectos. No, el aplastamiento la frena.

La lleva a recitar obscenidades a través de su vínculo; obscenidades , nada menos…

«Diviértete con él mientras esperas a reencarnarte. Lo necesitas, y creo que te gustaría…».

«Es por el bien de la ciencia —se dice Kisa al salir de la sauna para seguir el hilo hacia Seokga—. Por la ciencia».

No hay ni un pedacito de ella que no sepa que se está mintiendo.