El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 17. Seokga
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17. Seokga

Seokga

S eokga intenta con todas sus fuerzas no prestar atención al hecho de que Kisa está sentada a su lado en la cama.

«No es más que una cama —se dice mientras aprieta tan fuerte el móvil que teme romperlo—. No es más que una cama. Y tú eres un pedazo de pervertido».

Hwanin está acomodado en su otra rodilla, gorjeando.

Por la forma en que las mejillas de Kisa se ponen azules, sabe que la pobre ha tenido la desgracia de oír parte de ese pensamiento.

—Lo siento —consigue decir, deseando (y no por primera vez ese mismo día) saltar por la borda del barco y dejar que las ineo le peguen unos cuantos mordiscos.

Teme que Kisa se levante, tensa, y se aparte, pero, sorprendido, ve que se queda donde está: sentada al borde de la cama, con el pelo convertido en un alboroto de rizos suaves que le caen hasta la cintura, mientras juega con la goma entre los dedos.

Seokga ha descubierto que le gusta mucho su pelo: la melena indómita de un león, con tantos tonos de castaño…

, como el café, se percata, y se le acelera el corazón.

Tiene mechones de color moca entremezclados con un cálido macchiato.

Y las raíces son algo más claras que las puntas de color café irlandés, lo que le recuerda casi a un frappé…

Vuelve en sí al darse cuenta de que Kisa está diciendo…, no, de que está pensando algo.

«Aplasta… tú… aplasta… aplasta…».

No es la primera vez que le oye ese mantra.

—Por pura curiosidad —le dice—, me preguntaba si podrías explicarme tu fijación con los « aplastamientos ».

Ella parpadea. Frenética.

—Es… Solo es…

—Hummm —dice Seokga—. ¿Prefieres hacer puré o hacer papilla?

—Es un… método —responde por fin ella, que se desliza por el borde de la cama hasta levantarse («Ah —piensa él—. Ya lo ha hecho»)—. Para, bueno, para concentrarme —añade, cambiando el peso de un pie a otro—. En el misterio. Y no, ejem, en otras cosas.

Seokga siente que una sonrisa lenta y peligrosa le estira los labios.

—¿Te estoy distrayendo?

—No…

No obstante, la mueca de irritación y otra cosa que no logra discernir le basta para confirmárselo. El dios parpadea. ¿Siente Kisa… atracción por él? Se mueve sutilmente en su asiento para posar mejor ante ella.

Por desgracia, no parece que ella se dé cuenta. Su decepción corre por el vínculo, adoptando un tono de azul grisáceo taciturno y humillante.

En cuanto Kisa ve el color, se le enciende la mirada, y Seokga se imagina que está a punto de embarcarse en una explicación detallada de la nueva capacidad del hilo rojo para transmitir sus sentimientos a través del vínculo. Acierta.

—Primero, transferencia mental —dice, emocionada, olvidada la incomodidad— y, ahora, ¡transferencia emocional! Es un descubrimiento alucinante…

Él está deseando creer que Kisa está emocionada por sentir sus complicadas emociones a través del hilo, pero sospecha que lo que más la emociona es el mero hecho de haberlo descubierto.

Mientras sigue hablando, entusiasmada, paseándose por el cuarto, Seokga contempla su móvil y se pregunta qué demonios le va a decir a Hwanung; ojalá Yu Kisa no poseyera la habilidad única de hacerlo sentirse como un experimento científico.

La voz de Kisa muere poco a poco, y Seokga siente una punzada de culpa al darse cuenta de que debe de haberse dado cuenta de que no la estaba escuchando. Se detiene frente a él, con las mejillas de color cerúleo y, cuando masculla una disculpa, él se cabrea consigo mismo.

— Jamás te disculpes por emocionarte con algo —le dice, y le sale en un tono más severo de lo que pretendía.

«Tengo que dejar… de hacerle… esto…», piensa ella.

Después abre los ojos, los puñeteros ojos, mucho… y su mirada es cálida antes de desviarla al suelo.

—No —murmura—, en este caso, debo disculparme. A veces se me olvida ponerme en tu lugar.

Él se queda sin aliento. Kisa lo mira con pena. Y, maldita sea, a Seokga se le raja el corazón por la mitad, y la fisura se extiende y extiende por el inútil órgano. Haría lo que fuera por no estar en su lugar .

Qué asco de suerte que el hilo rojo se manifestara el mismo día de la muerte de Kisa. El mismo día que Kisa perdió la esperanza, si Hajun está en lo cierto.

«Me gustaría que te parases a considerar la posibilidad de que, en realidad, el destino ha decidido apostar por Kisa y por ti».

¿Cómo podía ser tan cruel el destino? Nunca ha hecho nada para molestar a Gameunjang Aegi, la tímida diosa de la suerte, el destino y la fortuna.

(Bueno, salvo por aquella vez que envió en su nombre una solicitud para participar en el programa de citas más popular de Okhwang y, a través de sus expertos timos, consiguió que apareciera vestida con un disfraz de vaca para dos personas.

Una perpleja Samsin Halmoni iba en la mitad trasera.

En un raro acto de solidaridad, Seokga y la Cotilleos Divinos se lo habían pasado en grande).

Ahora, los dos extremos del hilo rojo emitían un brillo azul oscuro. El color recorrió el hilo y cruzó hasta el lado opuesto, de modo que tanto dios como gwisin probaron la profunda tristeza del otro.

—No es un paseo por el parque —consigue responder por fin Seokga—. O, mejor dicho, sí que lo es, pero es un paseo por el parque con unos zapatos forrados por dentro de agujas y alfileres.

