El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 18. Seokga
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18. Seokga

Seokga

A menudo, Mireuk le contaba que él había sido el más difícil de criar de los dos.

Teniendo en cuenta que Hwanin berrea tan alto que ha ahuyentado a algunos de los huéspedes que estaban en la cubierta exterior, Seokga se siente impelido a pensar justo lo contrario.

Hwanin es una pesadilla. Una pesadilla estruendosa con forma de persona diminuta.

—Cállate, por favor —le suplica a su hermano.

Hwanin responde mirándolo con rabia.

Seokga le devuelve la mirada y, para su absoluto horror y profunda conmoción, Hwanin sonríe y deja de llorar de golpe.

De repente, una sombra cae sobre su cara, así que abraza a Hwanin con ademán protector.

Aunque el hombre con bigote que se inclina sobre él parece inofensivo con su pelo entrecano y sus gafas, el dios embaucador mentiría si dijera que cada segundo pasado en el puñetero barco no le está pasando factura.

Por motivos todavía relativamente desconocidos, han asesinado a su hermano.

Seokga no tiene deseo alguno de regresar a su forma de bebé y no se le olvida que podría ser el siguiente; por eso, antes de dormirse, transformaba su bastón en una espada, dormía con ella en una mano y se despertaba cada diez minutos para asegurarse de que tanto él como el bebé estaban ilesos.

Llegados a este punto, funciona gracias a la cafeína: además de despertarse cada diez minutos, al parecer Hwanin también disfruta gritando a pleno pulmón en momentos aleatorios de la noche.

Es un método de tortura muy eficaz. Seokga ha tomado copiosas notas.

Así que huelga decir que el dios sospecha por defecto de este hombre, incluso después de fijarse en el traje blanco y los galones de los hombros, que lo señalan como capitán del barco. En su chapa dorada, de hecho, pone: «Capitán Lee».

—¿Desea algo en concreto? —le pregunta Seokga de muy malos modos.

El capitán niega con la cabeza y se agacha para mirar a Hwanin.

—Siempre es una pena ver a bebés a bordo —murmura, y alarga un dedo para darle un toquecito en la nariz a Hwanin.

Seokga aprieta los dientes y aparta al niño.

No le ha dado permiso al hombre para tocarlo, y contempla la posibilidad de apartarlo de un manotazo.

Pero el capitán Lee parece haber captado su intención, porque entrelaza las manos tras la espalda—. ¿Cómo ocurrió?

—¿Cómo ocurrió el qué ? —Exhausto y deseando que estuviera Kisa con él, ni siquiera intenta ser educado.

El capitán Lee arquea las pobladas cejas.

—Doy por sentado que murieron juntos, ¿no?

Sobresaltado, Seokga se percata de que el capitán no lo ha reconocido. Así que esboza una sonrisa lenta y casi desagradable.

—Sí.

—¿Cómo?

¿Es que este hombre no se va a ir nunca?

—Un volcán gigantesco estalló encima de nosotros —responde en tono desagradable.

Hwanin hace una pedorreta, ya sea porque la mentira le ha hecho gracia o, lo más probable, porque le gusta el bigote del hombre, del que está intentando tirar.

—Una pena —repite el capitán, suspirando—. Morir tan joven… Lo siento mucho.

Mientras Seokga sigue con su sonrisa desagradable, las mejillas del capitán se tiñen de rosa y el hombre se frota el bigote, incómodo.

«¿Rosa?».

—Está vivo —se percata, sorprendido.

Había dado por sentado que el capitán estaba tan muerto como sus huéspedes y, por lo que ha observado, el hombre es muy humano. ¿Qué clase de mortal vivo acepta el trabajo de pilotar un barco por el inframundo? ¿Por qué demonios lo emplearía Yeomra?

La culpa asoma al rostro del capitán Lee, que, de repente, parece vacilar, como si temiera los celos de Seokga.

—Bueno, sí —reconoce, aunque añade rápidamente—: pero me moriré en algún momento. Como ustedes.

