El dios y el gwisin (El Hilo del Destino 2) 15. Seokga #2
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15. Seokga #2

Tras un suspiro atribulado, permite que la doctora Jang lo guíe en una exploración de sus…

emociones . Las emociones son muy inoportunas.

En momentos como este, Seokga desearía no tener ninguna.

Cuando la doctora Jang sugiere sabiamente que el asco que sintió al ver a Somi imitando a Hani nace de una atracción inconsciente hacia una criatura que se parece muchísimo a su amor perdido, Seokga abandona por completo la educación y empieza a disfrutar poniéndoselo más difícil de lo necesario a la terapeuta, como solía hacer antes de que la mujer, no se sabe cómo, lograra establecer un vínculo con él.

Lo niega rotundamente y después, con una sonrisita que le hace saber a la doctora que sabe muy bien lo que hace, responde a cada una de las preguntas para sonsacarle con una respuesta indirecta que no tiene sentido para nadie.

Habla con acertijos, se toma largas pausas para beberse (sorbiendo con ganas) el café, molesta a la doctora Jang preguntándole cuál es su deidad (algo que se ha negado repetidas veces a responderle, aunque está seguro de que se trata de Hwanin) y la provoca cuando evita la pregunta.

Se saca un Kopiko del bolsillo y arruga el envoltorio procurando hacer ruido, e incluso finge que el caramelito de café es demasiado grande para hablar con él en la boca.

Pero la doctora es una oponente admirable, y Seokga hace una mueca al darse cuenta de que es él quien está cada vez más cansado.

No ayuda que Hwanin se haya pasado la noche llorando, ni que, cuando Seokga por fin consiguió dormirse, lo despertó un ruido muy extraño en el pasillo, como el de alguien arrastrando algo.

Sin embargo, al abrir la puerta de golpe, allí no había nada.

Es posible que su mente exhausta le provocara alucinaciones auditivas.

—Seokga —le dice Jang, dejando el bolígrafo; no ha tomado demasiadas notas durante la sesión, piensa él, bastante satisfecho—, llevo tratándote el tiempo suficiente como para conocer los gestos que te delatan.

Cuando esquivas una cuestión, como estás haciendo ahora, es para ocultar una ansiedad profunda, ira, miedo…

o todo lo anterior. Así que quiero hablar sobre Kisa —dice la anciana, inclinándose hacia delante mientras entrelaza los dedos de las manos—.

Ayer hablamos un poco sobre ella, durante nuestra sesión de emergencia, pero lamento no haber tenido la oportunidad de indagar más en el asunto, sobre todo teniendo en cuenta lo que sucedió en el invernadero.

—Vacila—. Supongo que todavía estás asimilando que la has encontrado… y que es muy distinta a Hani.

Seokga muerde con fuerza el caramelo.

—Eso ya lo hablamos ayer —dice con los dientes apretados, mientras mastica.

La doctora Jang vuelve a apoyar la espalda en el sillón, seguramente mientras lo examina desde detrás de sus ridículas gafas de sol. Y hace lo que más odia Seokga… Espera. En silencio.

Ay, cómo odia el silencio. El ruido de masticar el caramelo se vuelve insoportable. Hace que se sienta torpe, y él nunca jamás lo es (salvo en lo que concierne a Kisa, al parecer). Pasan cuatro minutos y veinte segundos (lo más que ha durado han sido diez minutos) y al final suelta:

—Vale. Sabía que no debía esperar a Hani, pero… —Aprieta la mandíbula—. Creo que lo hacía. Y me desorienta. De repente se ríe o pone los ojos en blanco, como ella, pero después… Después es una persona a la que ni siquiera conozco.

A la terapeuta se le ablanda el rostro (o, al menos, la parte del rostro que puede verle).

—Tengo una pregunta para ti, Seokga —dice con voz amable—. Y quiero empezar por decir que sé que quizá remueva unos sentimientos complejos.

Seokga se tensa de pies a cabeza. Ha tenido sentimientos complejos de sobra para toda una vida.

