El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 17. Seokga #3
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17. Seokga #3

Seokga vacila. Ya habrá salido el abrasador sol rojo de Jeoseung e, incluso de adulto, la piel de Hwanin era más sensible al calor de lo normal.

—No quiero que le salga un sarpullido —explica al cabo de un momento, sintiendo una extraña necesidad de proteger al niño.

Kisa sonríe.

—Eso puede evitarse fácilmente —lo tranquiliza, y diez minutos después están en una de las muchas tiendas del CRS Traspalmántico, buscando unas gafas de sol diminutas y un gorrito diminuto para el ex emperador celestial.

—Este —sugiere Kisa, sosteniendo en alto una atrocidad rosa chillón con florecitas por todas partes.

Seokga reprime las arcadas.

—Es demasiado… alegre —le suelta antes de poder contenerse y hace una mueca. Pero Kisa se ríe con suavidad, cosa que lo agrada y sorprende a partes iguales.

—Te gusta la moda —aventura, y deja el gorro de bebé en el estante para coger otro, esta vez de un verde oscuro que a Seokga le gusta de inmediato—. Siempre estás… Siempre vistes con clase. ¿Nunca te pones camisetas?

—Antes la muerte.

Lleva malamente en brazos a Hwanin, y juraría que el bebé resopla al oír su exagerada respuesta.

La dokkaebi del mostrador de la boutique se ríe con disimulo, pero Seokga la fulmina con la mirada, así que vuelve a concentrarse en la revista que hojea.

Es un número de la puta Coti lleos Divinos .

El titular reza: «¡El macizorro Hwanung sigue los pasos de su padre!

¡Más sobre el emperador provisional en el interior!

». Hwanung guiña el ojo en la cubierta, y al dios del engaño le entran ganas de prenderle fuego a la página. Puede que lo haga.

Seokga aprieta la mandíbula y se resiste al impulso. Con dificultad.

La doctora Jang estará orgullosa.

—¿Ni siquiera esta? —le pregunta Kisa, sosteniendo en alto una camiseta tie-dye horrenda. A él se le arruga la cara de asco antes de poder evitarlo.

—Por las tetas de Hwanung….

En la tela llena de atroces manchurrones, unas letras grandes y alegres dicen: «¡Tus chistes me matan!».

—¡Yu Kisa!

Seokga se pone tieso como un palo cuando un par de tacones altos resuenan en el suelo de baldosas de la pequeña boutique .

Una mujer de labios pintados que le resulta vagamente familiar pasa por delante de las hileras de bañadores y artículos varios para detenerse, echando humo, delante de Kisa y Seokga.

Tiene los ojos entrecerrados y aprieta muchos los labios.

«Lee Su-min», dice en la chapa dorada con su nombre.

La dokkaebi del mostrador deja escapar un «oooh», levantando la vista de la Cotilleos Divinos antes de volver a bajarla con rapidez cuando la mujer dirige su mirada asesina hacia ella .

Con las manos apoyadas en la falda bien planchada, Su-min mira a Kisa, que deja la camiseta en su sitio a toda velocidad.

—¿Y tú por qué no estás en la enfermería? ¿Por qué molestas a este huésped?

Kisa se ruboriza y abre la boca para responder, pero Seokga se le adelanta.

—No me está molestando —le espeta con una frialdad devastadora, y Su-min vuelve la cabeza de golpe hacia él.

—¡Usted! —dice entre dientes, cerrando los puños a los lados. Da un pisotón con sus tacones en el reluciente suelo de baldosas—. ¡Fue el que arruinó la velada en el invernadero! ¡Pisó las flores, rompió las copas de…!

Seokga la mira desde arriba, impasible. La mujer sopla y resopla durante un buen rato antes de recuperar como puede la compostura.

—Kisa —le advierte, volviendo a centrar su atención en ella—, si sigues eludiendo tus responsabilidades en la enfermería, me veré obligada a notificárselo al director ejecutivo. Tienes cinco segundos para marcharte.

—Sí, vale —masculla ella, bastante molesta.

Sin mencionar el detallito del asesinato de Hwanin, ninguno de los dos puede explicarle que el director ejecutivo le permite eludir sus responsabilidades.

Kisa mira a Seokga, que se siente muy frustrado por haber perdido la oportunidad de pasar el mediodía de paseo en la terraza con ella, antes de salir a toda prisa de la tiendecita, dejando que el hilo rojo se alargue con cada paso que da para alejarse de él.

—Le agradecería que no confraternizara con los trabajadores del barco —dice Su-min, cortante—. La chica debería saber de sobra que se trata de una violación directa de la regla 5 del manual del CRS Traspalmántico.

La mano derecha de Seokga, que no sostiene a Hwanin, aprieta el mango del bastón.

—Y yo le agradecería que no se meta en mis asuntos —replica él con desdén.

La mujer se está poniendo azul de rabia.

—Como directora del crucero, todo lo que sucede en este barco es asunto mío .

La sonrisa de Seokga es pequeña y afilada. Como una daga. Si Su-min sabe lo que le conviene, huirá. Muy deprisa.

—Los simples mortales llorones no pintan nada en los asuntos de los dioses.

Pasaré con Kisa el tiempo que me plazca, y si decide interferir, me aseguraré de que su trabajo como directora del crucero sea aún más infernal (literalmente) de lo que ya lo es.

Ahora, si me disculpa —añade, dando un paso amenazador hacia ella; deja vacilar a su sombra y perite que vea cómo los ojos se le oscurecen y se le llenan de hielo—, tengo que comprar un gorrito.