El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 19. Kisa #4
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19. Kisa #4

—¿Que por qué? —medio ruge, tomándola por sorpresa—.

Porque todo el panteón sabía que te estaba buscando, Kisa.

Que me estaba dejando la vida recorriendo la tierra en busca de un hombre o una mujer con tus ojos.

Rasgados y de color castaño rojizo, con esas pestañas…

Los ojos de Hani. Y está claro que Samsin Halmoni lo sabía…

y no me lo dijo. Todo este tiempo estabas a mi alcance. Pero no llegué hasta ti antes de que…

—Muriera —lo ayuda a concluir.

—Sí —responde él, dando un respingo.

Kisa intenta no pensar en aquella noche, pero se le eriza el vello de la nuca y no puede evitar girarse. Detrás de ella no hay nada más que la pared de madera.

«Hajun… dijo… más en común… que…».

—Esa noche —dice Seokga con cuidado—, cuando caíste…

—No quiero entrar en más detalles al respecto —contesta ella automáticamente y, cuando su mente amenaza con volver allí, al momento anterior a su caída, cuando todo de repente le parecía tan aterrador y desesperado, se aparta—. Samsin Halmoni es una diosa buena. Quizá no lo supiera.

—Lo sabía —escupe el embaucador, y Kisa no puede evitar preguntarse si de verdad es así.

Solo había visto a Samsin Halmoni unas cuantas veces, pero, en todas ellas, la diosa había hecho algún comentario sobre sus ojos.

«Qué color más bonito», ronroneaba, y ahora Kisa siente la puñalada de la traición al recordarlo, junto con una punzada de pena por Seokga.

Tantos años intentando encontrarla, para nada.

¿Por qué? ¿Le guarda rencor por algo?

—Samsin Halmoni me desprecia —sigue diciendo él—. Siempre ha sido así. Es una de las deidades que nunca me perdonó por dar el golpe y no quiere verme feliz, nunca. Cuando regrese a Okhwang… —Deja la frase en el aire—. Ni siquiera sé si va a recibir algún castigo. Sin Hwanin, estoy…

«Solo…».

A Kisa se le forma un nudo en la garganta. Seokga niega con la cabeza y evita mirarla a los ojos.

—Dime algo, Kisa —dice de repente, desesperado—, ¿qué querías?

—¿Qué? —pregunta ella, parpadeando, sorprendida.

—¿Qué querías? De la vida.

Ah. Kisa se muerde el labio inferior. Es una pregunta íntima, pero, curiosamente, se siente cómoda contestándola.

—Quería mucho —responde con sinceridad—. Y lo conseguí casi todo.

Reconocimiento, premios, un mundo de conocimiento almacenado en su mente, a salvo…

—¿Hay algo que no? Que no consiguieras, me refiero.

Seokga parece vulnerable al volver a mirarla a los ojos. Eso hace que parezca más joven, piensa ella. Mucho más que todos sus años de inmortalidad.

—Pues había… había una cosa, sí. —Da una patadita en el suelo de sal, cohibida de repente—. Un sueño mío, supongo, aunque imposible.

Vacila porque una parte de ella teme que Seokga considere que su sueño no es suficiente , de algún modo.

—Dime —murmura.

Kisa traga saliva, nerviosa. Nunca se lo ha contado a nadie. Su sueño secreto, sobre el que fantaseaba mientras yacía en la cama, mirando el techo.

—La biblioteca de Okhwang —susurra, y sabe que, ahora que le ha contado su secreto, significa algo. Que algo quizá… cambie. Supone que debería estar aterrada, pero, curiosamente, no es así.

Seokga arquea las cejas, pero no porque le haga gracia su secreto, como ella temía. Animada por la falta de desdén en los bellos rasgos del dios, Kisa sigue hablando.

—Para los chamanes, la Biblioteca Celestial es algo así como la Biblioteca de Alejandría.

Pasillos llenos de conocimientos ocultos, el secreto de…

todo . Sé que nadie más que los dioses tiene permiso para recorrer sus salas, pero eso no ha evitado nunca que lo desee…

—Deja la frase en el aire, temiendo haber perdido su interés, pero Seokga la estudia con intensidad, la escucha de veras, de un modo que nunca hicieron ni sus familiares ni sus conocidos de la universidad.

Podría pasarse horas hablando de la Biblioteca Celestial, y si Seokga no la detiene pronto, quizá lo haga—.

Antes soñaba con eso. Con los libros que tendría. Con lo bella que debe de ser…

—He estado en la Biblioteca Celestial —dice él, y Kisa se inclina hacia delante, deseando saber más—.

Es polvorienta y fría. —Lo dice con tal indiferencia que Kisa está a punto de caerse del banco—.

Da bastante repelús, la verdad. Los bibliotecarios dimitieron hace algunos siglos, así que encontrar un libro en ese desbarajuste es de todo punto imposible .

—Dime que es mentira, por favor —consigue responder Kisa.

—Me temo que no. —Esboza una sonrisita.

¿Cómo puede la gran biblioteca de Okhwang ser un lugar polvoriento, frío y… desordenado ? ¿Cómo puede dar por sentado el panteón algo tan maravilloso?

—No. De ninguna manera. Me niego a creerlo.

—En la Biblioteca Celestial hay murciélagos —sigue diciendo él, y ella sabe que es para provocarla, pero cae en la trampa de todos modos—. Murciélagos y polillas…

—¡Eso es un sacrilegio ! —exclama, porque es aún peor que el estado lamentable del libro romántico que le dio Somi, que en esos momentos está en su taquilla del spa, deseando que lo lea.

Kisa cierra los puños—. ¡Debería ser reluciente y majestuosa y…

usar el sistema de clasificación decimal de Dewey!

Esos libros son tesoros de valor incalculable , y guardan los secretos del universo y de todo lo que hay en él…

—Estás preciosa cuando te enfadas —la interrumpe Seokga, y la sorpresa del dios sale volando por el hilo rojo, como si, en realidad, no hubiera pretendido decirlo.

Kisa se ruboriza y nota un aleteo peculiar en el corazón.

Si la hubiera encontrado antes… Antes del hilo rojo, antes de morir… ¿Qué habrían sido?

—Gracias —masculla, azorada.

Seokga sonríe, bastante satisfecho de sí mismo. Está ya muy sudoroso, se fija ella, y la piel de color beis dorado le brilla. El calor de la sauna es la única razón por la que se le seca la boca cuando Seokga se tira de la fina tela de la camisa, que está mojada.

—Empiezo a pensar que me has traído aquí para castigarme —dice él, entre jadeante y acusador.

—Ah, sí, se me ocurrió que la rabia se te iría con el sudor —responde Kisa, que tiene la vista clavada en la clavícula del dios—. ¿Funciona?

—Demasiado bien —responde él, que se levanta para quitarse la camisa.

A Kisa casi se le salen los ojos de las órbitas al verle el pecho: los firmes pectorales y los músculos bien torneados del torso, la uve marcada justo debajo de las caderas.

Unas perlitas de sudor le brillan en la piel y, de repente, siente el demencial impulso de lamérselas.

¿De dónde… de dónde demonios ha salido esa idea?

Y todavía le está mirando el pecho. ¿Qué le pasa?

«Compórtate», se dice. Después se muerde el labio inferior mientras busca el modo de reprimir y aplastar esos deseos tan absurdos.

Desesperada, repasa su archivo mental hasta dar con el capítulo catorce de Anatomía completa de las especies de Iseung , ya que recuerda que el volumen aburría hasta a las piedras…

Su acento escocés zahería la piel desnuda de Elsie como un látigo de fuego.