—Me niego —responde sin más, y eso debería ser todo, pero claro que no lo es.

Jang, la tirana, no se altera.

—¿Te has parado, quizá, a pensar en por qué el hilo rojo te conectó con Kisa? ¿Y no con Hani?

Él frunce el ceño antes de poder contenerse.

—Nos conectó porque era Hani —responde de inmediato, y las palabras le salen como un reflejo instintivo—. Y Hani era mi… Era mi… — Todo . Se le forma un nudo en la garganta, se calla e intenta recuperar la compostura.

—Ajá —dice la doctora Jang, que arquea las cejas por encima de las gafas ridículas.

—Supongo que tienes una teoría mejor —dice Seokga en tono frío, arrastrando las sílabas, deseando de corazón que el «ajá» de Jang no estuviera tan cargado de escepticismo. Hace que se sienta bastante violento.

—Pues sí —responde ella, que deja escapar el aire mientras vuelve a entrelazar los dedos—.

Me gustaría que te parases a considerar la posibilidad de que, en realidad, el destino haya decidido apostar por Kisa y por ti.

De que, aunque nunca hubieras conocido a Hani (deja de poner esa cara, por favor, y escucha), de algún modo habrías acabado por conocer a Kisa.

La que está unida a ti por el hilo. Que la conocieras en su vida pasada es una mera coincidencia…

Seokga está apretando tanto las muelas que empieza a dolerle la cabeza.

—¿Una… coincidencia ? —repite con una voz de la que ejércitos enteros han huido, mientras que a la anciana terapeuta parece hacerle gracia.

—Y qué coincidencia tan maravillosa. —Se inclina hacia delante y le da una palmadita en la rodilla, como si fuera un niñito en vez de un dios infame. Su osadía lo deja boquiabierto—. Pero tus expectativas te impiden conocer a Kisa tal y como es .

Es imposible que sea sano tener la boca tan seca. El silencio se alarga entre Seokga y Jang, y el dios experimenta una crisis nerviosa completa que oculta como un experto tras una fachada de aburrida indiferencia.

—Seokga, ¿estás bien? —le pregunta ella al cabo de cinco minutos.

—No —intenta responder con una frialdad mordaz, pero le sale un resuello muy poco digno y la máscara se le resquebraja por fin.

—No es más que una teoría…

Pero ¿y si no lo es? ¿Y si su tiempo con Hani no significó nada?

Se le revuelve el estómago y cree estar a punto de vomitar.

«No es cierto», se dice. Hani es (¿ era ?) el amor de su vida.

Significaba… algo . Seguro. Aunque la idea de la doctora Jang sea cierta, lo que compartió con Hani fue algo especial y dolorosamente real, hubiera hilo rojo o no. Y Kisa…

Antes era Hani.

— Quiero conocerla… Es que no estoy seguro de que ella quiera conocerme a mí —dice con voz ronca, y hace una mueca al reconocer su inseguridad.

Por un momento, desearía poder contarle el trato con Yeomra. Que Kisa se reencarnaría si lograban atrapar al asesino; que se le iluminó la cara como si fuera el puto culo de una luciérnaga cuando el dios cabrón se lo ofreció (sabiendo muy bien lo que estaba haciendo; puñetero Yeomra).

La doctora asiente.

—Toda tu vida has tenido problemas con el rechazo —dice, con una franqueza de la hostia, en opinión de Seokga. De repente siente el impulso irrefrenable de saltar por la borda y quedar a merced de las ineo—. Tu padre, sobre todo…

El dios se pone más tenso todavía, como si tal cosa fuera posible.

—No quiero hablar de Mireuk. Ya me has torturado lo bastante por hoy.

Está prácticamente suplicando una tregua, pero su terapeuta se limita a ladear la cabeza.

—Es imprescindible que hablemos sobre Mireuk, Seokga. El favoritismo que demostraba con Hwanin te afectó en lo más profundo, y sigue haciéndolo. Veo una relación entre los problemas con tu padre y esta situación con Kisa.