19. Kisa #3
Recita mentalmente aburridos pasajes de libros de texto mientras lo guía hacia el interior del spa.
El suelo de mármol da paso a otro de madera, más cálido, y el techo sube para dejar espacio a los distintos niveles y las escaleras de madera que conducen hasta ellos.
En esta primera zona comunitaria, más grande, borbotean suavemente unos pequeños estanques de agua rodeados de plantas decorativas.
Cerca de uno de los pequeños estanques hay una estructura blanca, parecida a una cebolla muy grande de piedra.
Kisa corre hacia ella, seguida de Seokga.
Las zonas de hidroterapia estarán más adentro: esto no es más que una simple sauna y, cuando se mete dentro, le agrada comprobar que está vacía, salvo por ellos.
Los pies se le hunden en la sal apilada en el suelo cuando se dirige a un banco de madera.
Seokga se sienta frente a ella y apoya la cabeza en la pared, que suda un poco.
«Pues sí que hace calor aquí dentro», piensa Kisa, procurando no mirar la columna fuerte y expuesta del cuello del dios.
Se recoge los rizos en un moño alto y deja que su propio cuello respire.
Durante un rato, tanto dios como gwisin guardan silencio. Seokga ha cerrado los ojos y los hombros, antes tensos, están relajados.
Cuando habla, Kisa está a punto de dar un respingo (por razones completamente desconocidas para ella, estaba observando una perlita de sudor que se deslizaba por el cuello del dios, camino de la clavícula).
—Esto es… muy agradable —dice él, abriendo los ojos justo cuando Kisa aparta los suyos—. Gracias.
Ella sonríe y se abanica. De verdad que hace muchísimo calor.
—¿Acaso se te ha pasado un poquito el instinto asesino?
—Quizá —responde él, esbozando una sonrisa torcida y casi somnolienta.
—Entonces, misión cumplida —dice ella, llevándose las rodillas al pecho mientras levanta la mano para examinar el hijo rojo atado a su meñique. Entorna los ojos cuando el hilo tiembla, como si se riera, y forma unos corazoncitos—. ¡Lo está haciendo otra vez!
—¿Hummm? —pregunta el dios, al que se le caen los párpados.
—El hilo… —Kisa suspira, exasperada, al ver que se alisa de nuevo y se pone a flotar con inocencia. «¿Quién? ¿Yo?», escribe en el aire. Ella lo mira con rabia. No puede ser una alucinación, ¿no?—. Da igual.
Seokga parpadea unas cuantas veces.
—¿Por qué no querías entrar en la zona de hidroterapia? —pregunta, y a Kisa se le enciende toda la cara.
—Bueno…, esa zona… —empieza, buscando las palabras adecuadas, pero su vergüenza se convierte en frustración al verle reprimir una sonrisita—. ¿En serio? Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé —responde él, y ella lo fulmina con la mirada—. Solo quería verte sufrir.
—Eres lo peor —masculla Kisa y, de repente, un relámpago amarillo sale disparado del otro extremo del hilo hacia ella. La felicidad de Seokga es radiante y satisfecha. Kisa arquea las cejas en su dirección y él hace una mueca.
—No sé por qué ha pasado eso —dice, mirando mal al hilo.
«Feliz… bromea… como… amigos».
Kisa arquea de nuevo una ceja, y ahora le toca a Seokga ruborizarse.
El embaucador inmortal… ruborizado . La joven reprime una sonrisa y lo observa darle un manotazo al hilo insustancial, aunque casi con aire juguetón.
Incapaz de contenerse más, se le escapa un gruñido antes de llevarse las manos a la cara, muerta de vergüenza.
Seokga la mira, boquiabierto.
—¿Has sido tú ?
—No —le asegura ella, intentando reprimir otro sonido tan poco digno como el primero—. Tiene que haber un cerdo por el spa… Aporta valor a la experiencia, ya sabes…
Aunque no se lo esperaba, le encanta ver que el embaucador se parte de risa.
—Por las tetas de Hwanung —dice entre resuellos, secándose los rabillos del ojo, en los que se ha formado un hilito plateado—. Creía que te reirías como ella, pero eso… Eso ha sido único…
A Kisa le flaquea la sonrisa. «Creía que te reirías como ella».
Mientras intenta ignorar la inexplicable sensación de sentirse inadecuada, el hilo rojo del destino la traiciona vilmente y le envía un rayo verde a Seokga.
Su envidia. La ve fundirse con el dedo del dios, que deja de reírse, e intenta no sentirse avergonzada al ver que la mira con preocupación.
«No debería… haberla comparado… con Hani… parece muy… afectada… mierda… Jang dijo… teoría…».
—Estoy bien —consigue decir Kisa, mirando el suelo de sal—. Era de esperar, la verdad.
Odia esta envidia y le gustaría que el sentimiento fuera tan ridículo como suena: celosa de sí misma en una vida anterior.
Pero sabe qué conclusión saca de la pregunta del barco de Teseo.
Y, a pesar de esta nueva sensación de familiaridad amistosa cuando está con Seokga, ella no es Hani, no es una gumiho asesina que roba cajeros.
Si él se enamoró de alguien así, ¿qué debe de pensar ahora de ella?
En la cuestión de naturaleza frente a crianza, la crianza ha ganado.
Sabe que el dios se sentiría decepcionado.
Ni siquiera debería importarle. No le importa.