La mirada de Kisa se ablanda.

«Se ha quedado… cortísimo…».

—Sí —resopla él, sin poder evitarlo—. Sí, diría que sí.

—Ay, no, ¿lo has oído…?

—Sí.

Kisa se queda mirando el hilo como si se sintiera traicionada. Y, tan deprisa que él casi se lo pierde, el hilo parece retorcerse para formar unas letritas azules antes de alisarse con aire inocente.

—¿Has visto…? —pregunta ella con voz ahogada—. Hizo lo mismo en la cafetería… Creía que me lo había imaginado…

—Ponía « JA , JA , JA » —contesta Seokga, observando el hilo con ojos entornados—. Creo.

—Eso es… —Kisa sacude la cabeza—. Estoy bastante segura de que esta cosa esta viva, no sé cómo.

Acerca un dedo con la intención de tocarlo, pero su piel lo atraviesa. Lo intenta de nuevo, sin éxito. Después se acerca el meñique a la cara y examina el nudo con una intensidad imperiosa.

—¿Qué intentas hacer? —pregunta Seokga, y se le nota la risa en la voz, aunque intente disimularlo. El hilo pasa del azul al rojo—. ¿Provocarlo para que hable? Creo que eso es estirar demasiado el chicle de lo posible.

—Si alguien es capaz de hacerlo, ese eres tú —contesta ella, arrugando la nariz, entre concentrada y confusa—. Venga, prueba.

—¿Qué?

—Intenta que reconozca que es una criatura consciente —responde Kisa, mirándolo, esperanzada—. Por favor —añade.

Así que Seokga suspira y deja el móvil. Parece que Hwanung tendrá que esperar. No sabe cómo lo ha conseguido, pero Kisa ha dominado el arte de poner ojitos hasta el punto de que el dios es capaz de comportarse como un completo imbécil solo por ella.

Clava la vista en el hilo, que parece esforzarse más de lo normal en adoptar el aspecto de un hilo rojo corriente.

—Hilo —dice Seokga con un aire muy amenazador y autoritario—, ¡revélate!

No pasa nada.

—Ha sido un buen intento —lo anima Kisa—. Prueba otra vez. Quizá añadiendo alguna amenaza. Es algo que siempre se te ha dado bien.

Se esponja al oír el cumplido. Qué amable por su parte haberse dado cuenta.

—Sí, es verdad.

Seokga se aclara la garganta y procede a contarle al hilo rojo del destino, empleando detalles minuciosos y horripilantes, que es muy capaz de ir a buscar unas tijeras de manualidades y usarlas para hacerlo pedacitos pequeñitos. Si no se equivoca, el hilo tiembla. Pero no pasa nada más.

Salvo que Kisa se ríe. Se le sacuden los hombros y se tapa la boca con la mano. Una sonrisa tira de los labios de Seokga mientras ella sacude la cabeza. En el regazo del dios, Hwanin también empieza a reírse, aunque está claro que el bebé no tiene ni idea de por qué lo hace.

—Esto resulta preocupante —dice Kisa, medio ahogada—. Cuando dices cosas horribles, yo me río .

«Aplasta… aplasta…».

Sea lo que sea eso de aplastar , Seokga está decidido a acabar con ello.

Se encoge de hombros con fingida indiferencia, pero fracasa, ya que el hilo transporta su triunfo dorado y reluciente hasta ella.

Lo fulmina con la mirada antes de darse cuenta de que Kisa lo observa con esos puñeteros ojos suyos, tan brillantes.

—Creo que ha llegado el momento de usar esas amenazas con Hwanung.

Ah. Claro. Da un respingo y le quita el móvil a su hermano, que lo tiene entre las pegajosas manitas, y pone cara de asco mientras se limpia el aparato cubierto de saliva en los pantalones.

Kisa se ríe y se inclina para quitarle al crío esbozando una sonrisa cómplice, y una pequeña parte de Seokga siente que está a punto de encontrar lo que una vez perdió.

El teléfono da señal una vez, dos veces.

Seokga hace una mueca mientras espera junto a una de las descomunales ventanas de la suite y observa el río que corre bajo ellos.

Kisa está en el baño, cambiándole el pañal a Hwanin…

e incluso eso suena más apetecible que hacer esa puta llamada.

Como Hwanung no contesta, Seokga llama otra vez.

Y otra. A la quinta, su sobrino por fin responde.

— ¿Qué? —le espeta—. ¿Quieres leerme otro artículo de la Cotilleos Divinos ?

«Ojalá», quiere responder Seokga. En estos momentos, Hajun y Somi están infiltrándose otra vez en la sala de control para obtener la ubicación de Korain y Chaeyeon a la hora del asesinato. Que confirmen su participación no significa que Hwanung no esté involucrado. Kisa tiene razón: tiene un móvil.

—Por fin respondes —prefiere decir, muy tranquilo, y casi oye a Hwanung poner los ojos en blanco.

—No es que me haya quedado otra —responde su sobrino, amargado—. Estaba intentando jugar al Cookie Run , pero no puedo hacerlo si no dejas de llamar. ¿Qué quieres…, tío ?

Escupe la palabra como si fuera un taco.

Seokga ha planeado lo que va a decirle, para obtener algo que le indique que Hwanung sabe algo y, gracias a su naturaleza embaucadora, está seguro de poder conseguirlo.

—Hwanin quiere saber si quieres algo de…

—¡¡Buaaaaaaaahhh!!