El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 19. Kisa
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19. Kisa

Kisa

L a culpa hace bullir la sangre de Kisa al entrar en la enfermería y ver al pequeño Kun-wu esperándola junto al mostrador, impaciente. La cabeza del crío de diez años apenas llega a la parte de arriba. Cuando Kisa se le acerca, el niño se abraza con fuerza a su osito de peluche.

—Doctora Yu —dice Kun-wu, sorbiéndose los mocos, y ella ve que un hilo de sangre azul le brota de algún punto bajo su revuelta mata de pelo—, estoy sangrando otra vez. ¿Puede ayudarme, por favor?

Ese es el problema de las restauraciones, piensa Kisa con tristeza mientras lleva a Kun-wu a una de las consultas y lo sienta en la camilla antes de correr a ponerse unos guantes de látex para dar inicio a su trabajo.

Dependiendo del nivel de trauma emocional experimentado por el paciente, las restauraciones curativas pueden deshacerse si el gwisin está muy angustiado.

Y Kun-wu, que murió en un horrible choque en cadena que afectó a siete coches, suele estar angustiado a menudo.

Durante las ocho semanas (y ocho cruceros) que lleva en el CRS Traspalmántico, Kisa ha tenido que restaurarlo seis veces.

Una pena que le resulta familiar le forma un nudo en la garganta.

Aunque el niño ya no tiene edad para ser uno de sus pequeños pacientes recién nacidos de la Unidad de Maternidad Mágica del hospital, siente que los antiguos remordimientos le revuelven el estómago.

Ojalá los poderes otorgados por Samsin Halmoni se hubieran extendido a madres y bebés humanos.

Ojalá hubiera podido salvar a más , ayudar a más …

Como a su propia madre. Sin embargo, ni siquiera la intervención de los chamanes de Samsin Halmoni por el lado de su padre bastaron para salvarla.

Le tiemblan las manos y, con los labios fruncidos, se obliga a dejar la mente en blanco y concentrarse en el minucioso trabajo de entretejer la carne.

Tarda casi una hora en reparar los puntos y, cuando por fin envía al tambaleante Kun-wu a comprar un cuenco de miyeok-guk en uno de los restaurantes del barco (por orden médica), está agotada y enfadada consigo misma.

El niño le ha dicho que no llevaba mucho tiempo esperándola, pero si Su-min no hubiera ido a buscarla, quién sabe qué le habría pasado al pequeño.

Si se le hubieran descosido todos los puntos, el pobre habría acabado reducido a un amasijo sangriento, lo que lo habría arrastrado de vuelta a la desesperación.

Se reprocha que Seokga la haya distraído tanto.

Nunca antes había tenido que conciliar la amistad con el trabajo; nunca había tenido a más de un conocido que encajar en sus responsabilidades del hospital.

Kisa se promete mejorar. Al salir del cuarto de baño, con las manos lavadas y oliendo al jabón de limón, se encuentra con Hajun y Somi.

Están apoyados en el mostrador, esperándola.

—Oye —le dice el chico al verle el ceño fruncido. Todavía está bebiéndose su boba—, ¿va todo bien?

—Kun-wu —explica Kisa, tremendamente cansada, a modo de explicación.

La pena es patente en el rostro del ídolo.

—¿Se le ha deshecho de nuevo la última restauración?

—Acababa de empezar a hacerlo —responde ella, restregándose la cara—. Aunque ahora está bien. Un poco atontado por el sedante, pero se le pasará en menos de una hora. Lo he enviado a por sopa. ¿Habéis descubierto dónde estaban Chaeyeon y Korain a la hora del asesinato?

—Pues, verás… —empieza Somi, pero hace una pausa—. ¿Dónde está el bebé?

—Aquí mismo. —El hilo rojo le da un tironcito del dedo, así que levanta la vista y se encuentra a Seokga entrando por la puerta, con Hwanin apoyado en la cadera.

Sorprendida, ve que el niño lleva el gorrito que a ella le encantaba y que Seokga había afirmado odiar sin ambages, junto con unas diminutas gafas de sol.

Seokga parece exhausto, mientras que Hwanin tiene una cara de satisfacción muy sospechosa.

Los ojos verdes del dios adulto se dirigen a ella y se ablandan—.

Kisa —dice—, ¿es normal que los bebés floten tres metros por encima del suelo?

Como para demostrarlo, Hwanin sonríe y empieza a elevarse, pero Seokga, presa del pánico, lo agarra por uno de sus pies regordetes.

—¿Ya está volando? —pregunta ella, abriendo mucho los ojos—. Vaya, eso es… ¡increíble!

El embaucador no parece demasiado contento.

—Los libros sobre la infancia de los dioses son escasos y cuentan con una información muy limitada, incluso para los chamanes de Samsin Halmoni —explica, intentando no excederse con su entusiasmo, pero fracasa estrepitosamente.

Casi tiembla de la emoción—. Es posible que la Biblioteca Celestial de Okhwang cuente con numerosos volúmenes, pero, bueno, nadie tiene permiso para usarla, salvo los miembros del panteón.

Así que se da por sentado , en general, que los poderes no aparecen hasta la primera infancia, a los tres o cuatro años, quizá, pero Hwanin no parece tener (según mis cálculos, claro) más de un año, a lo sumo.

