19. Kisa #2
Aquí, en la Cotilleos Divinos , hemos recibido información muy íntima sobre el ESPECTACULAR HWANIN . Una advertencia para los lectores: ¡Se viene una exclusiva muy picante !
Si hay una pregunta que ha obsesionado a los fans del panteón desde hace siglos, es la de qué tipo de calzoncillos usa el bello emperador…
Y, gracias a una fuente anónima, ¡hemos obtenido la respuesta!
Bajo esos majestuosos hanboks, los genitales de la divina realeza suelen lucir (redoble de tambores, por favor)… ¡slips!
En concreto, los 1996 Micro Hip Briefs de Calvin Klein en blanco, talla M. «No usa más ropa interior que esa», nos confirma nuestra fuente, aunque se apresura a añadir que también cuenta con un par de pantalones de pijama de los sedosos.
¡Resuelto queda este misterio centenario!
Ahora, lo único que cabe preguntarse es: ¿qué prefiere el SEXY SEOKGA ?
Aquí, en la Cotilleos Divinos , algo nos dice que sus preferencias tienden más hacia los bóxer (en concreto, los de Lacoste, talla M, en color negro o verde oscuro), pero ¡el seductor dios del engaño siempre se guarda un par de sorpresas en la manga!
Hagan sus apuestas ahora, porque estamos seguros de que pronto obtendremos también la respuesta a esa pregunta.
—Saldrá mañana en la edición física —dice Somi, retrocediendo cuando Seokga le quita el móvil a Kisa y se queda mirando el texto, espantado.
Kisa está segura de que ella tiene más o menos la misma cara—.
«Quien manda» debe de ser alguien de la Cotilleos Divinos .
Puede que la persona a cargo de la redacción se ofreciera a interceder por ellos ante Yeomra si le conseguían la información.
—Como alguna vez descubra quién es esa persona —ruge Seokga—, le destrozaré la vida. Le prenderé fuego a su casa y a su oficina. La descuartizaré en cachitos pequeños muy despacio, para que sufra, y…
Somi esboza una sonrisa de superioridad.
—Espera. ¿No sabes quién dirige la Cotilleos Divinos ?
Seokga pone cara de haber chupado un limón.
— Evidentemente .
A la gumiho se le sacuden los hombros con una risa silenciosa. Seokga la mira con suspicacia.
—¿Quién…?
—Esto explica lo de la ropa interior —masculla Kisa, sintiéndose cada vez más derrotada, mientras vuelve al cuaderno y tacha lentamente a Chaeyeon y a Korain de la lista.
Le duele el pecho de la decepción. Por un momento se creía muy cerca de la victoria, de reencarnarse.
—Oye, Kisa, ¿estás bien? —le susurra Hajun.
Ella siente todo el peso de su mirada de preocupación e intenta controlarse.
Un misterio como este no se resuelve en un día y medio, se recuerda.
Y solo porque Chaeyeon y Korain no estén involucrados en el asesinato, no significa que Hwanung no haya enviado a un asesino. La única pregunta es: ¿a quién ?
Los pensamientos del dios rezuman ira.
«Entrometidos… Cotilleos Divinos … puta… ropa interior… mis bóxer… siguiente… por todos los demonios…».
—Toma el bebé —le dice el dios a Kisa, prácticamente empujándolo contra ella, antes de dar media vuelta y salir hecho una furia de la enfermería. La puerta se queda unos segundos batiendo para un lado y otro tras su violenta partida.
Kisa mira con aire nervioso la cabeza de Hwanin. Si la Cotilleos Divinos tiene soplones en el barco, el riesgo de que alguien informe sobre el asesinato de Hwanin crece exponencialmente.
—Bueno… Al menos ahora sabemos que debemos mantenernos alejados de Korain y Chaeyeon.
Somi pone una mueca.
—Es un poco tarde para eso —dice, no sin cierta ironía—. ¿Adónde crees que ha ido Seokga? Va a la caza de cierto haetae y cierta inmyeonjo. Casi siento pena por ellos.
Una palabrota muy poco propia de ella brota de los labios de Kisa, que empuja a Hwanin contra los brazos de Hajun como si fuera una patata caliente.
—¡Sujétalo tú! —exclama antes de salir corriendo detrás del dios, siguiendo el hilo rojo mientras el corazón se le acelera.
—¡Seokga! —lo llama en voz bastante alta cuando por fin alcanza al veloz embustero.
Lo ha perseguido hasta la cubierta 4, una planta muy concurrida, repleta de restaurantes y tiendas.
Es la que más se parece a un centro comercial, muchedumbre incluida.
Pisa por accidente docenas de pies en su intento por llegar hasta el dios y, cuando por fin lo alcanza (desesperada por no volver a perderlo de vista), le agarra la mano libre con la suya.
El corazón le da un vuelco (por la sorpresa, se dice, nada más que por la sorpresa) cuando se vuelve hacia ella.
El hilo rojo se arremolina en el aire con el movimiento, y Kisa está tan centrada en el roce del pulgar de Seokga en su piel que se le olvida absoluta y completamente lo del aplastamiento.
O quizá haya decidido olvidarlo.
Al mirarla con sus ojos llameantes, parece relajarse… y no le suelta la mano. Los dedos de Seokga, a pesar de su apariencia delicada, tienen callos. Es lo que pasa cuando dedicas tantos años a cazar criaturas rebeldes, supone Kisa.
