El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 16.Kisa #2
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16.Kisa #2

Es una delicia. La clase de delicia picante que Kisa escondería de Yuna en su dormitorio de la residencia para leerla solo por la noche, bajo las mantas, con una linterna y el corazón acelerado. Hace mucho tiempo que no tiene un libro así en las manos. Siete años. Casi se le hace la boca agua.

—Era tu… era el favorito de Hani —dice Somi, esbozando una sonrisa vacilante—. Lo cogí de mi cuarto esta mañana porque pensé que quizá quisieras leerlo.

—¿Lo has leído tú? —pregunta Kisa con curiosidad mientras lo hojea con cuidado hasta la página cuarenta y cinco.

Las letras negras están oscuras por las manchas de agua, pero sigue siendo perfectamente legible.

Kisa se ruboriza al leer unas cuantas frases…

interesantes en el capítulo catorce. Ay, sí. Sí que parece de los buenos.

—¿Y si te dijera…? —A Somi se le escapan unas risitas antes de disimular ese sonido, casi infantil, con una tos—. ¿Y si te dijera que aprendí inglés solo para leerlo?

—No —dice Kisa con voz ahogada, entre la risa y la sorpresa—. ¿En serio?

—Sí —responde Somi, sonriente, y Kisa decide en ese preciso instante que quizá se alegre de haber conocido a Nam Somi, aunque solo haya sido porque Somi había intentado comerse a alguien—. Tengo un baúl lleno de libros parecidos en mi cuarto, si quieres más. Hay uno que he leído trece veces…

—¿Qué es eso ?

Ninguna de las dos mujeres se había dado cuenta del sigiloso acercamiento de Hajun hasta su mesa, pero ahí está ahora, con un Hwanin adormilado en brazos. Mira con horror la cubierta de Secuestrada por el rey pirata escocés viajero del tiempo .

—Hum, nada —dice Kisa mientras se guarda el libro de tapa blanda en el profundo bolsillo de su pijama médico.

Somi le dedica una sonrisa algo pícara a Hajun.

—Es un libro romántico muy muy obsceno.

Hajun se pone azul.

—Ah —responde, elocuente, intentando dar con las palabras correctas—. ¿Es esto un club de lectura? ¿Puedo unirme? Sé leer…

—Sabemos que sabes leer, Hajun —dice Kisa, que se levanta antes de que el joven pueda ponerse más en ridículo. Él la mira como diciendo «Gracias» y «Dios mío, ¿por qué he dicho eso?»—. ¿Cómo está Hwanin? —pregunta mientras le quita al bebé.

—Acabo de darle de comer, con la receta que me dejaste —contesta; después se aclara la garganta y mira, nervioso, a Somi, que tiene cara de pasárselo en grande.

—Ah, bien —susurra Kisa, y después frunce el ceño—.

¿Dónde está Seokga? —El hilo rojo se estira hasta salir de la cafetería y el dios al que está conectada no aparece por ninguna parte.

Se lleva una mano, distraída, al corazón, y siente que algo tira un poco de él con insistencia—. ¿No estabais trabajando juntos?

Hajun se sienta frente a Somi.

—Pues no, porque se lo llevó una mujer mayor con unas gafas de sol enormes.

—Su terapeuta —señala Kisa mientras le aparta el pelo de la carita a Hwanin—. ¿Habéis encontrado algún pasadizo?

Es poco probable, lo sabe, ya que no aparecen en los planos, pero todavía alberga una chispa de esperanza.

—Me… me temo que no… Aunque sin duda era una gran idea, Kisa. Una de las muchas que saldrán de tu gigantesco cerebro, seguro —bromea—. Además, del, em, libro…, ¿qué más habéis encontrado vosotras?

Somi abre la boca para explicárselo, pero un segundo después aparece Seokga, disgustado, y se acerca a su mesa clavando el bastón en el suelo como si estuviera deseando partir el CRS Traspalmántico por la mitad.

Kisa baja las manos mientras el hilo rojo tiembla y resiste el impulso de pasar a la página de sus notas sobre la conexión entre los unidos por el hilo y apuntar que hasta el hilo en sí parece temer el mal humor de Seokga.

Pero se reprime y mantiene el cuaderno abierto por la lista de sospechosos, donde garabatea todo lo que han descubierto mientras Somi se lo relata rápidamente a los dos hombres.

Después levanta la vista para echar un vistazo al asiento que tiene enfrente, donde está sentado Seokga mirando su flat white como si estuviera deseando tragarse toda la cafeína, a pesar de que no esté helada, como ya sabe que prefiere.

«No lo hagas —se dice—. No te atrevas a hacerlo. Aplástalo».

Pero entonces él la mira y frunce el ceño de un modo que le deja claro que ha oído lo que piensa, y el infame dios parece tan…

cansado… Tan vulnerable… Y ella recuerda cómo observaba a las sirenas con ella, sonriente, con los rizos oscuros alborotados por el viento nocturno, mientras la dejaba entregarse a sus divagaciones, algo para lo que hasta Hajun tiene un límite.

Ay, porras.

Esto no la va a ayudar en absoluto en su decisión de aplastar el tema.

Vacilante, sintiéndose del todo derrotada, Kisa empuja la taza hacia él. Él abre mucho los ojos, sorprendido. Ella se esfuerza por no ruborizarse y se concentra en el cuaderno, pero es muy consciente de que él se lleva la taza a los labios y la prueba tímidamente.

