El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 15. Seokga #3
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15. Seokga #3

No es la primera vez que lo oye, pero siempre que Jang le ofrece en bandeja de plata esta conspiración suya, le entran ganas de quitársela de las manos y lanzarla al suelo.

La doctora cree que ha asimilado de tal modo el desequilibrio en el respeto que su padre les demostraba a ambos hermanos que, de forma inconsciente, siente que carece de «valor», lo que intenta compensar a través de cosas como los puñeteros golpes de Estado.

Además, al parecer, eso explica el largo historial de mujeres de Seokga, pero también la corta lista de parejas a las que de verdad ha amado (de hecho, Hani es la única persona en esa lista concreta).

El rechazo lo aterra, igual que ser amado y que después ese amor se transforme en otra cosa o se transfiera a otra persona.

Incluso antes de que Mireuk se volviera loco, no era lo que se dice un padre ejemplar…

Al menos para él. Mireuk no lo odiaba (al menos, en ese momento), pero era a Hwanin al que protegía, al que regalaba alabanzas y afecto, mientras Seokga observaba desde las sombras y los celos se le enconaban en el corazón.

Como no era el primogénito, no le hacían demasiado caso.

Hwanin, que sí lo era y heredaría el trono, recibía todo lo que pudiera desear.

Fue durante el concurso de talentos anual de Okhwang cuando la relación entre Seokga y Mireuk se torció de verdad.

Según los estándares divinos, el dios no era más que un adolescente en aquel momento: ansiaba la aprobación y el afecto de su padre, ansiaba una pizca del cariño que le demostraba a su perfectísimo hermano mayor.

Así que, para exhibir su talento, Seokga anunció que retaría a Mireuk a una competición de cultivar flores, una habilidad curiosa y poco útil que había heredado de Mago, su madre y diosa de la tierra.

Se oyeron risitas nerviosas entre los presentes, y Mireuk, aunque reacio, aceptó.

El joven dios del engaño creía que tendría éxito. Había estado practicando y había elegido adrede ese reto en honor a Mago, a la que quería con pasión, a pesar de ser tan solo el segundo hijo. Confiado en su victoria, el joven Seokga sonrió a su madre, que le devolvió el gesto.

Sin embargo, cuando empezó la competición, su padre superó rápidamente el progreso de Seokga.

La humillación inminente empezó a sonrojarle las mejillas y miró al público; la cara de decepción de Mago fue como una bofetada.

Así que hizo lo que siempre había formado parte de su personalidad: trampas.

Con uno de los juegos de manos que tan bien se le dan, arruinó las flores de Mireuk y ganó el concurso, aunque de forma injusta.

Pero no engañó a su padre.

Nunca había visto tan enfadado al emperador.

En aquel momento, por algo tan sencillo como una competición por ver quién hacía crecer mejor las flores, empezó la enajenación de Mireuk.

Incluso ahora, hay una vocecilla dentro de Seokga que le susurra que fue todo culpa suya, tanto el descenso a la locura de su padre como lo que ocurrió justo después.

El dios de la creación empezó a crear sufrimientos que después enviaba al mundo mortal para atormentarlo.

Los años posteriores estuvieron preñados de tristeza y horror.

Mireuk torturaba a Seokga cada vez que se le presentaba la oportunidad.

El dios se había sentido mortalmente (e incluso de manera absurda ) herido en su orgullo y en su frágil ego por el resultado del concurso de talentos y le producía un placer sádico humillar a Seokga siempre que podía.

El terror se apoderó de Okhwang, y Seokga empezó a huir a Gamangnara para ocultarse entre las sombras y el caos.

Cuando Seokga y Hwanin alcanzaron la edad adulta, encerraron a su padre bajo el río Seocheongang por el que ahora navegan, ya que no les quedó más remedio.

Mireuk se había convertido en el dios loco.

Hwanin subió al trono y Mago, destrozada por la tristeza y los remordimientos, agotada tras tantos años y «harta de tanta batalla por culpa de la testosterona», se fue a dormir. No ha despertado desde entonces.

Seokga ha estado intentando con todas sus fuerzas no pensar en que, leguas y leguas por debajo del CRS Traspalmántico, su padre yace, atrapado.

Hasta ahora, se le estaba dando bastante bien.

La doctora Jang sigue hablando, pero él no le presta atención. Todos los días de su vida lamenta haber participado en el concurso de talentos. Parte de él, por repugnante que sea, sigue deseando que su padre lo vea y lo quiera como una vez vio y quiso a Hwanin.

Putos traumas infantiles.

—¿Cuánto darías por ganarte su orgullo? —pregunta la terapeuta, lo que saca de golpe a Seokga de su ensimismamiento.

Con la mandíbula tensa, mira con ojos entornados a la anciana. Esta pregunta es nueva.

La verdad es que, sinceramente, daría cualquiera de sus órganos por volver atrás en el tiempo y evitar hacer trampas en el concurso de flores.

Pero nunca jamás lo reconocerá. Es una línea de interrogatorio peligrosa, y la doctora Jang lo sabe.

Si Seokga muestra cualquier indicio de albergar ideas sediciosas, la terapeuta tiene la obligación de informar de inmediato a Okhwang.

—No quiero tener nada que ver con él —responde con frialdad.

—Bien —dice ella, subiéndose las gafas de sol—. ¿Y sigues tomándote la medicación?

—Todas las tardes, a las siete —masculla él.

Y se acabó.