—Kisa —dice, y le sale la voz más ronca de lo normal—, no intentes detenerme.
—Pero ¿qué es lo que piensas hacer ? —replica ella, irritada de repente, llevándose la mano libre a la cadera—.
De verdad que tenemos problemas más importantes que la revelación al público de las preferencias en ropa interior de tu hermano…
Y, justo porque ahora sabemos que esos dos trabajan para la Cotilleos Divinos , ¡tenemos que mantenernos alejados!
Si descubren… —Se interrumpe y lanza una mirada nerviosa a la abarrotada cubierta antes de bajar la voz—.
Si descubren… ya sabes qué …, las consecuencias podrían ser muy graves.
¡Imagínate si lo publicaran en toda la prensa amarilla!
El director ejecutivo se pondría furioso.
Seokga sugiere con mucha elocuencia qué puede hacer el director ejecutivo con un pez.
—Te digo desde ya que eso no es anatómicamente posible —responde ella con remilgo. Aprovechando que todavía va de la mano de Seokga, le pega un buen tirón—. Vamos. Tenemos que salir de aquí antes de que encuentres a Korain y a Chaeyeon y la líes.
A regañadientes, el dios permite que Kisa se lo lleve a rastras hasta la cubierta 8. Cuando mira con interés el pasillo que conduce al puente, donde podría estar Korain, la joven le aprieta más la mano a modo de advertencia.
—Ni se te ocurra —le advierte mientras oye sus pensamientos, que explican con todo lujo de detalles lo mucho que le gustaría abalanzarse sobre el haetae.
Seokga frunce el ceño.
Además, no se dirigen al puente, sino aquí .
Kisa empuja con delicadeza las puertas de cristal del spa y entra en la elegante y aromática sala de espera.
Se oye el tintineo del bastón de Seokga contra el frío suelo de mármol cuando pasan por debajo de una versión en miniatura de la gigantesca araña de luces de la cubierta 5 e inhalan la mezcla de aceites esenciales con toques de coco y vainilla.
La mujer que espera detrás del mostrador de recepción levanta la vista cuando los dos se acercan.
—¿En qué puedo ayudarlos? ¿Dos para hidroterapia? —pregunta mientras mete la mano debajo del mostrador y saca dos toallitas.
—Bueno… —Kisa se percata de que su plan no estaba muy pensado, que digamos.
Lo que ella quería era un sitio en el que calmar la ira de Seokga y hacerlo entrar en razón antes de que saboteara su objetivo.
Por un momento, se le había olvidado que los spas coreanos son bastante distintos de los occidentales.
Mientras que en un spa londinense te darían un albornoz mullidito, en los coreanos lo normal es que te tendieran una toalla diminuta que después te quitabas en las zonas de agua.
Sintiendo sobre ella la mirada curiosa de Seokga, a Kisa le arden las mejillas.
—Bueno, estooo… ¿Podríamos probar la zona seca, mejor?
Las zonas secas son comunitarias, mixtas y, lo más importante, hay que estar vestidos .
Estar vestidos es bastante importante.
Especialmente en el caso de Seokga. Por el bien de Kisa, es esencial que el dios permanezca con todas las prendas de ropa puestas .
—Claro —responde la mujer, y les cambia las toallas por dos camisas y dos pantalones que parecen suaves pijamas de color gris, junto con dos toallas pequeñas y unas llaves—. Las taquillas están justo al doblar la esquina —añade antes de volver a concentrarse en la pantalla del ordenador.
Kisa recoge la ropa, mientras que Seokga se encarga de las toallas y las llaves. Algo parecido a la risa irradia del vínculo entre ambos cuando dejan atrás la recepción y recorren un pasillito que conduce a dos vestuarios, uno para mujeres y otro para hombres.
—Bueno —dice Seokga mientras le da una llave y ella le pasa su ropa—, esto no me lo esperaba.
—Tienes que calmarte, y se me ocurrió que esto te ayudaría, nada más. —Le arden de nuevo las mejillas—. Solo vamos a hacer la parte seca. Me reuniré contigo aquí dentro de un momento.
Después se mete a toda prisa en el vestuario de mujeres y sacude la cabeza para aclarársela mientras se quita los zapatos y sustituye su uniforme de la enfermería por el del spa. Deja todo bien doblado en una taquilla de madera, usa la llave y se toma un momento para respirar sin más.
No le parece buena señal que la idea de ver desnudo a Seokga le haya afectado tanto.
Hace acopio de toda su concentración para no pensar en su culo.
Para lograrlo, intenta reunir todos esos pensamientos y embutirlos sin miramientos en el último rincón de su archivo mental.
Por desgracia, unos cuantos se cuelan por la rendija del cajón.
Kisa cierra los ojos y cuenta hasta diez. Después, veinte. Después, cuarenta y cuatro. Después, sesenta y siete.
Ya más serena (y con la esperanza de que el hilo rojo no haya transmitido esos pensamientos tan privados), se reúne con Seokga en el pasillo, notando el suelo frío bajo los pies. Qué raro le resulta verlo sin sus trajes de diseño negros… Es casi como encontrárselo desnudo. Siente la cara ardiendo.
«Para ya».