Intenta tocar de nuevo la nariz de Hwanin, pero se rinde ante la mirada helada del dios.

—¿Qué está haciendo aquí abajo? —le pregunta Seokga, todavía bastante sorprendido—. Yeomra no emplea a seres vivos.

—Ah. El director ejecutivo —responde el capitán Lee con un suspiro—.

Había oído hablar de mi anterior barco, el Carnaval de Seúl.

Al parecer, lo considera la competencia del CRS Traspalmántico, aunque se encuentren en mundos del todo distintos, tanto literal como figuradamente.

Y me, hum, ofreció un trato al que no pude negarme.

Seokga es un chantajista consumado, así que reconoce de inmediato lo que seguramente hiciera Yeomra: enviar a un jeoseung saja a buscar al capitán con algún tipo de soborno agradable («¿Qué le parecería saltarse los siete infiernos en la otra vida?

»), para después pasar a otras tácticas (secuestro) cuando el mortal rechazó/afirmó no creer en el inframundo coreano.

A pesar de sí mismo, siente cierto respeto por Yeomra.

Bien hecho. Una buena jugada. Toma nota.

—Ah —responde; el capitán parece sudar por culpa de los nervios.

—No está tan mal. Me dan libre el Seollal.

A veces, también el día de mi cumpleaños.

—Mira a su alrededor, nervioso, como si le preocupara que Yeomra lo escuchara.

No es improbable, la verdad—. Bueno, espero que disfruten de su crucero juntos.

—Se endereza—. Solo he salido para estirar un poco las piernas.

Navegar por estas aguas puede ser agotador…

Si su hijo y usted están interesados en cómo se pilota el barco, el puente está en la cubierta 8, justo después del spa. Sería un placer recibirlos.

Seokga solo se relaja cuando el capitán se ha perdido de vista. Acuna con ademán protector a Hwanin y, en ese momento, se da cuenta de que su hermano ha dejado de llorar y lo mira con sus ridículos ojos tachonados de estrellas.

—¿Qué es lo que quieres? —masculla, enfadado, aunque acaba por enderezarle con delicadeza el gorrito y las gafas de sol, que se le han bajado un poco.

El sol de Jeoseung es tan ardiente que resulta desagradable, así que comprueba los brazos y los pies al aire de Hwanin para asegurarse de que no se haya quemado.

Se relaja un poco cuando ve que están bien—.

Tienes un aspecto ridículo, hermano —le informa—.

Deberías ver tu gorro. Una atrocidad absoluta. Una desgracia para el panteón.

Nota una punzada en el pecho cuando el bebé lo mira sin entender nada.

Aunque al final recuperará sus recuerdos, se le revuelve el estómago al pensar que este niño no sabe nada de la antigua traición de Seokga, ni de los años de resentimiento enconado entre ellos.

Por un momento añora al Hwanin adulto. Echa de menos pelearse con él.

Nunca volverían a ser hermanos que se abrazaban y reían sin más, pero habían desarrollado una fraternidad nueva (basada en los insultos).

Durante treinta y tres breves años había sido casi glorioso.

Sin embargo, no se había dado cuenta hasta ahora.

Y no se puede insultar a un bebé, ni culparlo por maquinar la serie de acontecimientos que condujeron a la muerte de Hani.

Parte de su amargura empieza a relajarse, y recuerda la pregunta de Kisa sobre el barco de Teseo.

¿Es este el mismo Hwanin? ¿Volverá a ser el mismo algún día, aunque recupere sus recuerdos?

Quizá sea una oportunidad para que los dos empiecen de cero.

Vacilante, Seokga sonríe al bebé. Podría ser una historia magnífica e increíble de redención, en la que criara a Hwanin como si fuera su hijo y Hwanin, al recuperar la memoria, se sintiera en deuda con él… Puede que incluso le ofreciera compartir el trono…

Seokga pierde de repente la sonrisa cuando Hwanin le saca la lengua y empieza a alejarse flotando por el aire.