«Necesitaba… esto… puta… terapia… traumas infantiles… Mireuk… mierda… quiero… Kisa… café…».

Sus pensamientos son un embrollo angustiado, y Kisa siente el impulso repentino e intenso de aliviarlos.

Entonces, en el Creature Café, en plena investigación de un asesinato, sucede algo…

, algo que es fascinante en grado sumo a nivel académico y asombroso a nivel…

, bueno, a nivel de Kisa. El vínculo entre el dios y el gwisin empieza a brillar por el extremo de la joven, no en escarlata, sino en un plácido tono plateado.

El plateado avanza desde su meñique hasta el de Seokga, donde parece infiltrársele en la piel y…

Y un segundo después, las arrugas de la frente del dios se alisan.

«¿Qué demonios…?». Kisa abre los labios, desconcertada y maravillada, un instante antes de que Somi concluya, no sin un entusiasmo lleno de confianza, que está segura al 99,99 por ciento de que Shim Korain y Lim Chaeyeon son los culpables que buscan.

Tras sacudir la cabeza para despejársela, Kisa aparta (con una dificultad que la sorprende) la vista de Seokga y mira a Somi.

—No podemos ignorar ese 0,01 por ciento —les informa mientras acaricia con aire ausente la cabeza de Hwanin, que dormita—. Las inmyeonjo rebeldes…

—… son prácticamente inexistentes —concluye su dios.

No, su dios no, Seokga. Seokga. Kisa se ruboriza.

Esto es horrible—. Gracias a este de aquí —añade, lanzándole una mirada fulminante a su hermano bebé, aunque se le ablanda sin querer un segundo después cuando el desdentado Hwanin bosteza—, mi trabajo consistía en cazar a veinte mil monstruos rebeldes.

De los diez mil y pico que encontré, nunca di con una inmyeonjo. Ni siquiera en Gamangnara.

—¿Diez mil? —Kisa no puede evitar repetirlo y esbozar una sonrisa irónica—. ¿No treinta mil?

Seokga hace una mueca y masculla algo con la boca oculta en la taza de café. Kisa intenta borrarse la sonrisa de la cara, pero fracasa estrepitosamente.

—Siempre hay excepciones —responde Somi, que mira con rabia a Seokga mientras este reacciona su mirada con otra de rencor—. Hay haetae rebeldes. ¿Por qué no inmyeonjo?

—Las inmyeonjo se toman los valores de la paz mucho más en serio que cualquier otra criatura.

Forma parte integral de su cultura… Y es demasiado fácil —le suelta el dios—.

Y todo lo que es demasiado fácil es incorrecto.

—Mira a Kisa, y ella nota el enorme peso de su mirada, tan triste—. Lo aprendí por las malas.

A la joven se le crispa la mano que tiene en el regazo y debe reprimir el impulso de tocarlo.

—Pero no podemos pasar de esta información —le discute Hajun, que tamborilea con los dedos en la mesa.

—No —reconoce Kisa—. No, claro que no. Solo digo que todavía no debemos considerar el caso cerrado del todo.

Contamos con pruebas incriminatorias suficientes para centrarnos en ellos, pero no podemos cerrarnos a otras posibilidades…

Aunque me cuesta dar con una explicación de por qué estaban husmeando en la habitación de Hwanin o de lo que decían…

—Cuesta escribir con Hwanin en el regazo, pero Kisa se las apaña—.

Seok­ga, ¿hay alguna forma de ponerse en contacto con Hwanung sin revelarle lo sucedido?

Si es «quien manda», como decían ellos, quizá se le escape algo.

Seokga asiente, pero después suelta una palabrota.

—Tendría que haber recogido el móvil de Hwanin. Puede que hubiera alguna prueba. Mensajes, llamadas… Mierda. ¡ Mierda!

—El peor detective del mundo —canturrea por lo bajo Somi, que le da un codazo a Kisa mientras esboza una sonrisa bastante engreída—. ¿A que te alegras de tenerme a mí ?

Una chispa verde vuela por el hilo rojo de Seokga a Kisa y, de repente, la joven siente unos celos tremendos que, sin duda, no le pertenecen a ella.

—Em… —consigue decir con elocuencia, deseando pasar a la página del cuaderno sobre el hilo rojo—. Emmm…

La cabeza le da vueltas. Primero plateado, después verde.

No puede ser una casualidad. ¿Transferencia emocional?

Ha decidido que sí, que el hilo rojo es una especie de conducto a través del que se comparten los pensamientos (y ahora las emociones).

¿Significa eso que el hilo rojo se hace más fuerte?

El hilo tiembla y Kisa ahoga un grito cuando se retuerce para formar las letras escarlatas: «¿ A QUE TE GUSTARÍA SABERLO ?». Pero se alisa a tal velocidad que, para cuando Kisa le ha dado una patada a Seokga bajo la mesa, alarmada, parece un hilo rojo del destino perfectamente normal. Qué sorpresa.

El dios la mira y mete una mano bajo la mesa para restregarse la espinilla.

«Por qué… patada…».

A lo mejor se lo ha imaginado. Kisa se aclara la garganta.

—¿Puedes conseguir el móvil ahora? —consigue preguntarle.