—Kisa —dice Seokga, incómodo. El príncipe divino se siente torpe en su presencia. La reconforta verlo balbucear cuando es tan frío y rápido al dirigirse a cualquier otra persona—. Lo siento. No quería decir…
—No pasa nada —responde ella deprisa; demasiado deprisa.
La desdicha asoma un instante al rostro de Seokga, pero desaparece a toda velocidad—.
En serio. Lo entiendo. No soy ella. La has buscado durante mucho tiempo, y yo no soy…
ella. —Con dedos ligeramente temblorosos, se quita de la cara un mechón de pelo suelto—. Supongo que eso también lo siento.
No había pretendido decirlo y casi desea no haberlo hecho.
—No te disculpes… —empieza a decir Seokga, abriendo mucho los ojos, alarmado.
Kisa odia esta conversación. La aborrece. Se aborrece por su envidia, por haberle mirado el cuello, por haber pensado antes en su culo . Ha llegado el momento de cambiar de tema, y deprisa.
—Deberíamos elaborar una estrategia —lo interrumpe—, ahora que sabemos que Korain y Chaeyeon son, bueno, no del todo inocentes, pero al menos inocentes del asesinato… Hay mucho que hacer.
A Seokga le tiembla la mandíbula de un modo que le deja claro que no ha terminado con la conversación anterior, pero se pasa una mano por la cara.
—Mierda —masculla.
—Las cámaras no grabaron a ningún testigo en el pasillo I-95, ni tampoco cerca del hueco de la escalera, pero quizá alguien oyera algo. Si hubiera algún modo de husmear con sutileza… ¿Seokga? —El dios se ha dejado caer contra la pared y, por primera vez, Kisa se fija en sus ojeras—. ¿Estás…?
—Estoy agotado —responde con voz ronca—.
Hwanin me ha mantenido despierto toda la noche con sus llantos.
No sabía cómo calmarlo. No dejaba de pensar que el asesino se había colado en la habitación.
Apenas he dormido. No sé cómo voy a sobrevivir a esta noche, y mucho menos a cinco días más así.
—Ella lo mira, cada vez más preocupada, mientras él se da cabezazos suaves contra la pared—. Estoy cansado, Kisa. Muy cansado.
Un gris oscuro se arrastra por el hilo y Kisa está a punto de caerse al sentir su agotamiento.
Que, en muchos sentidos, es bastante parecido al de ella.
Quizá sea eso lo que la impulsa a lanzar la propuesta, o quizá sea porque lo ve hecho un trapo con el pijama del spa, y muy joven; no parece en absoluto un dios poderoso…
«Es una idea malísima —se dice—. Una idea malísima y pésima. No te atrevas a decírselo. No te va a ayudar nada en lo de aplastar y reprimir tus sentimientos. ¿Por qué estás abriendo la boca? No lo digas…».
—Podría ayudarte —murmura, vacilante—. Con… Hwanin. Por la noche.
Seokga se queda mirándola. ¿En serio? «¿Qué ha pasado con tu autodominio, Kisa?». Ha salido volando por la ventana, está claro.
Cierra la boca de golpe, pero no se siente culpable, ni siquiera cuando su parte más lógica gruñe de frustración y se lleva las manos a la cabeza.
El dios sigue boquiabierto.
Quizá sea necesario explicarle de forma meramente objetiva su ofrecimiento (aunque está bastante segura de que su razonamiento no está motivado ni por sus queridos hechos ni por la lógica). Así que se apresura a decir:
—Era una de las chamanas de Samsin Halmoni, ¿recuerdas? Era doctora en la UMM , la Unidad de Maternidad Mágica. Puedo ayudarte con Hwanin por la noche… Enseñarte qué hacer, cómo saber lo que necesita…
Al oírla mencionar a su diosa pone una mueca y, de nuevo, ella se pregunta qué tendrá en su contra. Pero entonces la expresión desaparece de su rostro y arquea de golpe las cejas.
—¿Te das cuenta de que eso supondría quedarte…? —pregunta, despacio.
—Toda la noche. Sí. —Su-min pedirá su cabeza si se entera, pero a Kisa (Kisa, la que siempre cumple las normas; Kisa, la que siempre obedece a la autoridad) le da igual.
Aunque está claro que es muy poco propio de ella, decide no pararse demasiado a pensar en el porqué.
Puede que fuera eso lo que quiso decir Hajun al intentar, con mucha moral, explicarle el concepto de «diversión».
Puede que la diversión sea inofensiva. La diversión está bien.
Es una parada temporal en su camino hacia el DROV , por supuesto—.
Si eso te ayuda a descansar un poco, sobre todo en medio de esta investigación, te aseguro que no me importa.
Seokga traga saliva.
—Sí —responde, antes de que una ráfaga de vergüenza morada salga disparada por el vínculo—. Quiero decir —añade un instante después, más despacio (como intentando con todas sus fuerzas sonar muy digno)— que eso me… ayudaría. Sí. Ayudaría.
Kisa aprieta los labios para que no se le estiren en una sonrisa completamente innecesaria.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Lo que quieras —responde él, que también parece reprimir una sonrisa.
—Todavía no he averiguado por qué odias a Samsin Halmoni —reconoce—. Mi diosa. —Como esperaba, se le ensombrece el rostro al oír su nombre—. ¿Por qué, Seokga?