En los semidioses, los poderes no hacen acto de presencia hasta los seis o siete años, y nunca he visto a un niño tan pequeño…

volar … Me pregunto si eso ha alterado de alguna manera su densidad o su centro de gravedad…

Se para en seco cuando un relámpago de intenso color violeta, mucho más chillón que el tono azul eléctrico de vergüenza de antes, sale disparado por el hilo.

Está caliente y afilado, como si cientos de agujitas le pincharan la piel.

Es pánico: el pánico y la preocupación de Seokga. Y, además, está muy… pálido.

—Kisa —dice en una voz que, sospecha, controla a duras penas—, son unos datos realmente fascinantes, pero ¿es normal ? ¿O le pasa algo malo?

De nuevo, el mismo pánico.

Claro. Kisa aprieta los labios; se ha vuelto a dejar llevar.

—Los dioses, a esta edad, tienen poderes, pero no el mismo control sobre ellos de cuando son adultos. No le pasará nada, Seokga.

Se pregunta por qué el dios parece saber menos que ella sobre deidades en la infancia, pero está claro que a Seokga no le gustan mucho los niños. No le sorprendería que procurase evitarlos a toda costa.

El alivio le alisa las arrugas de preocupación, aunque no tarda en asomarle el enfado al rostro cuando las manitas diminutas de Hwanin le dan una torta en la boca. A Kisa le hace gracia que los ojos del dios busquen los de ella para suplicarle ayuda en silencio.

«Lo siento, tendrás que apañártelas solo», piensa, con la esperanza de que el hilo le transmita el pensamiento.

Por la forma en que entorna los ojos, sabe que así ha sido.

«Kisa… por favor… es… insufrible…».

Ella no le hace caso. Al fin y al cabo, establecer un vínculo fraternal es importante.

Hwanin necesita sentir un apego seguro por alguien y, dado que ella se reencarnará pronto (si va bien todo eso del asesinato y el aplastamiento), es mejor dejarlo donde está, en brazos de Seokga.

Algo se retuerce en el pecho de Kisa, que hace una mueca cuando una luz azul sale de su lado del hilo hacia el del dios.

Seokga titubea, mirándola. Sus pensamientos son un barullo.

«Por qué… triste… Kisa… Hani… quiero… ojalá… es­pe­ro…».

Tras aclararse la garganta, Kisa se vuelve de nuevo hacia Hajun, que la observa, preocupado, con la suficiente atención como para detectar sus tics habituales.

—¿Y bien? —pregunta antes de que su amigo diga nada—. ¿Dónde estaban sobre las ocho y media de la noche?

Hajun vacila, deja su boba y mira a Somi.

—Chaeyeon salió del invernadero a la vez que Hwanin —dice la gumiho, que entrelaza los dedos de las manos y mira a Kisa a los ojos, como si le comunicara un informe a un superior—. Hwanin se dirigió al I-95 y, durante un rato, Chaeyeon no estuvo demasiado lejos de él.

Kisa contiene el aliento.

—¿Lo estaba siguiendo?

Hajun niega con la cabeza levemente y le hace un gesto para que siga escuchando.

—Sin embargo, mientras que Hwanin siguió su camino hacia la cubierta 0, Chaeyeon se detuvo en la 2, donde procedió a tirar los cristales rotos en la compactadora de basura.

Después se dirigió a la cubierta 1, donde entró en un camarote y se quedó allí toda la noche.

Por otro lado, Korain salió del invernadero sobre las ocho y cuarto de la tarde…

—Con Lee Su-min —añade Hajun, y Kisa se muerde el labio inferior.

—¿Y adónde fue?

—Las cámaras lo grabaron camino de la cubierta 8, donde está el puente, para el turno de noche.

A Kisa se le cae el alma a los pies.

—¿Y se quedó allí?

—Hasta la medianoche, cuando lo sustituyó otro hombre —confirma Somi.

—Pero eso es bastante después del asesinato…

—Tras un suspiro de decepción y confusión creciente, Kisa saca su cuaderno y hojea las páginas—.

¿Estamos seguros… estamos convencidos de que son las grabaciones correctas?

¿Por qué estaba Chaeyeon registrando la habitación de Hwanin?

¿A quién se referían con «quien manda», si no era a Hwanung?

Le pasa a Hajun la transcripción de la llamada de teléfono de Seokga y lo observa, ansiosa, mientras lee, con Somi mirando por encima de su hombro.

La gumiho arquea las cejas.

—Diría que se trata de una prueba sólida —dice—, pero, en cuanto a tu pregunta sobre por qué estaban los dos rebuscando por la habitación de Hwanin… —Kisa mira a Somi, que, a su vez, mira a Seokga con cautela—. No le va a gustar esto. En absoluto.

—Prueba, a ver —dice el embaucador entre dientes mientras agarra de nuevo al volátil Hwanin, como si el niño fuera un globo errante.

Somi vacila con un nerviosismo que resulta sorprendente antes de humedecerse los labios y alisarse la cara blusa de seda.

Lleva consigo su bolso negro de siempre, del que, con dedos temblorosos, saca un Samsung de un color rosa claro y brillante.

Tras buscar una pantalla, se lo pasa a Kisa, a quien se le abre la boca de par en par al ver la publicación del blog.

«¡ UNA EXCLUSIVA ÍNTIMA SObrE LAS PARTES ÍNTIMAS DEL ESPECTACULAR HWANIN !», dice el texto, escrito con unas recargadas letras rosas en cursiva, seguido por: